«Argentina Beat. Derivas literarias de los grupos Opium y Sunda»

argentinabeat_altaTodo comenzó en La Manzana Loca. Con sus fronteras demarcadas por las calles Marcelo T. de Alvear, Maipú, Leandro Alem y la Avenida Córdoba. Un archipiélago que refugiaba al Instituto Di Tella, la Facultad de Filosofía y Letras, la librería Galatea y al bar Moderno, sobre todo al bar Moderno.

Corrían los años del “oasis creativo” auspiciado por el brevísimo gobierno de Arturo Illia y un grupo de escritores se abrían paso entre las luminarias de lo que la prensa llamaba Swinging Pampa o Buenos Aires Beat. ¿Los beatniks criollos? Algo de eso hubo, incluso así los bautizó el periodista Miguel Grinberg –“¡Existen los beatniks argentinos!”-, entonces director de la revista Eco Contemporáneo. Pero en el fondo había algo más profundo.

“Para beatniks, con Ginsberg, Kerouac y compañía alcanzaba y sobraba. Nosotros éramos otra cosa. Pero nos decían beatniks porque eso armaba más quilombo en los medios. Y a nosotros nos venía perfecto: gracias a esas notas muchas veces chupábamos gratis”, aclara Reynaldo Mariani –mejor conocido como Mariani a secas– en la entrevista que cita el crítico Rafael Cippolini en el prólogo de Argentina Beat: Derivas literarias de los grupos Opium y Sunda (1963-1969), la antología firmada por Federico Barea que rescata del olvido los textos de dos míticas bandas literarias de la década del sesenta.

“Nos conocimos en revistas, en bares, en confusas reuniones a las tres de la mañana. Nos conocimos orinando en baños donde leímos que Perón o Tarzán nos salvarían; nos miramos a los ojos y sonreímos: ninguno quería ser salvado”, se puede leer en el primer número de Opium, la publicación comandada por Mariani, Isidoro Laufer, Ruy Rodríguez y Sergio Mulet. El primer número del fanzine fue un tríptico con ocho poemas, un manifiesto y una diminuta viñeta de Daniel Zelaya.

Luego salieron a la calle tres números más estilizados, e incluyeron textos de Vicky Rubin, Néstor Sánchez, José Peroni y Poni Micharvegas. La efervescencia que caracterizó a este grupo fue retratada en 1969 en el film de culto Tiro de gracia (con guión de Mulet), que reunió en su elenco a estrellas como Susana Giménez y Perla Caron, a Javier Martínez y la música de Manal, y a artistas vanguardistas del Di Tella como Federico Peralta Ramos y Roberto Plate.

Por su parte, Sunda surgió en 1965 como publicación de un solo ejemplar en un precario formato de fanzine, pero sirvió como disparador para volverse un proyecto editorial renovador: Sunda B.A., donde se publicaron obras de José Peroni, Gianni Siccardi y Ruy Rodríguez, entre otros.

Cincuenta años después, se rescatan los textos de estos autores marginados del canon, y cuyas obras circulaban a cuentagotas o a precios para coleccionistas de billeteras gordas. La antología publicada por Caja Negra también incluye textos de Hugo Tabachnik, un narrador y poeta que creó la revista El ángel del altillo y publicó a los 77 años su increíble opera prima Volviendo a casa. En el apéndice del volumen hay un radiante texto que dedica a “Gato” Barbieri.

Según Barea, “rescatar este material hoy es un gesto político. Es darles lugar a voces que el mercado silenció y negó. Voces que pretendían que el narrador fuera tan protagonista como el lenguaje.” Una escritura que iba a contramano de lo que Néstor Sánchez llamaba la murga del facilismo. Quizás, como arriesga Cippolini en el Prólogo: “Un tipo de literatura llamada a impactar más sobre los modos de vida que sobre los de escritura”.

