Dos escritores y el destino latinoamericano: Recuerdo de Alejo Carpentier (Cuba) y Augusto Roa Bastos (Paraguay)

Alejo Carpentier, un escritor imprescindible a 35 años de su muerte

La Habana, 24 abr (PL) El legado literario, periodístico y cultural de Alejo Carpentier perdura y crece hoy, a 35 años de su muerte, cuando varios misterios de su prolífica vida comienzan a revelarse.

Ganador del Premio Cervantes de Literatura y uno de los cronistas más formidables de la lengua hispana, Carpentier es un inevitable referente para quienes aspiren a ganarse la vida escribiendo.

Autor de una monumental obra que abarcó desde la composición y la crítica musical y teatral hasta el ensayo, la narración y un elevado periodismo, Carpentier fue también un humano con virtudes y defectos que supo exorcizar en su prosa, e incluso en un íntimo diario.

En efecto, lo que fue un secreto resguardado por un sobre sellado y una viuda preocupada, ahora es libro que permite hacerse una idea más cabal del humano que latía bajo un rostro a veces pétreo.

El «Diario de Alejo Carpentier (1951-1957)», publicado por la Fundación que lleva el nombre del novelista y que preside Graziela Pogolotti, permite conocer más a un hombre poco dado a la confesión.

El texto realiza un revelador bosquejo del autor mediante anécdotas menores, apuntes sobre qué libros leía, qué música escuchaba en sus noches caraqueñas o qué lo angustiaba como creador.

Desde que anunció la publicación del diario, poligrafía mediante, la Pogolotti ya advertía que estas revelaciones eran sorprendentes.

Y en verdad, nadie espera que alguien tan rotundo y suficiente en su escritura también sufriera la angustia creadora que infunde la página en blanco, la idea trabada, el cierre que no convence.

Esa dimensión humana lo acerca más al lector, que al bajarlo del pedestal de lo inescrutable donde aún muchos tienen a Lezama Lima, descubren a este hombre renacentista, vanguardista, contracultural.

Por ejemplo, el investigador Radamés Giró lo venera como un musicólogo con mayúscula, dueño de una poderosa capacidad para relacionar fenómenos y sintetizar, autor de una obra inagotable sobre la que siempre es lícito volver para aproximarse a su tiempo.

Es quizás en esas pasiones, en su compromiso político, donde se muestra otro indicio humano de Carpentier, quien, por ejemplo, al narrar la Guerra Civil Española fue más emotivo que objetivo.

Leonardo Padura, un admirador sin complacencias de Carpentier, señala que la Barcelona que narra el cubano en España bajo las bombas difiere de la que retrata el inglés George Orwell (Rebelión en la granja, 1984) en Homenaje a Cataluña.

Esa idealista visión del drama español se repite en La consagración de la primavera, la última novela de Carpentier, un texto épico sobre revoluciones que le tomó 15 años concluir, que se antojaba más un imperativo político que una necesidad artística.

Ya para entonces, Carpentier tenía una obra tan trascendental que nadie osaría cuestionar su Premio Cervantes de Literatura en 1977, merecido, además, por sus tres mejores novelas: Los pasos perdidos (1952), El acoso (1956) y El siglo de las luces (1958).

Esas obras consagratorias las escribió precisamente en el período que abarca el mencionado diario, una bitácora caraqueña que permite percibir hasta qué punto está la vida de un escritor en su obra.

Lilian Esteban, viuda y albacea de Carpentier, lo encontró en la casa donde vivió el escritor, y supo que aquellos 149 folios escritos a máquina, con correcciones al margen y notas a mano, eran una verdadera bomba por su carácter intimista y revelador.

Para Pogolotti, por el contrario, constituyen un «verdadero acontecimiento cultural» y una invitación a releer y descubrir a Carpentier a partir de las pistas que deja esta confesión.

Un excelente consejo para recordar a Carpentier a 35 años del viaje sin retorno que emprendió en París, el 24 de abril de 1980.

Prensa Latina


Cómo recordar a Alejo Carpentier

 

A 35 años de la muerte de este grande de las letras españolas, se recuerda la obra de un autor que trascendió las fronteras del imaginario de nuestras tierras

El 26 de diciembre del 2004, cuando se celebraba el centenario de Ale­jo Carpentier, Fidel le escribió una conmovedora carta a Lilia Es­te­ban, la viuda y, entonces albacea y presidenta de la Fundación que lleva el nombre de un precursor de las letras y la cultura en general. En esa misiva decía Fidel: “Albergo la convicción de que en la batalla por alcanzar una cultura general integral en la que se encuentra inmerso nuestro pueblo, la obra de Alejo Car­pen­tier tendrá la garantía de lectores ca­da vez más cultos y ciudadanos solidarios que honren eternamente su memoria”.

