Halfón: “Al judío, sobre todo al latinoamericano, le molesta que critiques a Israel”

Eduardo Halfon is the author of The Polish Boxer.

UN TATUAJE EN LA MEMORIA

ENTREVISTA Estuvo en la Argentina con el carácter provisorio y personal que suelen tener los viajes en su vida. A los diez años, Eduardo Halfon migró con su familia de Guatemala a Miami, y a los veintitrés decidió volver para estudiar filosofía en la universidad. Pero la potencia de la literatura se le revelaría tiempo después. La publicación de Monasterio, su última novela, retoma una constelación de libros anteriores, en cuyo centro se narra el origen de su abuelo en Lodz, Polonia, y su posterior internación durante seis años en un campo de concentración. Y más allá o más acá de la historia familiar, la identidad y la errancia son los ejes cruciales de este escritor que pronto se mudará de Nebraska a Nueva York y dice no sentirse cómodo en ninguna parte. Aunque pueda vivir en cualquiera.

“69752. Que era su número de teléfono. Que lo tenía tatuado allí, sobre su antebrazo izquierdo, para no olvidarlo. Eso me decía mi abuelo.”

Así comienza “El boxeador polaco”. Un relato que dio nombre al que Eduardo Halfon considera “su libro madre” y que fuera publicado en 2008. El motivo principal de esta entrevista, claro, es para hablar de Monasterio, su última novela. Pero para sumergirse en la obra de este escritor –que en 2007 fue elegido como uno de los 39 mejores escritores jóvenes latinoamericanos y que en 2011 recibió la beca Guggenheim– es insoslayable hablar de aquel número. “Es casi un tatuaje en mi memoria. Desde niño entendí que lo del teléfono era en realidad una broma para no hablar de su pasado. Mi abuelo no hablaba de Polonia ni hablaba polaco. Consideraba traidores a los polacos. Fueron sesenta años de silencio hasta que un día, diez años antes de morir, frente a un vaso de whisky, me habló de esos seis años en los campos. Creo que entendió que de otra manera se iría a la tumba con su historia. Y dentro de ese discurso de horas, caótico porque no recordaba la cronología ni los detalles, contó una anécdota de tres minutos, sobre un boxeador polaco. El que lo salvó de morir. Esa era la historia de la familia.”

Aquel día, frente al vaso de whisky, Halfon filmó a su abuelo (“¿Te molesta que prenda una cámara?, le dije”) narrando cómo fue la captura en Lodz mientras jugaba al dominó, y cómo durante años fue el encargado de sacar los cuerpos de los hombres que amanecían muertos en los campos. Y del boxeador polaco: aquel hombre que los alemanes mantenían vivo para verlo boxear y que en Auschwitz le dijo a su abuelo qué debía decir y qué no para salvarse de la cámara de gas. Le tomó diez años a Halfon hacer literatura con ese relato. Sin embargo, aquello se convirtió en la razón de ser de su obra. La que ya estaba escrita y la que vendría.

Nacido en Guatemala en 1971, Eduardo Halfon no se da por aludido si lo llaman “escritor guatemalteco”. Vivió en EE.UU., España y pronto se mudará de Nebraska a Nueva York. “No me siento cómodo en ninguna parte, pero puedo estar en cualquiera”, dice en la entrevista realizada en su reciente paso por Buenos Aires.

Eduardo Halfon es un autor que circula firme entre lectores y críticos, aunque sin hacer aspavientos (un poco como es él y como escribe). Sus libros en Argentina se consiguen con algo de esfuerzo (no así Monasterio, de Libros del Asteroide hoy en librerías) a pesar de que publicó trece desde 2003, casi un libro al año. “Escribo libros breves pero intensos y profundos. Me siento como el tiburón que si para de nadar se ahoga. Así me siento si paro de escribir. Voy armando pequeñas piezas y esas piezas luego se encajan con las anteriores. Como un puzzle mayor.”

¿Qué lugar ocupa Monasterio en ese rompecabezas?

–Monasterio deriva del cuento “Fumata Blanca” y se inserta en un proyecto mayor, el del boxeador polaco, de la herencia, de la búsqueda de las raíces, de la historia familiar. Monasterio comienza con un judío que llega a Israel porque su hermana se casa con un ortodoxo. El no quiere estar ahí. Entonces se gesta otro viaje: un viaje hacia adentro, a su infancia, a sus orígenes. El sentirse extranjero en casa. El narrador se llama Eduardo, tiene mis gafas, fuma, yo no fumo. Está tratando de entender algo de sí mismo, de su identidad.

¿Y lo logra?

–Creo que, si él lo llega a encontrar, yo dejo de escribir. Se acerca al final del libro, a entender algo pero que siempre es efímero.

¿La historia de Monasterio es real?

–Todo lo que escribo es real. Esta novela empieza con esa sensación, de llegar a un aeropuerto caliente, de noche, sin querer estar ahí. Escribí esas primeras páginas y paré. La historia no se me daba todavía. Mis cuentos empiezan de algo íntimo, pero mi vida no es suficiente. Empiezo desde el yo pero luego necesito la ficción para volar a otros mundos. Lo más autobiográfico de mi libro no son los hechos. Los hechos los manipulo. Lo más autobiográfico es lo interno, mis miedos, mis ambiciones, mis debilidades.

Finalmente ¿cómo terminaste de escribir la novela?

