Apuntes sobre la crisis del teatro chileno

La crisis permanente del teatro chileno que el fallecido Andrés Pérez soñó erradicar

Una serie de actividades realizará el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (CNCA) para celebrar el Día del Teatro, que se conmemora hoy, en coincidencia con el natalicio número 64 del fallecido artista teatral Andrés Pérez (1951-2002).

A las 9:00 horas, el CNCA, en conjunto con la Plataforma de Artes Escénicas, que reúne a trabajadores del área, iniciará la celebración con un desayuno comunitario en el que se instalará una gran mesa de encuentro que reunirá a distintas personalidades del sector, en calle Ernesto Pinto Lagarrigue 131, Barrio Bellavista, sede del Sindicato de Actores de Chile (SIDARTE).

Más tarde, a las 13:30 horas, en el Parque Almagro, comuna de Santiago, se exhibirá la obra “Una hermosa historia”, de la compañía Gran Circo Teatro, fundada por Pérez en 1988. El montaje es un homenaje al director y actor nacional.

Finalmente, como cierre, a las 20:00 horas, en el Teatro Novedades (Cueto 257, Santiago Centro), habrá un encuentro entre los distintos agentes organizadores de la jornada además de invitados del mundo de las artes escénicas.

Allí se entregará el reconocimiento Sello de Excelencia a Sergio Zapata, por sus más de 40 años de trayectoria en el diseño teatral, y a la compañía penquista El Rostro, por su trabajo artístico y lucha constante en defensa del teatro en la región. El reconocimiento fue recibido anteriormente por personalidades como Egon Wolff, Juan Radrigán, Luis Rivano, Alejando Sieveking, Gustavo Meza, Juan Barattini y María Elena Duvauchelle, entre otros.

PRECARIEDAD ACTUAL

El “Día del Teatro” fue establecido el año 2006 y se fijó para su celebración el 11 de mayo, día del natalicio de Pérez, creador del Gran Circo Teatro y director del fenómeno teatral más masivo de la historia del teatro chileno, La Negra Ester (seis millones de espectadores a nivel mundial), montada por primera vez en 1988 en Puente Alto y basada en una obra musical homónima del cantautor y folclorista Roberto Parra.

¿Pero cuál es la situación del teatro hoy? ¿Y qué opinan los miembros del mundo teatral al respecto?

En el Reporte Estadístico No. 4 del CNCA, de julio de 2011 (el último disponible), Claudia Guzmán, funcionaria del organismo, señala que “queda pendiente el desafío de fortalecer en el país un teatro con niveles de asistencia permanentes y no solo estacionales, ya que la actividad creadora es una labor constante que necesita continuidad para desarrollarse y apoyo para difundirse”, una frase que probablemente no ha perdido actualidad.

Según una encuesta citada por el reporte, en los últimos 12 meses un 18,6% de los chilenos había asistido al teatro, muy detrás del cine (34,9%), conciertos (29,3%), danza (23,5%) e incluso artes visuales (22,2%). Entre 2003 y 2009, las funciones pasaron de 5.925 a 8.471, y los espectadores de 1.066.090 a 1.631.198.

De los asistentes al teatro, un 41,8% afirmó haberlo hecho 2 a 3 veces en ese periodo, y un 30,7% al menos una vez. Asimismo, entre las mujeres un 19,5% afirma haber ido al teatro, frente al 17,7% de los hombres. En cuanto a la edad, la mayoría de los espectadores tenían de 15 a 29 años (24,4%), seguidos de otros entre 30 a 44 años (17,7%). En su mayoría (54%) corresponden a un nivel socioeconómico medio.

LO QUE DICEN LOS ARTISTAS

La opinión de los trabajadores del arte es dura. Para Andrea Gutiérrez, presidenta del Sindicato de Actores de Chile (SIDARTE), por ejemplo, el teatro vive una especie de crisis permanente, en medio de condiciones laborales precarias, a pesar de lo cual sigue creciendo gracias a “trabajadores que  tienen la convicción profunda de que este arte es fundamental para el desarrollo pleno de una sociedad conectada con la reflexión y la expresión de su imaginario identitario”.

