Ixcanul y El abrazo de la Serpiente, las dos grandes películas latinoamericanas de 2015

Ixcanul, la película guatemalteca que conquistó el mundo de Festivales

Ixcanul, la ópera prima de Bustamente ha sido premiada en gran cantidad de festivales internacionales. María vive con su familia en una pobre y árida zona rural al norte de Guatemala, frente al volcán que los separa del sueño estadounidense, de la vida en un lugar con luz todo el día, donde hasta las calles están iluminadas. Un lugar con automóviles, pero sin un aroma particular como el del café que inunda la comarca.
María llega a la edad en que los padres pueden comprometerla en matrimonio. Ella tiene una relación casi casta con Pepe, un peón del lugar, pero los padres la van a casar con el capataz de esta tierra. En un espacio semi feudal, donde la familia ocupa una casa que les es cedida por el patrón –ausente- a través de su delegado, en la que pueden sembrar el café y obtener parte del resultado de la cosecha, a la vez que trabajar como peones en la recolección. El casamiento con el capataz les garantiza que ellos podrán quedarse en la casa para siempre.
El Pepe tiene decido irse. Se sienta frente al volcán y mira con sus ojos volando del otro lado y más allá. “Al otro lado del volcán queda EEUU”, dice, “en el medio está México, pero eso no es importante” agrega. La única salida de la pobreza, de la condición de iletrado, de la hiper explotación laboral está en el norte. María quiere que la lleve, él no promete nada. Entre ellos circula la tensión del deseo sexual, la castidad de María, la ansiedad de Pedro y una cierta lógica del intercambio: si ella se entrega a él, tal vez esté dispuesto a llevarla al norte dorado.
Ante la inminencia del casamiento y la partida de Pepe, María decide entregarse a él, con la convicción de que de ese modo el no podría negarse a comenzar juntos el viaje al norte. Eso no ocurre y como es de esperar María queda embarazada.
La pobreza, el temor a perder el trabajo y la casa, la imposibilidad de alimentar a un niño, el Estado que además de ausente discrimina a la familia, las creencias y las tradiciones, pero también la posibilidad de un aborto que permita resolver la situación y las víboras que nadie puede espantar y impiden trabajar el terreno asignado, son parte de una trama que tiene al volcán como horizonte y como barrera.
Plásticamente la película presenta una paleta que rescata todo lo que el escenario natural provee. Bustamente logra construir los personajes con gran profundidad, conocimiento del deseo, los choques entre la modernidad y lo tradicional, el uso del ocio y la esperanza vacua del viaje al norte en un país que no parece tener respuesta para ningún joven y menos si es indio y campesino.
Ni estigmatizante ni misógina, Ixcanul asume un punto de vista cercano, muy cercano, a los personajes. En esa suerte de encuentro íntimo del espectador con María y su madre por sobre todo, permite una acercamiento casi etnográfico, una aproximación comprensiva a la historia y la cultura de estos mayas guatemaltecos, donde se intersectan la modernidad tardía, los modos pre capitalistas, el Estado excluyente y delictivo, las tradiciones orales y los mandatos familiares. Bustamante busca con su cámara conocer. No juzga, no pontifica, no hace a nadie ni bueno ni malo. Ixcanul es una muestra interesante del valor de la ficción para proponer conocimiento. Su director da un gran paso en ese sentido.

Especial de NodalCultura en el Festival Intenacional de Cine de Mar del Plata

Ixcanul, la crudeza mágica del cine guatemalteco

Es miércoles por la mañana y un nutrido grupo de periodistas hace la fila para entrar a ver Ixcanul, la aclamada ópera prima del director guatemalteco Jayro Bustamante. La emoción es evidente ante el morbo que ha despertado una película de la cual ya he perdido la cuenta de los premios que ha ganado en distintos festivales alrededor del mundo. Luego de unos minutos de espera el maestro de ceremonias anuncia que los protagonistas están en la sala y que Bustamante dará unas palabras previas a la proyección. El director aclara que ante las repetidas interrogantes que le han hecho al respecto prefiere decir desde el principio que no se trata de un trabajo etnográfico sobre el pueblo maya, él simplemente quiere contarnos una historia.

