Por Daniel Cholakian

Conocí personalmente a Lohana en 2015 cuando compartimos la tarea de ser jurados en el Festival de Cine y Derechos Humanos de Buenos Aires. Me sorprendió desde la primera conversación que tuvimos su lucidez, su generosidad y su calidez. Y su risa. Tenía una risa muy sincera.

Tengo guardado el recuerdo del modo en que, con sencillez y precisión, nos demostró cómo progresistas como somos, no fuimos capaces de ver la estigmatización que se escondía en una película holandesa sobre la disforia de género. En un conversación que compartimos por la noche, previo a la entrega de premios, profundizó la explicación a propósito de lo grave que es la relación aparentemente contenedora entre la elección de género individual y los sistemas de salud. Fue entonces cuando, después de hacer un recorrido por los marcos legales de los países más liberales, me aseguró que el argentino era el más moderno del mundo. La ley de género fue el resultado del encuentro de las luchas en las calles de muchos años con un liderazgo político que supo entender la potencia inclusiva que tiene el reconocimiento de la elección personal.

Lohana fue capaz de explicar la relación entre la diversidad sexual y la pobreza, lo abismal que puede ser esta doble exclusión social, y la importancia que tiene desde esa perspectiva la posibilidad de vivir la propia sexualidad, en una sociedad que desde lo institucional reconoce el valor de la libertad de elección sin patologizar, sin medicar, sin instituir como una persona diferente.

Argentina vive un momento donde las fuerzas conservadoras de todo orden han recuperado el poder, y así como están desmantelando los resortes institucionales que permitieron llevar adelante políticas de memoria, verdad y justicia, seguramente intentarán volver atrás todos los logros que obtuvimos gracias a quienes lucharon por los derechos sexuales y de género. Todos nosotros debemos ser capaces de tomar las banderas de lucha de Lohana y no olvidar sus enseñanzas.

Su último mensaje público lo hizo llegar a través de su perfil en la red social Facebook. Sin dudas lejos de ser una despedida doliente, es un momento más de una vida de lucha:

Queridas compañeras, mi estado de salud es muy crítico y no me permite reunirme personalmente con ustedes. Por eso quiero agradecerles sus muestras de cariño y transmitirles unas palabras por medio de la compañera Marlene Wayar, a quien lego esta posta.
Muchos son los triunfos que obtuvimos en estos años. Ahora es tiempo de resistir, de luchar por su continuidad. El tiempo de la revolución es ahora, porque a la cárcel no volvemos nunca más.
Estoy convencida de que el motor de cambio es el amor. El amor que nos negaron es nuestro impulso para cambiar el mundo.
Todos los golpes y el desprecio que sufrí, no se comparan con el amor infinito que me rodea en estos momentos. Furia Travesti Siempre.

Un abrazo
Lohana Berkins.


Falleció la activista trans Lohana Berkins

La activista trans Lohana Berkins, pionera en la lucha por el derecho a la identidad de género, falleció hoy luego de estar internada durante varias semanas en una clínica porteña. Confirmó la defunción a través de su cuenta de Twitter la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires: “Lamentamos el fallecimiento de Lohana Berkins, militante trans por la vida, la inclusión y la igualdad LGBT”, escribieron en la red social.

Ayer, ante el agravamiento de su salud, Berkins había hecho pública una carta a través de su compañera de militancia Marlene Wayar, en la que reconocía que su estado era “crítico”, y en la que agradecía las muestras de apoyo recibidas en el último tiempo: “Muchos son los triunfos que obtuvimos en estos años. Ahora es tiempo de resistir, de luchar por su continuidad. El tiempo de la revolución es ahora, porque a la cárcel no volvemos nunca más”, manifestó.

“Estoy convencida de que el motor de cambio es el amor. El amor que nos negaron es nuestro impulso para cambiar el mundo. Todos los golpes y el desprecio que sufrí, no se comparan con el amor infinito que me rodea en estos momentos. Furia Travesti Siempre. Un abrazo”, concluyó en la misiva.

Berkins, nacida en la localidad de Pocitos, en Salta, fue una histórica dirigente del colectivo trans, y fundó en 1994 la Asociación de Lucha por la Identidad Travesti y Transexual (ALITT). Desde esa organización impulsó la visibilización del derecho a la identidad de género, y fue una de las principales promotoras de la Ley de Identidad de Género aprobada por el Congreso Nacional en 2012.

En 2002 protagonizó un hecho casi fundacional en el reconocimiento de los derechos de travestis y trans: se inscribió en la Escuela Normal 3 para ser maestra, y ante la imposibilidad de hacerlo con su nombre, radicó una denuncia ante la Defensoría del Pueblo porteña, que finalmente ordenó a las autoridades a que respetaran su identidad de género.

Además, fue la primera travesti con un empleo en el Estado al ser asesora del legislador porteño por el Partido Comunista, Patricio Echegaray, hasta el 2002.

En 2010 conformó el Frente Nacional por la Ley de Identidad de Género, una alianza de más de quince organizaciones, que impulsó la sanción de la Ley de Género, aprobada por el parlamento el 9 de mayo de 2012. Desde 2013 estaba al frente de la Oficina de Identidad de Género y Orientación Sexual, que funciona bajo la órbita del Observatorio de Género en la Justicia de la Ciudad de Buenos Aires.

