En la madrugada de este martes falleció a los 81 años de edad el maestro Calixto Ochoa, uno de los compositores vallenatos más prolíficos.

Ochoa fue ingresado de urgencias a la Clínica Salud Social, en Sincelejo, Sucre, en la tarde del pasado sábado tras sufrir graves quebrantos de salud.

Primeras versiones indican que llegó con afectaciones de salud debido a una esquemia cerebral. Estaba acompañado por su esposa y uno de sus hijos.

Al parecer había perdido movilidad de parte de su cuerpo y sufría de problemas renales.

Trayectoria del maestro Ochoa

El Maestro Calixto Ochoa nació el 14 de agosto de 1934, en el municipio Valencia de Jesús (Cesar).

Desde los 19 años se dedicó a hacer lo que más le gusta, cantar. Sus canciones tienen un aire picaresco y un lenguaje universal capaz de penetrar los públicos más escépticos; esto lo coronó como otro de los grandes maestros que ha dado nuestro país.

Calixto hizo parte de una de las agrupaciones más recordada y querida por los colombianos: ‘Los Corraleros de Majagual’, al lado de otros grandes como Alfredo Gutiérrez, Aníbal Velázquez y Cesar Castro, con quienes recorrió varios países de América, entre los que están: Venezuela, Estados Unidos, Costa Rica, Panamá, Ecuador, Nicaragua, República Dominicana.

Fue uno de los compositores vallenatos más prolíficos, de su vasto repertorio se destacan canciones como: Los Sabanales, Diana, El Calabacito, El Mosquito, El Africano, Playas Marinas. Se coronó Rey Vallenato en 1970, luego de vencer a Emiliano Zuleta y Nafer Durán, las canciones con las ganó fueron: El Gavilán Castigador y Puya Regional.

También fue uno de los compositores vallenatos a quien más le grabaron intérpretes internacionales y en el ámbito nacional son muchas las canciones que hoy se pueden considerar como clásicos de nuestra música. Fue el compositor predilecto de Diomedes Díaz.

Publicado en El País

Calixto Ochoa, el retratista de aquellos sabanales

Calixto Ochoa confesó que la medicina más afectiva para cualquier mal del cuerpo no se toma ni en cápsula ni en jarabe. Para él, la dosis exacta siempre estuvo acompañada con el hecho de saberse uno de los principales personajes del folclor en Colombia. Con ese conocimiento, y por supuesto con el medicamento aplicado en su cotidianidad, fue capaz de sobreponerse a los males que lo acompañaron durante los últimos años de existencia.

El remedio, tomado con sorbos inagotables de amor y respeto por parte de los seguidores del género, le ayudó a participar en firme en la edición número 45 del Festival de la Leyenda Vallenata, en 2012. Para asistir a este encuentro cultural y darse la oportunidad de escuchar a las figuras del estilo tuvo que decirle “no” a otra invitación muy tentadora, que consistía en estar en el Teatro Mayor, en Bogotá, unos días antes, para ser parte del lanzamiento nacional del certamen que se realiza en Valledupar. El maestro Calixto Ochoa, consciente del paso de los años, se reservó para la fiesta oficial y postergó temporalmente su tránsito a la emblemática categoría de Rey de Reyes.

“Estoy juicioso haciéndome los tratamiento para ver si puedo ir a Valledupar. A Bogotá no puedo ir ya. El médico me lo tiene prohibido, porque el frío afecta mi salud”, dijo en 2012 el maestro con una voz que evidenciaba el paro respiratorio que sufrió en aquel entonces y del que se salvó por los cuidados diarios de un grupo de expertos en las ciencias médicas, pero también gracias a la constancia de una experta en ternura y consentimiento: su esposa Dulzaide Bermúdez.