Sin embargo, los artistas han pasado de las quejas a la acción. Tras escuchar durante años las amenazas de cierre de salas, el fin de festivales y compañías, la dificultad de circulación y un acceso discriminado por la capacidad económica del espectador, el año pasado actores, representantes de la danza y el circo, además de festivales, se agruparon en la Plataforma de las Artes Escénicas. Y en octubre la agrupación se reunió con la ministra del Cultura, Claudia Barattini, para presentar un borrador de una ley que regula el desarrollo de las artes escénicas en Chile.

“Nos parece que esta ley dará un marco de funcionamiento para que el sector salga de este estado de sobrevivencia, de su centralismo excesivo  y pueda desarrollarse con mayor contención y respeto para quienes trabajan en él y para los ciudadanos de todo el país”, señala Gutiérrez.

Para dramaturgos como Andrés Kalawski, director artístico del Teatro de la Universidad Católica, “el muy interesante panorama que presenta el teatro en Chile está en buena parte subvencionado por el esfuerzo sostenido de los espacios de teatro”.

“En Chile las salas de teatro producimos, difundimos, educamos, exhibimos y mucho más, sin tener el apoyo que debiéramos de parte del Estado para cumplir nuestro rol hacia el público”, advierte. “Por suerte, organizaciones como la Red de salas de Teatro a la que pertenecemos, promueve la asociatividad y el mejoramiento de la institucionalidad teatral”.

“El teatro es un oficio, no es ni debe ser un via crucis”, señala la reconocida actriz Gloria Laso. “Un país sin teatro es un país sin cultura y por ende muy pobre de alma, aunque tenga un PIB estupendo. Y esa es la responsabilidad de autoridades y poderosos”.

“La magia de la comunicación, la conciencia y el aprendizaje que da el teatro, no la dará jamás la tele, ni siquiera la palabra escrita. Y tampoco logrará la conciencia y reflexión que ayudan al desarrollo de las personas y los pueblos”, comenta.

Para Laso, si el teatro ha sobrevivido más de 2000 años, por algo será. “Y ese algo puede ser en parte el reflejo que devuelve a los seres humanos de sus aciertos y sus miserias. En este país subdesarrollado y ‘aspiracional’ no resulta fácil ni mostrar ese reflejo, ni crearlo, ya que el apoyo tanto del Estado, como de los más ‘exitosos’, es muy poco…”, continúa.

“Entonces se convierte en una especie de cruzada de aquellos que lo aman y que terminan trabajando en otras cosas para ganarse la vida -en forma precaria casi siempre- para poder con enorme sacrificio, hacerlo. A mí me conmueve ver a los jóvenes que con disciplina y creatividad logran hacer  buenos montajes y también a mujeres de más de 90, actuando y maravillosamente,  como Bélgica Castro en un reciente trabajo. No tengo más soluciones que decirle a aquellos que puedan que aporten en todas las formas posibles, pues sobran grandes actores, ideas y trabajo”.

Obviamente, no todos los tipos de teatro son iguales. Ernesto Orellana, director de montajes como “Los Justos”, cree que aquel que se instala desde la crítica cultural está siendo gestionado y realizado, de manera bastante resistente, por sus creadores para pensar críticamente una sociedad en crisis, que paradójicamente, no comprende ni valora su importancia cultural.

“Las razones principales para esta desvalorización artística son consecuencia de la mediocre e improvisada voluntad política, por parte del Estado, de invertir, estimular y proyectar a lo largo de todo Chile, no sólo en Santiago, el teatro como fenómeno comunitario y colectivo de imaginar y crear una otra sociedad, más justa, y libre”, critica.

Para Orellana, las autoridades actuales no entienden el teatro como un derecho. “Lo que se observa es todo lo contrario: un Estado neoliberal que incentiva la industrialización cultural, presa de la economía capitalista, presa del emprendimiento, lo que finalmente sólo termina profundizando un modelo empresarial privado, exclusivo, que finalmente, segrega la cultura y algo que me parece aún más grave, termina encarcelando y normalizando a los discursos artísticos”.

“La precarización de la situación laboral de quienes hacemos teatro en Chile, es nefasta. Valoro profundamente la autogestión, la organización independiente, sindical y colectiva”, remata.  “Comprendo que no depende sólo de la voluntad política de quienes administran el poder, sino de la voluntad de los artistas de tomarse otros espacios, de organizarse y  de luchar, para evitar que el teatro se convierta sólo en un bien de consumo cultural -como terminó convirtiéndose la televisión- y se convierta en un encuentro social para despertar la sensibilidad y el pensamiento crítico social”.