Publicado por Perfil

 

Lohana Berkins, un cuerpo latinoamericano

Mariana Enríquez – Cosecha Roja.-

Hace unos días Lohana Berkins se estaba muriendo –ahora lo sabemos, ahora ante la increíble comprobación de que su cuerpo de mamá grande no era invencible– y Paul B. Preciado le mandó un saludo solidario. Ella mandó decir, cuenta Marta Dillon, que estaba ahí, que la acompañaba: “Decile a Paul que gracias pero que escriba de una vez sobre nuestros cuerpos latinoamericanos, porque mucha testosterona pero de la pobreza y la crueldad, ni una palabra. Que me perdone, pero yo no puedo dejar de luchar”.

“No puedo”, eso dijo y eso se sentía al verla, al leerla: había algo extraordinario y prepotente en su inteligencia, su escalofriante lucidez –podía desarmar un argumento remanido como si se tratara de un puñado de pan viejo–, su presencia poderosa. Quería ser presidente. Guardaba carpetas y carpetas con expedientes y notas sobre otras chicas travestis asesinadas. En las Marchas del Orgullo usaba un megáfono y lanzaba consignas maravillosas, agudas, graciosas. Lohana hacía reír pero interpelaba, se negaba a cualquier pereza o payasada, pensaba y pensaba. Uno la miraba y en sus ojos que medían y reconocían había un brillo de reflexión permanente. Pensaba la identidad: “Quienes nos asumimos como travestis rechazamos la binariedad, nos situamos en una identidad propia, con el trabajo que eso nos cuesta. Decir ‘soy travesti’ es asumir nuestra propia belleza T, nuestros cuerpos y una cuestión que incluso a veces deja paralizado al feminismo: nosotras tenemos un pene, que no es lo mismo que hablar de falo”, escribía en Soy hace seis meses (¡seis meses!)”.

Compiló un libro-Biblia, Cumbia, copeteo y lágrimas. Informe Nacional sobre la situación de las travestis, transexuales y transgéneros, que acaba de tener su reedición. Escribía María Moreno: “Cumbia, copeteo y lágrimas, junto con La gesta del nombre propio, también compilado por Lohana Berkins y editado por Ediciones Madres de Plaza de Mayo, son textos fundantes para el archivo propio de quienes por décadas sólo conocieron los archivos policiales y los psicopatológicos, el prontuario y el diagnóstico de hermafrodita; siempre caídos y corridos por los patrulleros de la idea de Nación”. María Moreno también la definía en el suplemento Soy como un cuadro político pero especificaba (porque no todos los cuadros tienen el mismo marco y ninguno el de Lohana): “Si, según la doxa revolucionaria un cuadro es un individuo que ha alcanzado el suficiente desarrollo político como para poder interpretar las grandes directivas emanadas del poder central, hacerlas suyas y transmitirlas como orientación a la masa, esa escolástica ha sido jaqueada. La política de Lohana desobedece no separando la teoría del territorio, la fiesta del piquete, la mediación y la alianza táctica, Rosa Luxemburgo de la Difunta Correa, oponiendo a la obediencia, la crítica y la invención. La prueba del cuadro es la plaza. Por eso la voz de Lohana es la inscripción en su cuerpo de su lucha. Impresionante, como la de esos poetas en quienes la poesía les ha tomado el cuerpo y entonces sólo ellos pueden interpretarla: un Ezra Pound, un Néstor Perlonguer, una Alejandra Pizarnik”.

Conocí poco a Lohana, no voy a pretender una cercanía personal. Pienso en las amigxs que la amaban, que marcharon, discutieron, bailaron y lloraron con ella, pienso en las velas que encendieron alrededor del hospital Italiano hace días. Pero a pesar de todo la tengo, cerca, como todos, porque en este país le debemos mucho. Lohana cambió la Argentina. Dicho así parece una frase broncínea vacía, pero sucede que Lohana realmente lo hizo. Sin Lohana, no habría ley de identidad de género. Tampoco cuestiones básicas de dignidad: logró que la inscribieran en un colegio secundario, para maestra, con su nombre propio; fue candidata a diputada y asesora de legisladoras lo que, de paso, la convirtió en la primera travesti argentina con un trabajo estatal; fundó la primera cooperativa –la Nadia Echazú– dirigida e integrada por travestis y transexuales. Como escribe también Marta Dillon, “la enumeración podría seguir pero no es una cuestión de orden, sino de cómo se llega a la meta”.

Lohana es un ícono, me decía hace dos domingos Fernando Noy, es la Pacha, es Mercedes, es Atahualpa. María Moreno la llamaba “travestiarca”. No somos escoria, decía Lohana. Nuestro destino no es la cárcel ni el calabozo, decía. El motor del cambio es el amor, insistía, pero también la furia trava. Lohana era el amor y la furia. No sabemos, ahora, a horas de su muerte, lo que hemos perdido. No tenemos dimensión. Las palabras son insuficientes para explicarla, ¿será mejor una foto, esa donde levanta las manos con una remera que dice “Sin demora, identidad ¡¡ahora!!” ¿O la de los ojos casi cerrados, el poncho cubriéndole la espalda, ella parada de perfil con el Ministerio de Desarrollo Social y Evita de hierro en el fondo? ¿Aquella sexy con los brazos levantados, la remera lila, las tetas imponentes y los pómulos de reina? Mirarla, ver su estatura. Su talla. La ausencia de ese cuerpo que ella fundó político. Es casi carnaval y estamos de duelo.

Publicado en Cosecha Roja