Publicado por TiempoAr

Los beatniks también fueron argentinos

La generación beat, esa banda de escritores norteamericanos de posguerra conocida por sus obras transgresoras y por su intento desesperado de unir el arte a la vida, encarnó como pocos en la literatura –Rimbaud aparte- el mito de la juventud. Su aullido se hizo audible por estas tierras a mediados de los sesenta, gracias en parte a la traducción temprana de «Los subterráneos», de Jack Kerouac, por la editorial de la revista Sur y al rol de difusor que asumió Miguel Grinberg desde la revista Eco Contemporáneo; pero también como resultado de audacias, justamente, más subterráneas, como la traducción que hizo Leandro Katz –la primera en castellano- del poema magno de Allen Ginsberg (Howl) y que circuló en distintas revistas de Latinoamérica. Con ese impulso nacieron los grupos Opium y Sunda, una decena de jóvenes agitados, aún no llegados a los treinta, que hicieron del bar El Moderno –en el microcentro porteño- su base de operaciones.

«Nos conocimos en revistas, en bares, en confusas reuniones a las tres de la mañana. Nos conocimos orinando en baños donde leímos que Perón o Tarzán nos salvarían; nos miramos a los ojos y sonreímos: ninguno quería ser salvado». Así declamaban en el primer número de su revista los opiúficos, mote con el que se autodenominaron los miembros de Opium (Raymundo Mariani, Ruy Rodríguez, Sergio Mulet). Sus días y sus noches transcurrieron próximos a los happenings, la psicodelia y el pop-art del Instituto Di Tella y no lejos de la incipiente escena del rock nacional. La efervescencia que los caracterizó fue capturada en Tiro de gracia, película de 1969 devenida en culto, que reunió en su elenco a estrellas del cine como Susana Giménez y Perla Caron, a Javier Martínez y la música de Manal, y a personalidades del Di Tella como Federico Peralta Ramos y Roberto Plate.

Lo que escribieron por esos años los que formaron parte de Opium y Sunda fue publicado en las propias editoriales que armaron, o salía en sus revistas, que pueden considerarse como los primeros pasos del fanzine en el hemisferio sur. Medio siglo después, es prácticamente imposible conseguir sus libros y apenas unos pocos nombres son recordados entre entendidos. La editorial Caja Negra acaba de rescatarlos por medio del paciente trabajo de investigación de Federico Barea, que logró reunir para esta antología manifiestos, poemas y narraciones de los integrantes de ambos grupos. Con un título que acredita la influencia de la generación beat en la Argentina, se enlaza con otras publicaciones recientes del sello como Memoria de los ritos paralelos, de Grinberg, y El viajero solitario, de Kerouac.

Los textos reunidos por esta edición dan testimonio de una escritura concebida más allá de los géneros, el mercado y las instituciones literarias. Con frecuencia crípticos y alucinados, se ligan primordialmente con la poesía y la música, en especial el jazz. Son piezas rítmicas tocadas por un instrumento que se sostiene entre el cuerpo y la conciencia, sus notas surgen del instante vacío o pleno que los convoca a escribir y se amplifican como visiones entre los pliegues de la memoria. Aunque son escrituras personales, no se trata en ellas de revelar un misterio biográfico ni de confesiones, sino –influencia surrealista- de despertar la imaginación con la certeza de que «un pez en nuestras manos es siempre otra cosa de la que estamos acostumbrados a ver en un pez».

En una época en que los autores del llamado boom latinoamericano se consagraban gracias al aporte de nuevas formas a la novela en lengua hispana, los aquí presentes «ensayaron otros modos de ser escritores», como sostiene Rafael Cippolini en el prólogo. Así, por ejemplo, Reynaldo Mariani, que firmó siempre en minúscula como mariani, manifestando de ese modo su rechazo a una carrera literaria. Con el inicio de los setenta, cada uno siguió su propio rumbo, muchas veces fuera del país y ocupados en oficios varios. Algunos llegaron a construir una obra reconocida -Leandro Katz como artista visual en Los Ángeles, o Néstor Sánchez, revalorado estos últimos años-, pero es siempre en los márgenes donde se hallan sus aventuras.

Publicado por Infobae

 

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