Entrevista exclusiva al cineasta chileno Miguel Littín

Por Daniel Cholakian – Nodal Cultura

Miguel Littín es uno de los pocos cineastas latinoamericanos que se ha mantenido produciendo cine hasta el presente desde aquel momento clave que fue la irrupción estético política que significó el “Nuevo cine latinoamericano”. Puede sumarse a una lista, algo antojadiza por cierto, que completan Fernando Solanas (con sus idas y vueltas entre cargos políticos y cine), Patricio Guzmán y de algún modo, Fernando Birri.

Desde su magnífico debut con “El chacal de Nahueltoro” en 1969, su mirada es profundamente latinoamericana. Más allá que sus películas “chilenas” como su opera prima o “Actas de Marusia” o “La tierra prometida” podría ocurrir en gran parte del mundo andino, Littín ha realizado películas como “Sandino”, sobre las luchas de liberación en Nicaragua o “Alsino y el cóndor” también filmada en ese país. Ha llevado al cine “El recurso del método” del cubano Alejo Carpentier y “La viuda de Montiel” del colombiano Gabriel García Marquez. De Gabo fue el personaje de un relato formidable. Littín ingresó clandestino en Chile durante la dictadura de Pinochet y realizó “Acta general de Chile”. Esta historia fue reflejada de un modo insuperable por García Marquez en su libro “La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile”.

“Soy muy feliz filmando en América Latina” dijo Littín a NodalCultura. “La patria de los cineastas es donde hacen sus películas. Yo pienso que solo crecemos en la dimensión estética y artística cuando nos asumimos como continente y que nos reducimos en naciones, que sabemos que están artificialmente fragmentadas. Fragmentados disminuye la potencia de nuestro discurso estético, porque la cultura es la misma. La escuela de cine latinoamericana dio grandes títulos y dio grandes cineastas, que tenían como respaldo ideológico y estético la historia de un continente.”

“No solo en el cine, sino también en la literatura. Si hablamos de Neruda o Borges que en vida estuvieron en posición antagónica, son latinoamericanos y al ser latinoamericanos son universales. También hablemos de Cortázar, de García Márquez y hablemos de los grandes novelistas que manejan un idioma y un lenguaje latinoamericano y latinoamericano universal. Cambiaron el orden del decir del español.”

“En el cine pretendíamos lo mismo, con autores como Glauber Rocha, Tomas Gutiérrez Alea, Humberto Solás. Su aliento era ese y eso los hacía grandes cineastas. Entendíamos que había un vasallaje estético y también ideológico en el cine. Porque un plano medio no es solamente un plano medio, es muchas cosas más. Hay un contenido profundo en apostar a una visión del mundo, y nuestra generación levantó esa bandera de encontrar otros lenguajes para otros contenidos. ”

Si hubiera una estética latinoamericana que atraviese los últimos 50 años de nuestro cine, sin dudas se vería reflejada en las películas de Miguel Littín, y esto aparece particularmente en su última producción “Allende en su laberinto”.

La película cuenta el último día de vida de Salvador Allende. El último día de su gobierno. El primer día de la dictadura más sangrienta que sufrió Chile. Pero también el primer día de una serie de golpes de estado promovidos por la CIA en toda la región. La figura de Allende ha adquirido desde entonces una dimensión continental que pocos políticos han alcanzado.

¿Qué ocurrió ese día trágico?

La pregunta tiene siempre una respuesta fáctica, anclada en testimonios y registros, pero también tiene respuestas que están fijadas en la dimensión mítica. Entre ellas se encuentra “Allende y su laberinto”.

