Los vestigios del conflicto armado han dejado heridas que parecen incurables en mujeres como Rosa Valbuena, campesina del páramo de Sumapaz. Pero escribir, dice, ha sido un respiro para el alma. “Los cuerpos de las sumapaceñas han sido violentados por los grupos insurgentes y el machismo. Pocas veces hablamos del tema por temor o por falta de tiempo. Por eso hubo llanto cuando empezamos a escribir las historias que nos han marcado, pero también sentimos alivio”.

En esa fría localidad ubicada al sur de Bogotá, 22 mujeres como ella tomaron un curso de literatura como mecanismo para sanar las heridas que les ha dejado la guerra. A finales de mayo publicarán un libro que narra cómo el conflicto armado les arrebató a sus hijos y familias, y las luchas que han librado para proteger el páramo, considerado el más grande del mundo.

Algunas sólo han cursado primaria y unas pocas bachillerato. Sus tradiciones están arraigadas en la oralidad. No fue fácil pasar las palabras al papel, pero lograron contar de forma sencilla los saberes y dolores que llevan a cuestas las campesinas.
En la primera parte del libro, el protagonismo se lo llevan sus tradiciones para cuidar de los recién nacidos, tips que, dicen, han hecho de sus hijos hombres sanos y fuertes. “Los padres soban las piernas de los niños con sus manos sucias llenas de tierra de labranza para que caminen con fuerza (…) El azabache es una manilla que protege de malas energías a los bebés. Tiene las figuras de un puño, un cacho y un santo. Lo usan en el pie o en la muñeca derecha hasta que se les cae”, dice el fragmento de un relato.

Antes de la invitación que les hizo el Distrito para participar en el taller de literatura, se dedicaban a responder por los quehaceres de la casa y asistir al comité de mujeres que conformaron en la vereda San Juan con el fin de defender el páramo de las multinacionales mineras. Casi todas estaban alejadas de la lectura y la escritura. A muchas les temblaban las manos y la voz cuando se paraban frente a las demás a leer sus escritos.

Contar lo que han vivido como campesinas les sirvió para demostrarles a los hombres y demostrarse que tienen otros potenciales. “A veces ellos creen que sólo nos reunimos pa echar chisme y eso no es así. Nosotras hemos frenado a punta de resistencia las intenciones del Estado y de multinacionales como Emgesa de construir una planta hidroeléctrica para apoderarse del agua del río Sumapaz. Esa lucha la contamos en el libro con la intención de que todos la conozcan y se den cuenta de que los campesinos no permitiremos que dañen las fuentes hídricas”, señala Balbina Peñaloza, campesina.

A los relatos sobre medioambiente se suman las experiencias de guerra. Historias cruentas que narran cómo a las campesinas les ha tocado parir hijos para el conflicto desde los 70, cuando las Farc se asentaron en la región y habilitaron un corredor para movilizar secuestrados desde la vía Villavicencio-Bogotá hasta San Juan de Sumapaz, y de ahí a otros territorios. La mayoría asegura que la escritura las liberó de cargas tan pesadas como ver morir a sus familiares o ser tildadas de guerrilleras por oponerse a que el Ejército convirtiera sus casas en trincheras.

“Se escuchaba todo el día el sonido de los fusiles, metralletas y bombas. Quisimos escapar pero solamente pasaban camiones llenos de vacas, y no había espacio para nosotros. Nos tocó devolvernos. Pasamos toda la noche con los niños metidos en una cueva, en el monte. Cuando salimos se habían llevado hasta el tinto”, se lee en otro aparte del futuro libro.
Balbina Peñaloza agrega: “Tengo 27 años y me he criado en la guerra. Aquí vivimos la infamia de los falsos positivos. Nos mataron amigos, primos, novios… bajo el argumento mentiroso de que eran guerrilleros. Esa injusticia nos ha hecho sentir rencor hacia el Estado. A veces me pregunto cómo no sentirlo si desde chinos hemos tenido que lidiar con prejuicios y balas que alcanzan vidas inocentes”.

Los primeros relatos eran desconsoladores, pero con el tiempo se transformaron en historias divertidas que conjugaban la descripción de hechos reales con ficción. Los que se refieren a episodios bélicos mantienen su esencia, pero también hay relatos de terror, amor, maternidad y medicina naturista.

Publicar el libro, además, puede ser un impulso que dé pie para cambiar la realidad educativa de Sumapaz, donde 55 de cada 100 pobladores no se reconocen como lectores, de acuerdo con el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (Cerlalc). Allí no existen bibliotecas públicas, librerías ni canales de distribución de libros.

Para Luz María Botero, directora de la ONG Taller de Talleres, organización que capacitó a las campesinas, lo más importante fue darse cuenta de la forma como la literatura les sirvió para liberar las experiencias negativas que han sufrido. “Cuando las conocí, la mayoría eran tímidas y les faltaba seguridad. Con el tiempo se fueron empoderando. Los ejercicios que hicimos sobre el árbol de la vida para que se autorreconocieran y les fuera más sencillo narrar sus vivencias, las ayudaron a sentirse más seguras de sí mismas”.

Durante un mes las campesinas recibieron clases de literatura, narración creativa, ficción y cuento. Todos los domingos se reunían en el salón comunal de la vereda San Juan o en la casa de alguna estudiante, entre las 10:00 de la mañana y las 4:00 de la tarde. De los ejercicios realizados surgió la idea de hacer el libro. Se publicarán 500 ejemplares que serán distribuidos en la Red de Bibliotecas Públicas de Bogotá, en los paraderos de libros y en las cárceles.

Ellas esperan ansiosas el día de la publicación, para compartir con sus familias los relatos que han configurado su historia, pero sobre todo para que otros conozcan las luchas que han emprendido como mujeres y defensoras del páramo.

Publicado en Colombia2020