La memoria, el recuerdo y homenajes a Alejo no pueden ceñirse a una nota o artículo de recordación habitual, en ocasión, como ahora, del  aniversario 35 de su muerte, ocurrida el 24 de abril de 1980,  después de haber recibido, el 5 de abril de 1978, en Alcalá de He­nares, el Premio Miguel de Cer­vantes Saa­vedra, el más alto reconocimiento de las letras españolas.

Precursor de una novelística que trascendió las fronteras del imaginario de nuestras tierras, Carpentier plas­­­­mó, precisamente, a partir de nuestra cultura, los imaginarios del Río Grande a la Patagonia, comenzando por Haití. Alejo no se limitó a ese portento en su escritura, en ge­neral, sino que, desde el comienzo de sus letras, ejerció con pasión y profundidad el periodismo y se le considera además, con idéntica ra­zón, uno de los intelectuales cubanos y de América Latina, con más conocimiento en las artes en general y en particular de la música.

Pero tampoco su vida se ciñó a la cultura. Desde su primera juventud Alejo integró movimientos patrióticos, que en la nebulosa de aquellos años querían para Cuba y América un porvenir mejor, basado en la verdadera independencia y soberanía de la patria, hecho que lo condujo a la cárcel.

Nunca su vocación y diario trabajo en la literatura, las artes e incluso en la aparición de la radio —en la cual trabajó intensamente, del mis­mo modo que en la publicidad— im­pidieron su vínculo estrecho con las vanguardias políticas, ni aún en los tiempos en que ya reconocido como un gran novelista en América y Eu­ropa, no menguaron el ímpetu y cons­­­­tancia que lo caracterizaban, tra­ba­jando, cotidianamente para vivir.

Tampoco rehusó, en su momento, la labor en la Editora Nacional de Cuba, ni tampoco el desempeño di­plomático, su última función de Es­tado en París, donde murió luego de desafiar por varios años la secuela del cáncer.

Precisamente, estaba escribiendo la inconclusa novela sobre el santiaguero Pablo Lafargue, yerno de Car­los Marx. Una página de la obra quedó a me­dias en su máquina de escribir.

Cuando triunfa la Revolución Cu­bana, aseguraba su compañera en la vida, Lilia, que rechazó proposiciones pecuniarias de altísimo monto en Ve­ne­zuela.

De inmediato, re­nun­ció a todo bienestar y se sumó a los compatriotas de regreso a Cuba, para ponerse al servicio de los intereses de la Re­vo­lución.

Impecable en su escritura, autor de lo real maravilloso en la corriente literaria, avalado en sus obras El rei­no de este mundo, Los pasos perdidos, El siglo de las luces, El arpa y la sombra, Concierto Barroco, El re­cur­so del método y otras como La Consagración de la primavera, El Acoso, El camino de Santiago, Los fugitivos, La Música en Cuba, y de­cenas de libros de periodismo compilados a partir de sus trabajos en la columna Letra y Solfa, que editó el Instituto del Libro en una colección, y tantas obras más de narrativa, Ale­jo Carpentier, cuya muerte recordamos, seguirá vivo.

Lástima que pocas de sus obras se encuentren en nuestras librerías, como sí se pueden adquirir en otros países.

Su generosa contribución material a la cultura, fue un gesto extraordinario. De ese gesto Fidel expresa su grandeza. En carta en nombre del Partido y el Gobierno, fe­chada el 3 de mayo de 1978, expresó:

“Querido compañero Car­pen­tier: Nuestro Partido y nuestro pueblo han recibido con la misma emoción que nosotros las palabras con que usted, en gesto de noble y conmovedora generosidad dedica a la Revolución la medalla conmemorativa y el importe del Premio Miguel de Cervantes Saavedra.
“Estamos acostumbrados a que los jóvenes que todo lo deben a la nueva sociedad, consagren a ella sus éxitos en la producción, la ciencia, el arte o el deporte. Usted, sin embargo, era una gloria de las letras, de reconocido prestigio, cuando to­davía faltaban largos años para que triunfara nuestra causa. Esa circunstancia subraya, en todo su valor mo­ral, humano y revolucionario, el sen­timiento que lo impulsa, en la hora de un altísimo reconocimiento, a la obra literaria de su vida entera, a compartir ese merecido honor con todos sus compatriotas”.

El conocimiento de la colosal obra literaria y periodística de Alejo — que aún después de muerto sigue descubriendo la Fundación que lle­va su nombre— es, sin lugar a du­das, la mejor forma de recordar a este intelectual, cuya generosidad y ética fueron un haz en su fecunda vida.