La película, que fue estrenada en Chile, busca ahora su presentación en el resto de América Latina. El estreno en su país tuvo una gran recepción popular. Littín decidió una estrategia de lanzamiento coherente con su trayectoria. “Yo la abrí de otro modo, tomando en cuenta que los circuitos cinematográficos están en manos de las trasnacionales y en las trasnacionales se dan películas norteamericanas, partí estrenando la película en un enorme anfiteatro donde se hacen eventos. Convoqué a la gente a través de los medios sociales y a la sala fueron más de tres mil personas. Todos fueron con una flor en la mano que era la condición para entrar. Pedí que lleven una rosa roja, cantaron y fue una gran fiesta de exaltación a Allende y a sus compañeros. Luego fue a las salas comerciales y fue muy bien. Rápidamente la abrí a las proyecciones en los centros culturales de todo el país, y sigue dando vueltas. Yo creo que tenemos que romper ese círculo perverso en las cuales han intentado atrofiar nuestra cinematografía, ya tenemos que depender de un público a su vez dependiente, con las salas están metidas en los mall. Ese no era nuestro proyecto. Yo quiero hacer un cine que llegue a las plazas públicas, a las escuelas, a los espacios públicos.  He intentado con todas las mis fuerzas y las de mi equipo, ser coherentes de esa idea.”

Para comenzar a hablar de “Allende en su laberinto” ¿Qué cuenta la película y por qué decidió contar en este momento esa película?
Esa historia la tenía que contar porque la sabía. Y cuando uno sabe una historia su deber y obligación es entregarla, sobre todo pensando en las futuras generaciones donde personajes como Allende, símbolo, constituyen después memorias y la posibilidad de proseguir caminos de lucha en busca de una sociedad igualitaria.

¿Le produjo algún tipo de dolor tantos años después enfrentarse a este tema, a ese momento crucial en la historia chilena y en su propia historia?
Sin duda, y necesitaba tener un punto de equilibrio emocional para enfrentarlo, sobre todo porque para muchos chilenos, latinoamericanos del mundo, la muerte de Allende y las condiciones en las que sucedieron nos marcaron para siempre. No solo dolor sino también rebeldía.
Allende era un personaje que cubre prácticamente toda la historia de Chile y el sin duda a mi juicio el personaje más notable de su historia, un hombre que inscribió a Chile en la gran historia de la humanidad, posibilitando algo que nadie creía posible, que era el socialismo por el voto, con los cuatro poderes del estado reconocidos, el poder judicial, la oposición, y sin embargo avanzar sobre la convicción de que los seres humanos iban a apoyar lo justo. Retomar ese proyecto es muy complejo, muy difícil, sin embargo, si los chilenos comprendieran que ese es el momento en que el carro de la historia pasa por ahí, pasa por nuestro país y nos marca, tendríamos una mejor posibilidad distinta de convivencia hacia el futuro.

Más allá del proceso personal que usted hizo para enfrentarse a ese momento, ¿cree que el pueblo Chileno como conjunto se enfrentó al dolor de ese 11 de septiembre o todavía es una deuda pendiente?
Yo creo que es una herida abierta más que una deuda pendiente, una herida que no ha cicatrizado. Va a ser muy difícil en la historia del país. Habría que hablar de la soledad de Allende el último día y en qué nivel del subconsciente la sociedad chilena procesa haber dejado solo a su presidente en un palacio que era bombardeado por aire y era atacado por tierra. El presidente muere en nombre de los demás, de la dignidad de los demás y del futuro de los demás. Muere solo acompañado de jóvenes y médicos que estaban allí. Evidentemente esa inmensa herida y cicatriz, tiene que estar en el subconsciente de la historia del pueblo.

