“La literatura y el arte son formas de resistencia. Tienen el potencial de resistir a cualquier dominación”

Como todos, desde la escuela leía por obligación, pero todo cambió rápidamente. A los 10 años iniciaría con esa “lectura que uno escoge, ese libro que no sueltas y desde ahí te metes de lleno a leer y no frenas”, ese libro que parece una bala incrustada que es difícil de sacar.
Después, Emilio Salgari lo atrapó con su botín: Sandokán y los piratas de la Malasia lo hundieron más en las profundidades de la lectura. Curiosamente, la escritura “llegaría tarde” a la vida de Luis Borja Corral, escritor que se alzó con el Premio Aurelio Espinosa Pólit de la Universidad Católica del Ecuador, por su novela ‘Pequeños palacios en el pecho’, donde aparecen personajes vertiginosos como Paco, quien junto a su novio Agustín planean la muerte de la abuela del primero.
“Tiro 26 o 27 años empecé a escribir de manera seria. Siempre está esa huevada del miedo, de sentirse incapaz, de no ser original, de no tener estilo, pero después vas ganando confianza”, asegura Luis, antes de tomarse otro trago de guayusa. Mientras ingiere el té, uno de sus gatos, Jerzy, salta a la mesa para recibir sus respectivos mimos. “Este gato y el otro, el Popeye, nos los trajimos de EE. UU., eran de la calle, estaban abandonados y les dijimos ‘vénganse’. Eso decidimos con Gabriela (Ponce)”, cuenta el escritor, en el instante en que sus manos acarician al gigantesco felino, que no deja de moverse de lado a lado para que cada rincón de su cuerpo sea acariciado.

Entonces, ¿eres un escritor tardío?
Sí, puede decirse que comencé tarde. En el último año de la universidad, en la San Francisco, tomé unas clases de Escritura Creativa, con Ramiro Noriega, y uno de Escritura Poética, con Álvaro Alemán. Esa es la ventaja de esa universidad porque al inicio empecé en la Católica con Derecho, pero me bequé y me fui para la San Pancho. En esos cursos es donde empiezo a quitarme esa sensación de incapacidad que me decía que no podía escribir, pese a que quería hacerlo. Además, gané el concurso de cuentos, con ‘Un chaulafán, por favor’. Ahí se me da esa nota de darme cuenta que sí podía escribir.
Pero hasta ‘Pequeños palacios en el pecho’ no hay un libro suyo, esta novela es un buen arranque…
Antes había publicado cuentos y ensayos. También escribía artículos para revistas. Estoy en una antología que se llama ‘Todos los juguetes’ o aparecen mis textos en la revista Trashumante. Fernando Albán me invitó a participar en Trashumante, a él lo conocí en el Colegio Einstein, donde fuimos colegas dando clases. Un ensayo mío aparece en el libro ‘Quadrilátero’. Entonces, claro, siempre fui escribiendo y publicando de forma dispersa, hasta que aparece el libro.
¿Qué tal la experiencia de profesor?
Tenaz. Dura al inicio, pero después todo terminó bien. El caso es que llegué de chiripa al Einstein. Cuando era estudiante de Derecho colaboraba con los abogados de las víctimas del Caso Texaco. Después de un tiempo de permiso para acabar la carerra, iba a regresar, pero ya graduado no ejercí. Me salió el trabajo en el Einstein y me decidí. Dando clases gané una gran experiencia.
¿Y ahora? ¿Qué hace un abogado que no ejerce o un escritor en un país donde no se vive escribiendo?
Becas, loco. Las becas han sido mis estrategias para sobrevivir. Hay diferentes momentos: estudié en la San Pancho gracias a una beca; de profe tuve un periodo de estabilidad; después vino la cuenta regresiva de ir a EE. UU. y, gracias a Gabriela –con quien lleva 10 años-, la ayuda de otras personas y la paga de los artículos que salían en Diners o SoHo pude sobrevivir; ya en EE. UU., donde fui por el apoyo de Gabriela, que se ganó una beca, pasé ese tiempo a cargo de la casa, de la limpiada y arreglada…
¿Qué tal el periodo de amo de casa?
Bien, ahí apoyaba en todo y me hacía cargo mientras Gabriela iba a estudiar y Manuela se iba para el colegio. Manuela no es hija mía, pero a esa niña la conozco desde que estoy con Gabriela, me llevo con su papá, quien nos fue a visitar en EE. UU., todo se da en una buena relación… Pero, como te decía, en EE. UU. me la pasé cuidando a niños del vecindario, leyendo, sobre todo en inglés que esa era una de mis metas, y por ahí escribiendo artículos.
¿Escribió también cuentos o se perfilaba la novela?
Escribí muy poco, la verdad. Eso sí, se me perdieron unas 70 páginas que escribí y estaban repotentes, pero la memory de mierda se quemó. En fin, no me dediqué a escribir; sí a leer y a traducir. Traducir es un ejercicio que lo tomé con rigor. Cuando fui a visitar a unas amigas en la universidad donde estudiaban, daban unas conferencias. Entre los temas hablaban de Juan José Saer, quien decía que todas las mañanas, antes de arrancar su jornada, traducía un poema. Eso empecé a hacer, ahora como que ya he perdido ritmo, pero allá lo hacía con disciplina. Traducía, sobre todo las canciones de Bill Callahan, un cantante del puctas, y los poemas de Denis Johnson, poeta gringo, que me encantan.

