Falleció Edwin Yllescas, uno de los poetas más representativos de la Generación del 60 de Nicaragua

Edwin Yllescas Salinas, uno de los poetas más representativos de la Generación del 60 y autor del libro de relatos Historias urbanas (Premio Nacional de Literatura Rubén Darío-2007), falleció de un infarto este martes por la mañana, confirmó su amigo cercano, el escritor Humberto Avilés.

Su vela será en Sierras de Paz, el jueves 21, a partir de las 11 a.m. Misa de cuerpo presente en Iglesia San Francisco de Bolonia, viernes 22, a las 11.30 a.m. luego sus restos serán llevados al  Cementerio General de Managua.Esperan a tres de sus hijos que se encuentran fuera del país.

Avilés presume que el poeta “haya amanecido muerto ayer por la mañana. Él fue encontrado por Guillermo Gutiérrez a las 3:00 p.m., cuando este iba a realizar sus servicios domésticos en compañía de su hija”. Durante los últimos años, la salud de Yllescas se había deteriorado severamente.

“La poesía nicaragüense pierde a uno de sus principales baluartes. Fue un hombre de pluma exquisita, de tenacidad y perseverancia; y su muerte ha sido una pérdida irreparable”, expresó en breves palabras y conmocionado su hijo Edwin Yllescas Altamirano.
Gloria Gabuardi, secretaria ejecutiva del Festival de Poesía de Granada, en nombre de su Junta Directiva lamentó el fallecimiento del poeta, a quien el año pasado le dedicó el ciclo de charlas El autor y su obra, como un homenaje a su labor literaria.

PERIODISTA Y ABOGADO

Poeta, periodista, abogado y ensayista, fundó en 1960, junto a Roberto Cuadra, el grupo que llamó la “Generación traicionada”.
Yllescas Salinas nació en Estelí, el 16 de octubre de 1941. Trabajó en el semanario La Crónica y en distintas épocas laboró en el Diario LA PRENSA. Su última etapa en el periódico fue en la primera mitad de la década del 90, como editor.

Entre sus obras se encuentran Lecturas y otros poemas, Managua, 1966; Algún lugar en la memoria, Managua, 1996; La vela de los sueños, Managua, 1998; Teoría del ángel, Managua, 1998; Tierna mía, Ediciones del Azar, México, 2008.

Su creación literaria también se encuentra en la Antología de poesía centroamericana (1950-2007) Editorial Casa de las Humanidades, UNAM, México, 2007; Antología de poesía nicaragüense, 1950-2007, y en la Revista Trilce, del 2008.

En los años noventa se dio a conocer como narrador. Y en 2007, concursó su libro Historias urbanas, que se alzó con el Premio Rubén Darío.

 Publicado en La Prensa

Recuerdo exactamente el reproche con que me saludó Edwin Yllescas la primera vez que conversamos. No repetiré sus palabras. Hasta hoy, casi treinta años después, se me hace imposible imitar su estilo, su jerga particular que se confunde yendo y viniendo entre sus textos y conversaciones.

Es un estilo ciertamente muy parecido al de un pistolero del viejo oeste: hablándote así, como un héroe de Sergio Leone, con una sonrisa medio ladeada arqueando el bigote y un resplandor ofídico en la mirada escudriñándote fugazmente, de arriba a abajo, mientras enciende un Windsor y te dice alguna cuidadosa grosería.

Era el reclamo de un hombre de poco más de cuarenta años a un muchacho de poco más de veinte que, como casi todos los reclamos de Edwin a los muchachos que conoció en el semanario La Crónica en los años ochenta, guardaba en el fondo de su mordacidad un llamado paternal para no dejarte hundir en la siempre espumeante marejada de la insensatez.

Empezaba mi primer día de trabajo en la redacción y Edwin me estaba encargando reclutar a otros jóvenes como yo: medio tontos, atolondrados o aturdidos por nuestras (si me permite Edwin utilizar uno de sus adjetivos preferidos) sonsas rebeldías personales.

Después de saludarme con aquel reproche entre amistoso y mordaz que se me quedó desde entonces dando vueltas en la memoria, me dijo que buscara “a esos muchachos amigos tuyos”, o al menos a quienes entre ellos quisieran, también como yo, aprovechar la necesidad de periodistas del recién fundado semanario.

Creo que ni aquellos amigos míos (que en los ochenta también pululaban, igual que yo, por la redacción del suplemento Ventana en la Casa Fernando Gordillo) lo sabían. No sabían (ni yo tampoco lo sabía) que aquella manía, aquella competencia constante por disparar rápidamente los más irónicos, mordaces, vitriólicos y quemantes comentarios que cualquiera fuese capaz de producir en escasos segundos; fue desde los años sesenta una forma de defensa de la Generación Traicionada.

