Catherine Marsh Kennerley es profesora del Departamento de Español de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras. En 2001 obtuvo su doctorado en Literatura Latinoamericana de la Universidad de California en Berkeley. (Estudios de la Mujer y Género 2013) Negociaciones culturales abarca las décadas de 1930 y 1950, un periodo influenciado por la Segunda Guerra Mundial. Con el proyecto del Nuevo Trato, el gobierno de Estados Unidos, bajo la presidencia de Franklin Delano Roosevelt, se dio a la tarea de una transformación nacional que tocó la fibra de la imaginación y la creación artística. En Puerto Rico, un país donde ningún artista podía vivir del arte sin necesitar otro oficio, las agencias del gobierno se convirtieron en mecenas del talento local. Eventualmente estos esfuerzos se integraron a la División de Educación de la Comunidad (DivEdCo), la cual sería una ficha política de Luis Muñoz Marín para apaciguar el fervor nacionalista albizuista y complacer los intereses estadounidenses.

En la Introducción, Marsh Kennerley resume los temas principales de los capítulos y resalta cómo Luis Muñoz Marín oficializa la institucionalización de la cultura para resolver el problema que representaba tener una nación sin estado. Según la autora, la institucionalización respondió a la necesidad de separar la cultura del estatus político. Si eso es así, Muñoz queda como cómplice de las artimañas estadounidenses para someter el destino político de Puerto Rico. Por eso, Marsh Kennerley lo llama el estado muñocista. Este proyecto de institucionalización cultural, logrado por medio de la División de Educación de la Comunidad (DivEdCo), y como parte de Operación Serenidad y Operación Manos a la Obra, fue hijo mimado del insigne gobernador. A esta época se le referirá como milagro económico y revolución pacífica bajo el auspicio del Programa de Asistencia Técnica de los Estados Unidos y, eventualmente, la Alianza para el Progreso. La autora propone examinar el pensamiento muñocista y la intelectualidad de la generación del cuarenta para entender mejor el origen de los mitos culturales nacionalistas de Puerto Rico.

En el primer capítulo, Un nuevo origen/comienzo para Puerto Rico, Marsh Kennerley expresa que era la época en que todo olía nuevo; en la modernización todo se podía construir, incluso la cultura. “A falta de estado independiente, el recién creado estado autonomista” negociaba sus poderes. El Partido Popular Democrático estaba en sus mejores tiempos. Al querer comenzar una nueva cultura modernizada, el muñocismo rompe con la historia. Se cita a Edward Said y Michel Foucault para ilustrar el concepto de la intención de dar un nuevo comienzo a la cultura puertorriqueña. El Estado Libre Asociado institucionaliza la cultura y genera sus propios mitos a la usanza de las repúblicas latinoamericanas pero sin soberanía. La percepción de lo nacional podía darse en el marco controlado de la cultura. Se da un perfil campestre a lo citadino, se convierte lo jíbaro en puertorriqueño y se construye la cultura de la nación sin estado.

La americanización que se estaba dando en el sistema de educación pública se pondría en jaque. Esa era la negociación: el nacionalismo cultural frente a la industrialización americana; la subordinación al Congreso y el capital estadounidense a cambio de la preservación de la cultura. Para todo eso se creó la División de Educación de la Comunidad (DivEdCo) en 1949. Muñoz Marín habría dado nacimiento a la idea desde la época del Nuevo Trato, con los auspicios de la Works Progress Administration (WPA), el New Deal Arts Project (NDAP) y el Federal Writers Project (FWP). No obstante, estos proyectos murieron al terminar la Segunda Guerra Mundial, debido al macartismo, lo cual, irónicamente, se tradujo en la Ley de la Mordaza, ordenada por el propio Muñoz en Puerto Rico. La autora destaca que casi todos los Libros para el Pueblo fueron escritos por René Marqués, quien haría de ideólogo en DivEdCo.

En el segundo capítulo, La política cultural muñocista y la División de Educación de la Comunidad, Marsh Kennerley declara que el discurso muñocista es turbio; es tan didáctico como engañoso. El poder de convocatoria de Muñoz Marín yace en su uso de metáforas campesinas. Lo especifica como populismo colonial, para producir una política cultural destinada al proyecto modernizador y la construcción de un estado paradójico, o ilusorio, en el imaginario cultural puertorriqueño. Muñoz deja de ser poeta para convertirse en pragmático; sacrifica el ideal por el proyecto político. Marsh Kennerley considera la arenga muñocista creativa, pero sin fórmula, tomando de las fórmulas de la iniciativa cultural mexicana –José Vasconcelos, Diego Rivera- y de la gubernamental americana –Nuevo Trato. Muñoz, además, estaba conciente del papel útil de Puerto Rico como puente entre el Norte y el Sur de las Américas. El nacionalismo cultural neutralizaría el nacionalismo de Albizu. Por eso, Muñoz recurriría inevitablemente al vernáculo.

