Marcela Zamora: «El Salvador es una fosa común»

Marcela Zamora es chiquita –como dice el dicho: matona– y valiente, como una hormiguita negra (su pelo azabache brilla con el sol) que pica y deja una marca ardiente en la conciencia.

Ella participó en el Costa Rica Festival Internacional de Cine 2015, en la Competencia Centroamericana de Largometrajes, con su documental El cuarto de los huesos. El filme se hizo merecedor de una mención especial del jurado de la sección.

La obra es una denuncia de los miles de asesinatos de niños y jóvenes en su país natal, en manos de los mareros de las pandillas salvadoreñas Salvatrucha y Barrio 18, enfrentados en una guerra por los territorios que habitan.

El documental aborda la labor minuciosa, entregada y compasiva del equipo de Antropología Forense del Instituto de Medicina Legal de El Salvador, en donde un cuarto de los huesos se puede convertir hasta en una esperanza para restituir la memoria de las madres y las familias que pierden a sus seres queridos en una confrontación sin sentido.

Zamora muestra el calvario de las madres que buscan a sus hijos. Con la esperanza de que estén vivos o aunque sea muertos, para poder enterrarlos, llorarlos, hacer el duelo al saber dónde están sus cuerpos y así, finalmente, ponerles flores.

Es un tema difícil, es una manera de restaurar la memoria de las familias que sufren la matanza y la desaparición de sus hijos. ¿Cómo fue realizar este documental y por qué el tema la convocó?

–Hace muchos años, cuando hice María en tierra de nadie (su primer largometraje). Una de las historias del documental es de una de las madres centroamericanas que andan buscando a sus hijos desaparecidos en el territorio mexicano, que iban para Estados Unidos y que quedaron desaparecidos en territorio mexicano.

Hice el documental y luego regresé a El Salvador –porque vivía en México–, a hacer un documental de las madres que esperan y se quedan esperando. Comencé a hacer la investigación con ellas y me comencé a dar cuenta de que había muchas madres que andaban buscando a sus hijos desaparecidos en el territorio salvadoreño por la violencia actual de las pandillas entre el MS y la 18. Comencé a darme cuenta de que no era una, ni dos ni tres; empecé a darme cuenta que eran muchísimas.

Un colega mío, Daniel Valencia (del periódico El Faro), estaba haciendo una crónica escrita sobre el mismo tema. Cuando yo leí su crónica me di cuenta de la magnitud del tema y yo fui a medicina legal a conocer a los forenses y comencé a conocer más sobre la temática.

Me comencé a dar cuenta de que las madres no ponían denuncias al Ministerio de Justicia porque tenían miedo de que las mataran, porque las pandillas amenazan a las madres si van a poner denuncias. Comencé a darme cuenta que no eran 100 ni 200, son miles las madres que andan buscando a sus hijos desaparecidos.

Es un tema que nadie sabía en El Salvador, claro que se sabía en la esfera donde pasa, pero en la esfera política, la clase media alta, la gente no se da cuenta de la magnitud del tema. Entonces, comencé a trabajar con ellas, hice una investigación muy larga, conocí a varias de estas madres, viví su martirio, el luto eterno en el que pasan, de cómo quedan en un tiempo suspendido; ellas dejan sus vidas por buscar la vida de su hijo, al final ellas son las que tienen la historia de sus hijos, y son las únicas que lo pueden exigir y que lo pueden contar.

Estas madres dejan de vivir su vida por comenzar a vivir la búsqueda de la vida de sus hijos. Estuve trabajando como seis meses en la investigación y siempre hago una filmación muy corta… bueno, dos años haciendo el documental.

El documental muestra esta problemática en varios niveles, uno de ellos la parte afectiva de la pérdida que no se cierra hasta que los médicos forenses encuentran sus restos.

–Siempre en mis documentales pongo un ejemplo de esperanza, un personaje que marca una esperanza, que marca una historia de lucha, porque creo que cuando vos enseñás horror si te quedás ahí la gente sale deprimida del cine. Si ponés un ejemplo de esperanza o de lucha, la gente sale del cine avergonzada, porque es una historia de lucha porque las cosas cambien y nosotros que estamos sentados en una butaca no estamos haciendo nada.

En este documental mucha gente me dice: “¿Dónde está tu historia de esperanza?, ¿por qué tan duro todo el documental?, uno queda destruido. Yo les digo: “Es que la historia de esperanza es la restitución, cuando medicina legal le devuelve los huesos a la madre”.