A ella le tocó estar pendiente de la salud de Calixto de Jesús Ochoa Ocampo y, además, asumió la responsabilidad de responder buena parte de las entrevistas cuadradas con el cantante y acordeonero nacido en Valencia de Jesús, en el departamento del Cesar, en 1934. Para Dulzaide Bermúdez se volvió casi rutina contar la historia de que el maestro aprendió a tocar el instrumento mientras sus hermanos mayores se dedicaban a perfeccionar sus artes con el hacha y el machete, todo eso en la escenografía inconfundible de los infinitos sabanales a los que tantas creaciones les dedicó.

En ese momento cualquier diálogo con Calixto Ochoa se convertía con facilidad en una conversación entre tres. El maestro comenzaba la respuesta y ella se encargaba de otorgarle el punto final. “Yo cogía el acordeón a escondidas cuando mis hermanos se iban a trabajar en el monte. Aprovechaba la ausencia de ellos para hacerme las ensayaditas. Ahí fui dándole y poquito a poco he aprendido bastante, creo yo”, relataba Ochoa. “En esa época estaba él muy pelao y no era tan bueno, ya se ha ido puliendo con los años”, puntualizaba ella.

Después de superada la primera etapa de escarceos con el acordeón detrás de cualquier árbol, el juglar se acercó a la interpretación de las piezas más importantes del compositor Luis Enrique Martínez, quien estaba en boga en esa época y era la pluma consentida de todos los acordeoneros quienes, a su vez, entonaban las letras con su voz porque los principales roles vallenatos (cantante y acordeonero) aún no habían firmado el divorcio y se mantenían unidos gracias a las destrezas de personajes como Alejo Durán, Aníbal Velásquez, Lisandro Meza, Calixto Ochoa y Alfredo Gutiérrez.

“Hace muchos años aparecieron los buenos cantantes y las personas que tocábamos el acordeón y cantábamos nos fuimos extinguiendo. Ya quedamos muy pocos. Luego se creó la moda del cantante como gran figura vallenata y eso se mantiene hasta nuestros días”, dice el artista que empezó su historia discográfica con el tema El lirio rojo y cuando ya era un artista consolidado fue invitado por Antonio Fuentes, propietario de Discos Fuentes, a integrar el proyecto Los Corraleros de Majagual.

Durante ese proceso, en el que participaron entre otros Eliseo Herrera, Julio Erazo y Aniceto Molina, Calixto Ochoa fijó sus ojos en un joven irreverente y hasta irrespetuoso pero con un talento casi que inédito en las tierras caribeñas. Ese adolescente detrás del acordeón era ni más ni menos Alfredo Gutiérrez, quien también hizo parte de la nómina de Los Corraleros de Majagual y con su voz hizo inmortales algunas de las creaciones del juglar.

Charanga campesina, Muriendo lentamente, Listo Calixto, El yerno y la suegra, La plata y Mi color moreno son algunas de las más importantes composiciones de Calixto Ochoa. Sin embargo, el maestro siempre aseguró que las mejores aún no han salido al ruedo. “Hay muchas canciones mías que no han sido grabadas y eso ha sido por falta de tiempo. Desde que yo comencé a grabar he estado muy ocupado, pero me gusta componer y hay mucho material mío que no ha sido tocado ni por Diomedes Díaz, ni por Jorge Oñate, ni por el mismo Alfredo Gutiérrez”, comentó con la ilusión de tener el tiempo suficiente para escucharlas en una buena versión.

La historia dirá que el tiempo no lo complació y que Calixto Ochoa murió en la madrugada del 18 de noviembre de 2015 a causa de una isquemia que le provocó la disminución del flujo sanguíneo. Quedan sus canciones, las grabadas y las inéditas, y todos los detalles de una vida dedicada al oficio del folclor. ayer, el juglar de Los sabanales, ese retratista generoso, se convierte en leyenda y su música en un himno inmortal.