Cul22 1B1 300x224 Ixcanul, la crudeza mágica del cine guatemalteco cultura Luego de los respectivos aplausos, la proyección no se hace esperar aunque luego de un par de minutos es interrumpida y el maestro de ceremonias recomienda a los inoportunos fotógrafos que por favor dejen de usar sus cámaras. Ahora sí, estamos listos para sumergirnos en la película.

La historia nos sitúa en medio de una celebración para pedir la mano de una mujer que apenas empieza a atravesar los resbaladizos caminos de la adolescencia en una finca cafetalera en las faldas del volcán de Pacaya, el volcán es testigo mudo de una serie de conmovedores acontecimientos que arrugan hasta al corazón más rudo. Es en medio de esta coyuntura que María, la protagonista conoce a Pepe y las cosas empiezan a cambiar de rumbo.

Bustamante nos presenta una historia en apariencia sencilla. En un maravilloso recorrido de inducción le muestra al espectador que la historia de una joven K’aqchikel puede encontrar eco en cualquier parte del mundo. Y es que el machismo, la discriminación racial y de género, la pobreza, la exclusión, la migración y el tráfico de niños no son características exclusivas de la Guatemala profunda, sino más bien son una realidad que golpea a la humanidad y se repite una y otra vez en Palestina, Nigeria o Suecia.

La actuación de los personajes protagonistas de la historia sobrepasa las expectativas de cualquiera. Bustamante consigue de ellos la erupción precisa para que las escenas obtengan la dosis necesaria para despertar en el espectador la más variada amalgama de emociones. La naturalidad con que María Mercedes Coroy y María Telón interpretan a sus personajes (María y Juana) hacen pensar que Bustamante tiene el olfato bastante agudo para la selección de sus colaboradores. Bustamante refiere al respecto que estas excepcionales actuaciones son producto de un profundo proceso de interacción, intimidad y confianza por el cual atravesó todo el equipo de producción antes y durante la filmación. Incluso me atrevería a decir que gracias a esos círculos de fuego y confianza ahora se les ve más como una familia que como a cualquier otra cosa.

Los planos que ofrece la película son sobresalientes y aunque Bustamante haya justificado el buen trabajo diciendo que prácticamente cualquier lugar en donde se pusiese la cámara se iba a lograr una buena toma, no está demás valorar el trabajo del director de fotografía, Luis Armando Arteaga.

La forma en que la cámara nos acerca a los personajes y a la historia rompe las fronteras entre la pantalla y el espectador y nos hace sentir parte de la historia, testigos presenciales de los acontecimientos. Con respecto al detalle de la escenografía y el vestuario la máxima minimalista de menos es más puede contemplarse a plenitud.

La banda sonora de la película es simplemente fenomenal, no hay mejor dupla para el acompañamiento musical que Los Internacionales Conejos y Fidel Funes y su Marimba Orquesta.

Algo que se aprecia en la película es la honestidad de un cineasta que deja de lado las pretensiones. La película está basada en una historia real y la mayoría de sus diálogos son en K’aqchikel. Debe reconocerse que Bustamante es un excelente contador de historias aunque hay una parte de esa película de 100 minutos de duración que me parece una insinuación al tedio, pero qué sé yo, quizá no estuve tan receptivo o las quisquillosas pantallas iluminadas de los celulares en esa sala oscura me distrajeron.

La película llega a las salas de cine del país a partir de hoy. Ojalá y así como se les ha visto a muchos enajenados emocionarse por el estreno de Transformers o Rápido y Furioso, los amantes del buen cine en Guatemala sepan corresponder a las circunstancias de este momento histórico y abarroten las salas que presentan sin temor a equivocarme la película que acercará más que nunca a la cinematografía guatemalteca a recibir el Oscar.

Publicado por La Hora

«El abrazo de la serpiente» la hazaña cinematográfica del director colombiano Ciro Guerra

Por Sofía Gomez G. 