Hay en la historia de América Latina un sonido inolvidable. Es la voz de Allende diciendo “Más temprano que tarde, de nuevo, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor”. Usted filma ese momento un modo, diría, irreprochable. ¿Cómo imagino esa escena?
En un momento dado yo pensé ¿Qué habrá sentido ese hombre cuando sintió que se cerraba esa alameda? Porque si decía: se abrirán nuevamente, es porque las vio cerradas, completamente cerradas. Debe haber tenido un momento de gran lucidez, y apuntó hacia el futuro, pensando que los futuros hombres y mujeres abrirían otras condiciones. A veces nosotros medimos mezquinamente el tiempo, lo medimos por nuestro tiempo en la tierra, pero que es el tiempo de la historia del que hablaba gente como Allende, como Espartaco cuando no puede liberar a los esclavos y lanza su último discurso y promete que algún día será libres, o Martin Luther King que dice: He visto el paraíso y seguramente algún día el hombre lo verá. Gracias a eso es que la sociedad humana empuja. Yo pienso que el arte tiene un papel fundamental en retomar esa especie de “posta” de querer ser más libre, de querer ser mejor, y de querer construir sociedades más justas, no sé cuándo llegara pero va a llegar. Por lo pronto nuestra obligación es luchar por eso.

Es un momento de cruce de la historia y en la película está reflejado. Se cruzan las tensiones del profundo drama, dolor e intensidad de momento de la despedida con la lucidez de un político que piensa que aún bajo el feroz bombardeo hay que pensar en el futuro, y lo hace con mucha serenidad.
Esto es lo que conmueve, estremece la profunda serenidad de la cual el hombre se arma, toma el teléfono y sin saber si lo están escuchando, deja el mensaje, sin saber que lo están grabando. Dice “mi voz no la escucharan, pero no importa siempre estaré con ustedes”. Esa es una frase que siempre me llamó la atención de él, porque habla de su tremenda espiritualidad. El hombre trasciende lo físico y va a lo fundamental, va a lo metafísico y se convierte en héroe y esto es lo que quise recoger en la película.

¿Cómo se planteó, como realizador, esta cuestión siempre permanente del momento duro y lo porvenir?
Asumiendo al personaje y asumiendo la trascendencia del personaje. Es una película hecha en trance. Sin duda yo no soy el mismo que hizo la película. Era un trance de establecer balance de tipo estético, lenguaje, forma de narrar pero sobre todo, este espíritu, porque Allende se narra a sí mismo, es él quien está narrando. Cuando filmo los personajes van desarrollando su propia naturaleza. Soy un director que abre mucho los espacios, dejo que los actores jueguen e insisto mucho en los sentimientos pero no en los movimientos, entonces las coreografías internas que rman los personajes que se atraen, que se rechazan, es como una partida de ajedrez mágico.