EN RECUERDO DE ANDRÉS PÉREZ

Los artistas también aprovecharon la ocasión para recordar a Andrés Pérez. “Él encarnó lo que significa el teatro como un derecho social para los habitantes de nuestro país, él envolvió Chile y el mundo con una forma de concebir el teatro que nos llena de sentido e inspiración, un hecho único e irrepetible, una comunión entre las personas en un instante fugaz y feliz”, señala la presidenta del SIDARTE.

“Él fue un valiente, cuya convicción hoy nos llena de fuerza para saber que somos nosotros quienes debemos impulsar a que las cosas ocurran, que somos motor de cambio y creación, que no somos el pariente pobre ni el show de pasatiempo, somos quienes construyen el relato simbólico de un país que pide a gritos transformaciones sociales con coraje y sentido. Hoy más que nunca Andrés Pérez Araya está vivo y latiendo en cada uno de nosotros”.

Para Gloria Laso el vínculo con Pérez se basa en una anécdota muy emotiva. “Estando yo en la UC (antes del golpe) fuimos a hacer unos una gira y talleres a Antofagasta con nuestra compañía ‘El errante’”, recuerda. “A mí me tocó ir a Tocopilla y trabajar con niños de allí. Nadie había visto teatro por ese entonces en la región y asistían maravillados a ver nuestras dos obras”.

Muchos años después, en 1983, cuando Laso volvió del exilio, un día se encontró con Pérez, quién la abrazó y le dijo: “tú no tienes idea… pero yo era uno de esos chiquillos del taller de Tocopilla”.

“Fuerte pensar que sea casi una lotería que los talentos como el de él puedan llegar a algún puerto con lo difícil que es si se nace pobre y encima en provincia”, relexiona hoy Laso. “Doble su mérito. Reflexión para los que ‘hacen cultura’, o dejan  de hacerla. ¿Cuantos Andrés Pérez habremos perdido en el  escarpado y duro camino, para todos, pero en especial para los artistas, llamado Chile?”.

Para Kalawski, la trayectoria de Pérez es indicadora de la movilidad y diversidad del teatro chileno. “Participó como coreógrafo de revistas, como actor en una compañía financiada por el Ministerio de Educación, como actor en un teatro célebre en Francia, en la calle y en espacios alternativos en Santiago. Martilló escenografías, hizo el aseo, emocionó al actuar, enseñó. Y celebrarlo a él es celebrar todo eso”, dice.

“Segundo, cuando decimos Andrés Pérez, en realidad deberíamos decir un montón de gente que colaboró con él. El teatro es un arte colectivo, estructuralmente imposible en soledad. Nunca hay que olvidar eso y al homenajear a uno siempre recordar que la cosa es entre varios”, asegura.

Para Orellana, Andrés Pérez, construyó un lenguaje artístico teatral ligado al margen, desde el margen.

“Su vida estuvo ligada al margen. Sabía de lo que estaba hablando, pues su vida estaba en el margen y murió, marginalmente, debido entre otras cosas a una enfermedad de la que en este país nadie habla, el SIDA. No puedo separar su obra de su biografía. Eso me conmueve y estimula profundamente”.

Por otro lado, reflexiona, Pérez “fundó un espacio, pero ese espacio le dio la espalda y hoy lo olvidó. El Estado, y muchos de quienes se dijeron ‘camaradas’, le arrebataron el espacio de creación a Andrés Pérez, y lo marginaron. Por dinero, por poder, por dinero, por privilegios exclusivos”.

También “me llama poderosamente la atención que hoy se hable tanto de Andrés Pérez, pero que muy poco se hable y sobre todo en el ‘medio artístico’ de su homosexualidad crítica. ¿Por qué? ¿Porque su homosexualidad crítica molestaba? ¿Porque murió de SIDA como muchos otros artistas han muerto en el silencio? Recuerdo su funeral, y cómo la gente del circo, quizás la que más cerca de él estaba, lo lloraba. Recuerdo cómo las viejas de las flores le tiraban flores, cómo llegaba tanta gente callejera a despedirlo. Recuerdo su caravana alegre, repleta de gente joven. Andrés Pérez murió como un cuerpo odiado por una sociedad que odia a los cuerpos que no pertenecen a la cultura patriarcal heterosexual”.

El Mostrador

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