“Esta es la película más ambiciosa de mi carrera”, sentencia Ciro Guerra. El realizador colombiano ya ha enfrentado rodajes hostiles como el de ‘La sombra del caminante’, en el centro de Bogotá, o complejo por la magnitud del relato de un juglar vallenato, en ‘Los viajes del viento’. Sin embargo, alude a ‘El abrazo de la serpiente’, que llegará los cines del país el 7 de mayo.

“Cuando uno hace algo así, entiende porque esta clase de historias se vuelven legendarias”, agrega Guerra, que se internó en las selvas del Vaupés durante siete semanas, con 45 personas más.

‘El abrazo de la serpiente’ se construyó a partir de los diarios de viaje al Amazonas que hicieron los exploradores Theodor Koch-Grunberg, etnólogo alemán que contribuyó en el reconocimiento de las tribus de la región, y el estadounidense Richard Evan Schultes, un botánico que documentó las propiedades alucinógenas de algunas plantas.

Para la película, el también guionista contó con actores profesionales y naturales, estos últimos miembros de las tribus locales. “La búsqueda de los protagonistas fue larga. Necesitábamos intérpretes que encajaran en lo que queríamos y que tuvieran ese espíritu aventurero, debían entender que no venían acá en condiciones de estrellas”, cuenta el realizador.

Los elegidos para los papeles principales fueron el estadounidense Brionne Davis y el belga Jan Bijvoet (‘El círculo del amor se rompe’, ‘Borgam’ ), que compartieron con los indígenas Nilbio Torres, de la etnia cubeo del Vaupés, y Antonio Bolívar, uno los últimos indígenas Ocaina que vive en La Chorrera.

“Cuando ya íbamos en la tercera semana de rodaje tuvimos que trabajar en sacar a los actores locales del personaje porque el impacto que les generamos era altísimo, estaban convencidos de ser otra persona”, cuenta la productora Cristina Gallego, socia y compañera sentimental del director.

Para su preparación, Torres y Bolívar asistieron a varios talleres de actuación e incluso viajaron a Bogotá. “Nilbio nunca había salido de Mitú. Cuando llegó al hotel en la capital, no sabía ni abrir una puerta. De esa dimensión era el asunto”, recuerda Guerra.

‘El abrazo…’ es el tercer largometraje de ficción del realizador (Río de Oro, Cesar, 1981) que internacionalizó su carrera gracias a la selección de ‘Los viajes del viento’ en Una cierta mirada, apartado de la competencia oficial del Festival de Cannes del 2009, donde recibió el premio Ciudad de Roma.

“Donde rodamos ‘El abrazo de la serpiente’ es como la Capilla Sixtina de Colombia, no hay otro lugar así; es una selva muy conservada, claro, por lo difícil que es el acceso”, agrega Guerra. Para llegar hasta el sitio exacto, la producción debió desplazarse hasta la capital del Vaupés (solamente hay tres vuelos semanales) y desde allí tomar una avioneta que aterriza en condiciones extremas en medio de los árboles o recorrer 15 horas por el río, haciendo varios transbordos.

“Mucha gente de la producción no sabía nadar o tenía fobias a las masas de agua y, a pesar de eso, a diario se montaron en esas barcas de madera, inestables, y a las que se les mete el agua por todos lados. Hay imágenes de los actores sacando agua con totuma”, recuerda Gallego.

“Allá podía pasar cualquier cosa, desde una intoxicación masiva hasta que se volcara una chalupa”, acota Guerra, que también enumera los peligros que enfrentaron por la presencia de animales ponzoñosos (tarántulas y serpientes), la falta de agua potable, los tremendos e inesperados aguaceros (un día en la preproducción vieron llover durante 36 horas continuas), además de la inestabilidad en el servicio de energía (solo funcionan plantas de gasolina).

“Siento que es un milagro que la película se hubiera hecho. Durante cuatro años las condiciones no se dieron y pasamos tiempo recibiendo un ‘no’ como respuesta”, cuenta Ciro que coronó su odisea cinematográfica, filmada en blanco y negro y que trascenderá como un título más producido en el corazón de la selva amazónica, donde hace casi tres décadas no se rodaba un filme.