Pero eso no ocurre en todos los casos…

–En la mayoría de casos no. No te puedo dar porcentajes exactos porque no existen las cifras, pero el 90 por ciento de las madres nunca llegan a tener a sus hijos, las madres se mueren sin saber dónde ponerles flores a sus hijos. Entonces esta madre que le lograron entregar los huesos después de varios años de estar llegando a medicina legal, esa es la historia de esperanza. Es: “por fin terminó, por fin cerré la historia y asumí mi dolor, y saber que aquí está, en este pedacito de tierra está mi hijo”.

La incertidumbre de no saber si están vivos o muertos…

–Todas piensan que están vivos. La mayoría de ellas son religiosas, porque el único lugar donde encuentran fuerza es en iglesias. El gobierno no les ayuda, no pueden poner denuncias; la sociedad tampoco las apoya porque todas son tachadas como madres de pandillero –aunque es una gran mentira porque la gran mayoría de estos jóvenes no son pandilleros–. Son despreciadas. En los cultos las abrazan y les preguntan cómo están. Cantan, bailan, gritan, sacan de adentro el dolor, no se lo tragan, quizá por eso siguen vivas. Uno de los personajes es una madre que tiene la mano quebrada porque los pandilleros las estafan, les dicen en dónde han enterrado a sus hijos; y ellas van y con sus propias manos o con pequeñas herramientas excavan. Generalmente sus hijos no están ahí.

Entonces les vuelen a decir “madrecita lo enterramos en tal lugar”, les cobran tres dólares, cinco dólares, 10 dólares que para ellas es un montón; estas madres dejan de trabajar. Y una de estas madres por estar escarbando se quebró la mano y en el seguro social se la pusieron mal y era trabajadora doméstica y no pudo volver a trabajar, le quedó la mano chueca, quebrada. Ella vive de recoger cosas de la basura, de pequeños trabajos y vive escarbando buscando a su hijo. Son topos, están todo el tiempo escarbando, tratando de encontrar. Es angustioso.

¿Y el abandono por parte del Estado, la impunidad?

–En El Salvador pasa algo de lo que estás hablando: hay dos esferas, una en donde está la mayoría del pueblo salvadoreño, que son los pobres, y la esfera de los políticos clase media alta. No hay un puente que los comunique. Parece que los políticos vivieran en un país muy diferente que el que viven los pobres. Tienen esa capacidad las dos esferas de no tocarse, de no hablarse, de no verse, de no escucharse.

Cuando la esfera pobre logra llegar a la esfera de los ricos es para limpiar las casas y cuidar a los hijos a esta gente. Pero es invisible, son fantasmas, nadie les pregunta nada, nadie les dice nada, viven en silencio.

Esta esfera a los ricos no les importa, porque ellos están bien, viviendo en un país de fantasía. La esfera de los pobres que es adonde se están matando, donde hay entre 15 y 21 asesinatos diarios, esta esfera donde pasa esto no le pasa a la otra esfera… Y es raro porque tenemos un gobierno de izquierda que por segundo periodo consecutivo ha ganado las elecciones.

¿No hay un planteamiento serio y comprometido de cómo resolver esta problemática?

–Yo creo que no saben qué hacer. Se les salió por completo de las manos el tema de las pandillas, que es muy complicado porque no es un grupo guerrillero peleando con unos ideales, peleando en contra del gobierno, contra militares; estos son jóvenes de entre 12 y 40 años, cuyos líderes están en las cárceles, que se están peleando calles. ¡Se están asesinando por calles!

No hay ideología política en ninguno de estos dos grupos; entonces ¿qué pasa? Hay todo un tejido social que está alrededor de estas pandillas, porque el pandillero no es solo, tiene una madre, tiene una hermana, un sobrino al que mandan a cobrar renta, a la madre la hacen tener armas. No es que son 62,000 pandilleros, es que hay un tejido social alrededor de ellos que no tienen un ideal político. Yo soy partidaria de la negociación, pero la población no quiere negociar con asesinos. El gobierno no tiene valentía para enfrentar esta situación, porque lo que quiere son votos para elegirse en las siguientes elecciones. No hay voluntad política.

Pero, no puede seguir pasando…

–Según las Naciones Unidas somos el país más violento del mundo; ni en la guerra y tuvimos los índices de asesinato que tuvimos este año (68 homicidios cada 100.000 habitantes). Somos un país de 6 millones de habitantes, más pequeño que Costa Rica. Es una guerra que no está declarada. Una de las madres me dice: “¿Sabe cuándo voy a encontrar a mi hijo? Cuando le desaparezcan un hijo a algún diputado, a un presidente, a un vicepresidente, a algún ministro, ahí van a ir a levantar cada piedra de este país y vamos a encontrar todas nosotras a nuestros hijos”.

 ¿Qué pasa con el sistema judicial?