A Edwin, Roberto Cuadra, Iván Uriarte, Beltrán Morales y Julio Cabrales, entre otros, les resultó siempre muy útil para curarse contra la sensiblería, para vacunarse contra la máscara, para borrar de sus actitudes cualquier dualidad, cursilería o simulación.

Y creo que desde entonces, a los que aparecimos y a los que siguieron y siguen apareciendo después de los traicionados, el estilo o la escuela que Edwin llama “del viejo oeste” nos enseñó y nos sigue enseñando a pensar, a decir y a escribir nuestras propias verdades.

Por eso recuerdo bien el reproche con que me saludó la primera vez que conversamos. Había leído él un artículo mío sobre Fernando Gordillo y las polémicas entre los grupos literarios de los años sesenta, vistos pretendidamente en perspectiva, en el que repetía yo el estribillo, entonces ineludible, de llamar reaccionarios a los traicionados.

Parafraseando a Beltrán, yo había escrito que los vanguardistas, ya muy mayores, les enseñaron a afilar crucifijos para matar comunistas. “Puras sandeces”, me dijo Edwin, y desde entonces empecé a darme cuenta que tenía razón: pensándolo bien –me dije por lo bajo–, en realidad es una sandez decir que los traicionados fueron reaccionarios.

“Nuestra posición –ha dicho él mismo después–, era una mezcla de anarquismo, rebeldía, nihilismo, silencio, aislamiento, pérdida, soledad, desarraigo, ansiedad, delirio, desesperanza, fastidio, vacío, desencanto, neurastenia, cierta actitud contemplativa, cierto paganismo y, cómo no, cierto existencialismo camusiano… Nada de Sartre”.

A Edwin debo mi admiración por Guillermo Cabrera Infante, mi devoción por la poesía de Jaime Gil de Biedma, y haber conocido la obra de Marcel Schwob, la prosa crítica del poeta Wiston Hugh Auden y la invaluable enseñanza, por supuesto involuntaria, de descreer siempre de todo y de todos, especialmente de uno mismo.

Debo dejar fe en estas líneas de mi admiración por el estilo poético de Edwin Yllescas, por la irrefutable calidad de su poesía, así como por el estilo o la escuela del “viejo oeste” de los traicionados (que seguramente solo él y Roberto Cuadra dominaron a la perfección), y expresar mi modesto convencimiento de que, aun contra cualquier reproche, ha logrado pulir su obra con precisión magistral y, sobre todo, con mucha inteligencia.

Publicado en El Nuevo Diario

 

La Junta Directiva del Instituto Nicaragüense de Cultura Hispánica (INCH) deplora el sensible fallecimiento del poeta y periodista Edwin Yllecas Salinas, uno de los poetas más representativos de la Generación del 60 y referente indiscutible de la poesía nicaragüense.

Nacido en Estelí en 1941, Yllescas se dio a conocer como periodista, abogado, poeta y narrador; además fue un conocido poeta de la generación traicionada, de la que fue parte junto a Roberto Cuadra e Iván Uriarte, entre otros.

Autor del libro de relatos Historias urbanas, que le mereció el Premio Nacional de Literatura Rubén Darío-2007; y de los poemarios Lecturas y otros poemas, Algún lugar en la memoria, La vela de los sueños, Teoría del ángel, entre otros.

Expresamos nuestras condolencias a su familia y hacemos votos por su eterno descanso.

Managua, 20 de enero de 2016.

Publicado en El Pueblo Presidente

 


 A la misteriosa

(Andante I)

Ni me debes, ni te debo. En paz están los cuerpos. Ahora
déjame vivir mi pleno otoño, pero no olvides tu primavera
aquel verano de rocas en la playa, allegro mais non troppo
no volverá, pero los retoños colgarán en la punta de la rama.
Y quizás una gota destilada vuelva a guindar en tu vida.
Asustada la muerte retrocederá y aunque no retornen
esas gotas te devolverán tus años; el sabor
del vejete, su ya casi nada, algo te repondrá,
quizás, el sendero amarillo. Donde hubo cuerpo
nada prevalecerá contra la vida. Grosso el otoño
siempre estará presente. Déjalo morderse.
Maga en mi kínder, te di apenas escarcha
ceniza, viva ilusión donde persiste tu mundo:
óyelo en mi otoño, allegro concierto en Sol Mayor;
cercano o lejano, escúchalo casi como muy bien.
No pienso ni espero llegar al próximo invierno.

 

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