Granma


Diez años sin Roa Bastos y sin pistas de sus obras desaparecidas

Si bien el enigma se mantiene, el círculo de Roa Bastos coincide en que el Premio Cervantes de 1989 tenía casi completadas antes de morir la novela «Un país detrás de la lluvia» y «Los 1000 y un proverbios rebeldes», un libro de aforismos.

Sobre lo ocurrido con esos textos nadie se atreve a emitir un veredicto, barajándose las precarias relaciones de Roa Bastos con la informática y también la posibilidad de un robo.

«Entre 1997 y 2003 él hablaba de que los tenía muy avanzados. Lo que a mí me dijo fue que los tenía en su computador, se averió y lo llevó a reparar. Y que al no tener arreglo le dieron uno nuevo. No sabemos si en ese cambio se perdieron o fue un robo», dijo a Efe el periodista y escritor Antonio Pecci.

Víctor Jacinto Flecha, compañero de exilio de Roa Bastos, también asegura que estaban casi concluidas, aunque sobre su destino final no emite conjeturas.

«Sí se habló de robo, pero solo puedo decir que están desaparecidas. Él hablaba mucho a sus amigos de ‘El país detrás de la lluvia’, decía que estaba bien avanzada, es la novela que yo sé seguro que estaba escribiendo», declaró a Efe Flecha, vicepresidente de la Fundación Augusto Roa Bastos, cuya obra se compone de novela, cuentos y poesía.

Ante lo que parece un pérdida irreversible, quedan los testimonios de quienes leyeron parte de esos dos libros de Roa Bastos, fallecido en Asunción a los 87 años y en cuya obra literaria destaca la «trilogía sobre el monoteísmo del poder», también llamada «trilogía paraguaya», compuesta por las novelas «Hijo de hombre» (1960), «Yo el Supremo» (1974) y «El Fiscal» (1993).

Pecci, quien tuvo acceso a «El país detrás de la lluvia», habla de un libro marcado también por los problemas que el novelista veía enquistados en Paraguay.

«Es difícil sopesar la dimensión de esa obra, el contexto general era su preocupación sobre la realidad social de Paraguay, la deforestación, el despojo de tierras a los indígenas y a los campesinos, él me dijo muchas veces que se sentía un campesino», recordó Pecci, autor de un libro sobre este escritor considerado uno de los más destacados de la literatura latinoamericana.

En cuanto a «Los 1000 y un proverbios rebeldes», otro de sus amigos, el periodista español Antonio Carmona, señaló a Efe que se componía de metáforas y aforismos influidos por el surrealismo.

«Eran aforismos que nunca se encontraron y de tono surrealista. A él le gustaba mucho el cine de Luis Buñuel», dijo Carmona.

Resaltó además que hay otras dos novelas desaparecidas de Roa Bastos, probablemente extraviadas durante sus dos exilios, los que le llevaron primero a Argentina y luego a Francia.

Se trata de su primera novela, titulada «Fulgencio Miranda», que ganó el premio Ateneo Paraguayo en 1941, y «La Caspa», escrita en su exilio en Toulouse.

«De la primera sabemos de su existencia por ese premio y por un comentario aparecido en el diario El País, donde Roa Bastos era redactor, pero no existe ningún ejemplar», dijo.

Y tampoco de «La Caspa», un proyecto que era conocido por sus amigos y por escritores como Julio Cortázar.

«‘La Caspa’ era muy surrealista. Habló de ella en la Universidad de Toulouse estando Cortázar presente. Yo creo que se perdió en Toulouse y por algún motivo no quiso volver a escribirla», comentó Carmona.

Añadió que otros escritos nunca encontrados son las crónicas periodísticas que Roa Bastos hizo para el rotativo asunceno El País en la Europa de postguerra bajo el título de «La Inglaterra que yo viví», así como varias obras de teatro y guiones de cine, oficio que desempeñó en su exilio argentino.

Carmona, que calificó de «tragedia» todas estas pérdidas, es uno de los responsables de la edición especial de «Yo, el Supremo», que se lanzará a primeros de mayo en la Feria Internacional del Libro de Asunción.

La edición, que estaba prevista que fuera presentada el pasado año, coincidiendo con el 40 aniversario de su publicación, lleva las ilustraciones que hizo para el original el dibujante argentino Carlos Alonso.

Y cuenta además con un glosario de Carmona bautizado como «roabastiario», un conjunto de aclaraciones al lector sobre algunos de los contenidos de una novela que sigue avasallando por su revolucionario estilo y riqueza lingüística.