–Tienen mucha corrupción adentro. El sistema de justicia de El Salvador no sirve. No tiene la capacidad para afrontar el contexto que estamos viviendo, la magnitud, la cantidad de casos de asesinatos, el 90 o 95 por ciento de asesinatos de El Salvador quedan irresueltos. Creo que uno de cada 8 se resuelve, en números cercanos. Todo queda en la impunidad, entonces comienza la gente a tomarse la justicia en sus manos; como la justicia no puede resolver el asesinato de mi hermano, voy yo y mato a todos los que asesinaron a mi hermano. Es una cadena que no para.

¿Las pandillas se originan con la migración en los Estados Unidos?

–Las pandillas nacieron en Estados Unidos, en Los Ángeles. Hubo un programa en el 90 que fue de deportación masiva y mandaban un avión diario con estos jóvenes que se habían formado pandilleros en Los Ángeles, y en El Salvador encontraron un caldo exquisito porque estaban en el tiempo de la posguerra. Acabábamos de salir de una guerra que nos dejó a todos con algún muerto en la familia. Muchos de los jóvenes lo único que sabían era activar un arma. No hubo una reintegración social, porque el acuerdo de paz lo firmaron los comandantes y los militares, pero la población civil no; la población civil se fue a sus casas destruidas, a tratar de levantar sus vidas de una forma que nunca le enseñaron porque creció en la guerra. ¿Cómo es vivir en paz si siempre crecieron en la guerra?

Vienen estos pandilleros de Estados Unidos y encuentran que hay muchos jóvenes sin padres, sin familia, que no tienen educación, no tienen futuro y comienzan a adherirlos. El gobierno, los gobiernos no fueron visionarios, no lograron ver que esto iba a ser un gran problema que casi no se puede resolver. Porque se puede todavía. Lo dejaron crecer, crecer, crecer, y pasaron de ser unos niños que se tiraban piedras en las calles a niños de 15 años descuartizando a niños, violando masivamente a jovencitas entre todos.

¿El cuarto de los huesos se convierte en una esperanza para estas madres?

–No es una esperanza, es una denuncia directa hacia una temática que se desconoce, que no tiene la relevancia que tiene que tener dentro de un país que tiene miles de madres buscando a sus hijos desaparecidos y que demuestra que lo único que quieren es que les den sus huesos. Es muy poco, ¿por qué no dárselos?

El documental revela que El Salvador es una tierra donde abajo hay cuerpos…

–El Salvador es una fosa común. A donde levantés una lámina, una piedra, va a haber un cuerpo. Hay un cartel que para mí define lo que es El Salvador: “¿Qué cosecha un país que siembra cuerpos?”. Qué va a cosechar El Salvador que tiene más de 40 años de estar sembrando cuerpos. El salvadoreño en El Salvador se ha vuelto muy violento, tenemos una violencia contenida porque estamos aguantando todo el tiempo: el gobierno te oprime, tu jefe; que no tenés para pagar el colegio de tus hijos, que no tenés, que no tenés, que no tenés. Estas aguantando todo el tiempo, todos los días, y a la menor cuando salís “pa”.

¿Ya fue visto en tu país el documental? ¿Cómo lo recibió la gente?

–Sí. La respuesta es de silencio total. Cuando termina la proyección y se abre el espacio de preguntas y respuestas, ves a la gente callada y viendo para abajo. Hay una respuesta de no saber qué hacer. Porque es como que alguien llegara y te dijera: “¿Vos sabés que tu papá es un asesino?”. ¿Cómo procesás esa información? No sabían que esto estaba pasando, con la magnitud que tiene. Y la gente de los lugares que ve el documental se ha salido, y les he preguntado que por qué, y me responden que eso le puede pasar a su hija, o tengo un hijo desaparecido y no quiero saber. Y me ha pasado otra cosa increíble con el documental que ha sido hermoso que es que mucha gente me ha dicho: “Yo tengo a mi hermano desaparecido en la guerra, ¿cómo puedo buscarlo?, usted me puede contactar con esos de medicina legal”. Un montón de gente que me dice: “Yo nunca había dicho pero mi hermano desapareció en tal cantón. Si yo le doy la dirección, ¿usted me puede ayudar?”.

Marcela Zamora

Tiene formación periodística y estudió Dirección Documental en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños (Cuba). Ha trabajado para Al Jazeera y Tele Sur.

Dirige la sección de video documental del periódico digital salvadoreño El Faro. Ha producido y dirigido documentales en El Salvador, Nicaragua, México, Venezuela y Cuba, entre los cuales destacan Xochiquetzal: la casa de las flores bellas y María en tierra de nadie, este último, premiado en varios certámenes cinematográficos.

Su documental El cuarto de los huesos participó en la Competencia Centroamericana de Largometraje del CRFIC 2015 y se hizo acreedor de una mención especial del jurado.

Publicado en Semanario Universidad
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