En Contexto
Se conoce como “La noche de los lápices” al secuestro de estudiantes secundarios ocurridos durante la noche del 16 de septiembre de 1976. Los estudiantes eran militantes de agrupaciones estudiantiles y encabezaban los reclamos por el boleto estudiantil. Este es uno de los hechos represivos más conocidos de los llevados adelante por la dictadura cívico militar argentina entre 1976 y 1983. Diez jóvenes fueron secuestrados y solo 4 de ellos sobreviveron.

Ambigüedad ideológica

Por Daniel Cholakian*

El cine, como medio de expresión en el marco de la comunicación masiva, es de una importancia hoy indiscutible. La trascendencia que cualquier obra cinematográfica tiene, incluso las de poco éxito de público, es suficiente como para que el realizador medite sobre la influencia que su film puede ejercer sobre el medio social. Frente a esa realidad es más delicado aún el papel le que toca jugar a quien encare la realización de una película testimonial o de aproximación a la historia contemporánea.

“La noche de los lápices” es un film que queriendo presentarse como una denuncia valiente, navega en las borrascas de la ambigüedad. Trabajada como aproximación meramente fáctica, la película carece de profundidad al presentar los hechos de nuestro pasado reciente. Reduciendo a un esquema su estructura argumental, podría decirse que se presenta como la historia de unos pobres chicos que nada hicieron y a quienes mataron salvajemente. Y eso es una mentira. Porque esos jóvenes no eran sólo románticos que escuchaban a Sui Géneris y que tenían sus inicios amorosos en medio de una inocente lucha política (como la reiteración de escenas en ese sentido induce a pensar), sino que bregaron por reivindicaciones justas en medio del desmoronamiento de una sociedad que asistía, casi impasiblemente, a la aproximación de la más negra noche de nuestros tiempos. Y esto, que es de suma importancia, no es materia de profundización en el film. Apelando a la emoción del espectador, jugando con una historia de amor no existente en la realidad (juego bastante sucio ya que toda apelación sentimental en la pantalla acciona resortes íntimos en el espectador y lo moviliza emocionalmente), logra minimizar el verdadero sentido de la existencia y resistencia de estos chicos.

Esto en cuanto a la lectura general del film: sin embargo hay algunas escenas interesantes para revisar. La aparición del personaje representado por Alfonso de Grazia, que en los créditos finales aparece como “falso cura”, demuestras ciertas dudas de Olivera a la hora de dar cuenta de algunos hechos. Mientras en la sala la mayoría del público dirige una serie de insultos para este personaje, el director deslinda hábilmente responsabilidades remarcando la falsedad de la investidura ¿Tendrá miedo acaso el director de asumir la responsabilidad de exponer la participación que muchos sacerdotes tuvieron como apoyo de la represión? Evidentemente habrá razones de peso para no tocar ciertas figuras tan importantes.

Y por último (aunque quedan otras para analizar) encontramos la escena en la que el guardiacárceles (Lorenzo Quinteros) le quita la venda a Pablo Díaz y con un tono casi paternal le explica el principio de obediencia debida, para que todos (personajes y espectadores, al mismo tiempo protagonistas de una historia que aún no finalizó) comprendan la inocencia y la neutralidad de señores como el allí representado, que ni siquiera aparece como cómplice (es más, casi se asemeja a un afectuoso compañero de ruta que desearía ver concretada una bella historia de amor) No importa en este caso la veracidad o la falsedad del hecho, la elección de esta escena entre otras posibles, y la sutil alusión que este personaje hace respecto de los militares, bastan para situar claramente la posición asumida por quien elabora el discurso fílmico (en este caso Héctor Olivera)

La ambigüedad ideológica está presente en la contradicción entre el discurso de lanzamiento, de la publicidad del film, de su argumento y el  contenido intertextual, que se presenta apenas detrás del exhibicionismo oportunista. Como argentino me duele que aún haya mercaderes que puedan hacer sus inversiones apelando a los dolores más íntimos de una sociedad. Lamentablemente por las condiciones emocionales que impone el desarrollo de la película, se hace difícil discernir entre el film proyectado y el que la memoria e imaginación del espectador está creando. En estas condiciones el discurso cinematográfico se inscribe a nivel inconsciente, y el mensaje falazmente progresista penetra indefectiblemente.

(*) Artículo publicado en el diario La Razón el 25 de octubre de 1986