“Llegamos a un lugar donde la tierra era la que nos daba la bienvenida, según tradiciones ancestrales e hicimos rituales de protección con los nativos. Pero, por cómo sucedieron las cosas, la gente de allá nos decía que teníamos una protección… pero sobrenatural”, concluye la productora.

Publicado por El Tiempo

Un abrazo a la serpiente

Por Héctor Abad Faciolince

Al leer la reseña me pregunté si era posible que nos gustara un libro con el que no estamos de acuerdo “ideológicamente”. La respuesta afirmativa me llegó esta semana al ver una película extraordinaria: “El abrazo de la serpiente”, de Ciro Guerra. Ahí está el ejemplo preciso de una obra de arte que me puede gustar de un modo arrasador —hasta el punto de hacerme soñar con ella— y esto a pesar de estar ideológicamente en desacuerdo con ella.

Despachemos de una vez el desacuerdo ideológico con la película, para poder dedicar más espacio a sus grandes virtudes. Este es, en general, el mismo desacuerdo que tengo con cierto tipo de antropología: la que ve al “otro” (el negro, el indio, el aborigen) según el viejo mito roussoniano del buen salvaje. Para mí esta idea es condescendiente y, sobre todo, hija de la mala conciencia. El supuesto hombre blanco iluminado va a observar a los “salvajes” y de repente ve en ellos todas las virtudes, el depósito de toda la sabiduría ancestral, el receptáculo de la bondad, el equilibro y la ecología. Se le niega al “otro” su condición humana (contradictoria, compleja) y se lo eleva casi a la condición de ángel. Nosotros demonios blancos —como si fuéramos blancos y no mestizos— que hemos sido tan malos con los indios —con una idea del “indio” que es un típico invento blanco—, vamos a disculparnos con ellos, y a superar la culpa postcolonial, elogiándolos sin freno. La diferencia ideológica, pues, es que no considero que ninguna etnia sea superior: los indígenas son tan complejos, con tantas ambigüedades y caídas éticas (machismo, violencia, astucia, cálculo) como cualquier otro grupo humano.

Pero más allá de este desacuerdo, “El abrazo de la serpiente” es una gran película: estéticamente impecable, con un uso muy acertado del blanco y negro, con una dirección de actores que saca de cada uno de ellos (blancos, mestizos e indígenas), personajes creíbles, seguros y muy bien caracterizados. La selva se siente en toda su dimensión agobiante, mezcla extraña de belleza y angustia al mismo tiempo, de enfermedad y peligro, de armonía y violencia.

Las dos historias que se superponen a distancia de casi medio siglo (entre un explorador alemán y un botánico gringo) están muy bien hilvanadas y entretejidas. Se iluminan mutuamente y hacen un uso excelente del gran libro de Wade Davis (Un río) sobre Schultes, sin dejar por fuera otras fecundas influencias literarias, desde La vorágine hasta varias narraciones de Vargas Llosa y El corazón de las tinieblas de Conrad. Como en “Los viajes del viento”, la anterior película de Ciro Guerra, también aquí se narran viajes en busca de algo que no se conoce, de una respuesta fundamental que los protagonistas no podrán nunca hallar, porque en realidad no existe una solución mágica que dé respuesta a todas las preguntas.

Habla muy bien de la Ley del Cine, y de la arriesgada apuesta de algunos productores colombianos, que este año haya habido en Cannes premios tan importantes como el de Ciro Guerra y como el que se concedió a la primera película del joven director César Acevedo, “La tierra y la sombra”, calificado por un crítico francés como “un esteta superdotado”. Mientras este film llega a las salas, es muy grato haber visto la increíble riqueza cultural de Colombia (en lenguas, en etnias, en visiones del mundo) mostrada con el ojo sensible y limpio de Ciro Guerra.

Un acierto extraordinario es el uso de varias lenguas indígenas y europeas, pues mediante ese choque lingüístico entre distintas civilizaciones es como mejor se aprecia la riqueza de nuestra realidad y la hondura de esta obra de arte cinematográfica. Salvo la diferencia ideológica señalada, y una dudosa apuesta psicodélica al final, la película deslumbra.

Publicado por El Espectador