El tercer capítulo, intelectuales y el proyecto cultural del estado, se consagra al viacrucis de René Marqués, editor general de la DivEdCo. La imagen del proyecto artístico/pedagógico nos recuerda al obrero soviético, o un Bauhaus boricua. Dice la autora, “A pesar de sus severas críticas a la política de Muñoz, René Marqués acogía la idea básica del proyecto.” Marqués se describía como un escritor pesimista y describía a Muñoz como un hombre de acción optimista. Al final, caracterizó el sistema educativo puertorriqueño como pacificador, al igual que en su ensayo El puertorriqueño dócil, y mitificó al boricua como obediente, manso y sumiso. José Luis González criticó la dicotomía entre el pesimismo literario y el hombre de acción de Marqués. González criticó a Marqués por su misticismo, mientras Antonio J. Colorado criticó a Marqués por su oportunismo, cuestionando por qué estaba en la División si no parecía estar a gusto. Hacia el final de sus días en la DivEdCo, Marqués parecía llevar una gran carga sobre sus hombros, quizá la decepción de no haber logrado su cometido educativo con el arte.

En el cuarto capítulo, Contradicciones y límites de la cultura institucional, Marsh Kennerley reitera la preocupación de El buen saber del jíbaro puertorriqueño: la conservación del espíritu del pueblo ante la moderna democracia. La institucionalización de la cultura es la utopía que neutralizaría las contradicciones de las clases sociales. El ideal del populismo colonial era construir el imaginario boricua. Se hacía énfasis en la importancia de la caña como divisa de exportación y los reformados derechos del obrero. “El Catecismo del pueblo sustituía al catecismo católico” en el Almanaque del Pueblo, una nueva experiencia democrática de panfletos y poemas ideológicos. Aquí, dice la autora, se toma del insularismo de Pedreira, y se subraya que Puerto Rico es parte del mundo. Ricardo Alegría hace su aportación con el libreto de la película El santero y se eleva la artesanía cotidiana a la categoría de arte de museo. Se repite, también, la imagen del obrero socialista al son de “con la azada y con el pico que coopere el pueblo entero”.

Ciudadanas para el ELA, el quinto y último capítulo, destaca el trato de la DivEdCo hacia la mujer puertorriqueña y su lugar en la cultura nacional. El proyecto enfoca el asunto femenino contradictoriamente. Por un lado se le proyecta como un ser doméstico y por el otro se le reconoce sus derechos como ciudadana útil fuera del hogar, principalmente por su voto. Se alude de nuevo a la mezcla de ideas mexicanas, con Vasconcelos y su proyecto pedagógico y el estilo del arte novotratista. Se usa la imagen de la pareja heterosexual como tropo de ciudadanía democrática. La mujer es soporte del hombre. Se definen los roles de género dentro de un contexto ritual nacional. “Los papeles de los ciudadanos y las ciudadanas se reafirman o restructuran según las necesidades del estado.” La importancia de la mujer como madre representa un problema porque se contrapone a la campaña de esterilización masiva que se llevaba a cabo en la época. Para regular el papel de la mujer, se le situaba en la casa como cocinera, madre, soporte del marido y productiva en la economía –doméstica, con la máquina de coser-, y en el espacio público como electora. Se le asigna el papel de mártir a la mujer y se le reconocen sus derechos, aunque de manera condescendiente. Se evita reconocer la necesidad de una educación sexual y no se quieren tocar los temas de la violación y el incesto.

Al final, la autora incluye un epílogo de tres páginas donde recapitula sobre su idea de que las negociaciones culturales muñocistas fueron la manera de negociar una libertad restringida, la libertad de la autonomía que nos permitió Estados Unidos a la hora de diseñar la estructura de un estado libre asociado de cara a la campaña de descolonización mundial llevada a cabo por las Naciones Unidas después de la Segunda Guerra Mundial. La contradicción, o el dilema, permean esta obra, muy reveladora pero quizá un poco inconclusa. Marsh Kennerley, por una parte, expone una crítica profunda del quehacer muñocista y sus potenciales, o implicadas, repercusiones sociales en el Puerto Rico de hoy. Sin embargo, a la misma vez presenta las múltiples facetas latentemente positivas, o efectivas, que se dieron en la experiencia de DivEdCo como un espacio del estado para los intelectuales: “Fue la negociación continua, la brega, lo que caracterizó el intento de los intelectuales de habitar un espacio provisto por el estado.” ¿Entonces, por un lado, Muñoz Marín acomodó la cultura para crear un imaginario nacional dentro de una ambigüedad autonomista, y por el otro, la intelectualidad de los artistas socialmente comprometidos ayudó a la modernización de Puerto Rico?

Publicado en Claridad Puerto Rico