Publicado en El Espectador

Calixto Ochoa: ‘Salió bien todo lo que hice’

Era marzo del 2012. Al maestro Calixto Ochoa –cantante, acordeonero, compositor y técnico de acordeones, es decir, un juglar– el médico le había prohibido viajar a Bogotá para participar en el concierto de lanzamiento del Festival de la Leyenda Vallenata, que había tomado la decisión de homenajearlo en ese año.

Ochoa, nacido en 1934 y fallecido ayer, aún no sabía si podría viajar siquiera a Valledupar (vivía en Sincelejo) cuando llegara, en abril, la fiesta máxima del acordeón, en la que se hizo rey en 1970, después de vencer a juglares que para él eran sus maestros. Pero el autor de Los sabanales y El africano había accedido a dar entrevistas telefónicas a los medios, una de estas para EL TIEMPO. Dulzaide Bermúdez, su mujer, contestó, y mientras lo pasaba al teléfono le decía: “Siéntate aquí, maestro, para ya de llorar”.

Así manifestaba Calixto su emoción cuando le hablaban del homenaje o cuando llegaban los visitantes, decía Dulzaide, que le ayudaba a responder cuando se agotaba o se le quebraba la voz. Así que la charla fue con ambos.
“Es el resultado de mi trabajo –dijo Calixto al fin–. Hoy me siento contento al recibir el homenaje, agradeciéndoles mucho al pueblo vallenato y a mis seguidores”.

Calixto fue el tercer rey vallenato. Se coronó en 1970, cuando solo otros dos grandes, Alejo Durán y Colacho Mendoza, habían ostentado ese título. El objetivo era el de recordar su historia, ahora que esperaba uno de sus últimos homenajes.

¿Cómo fue coronarse rey vallenato en 1970?

Calixto Ochoa (CO): Muy bueno, porque tuve buena acogida por el público. Todavía le agradezco al pueblo lo que hizo por mí. Estaban Emiliano Zuleta, Luis Enrique Martínez, Náfer Durán y Andrés Landero.

Tenía que ganarles a esos grandes, ¿qué sentía entonces?

CO: Miedo no. Estaba seguro de mí porque estaba preparado para competir. Llevé canciones mías en los cuatro aires, todas eran inéditas, de mi autoría. Y la gente me quería, porque además soy de allá, de Valencia de Jesús, a 15 minutos de Valledupar.

Llevaba años en Los Corraleros (fundados en 1961). ¿Cómo comenzó esa agrupación?

CO: Los formamos nosotros. Yo era integrante de otro grupo. Antonio Fuentes nos propuso que hiciéramos un conjunto que no llevara el nombre de ninguno: Ni Calixto, ni Alfredo, ni nada. Así lo hicimos. Alfredo fue el gran acordeonero. Chico Cervantes estaba también. Había mucho material para hacer el conjunto. Estaban Eliseo Herrera y Lisandro Meza. Cada quien puso su granito de arena, y comenzamos a hacer el trabajo musical. Fuentes le puso el nombre: Los Corraleros de Majagual. Fue bueno, porque el conjunto anduvo por todas partes del mundo, con La ombligona o Los calabacitos.

Son sus composiciones con Los Corraleros. ¿Componía distinto entonces?

CO: Yo hacía mis vainas cómicas. Yo sabía que eran buen material para este tipo de conjunto. Cuando les canté Los calabacitos, les gustó. No me dediqué solo al vallenato, sino que era compositor de todos los aires. Muchos aires: cumbia, paseíto, merengue, porro. A la gente le gustó. Salió bien todo lo que yo hice.

¿Cuál es la composición que más quiere?

CO: Los sabanales, porque es una de las primeras que pegaron y ha perdurado. Aunque la primera fue El lirio rojo, antes de discos Fuentes.

Dulzaide Bermúdez (DB): No había presentación que hiciera donde no tocara esos ‘sabanales’. No la dejó de tocar hasta su retiro de las tarimas, en 1994. Su último trabajo discográfico se tituló El tuerto. En el 2005 hizo algunas presentaciones para complacer a algunos amigos en el Valle (de Upar).