Pensando en lo formal, en Compañero presidente , usted hizo una película estructurada como un reportaje pero con una búsqueda plástica y un trabajo sobre la cámara y los espacios, que excedía en mucho el documental de reportaje. Es casi una reconstrucción de Allende en un momento histórico con toda su experiencia previa. ¿Cuánto retomó de esa experiencia con el presidente en esta película?
Mucho. La vi muchas veces. La vi con el actor que interpretaba a Allende y con otra gente del equipo. Ese filme tiene algo que se independiza de pronto a su propio formato, se independiza del formato de reportaje. Son dos personas que discuten pero de pronto la cámara descubre otras cosas, hay otras cosas alrededor de esas personas que están ahí conversando y discutiendo, y el tiempo de la historia es sin duda el que se palpa, está ahí presente. Es una cámara muy libre y hay una búsqueda extrema hacia los detalles, hacia los movimientos de las manos, hacia las miradas, hacia los ojos. Pocas veces vi una cámara tan cercana al rostro de un mandatario. Entonces ya no es un reportaje. Se independiza, se constituye en un retrato de un instante, de un momento que es clave en la historia, no solo de Chile si no de América Latina, porque ahí se recorre toda la historia del continente.
Así como fue un militante comprometido, designado por Allende presidente de Chile Films en 1971, Miguel Littín forma parte de un proyecto importante en el presente de su país. En medio de los debates por la educación pública, gratuita y de calidad, ha asumido el compromiso de llevar adelante el Instituto de Altos Estudios Audiovisuales de la Universidad de O`Higgins. La institución estatal se propone es parte del proyecto de nuevas instancias de educación superior, multidisciplinarios, que apuesten a la investigación y a la excelencia académica. La presidenta Bachelet creó dos nuevas universidades juntamente en este espíritu y estamos trabajando con mayor entusiasmo. Estas nuevas universidades nos permiten saltar vallas burocráticas, de viejas tradiciones y de clase. Traen un espíritu universal y latinoamericano. A mí me entusiasmo mucho, porque me permite entregar gran parte de lo que han sido más de cincuenta años como cineasta para que sirvan de algo para la futura generación”, explica muy entusiasmado.
“La universidad y el Instituto de Altos Estudios Audiovisuales, se preocupan de la gente, de la cultura y del desarrollo humanista. No sólo damos clases, sino que creamos una cinemateca que recoge todo lo que se ha filmado, la memoria, el pasado apostando a ser futuro”.
“Es un centro formativo donde hay talleres y cursos para formar nuevos cineastas de Chile, de América Latina y el mundo. Un centro donde estoy invitando a los más destacados directores de cine latinoamericanos a dar charlas, conferencias, dar cursos. Luego un centro de estudios de investigación, porque sin la investigación la universidad no existe, de investigación y desarrollos experimentales, y un canal de televisión que recoja y devuelva hacia las comunidades los fenómenos culturales, instrumentos que permitan verse a sí mismo. Apuntamos a crear una nueva cultura cinematográfica y audiovisual, lo audiovisual también es parte de nuestra generación”.
“Entonces ¡Vamos con ese espíritu! Hay que crear y crear, no hay que quedarse mirando hacia atrás la mujer de Lot se convirtió en sal. Estamos creando un centro de estudios que recupere memoria, proyecte hacia el futuro y de la posibilidad de que la gente estudie allí gratuitamente”.

¿Cuánto de esta visión suya sobre el cine, que se nutre de un pasado estéticamente revolucionario y un presente siempre creativo, se hace presente en Allende en su laberinto?
Yo pienso que está todo el legado ahí, presente de lo que yo alguna vez llamé la estética interrumpida. Una estética que proviene de la historia de nuestro continente que no ha concluido, la historia precolombina no concluye, la historia de las libertades republicanas no concluye, el estudio de la revolución no concluye. Son como espirales y espirales que suben hacia un universo desconocido, y creo que el filme está hecho de ese círculo inconcluso, que a lo mejor concluye en la mente de los espectadores. Esa espiral la busqué siempre, esta estética inconclusa. El chacal de Nahueltoro no concluye, está tan inconclusa que termina tan abruptamente. Las demás películas también, siempre está presente esta idea.
Allende y su laberinto está formada de espirales inconclusas que tienen que ver con la historia del continente o, al menos, mi visión de la historia del continente.

Volviendo a la figura de Allende y su trascendencia para América Latina ¿qué cree que es lo que queda como legado?
La coherencia. El hombre captó siempre lo mismo, apostó al hombre o sea al humanismo. Allende muchas veces dijo “soy marxista, soy leninista”, pero él sobre todo era humanista y latinoamericano. La historia de Allende se hace en relación a los movimientos políticos democráticos latinoamericanos, el Apra en Perú, el Adeco en Venezuela, el Peronismo en Argentina. Si se lee sin dogmatismos arcaicos y académicos entre comillas, se lee como se vivió, el proyecto del Che es el ejemplo justamente de coherencia y lealtad hacia el humanismo, buscando una forma superior de vida. Allende fue imbuido de todos ellos. Siempre mostraba el libro que le había dedicado el Che, en que dice “a Salvador Allende que por otros medios busca lo mismo”. Lo mostraba con mucho orgullo. Cuenta también en Compañero presidente cuando conoció al Che, habla de sus discusiones con Fidel. Siempre se encontró, de una u otra manera, con otros políticos del continente que buscaban o han buscado la conformación de una América Latina en la que no hablen unos pocos, los fundadores de la república o de la oligarquía, si no un pueblo entero a través de su historia.

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