Por Gloriana Corrales – Foto: Diana Mendez

Pregunta con insistencia –y sin ingenuidad alguna, admite– qué pensamos sobre la vida, hacia dónde creemos que vamos.

No era aquel un escenario usual, si se toma en cuenta de que el actor y director Óscar Castillo era nuestro entrevistado y no se suponía que debía formular las interrogantes.

Se enfrasca en llevar la conversación fuera de los límites temáticos de la entrevista sobre su vida y su trayectoria: cifras sobre pobreza en el país o las teorías de futurólogos sobre el desarrollo de la inteligencia artificial y, de nuevo, el aumento del desempleo.

No podía ser de otra manera: él ha sido, desde siempre, un visionario con una innegable inclinación social.

Este jueves, Castillo, quien se mantiene como uno de los grandes intelectuales de la era dorada de las artes en Costa Rica, llegará a sus 75 años y da la impresión de que el paso del tiempo le genera cada vez más inquietudes sobre los caminos de la humanidad.

Pocos días antes de su cumpleaños, su hija le lanzó una aserción: “Es que vos has hecho lo que has querido”. Aquella idea le quedó dando vueltas en la mente. “Pues sí, más o menos, como después de los 30”, dice.

Esa época de su vida coincide con el momento en que decidió jugarse el todo por el todo en nombre del arte, cuando se aventuró en el mundo del cine sin garantías de triunfar.

Sin embargo, sus inicios no tuvieron que ver precisamente con la producción audiovisual, sino más bien con el primero de sus amores: el teatro.

Llegó a las tablas casi como resultado de un experimento social que se cuenta mejor en las palabras del escritor y académico Fernando Durán Ayanegui, con quien Castillo compartió las aulas del curso de Apreciación de Teatro, que impartía en la Universidad de Costa Rica (UCR) Guido Sáenz, quien llegaría a ser ministro de Cultura en 1976.

“En el grupo mío ‘aportábamos’ desorden unos cuantos gañanes que, de acuerdo con cualquier teoría pedagógica de los años siguientes, habríamos sido catalogados como ‘mamulones con síndrome de deficiencia atencional’”, recuerda en una publicación en Facebook.

“Don Guido, que no era pedagogo, ¿qué hizo para doblegarnos? ¿Nos echó del curso? No. ¿Dejó de hablarnos? No. ¿Nos agarró a bastonazos? No, no usaba bastón. ¿Nos puso nota de reprobado? No. Lo que hizo fue convocar a aquellos deficitatencionarios ya adultos y obligados a estudiar los libros de química, cálculo, historia, español, biología, sociología y filosofía y nos invitó a formar un grupo de teatro”, agrega.

Castillo y sus compañeros de clase debutaron con la obra Los jugadores, de Nikolái Gogol, que se presentó en varios rincones del país. Tras una de las presentaciones, recuerda Castillo, los rectores Rodrigo Facio y Carlos Monge se le acercaron y le dijeron: “Mirá, vos tenés que dedicarte a esa carambada”.

“Y yo de estúpido les hice caso”, prosigue, con un tono cargado de ironía, pues no podría obviar que ese talento lo hizo merecedor del Premio Nacional de Teatro en el 2014, con su protagónico en El rey Lear.

Aunque dice que sería pretencioso admitirlo, Castillo fue uno de los pensadores que impulsaron la profesionalización del teatro en Costa Rica, con la formación de la Escuela de Artes Dramáticas de la UCR o la Compañía Nacional de Teatro.

Una aventura más. Como actor de teatro, Castillo descubrió que la visión sobre la vida y el mundo depende de la perspectiva que se adopte, y que el cine podría ofrecerle nuevas y más intensas miradas.

Siendo director de la Compañía Nacional de Teatro, recibió una invitación para sumarse a una iniciativa de integración centroamericana en producción audiovisual, que terminó de capturarle el interés.

Al cabo de cinco años, solo Costa Rica puso en marcha el proyecto, con la creación de la Sala Garbo, la productora Istmo Films y la Distribuidora Cinematográfica del Istmo.

“Éramos como los hermanos Marx. Nos lanzamos con unas inversiones enormes”, dice entre risas. “A la distribuidora no le fue bien porque creíamos que en Centroamérica se podían hacer algunas Salas Garbos y estábamos totalmente equivocados. Perdimos muchísimo dinero. Había gobiernos militares y a la gente no le interesaba el cine que nosotros estábamos haciendo, y desde entonces es así”.

El fracaso del proyecto no detuvo a Castillo, quien en 1984 proyectaba en la pantalla grande La segua, en la que figuró como el productor.

Según Castillo, aquel filme costó $750.000 (que, ajustados a la inflación, serían cerca de $1.750.000 de hoy). La historiadora María Lourdes Cortés, sin embargo, consigna en su libro El espejo imposible. Una historia del cine costarricense que el presupuesto fue de $400.000.

Independientemente de la cifra, aquella era una suma astronómica para un país en el que no se producía cine.

La segua no tuvo el éxito comercial esperado y, de acuerdo con Cortés, dejó grandes perdidas para los inversionistas.

Tres años más tarde, en 1987, Castillo hipotecó su casa en pos de un sueño, y con un presupuesto de $240.000 de la época llevó a los cines Eulalia , que se convirtió en un éxito taquillero, superando, por ejemplo a Rocky IV.

“Prácticamente 27 años después apareció Maikol Yordan [ … de viaje perdido] para destronar a Eulalia… Por suerte”, comenta. “Sí, es que eso quiere decir que el mundo ha cambiado, que todo ha cambiado”, continúa, ante una mirada que no comprende la razón de esa “suerte”.

Con el prestigio de su segunda película, Castillo se aventuró en un campo hasta entonces desconocido para él: la televisión, medio que le otorgó renombre con las populares series El barrio y La pensión, dos de las producciones nacionales más importantes de los años 90.

“Con eso de El barrio , no me dieron pelota en un canal y en el otro me dieron pelota inmediatamente porque quien había comprado recientemente a ese canal [Carlos Slim], que estaba en el suelo, sabía lo importante que era la producción nacional para atraer público”, rememora.

Los bríos de Castillo por la producción televisiva no se quedaron congelados en el tiempo en la pensión de doña Tere y, de hecho, evolucionaron a La urba, serie que actualmente se transmite en Canal 13 y que llegará al final de su primera temporada este viernes 16 de diciembre.

La urba es una metáfora de la nueva Costa Rica que estamos viviendo, que está muy aprisionada por el narcotráfico, por una desigualdad creciente, por una gran pobreza”, explica Castillo con un aire de preocupación.

A sus 75 años, sigue activo en el medio y no ve pronto el final de sus trotes en el medio artístico: en el 2015 protagonizó la obra teatralEsperando a Godot, hace poco hizo un papel corto en la película aún no estrenada Violeta al fin (de Hilda Hidalgo), prepara la segunda temporada de La urba y tiene planeada una película de la que se niega a revelar detalles.

Nadie ni nada podría aplacar sus inquietudes existenciales, al defensor de las artes en cualesquiera de sus expresiones, al pionero que rompió paradigmas, se sobrepuso al fracaso y aprendió a coexistir con las nuevas generaciones del teatro, el cine y la TV.

En palabras de María Lourdes Cortés: “El legado más importante de Óscar es esa terquedad”.

Publicado por Nación