Ultima Hora


Diez años sin Roa Bastos y sin pistas de sus obras desaparecidas

 

Paraguay recuerda al escritor Augusto Roa Bastos, de cuya muerte se cumplen hoy diez años, con una edición especial de su magistral novela Yo, el Supremo, sin nuevas pistas sobre las dos obras en las que trabajaba antes de fallecer.

Si bien el enigma se mantiene, el círculo de Roa Bastos coincide en que el Premio Cervantes de 1989 tenía casi completadas antes de morir la novelaEl país detrás de la lluvia y Los 1000 y un proverbios rebeldes, un libro de aforismos.

Sobre lo ocurrido con esos textos nadie se atreve a emitir un veredicto, barajándose las precarias relaciones de Roa Bastos con la informática y también la posibilidad de un robo.

«Entre 1997 y 2003 él hablaba de que los tenía muy avanzados. Lo que a mí me dijo fue que los tenía en su computador, se averió y lo llevó a reparar. Y que al no tener arreglo le dieron uno nuevo. No sabemos si en ese cambio se perdieron o fue un robo», dijo a EFE el periodista y escritor Antonio Pecci.

Víctor Jacinto Flecha, compañero de exilio de Roa Bastos, también asegura que estaban casi concluidas, aunque sobre su destino final no emite conjeturas. «Sí se habló de robo, pero solo puedo decir que están desaparecidas. Él hablaba mucho a sus amigos de El país detrás de la lluvia, decía que estaba bien avanzada, es la novela que yo sé seguro que estaba escribiendo», declaró aEFE el vicepresidente de la Fundación Augusto Roa Bastos, cuya obra se compone de novela, cuentos y poesía.

Ante lo que parece un pérdida irreversible, quedan los testimonios de quienes leyeron parte de esos dos libros de Roa Bastos, fallecido en Asunción a los 87 años y en cuya obra literaria destaca la «trilogía sobre el monoteísmo del poder», también llamada «trilogía paraguaya», compuesta por las novelas Hijo de hombre (1960), Yo el Supremo (1974) y El Fiscal (1993).

Pecci, quien tuvo acceso a El país detrás de la lluvia, habla de un libro marcado también por los problemas que el novelista veía enquistados en Paraguay.

«Es difícil sopesar la dimensión de esa obra, el contexto general era su preocupación sobre la realidad social de Paraguay, la deforestación, el despojo de tierras a los indígenas y a los campesinos, él me dijo muchas veces que se sentía un campesino», recordó Pecci, autor de un libro sobre este escritor considerado uno de los más destacados de la literatura latinoamericana.

En cuanto a Los 1000 y un proverbios rebeldes, otro de sus amigos, el periodista español Antonio Carmona, señaló que se componía de metáforas y aforismos influidos por el surrealismo. «Eran aforismos que nunca se encontraron y de tono surrealista. A él le gustaba mucho el cine de Luis Buñuel», dijo Carmona.

Resaltó además que hay otras dos novelas desaparecidas de Roa Bastos, probablemente extraviadas durante sus dos exilios, los que le llevaron primero a Argentina y luego a Francia. Se trata de su primera novela, tituladaFulgencio Miranda, que ganó el premio Ateneo Paraguayo en 1941, y La Caspa, escrita en su exilio en Toulouse.

«De la primera sabemos de su existencia por ese premio y por un comentario aparecido en el diario El País, donde Roa Bastos era redactor, pero no existe ningún ejemplar», dijo. Y tampoco de La Caspa, un proyecto que era conocido por sus amigos y por escritores como Julio Cortázar. «Ese texto era muy surrealista. Habló de él en la Universidad de Toulouse estando Cortázar presente. Yo creo que se perdió en Toulouse y por algún motivo no quiso volver a escribirla», comentó Carmona.

Añadió que otros escritos nunca encontrados son las crónicas periodísticas que Roa Bastos hizo para el rotativo asunceno El País en la Europa de postguerra bajo el título de La Inglaterra que yo viví, así como varias obras de teatro y guiones de cine, oficio que desempeñó en su exilio argentino.

Carmona, que calificó de «tragedia» todas estas pérdidas, es uno de los responsables de la edición especial de Yo, el Supremo, que se lanzará a primeros de mayo en la Feria Internacional del Libro de Asunción.

La edición, que estaba prevista que fuera presentada el pasado año, coincidiendo con el 40 aniversario de su publicación, lleva las ilustraciones que hizo para el original el dibujante argentino Carlos Alonso. Y cuenta además con un glosario de Carmona bautizado como «roabastiario», un conjunto de aclaraciones al lector sobre algunos de los contenidos de una novela que sigue avasallando por su revolucionario estilo y riqueza lingüística.

El Universal

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