¿Cuál fue la historia de ‘Los sabanales’?

CO: Como en esa época (finales de los 50) yo tocaba acordeón en las corralejas, amanecíamos en los pueblos. Una vez me fueron a buscar, para que fuera a tocar con un conjunto a una finca. Nos quedamos en hamacas y me desperté como a las 11 de la mañana, y estaba una muchacha, hija del señor de la finca. No tuve nada con ella, pero me dio por sacarle canción. Fue de las canciones que le gustaron más al viejo Antonio Fuentes, tiempo después.

¿Sigue componiendo?

CO: Ahora no compongo porque estoy enfermo. No sé si cuando me mejore.

DB: Está en receso, pero aquí guardadas tiene más de 50 o 60 canciones.

CO: Yo las tengo en casette.

DB. Él aquí en la casa tiene una colección de grabadoras. Las canciones no las escribía, sino que llevaba siempre una grabadora y tarareaba. Solo cuando se le acababa la batería cogía un lápiz.

Hay un rasgo común en los juglares como usted: aprendió a tocar acordeón solo…

CO: Bueno, porque yo tenía dos hermanos que tocaban el acordeón, y oyéndolos a ellos hice los primeros pininos.

Maestro no tuve…

DB: A él le gustó la música de Luis Enrique Martínez, fue con la que se inició. Interpretaba sus canciones. Otro de sus afectos fueron Alejo Durán y Alfredo Gutiérrez, que es muy especial para Calixto porque lo alojó en Sincelejo, le dio de comer, se arrimó en su casa y Calixto lo acogió como a un hijo. También quiso mucho a Andrés Landero.

¿Cuántos hijos tiene?

CO: Nueve.

DB: Tuvo diez hijos por todos.

CO: Rolando y César son los dos hijos acordeoneros. Ellos cogieron el acordeón, empezaron a ensayar ellos mismos y se metieron a la música.

¿Extraña tocar el acordeón?

CO: Claro, pero ya no tengo el ánimo para tocarlo.

DB: Está en receso. Pero duerme con ella, la acordeona, aquí, al lado de la cama. Yo la pongo en el medio para que no le pierda el amor de esa que fue su compañera toda la vida. Él además de tocar, se dedicó a arreglar y a hacer sus propios tonos, para ponerlo a sonar como a él le gustaba. Él no necesitaba andar con la pila de acordeones en sus presentaciones porque tiene uno, el primero, que le servía para tocar toda su música. Le puso unos cambios, unas palanquitas, se las movía y lo usaba como si tuviera tres acordeones.

¿Cómo es un día normal de Calixto ahora?

DB: Estamos con el asunto de su recaída, de la enfermedad. Le dio una isquemia, insuficiencia renal y casi un paro respiratorio. Hay que dializarlo siempre en la casa, hacerle sus terapias aquí. Los controles son una vez al mes.

****

Al mes siguiente de esta entrevista, Calixto tuvo luz verde para viajar al homenaje en Valledupar. Allí, durante la inauguración del Festival, distintos acordeoneros de todas las edades interpretaron sus notas. Fue inevitable para él llorar también en tarima. Cuando el periodista Juan Rincón Vanegas le preguntó por qué lloraba, le respondió: “Es que el acordeón suena diferente aquí que en cualquier otro lugar”.

Ochoa siguió bajo los cuidados de Dulzaide en Sincelejo, hasta la mañana del sábado 14 de noviembre, cuando le dio una nueva isquemia que lo mantuvo en cuidados intensivos hasta su fallecimiento, en la madrugada del 18.

Después de la despedida del pueblo de Sincelejo, el cuerpo del gran juglar será trasladado a la plaza Alfonso López de Valledupar, para la que se espera sea una multitudinaria despedida. El sepelio será este viernes.

Publicado en El Tiempo