–Se me reveló en Puerto Rico. Me lo encontré a Marcelo Birmajer, que es muy sionista. Nos peleamos un fin de semana entero porque yo estoy en contra de cierta política israelí, eso se nota en mis libros. Me dice Birmajer: “¿Por qué no escribimos una obra de teatro a cuatro manos sobre dos judíos peléandose?”. Ya de regreso, escribo la escena del avión (un judío se hace pasar por árabe para salvarse) y supe que ése era el final de la novela. Le escribo a Birmajer y le digo: “Quédate con tu obra de teatro”. Ahí también se vuelve más profundo el sentido de la novela: el negar quién soy para salvarme.

A los diez años, los padres de Halfon deciden irse de Guatemala a causa de la guerrilla. Ese momento en que Eduardo niño se entera de que se van a vivir a Miami dio título a otro de sus libros: Mañana nunca lo hablamos (Pre-Textos, 2011). “Vuelvo a la infancia para entender. Las imágenes de mi niñez son muy fuertes. De ahí creo que viene el escribir en español, es el lenguaje de mi niñez. Aunque pienso en inglés.” Pasan los años, Halfon se hace adolescente, estudia Ingeniería industrial en la Universidad estatal de Carolina del Norte, trabaja en una empresa familiar. Pero no es feliz, y decide a los 23 años regresar a Guatemala. “Estaba de vuelta después de 13 años en Estados Unidos, muy frustrado. Había perdido el idioma, hablaba en inglés. Fui a la universidad buscando una respuesta. Supongo que otras personas van al psicólogo o a un cura, yo soy muy racional. Así empecé a estudiar filosofía y literatura.”

¿Se podría pensar que la historia de tu abuelo te convirtió en escritor?

–Yo caigo en la literatura por accidente, no era ni lector. Tenía 28 años cuando me convierto en lector. Fue un tropezón. No lo busqué. Cuando empiezo a estudiar Literatura fue inmediato, caí enamorado de la ficción. Leía un libro por día. Descubría un Flaubert y leía todo Flaubert. Todo Chejov, todo Tolstoi. Me volví la pesadilla de mis maestros. Hasta la fecha me considero más lector que escritor. El leer para mí es orgánico, natural y necesario, el escribir es más oficio, es trabajo. Escribir es la consecuencia de tanta lectura. Es como un vaso donde meto libros y de pronto rebalsa. Y ese rebalse de las lecturas son las pocas páginas que escribo.

¿Qué fue lo primero que escribiste?

–Un cuento largo y muy malo. Pero tengo la gran suerte de dárselo a un profesor de filosofía, mi maestro, un tipo brutalmente sincero y de los mejores lectores que conocí. Nos citamos en un café de Guatemala que se llama Sophos. Entró. Lo sostenía con asco. Me dijo: “Eduardo tanta dedicación para escribir algo tan malo”. Para mañana quiero que escribas unas líneas sobre tu papá. Al día siguiente nos vimos y empezó: ¿Por qué esta palabra? ¿Y por qué esta otra? Fueron meses que no me permitía más que una línea. Hasta que me gané el derecho a una segunda. Un año llegamos a la página. Me decía: “Tu quieres escribir una novela sin poder escribir una línea”.

¿Te modificó como persona haber escrito sobre tus orígenes?

–Seguramente sí. Pero no sé cómo. No sé si la literatura es para mejorar como seres humanos. Alcanza con conocer a varios escritores para darte cuenta de que no. Que al contrario, el escritor tiende a hincharse más de sí mismo. La literatura no es autoayuda, no es autoconocimiento, es otra cosa. Es un baile con el lenguaje, una música. No como poesía, yo no soy poeta, pero me fijo en la musicalidad de las palabras, como resuenan, la respiración de ciertas frases.

Cuando declaraste que para escribir necesitabas tomar distancia física de tu familia ¿a qué te referías?

–Hanif Kureishi dice que “tus lectores serán tus mejores amigos y tu familia tu peor enemigo”. Si escribo sobre mi familia voy a decir las cosas como yo las veo y no como ellos las ven y no voy a pedir permiso ni perdón. La familia está sentada en mi mesa de trabajo pero de una manera literaria. Por eso escribo desde lejos. Al judío, sobre todo al latinoamericano, no tanto en EE.UU., le molesta que critiques a Israel. Hay un sionismo muy fuerte. Yo estoy en contra de ciertas políticas especialmente la actual con Palestina.

Halfon sigue abriendo túneles, pasadizos desde aquel vaso de whisky, la cámara, los números en el brazo de su abuelo. Entonces cuenta que su próximo libro, Señor Hoffman es sobre ese viaje que finalmente hizo en la realidad, a Lodz’. “Es el viaje que mi abuelo me prohibía hacer. Pero al mismo tiempo, me dio la dirección de su casa escrita en un papelito amarillo, con las indicaciones de cómo encontrarla. Con ese dato me hereda.”

En el capítulo tres de Monasterio Halfon recrea de una manera simple y profunda –como en rigor lo es toda su obra- la muerte de su abuelo. Ya poniéndose la campera para salir, Halfon se inclina un poco sobre el grabador, como cuando se busca intimidad para decir algo. Y lo dice: “Lo que no cuento en Monasterio, es que junto al cadáver de mi abuelo en esa cama, sobre la mesita de noche, había un ejemplar de El boxeador polaco. Pero eso no lo puse porque me parecía cursi para la novela. Él estaba muy mal al final de su vida. No sé si lo entendió o no. Pero mi padre se lo leyó. Y mi abuelo lloró”.

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