Luis se levanta inquieto y mira por un momento el gran ventanal de su comedor. “Otra guayusita ha de ser ¿no?”, dice con un tono amigable. Javier Parra, el compañero fotógrafo que me acompaña, y yo accedemos. “Esa es, ese té de guayusa es súper power”, remata alegre mientras sirve más bebida en las tazas. Tras unos sorbos, las preguntas reaparecen:

La novela trata sobre una relación homosexual, un tema que podría resultar un tabú; pero también hay un guiño hacia la eutanasia y se toca el suicidio. ¿Por qué abordar esos temas en una sociedad que huye hablar de los mismos y que se escandaliza sobre la sexualidad? ¿Escribir sobre eso fue un acto conciente o apareció en el camino?
Un poco de ambas. Uno parte de algo y con eso te lanzas a explorar y así van surgiendo temas imprevistos. Tenía claro que quería hablar de una relación de amor de dos hombres: justamente, en la clase de Álvaro Alemán me quedó claro que, para poder renovar el discurso del amor, era necesario llevarlo a otro plano, porque el terreno de la heterosexualidad ya está gastado, ya no se puede hacer mucho. Sabía que debía aparecer un problema, ahí surgió la idea de ayudar a morir a la abuela que padece alzheimer. Yo, por entonces, pasaba un momento difícil con una abuela enferma y fui testigo de la evolución de su enfermedad. Después, se me ocurrió que tras la muerte los personajes debían complicarse.
¿Cómo aparece ese maniaco obsesivo llamado Paco, quien con sus manías, como rascarse la ceja y que en su mente se crucen el Himno y La cucaracha, atrapan al lector?
Había venido trabajando estas exploraciones de los tics, la obsesión, la compulsión. Ya en el cuento del chaulafán, mi personaje presentaba manías como el de recordar el orden de los hombres con que se había acostado su mujer. De estas exploraciones y de las manías de uno o sus cercanos va tomando forma un personaje. La escritura te salva y te permite sacar las cosas que te carcomen en silencio. Así aparecen los tics del personaje o las cualidades que van dándole forma.

Esta vez Popeye es quien salta sobre la mesa y entre un coqueto caminar, que provoca a Jerzy, pide la atención de Luis. Su pelaje amarillo-naranja se planta sobre la mesa para ser acariciado. Luis lo adula. Popeye se recuesta y mira fijamente una colección de libros de Anaís Nin, como si predijera la siguiente pregunta:

¿Qué decir de Anaís, personaje fantasma de su novela?
Es un personaje de presencia misteriosa, incluso para mí. Definitivamente, es una mujer que ejerce un influjo poderoso sobre Paco. Es como una manifestación en la novela de la ausencia de lo femenino en Paco. Está su relación con su abuela, que se corta, y con su madre uno se da cuenta de que no hay una buena relación y hay una herida. Pienso que Anaís se mueve por ese terreno que no se sabe qué le duele tanto a Paco.
Capitulada en Do, Re, Mi, Do (sostenido), ¿la novela es la partitura que evoca la decadencia de la burguesía quiteña?
Hay una intención musical, asociada al baile. Pienso que la literatura y el arte son formas de resistencia. Tienen el potencial de resistir a cualquier dominación. No está tan definida la cuestión de la burguesía, dónde están los límites, qué hay que tener para ser pequeño a gran burgués. Pero sí hay una confrontación contra la hipocresía, la mojigatería, las poses de las clases media o media-alta, que tampoco podemos ubicar bien quién pertenece o no. Escribo sobre esa mojigatería que implica una especie de ceguera, de ruptura, de la que tampoco nosotros nos liberamos, pero de la que se busca estar al margen.
Tampoco puede liberarse de la música. Eso marca el compás en su libro…
Como decía, hay una intención musical, con el baile y el mundo de la bohemia. Mientras escribía escuchaba los discos y canciones que están en el libro, el cual está lleno de referencias. Ahora ya no me interesa intercalar mi narrativa con versos de canciones, pero para esta novela fue vital ese ejercicio, así sentía que cachaba más a los personajes y a la atmósfera donde los ubicaba.
Quito también aparece como protagonista, pero no tanto desde la descripción, sino desde el habla…
Bacán lo que dices. A un amigo mío, que fue mi profe en la San Francisco y ahora es profe en Arizona, le mandé el borrador. Me dijo justo eso: Quito surge en las palabras, en cómo nos comunicamos acá, en las cosas que se dicen, en las frases y cómo se pronuncian las palabras. El lugar es el habla, también.
Aparece la perrita Yoshimi, quien simboliza cierto acto de redención. ¿La redención es un acto de inutilidad humana?
Te refieres por el fracaso. Estamos entrando a un terreno de la interpretación, lo cual es bien jodido. Está bien leer, interpretar y compartir, pero eso no es la última palabra. Las posibles lecturas, como la tuya, son válidas, pero no hay como correr el riesgo de cerrar el texto y sepultarlo. Personalmente, no creo que la redención esté destinada siempre al fracaso. Como dice un título la novela de Javier Ponce, ‘Resígnate a perder’. Esa es la plena… Juan Carlos Onetti tenía otra forma de decir lo siguiente: Él decía, más o menos, que todo ser humano tiene una zona de pureza, que normalmente se va desarticulando cuando creces y te relacionas con la sociedad. Pienso que manifestaciones como el arte son capaces de ayudarte para que se reactive esa zona de pureza, y esa es una forma de redención así vuelvas a caer.
¿Ganar un premio involucra fracasar?
Claro que sí.
¿Por qué apostaste por fracasar en el Aurelio Espinosa Pólit?
La verdad, entre otras cosas, necesitaba la plata. Y, claro, yo había intentado publicar esta novela antes, pero nunca lo logré.
En Facebook hicieron un foro donde se preguntaba si hay escritores jóvenes, ahí lo nombraban y lo catalogaban de bueno. ¿Eso se puede considerar un premio?
Buena onda, esa sí es una cosa bonita. Esos foros surgen de abajo, desde un plano horizontal. Qué bueno saber que uno lanza cosas y que de a poco hay lectores y gente que se interesa por tu trabajo. Eso también es un premio, evidentemente.

 

Luis comparte que por ahora está metido de lleno en su tesis de la Flacso, donde sigue una maestría en Sociología. Por ahora la teoría es dueña de todas su lecturas, aunque siempre hay tiempo para escapar y, rápidamente, leer novelas como ‘Vida de Pablo’, de Carlos Pardo, de esos “textos que te tocan íntimamente y te identificas”. En su estudio, un espacio que al igual que toda la casa está lleno de libros, mientras se le saca otras fotografías, se divisan los textos de Samuel Beckett y César Dávila Andrade, autores que aborda en su tesis. “Ese César Dávila Andrade es un maestro, un duro de la literatura nacional ¿no?”, inquiere Luis, mientras yo con mi cabeza afirmo y en mi mente pienso: “Vos también empiezas a ser un grande, Luis”

 

Perfil

Escritor ecuatoriano, abogado y Dj de radio. Estudió Derecho en la Universidad San Francisco y cursa una maestría en Sociología en la Flacso. Ha publicado sus cuentos y artículos en revistas y con su novela ‘Pequeños palacios en el pecho’ ganó el Premio Aurelio Espinosa Pólit 2014.

La Hora

 

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