Por Miguel Russo 
(Fotografía: Adriana Lestido – Mujeres Presas)

Adriana Lestido dice que no busca representar nada cuando dispara su cámara, que los sentidos se develan con el tiempo, como capas de cebolla. Su obra –y su vida– siempre estuvo en tensión entre la intimidad y la naturaleza, lo tierno y lo áspero, el trabajo y la libertad. Referente de la fotografía argentina contemporánea, rememora la niñez con un papá preso, la militancia y la vida cotidiana de los ’70, los días con su marido desaparecido, los inicios como reportera gráfica, las fotos icónicas. Los mundos de Lestido, sus obsesiones y sus dudas del presente: cómo seguir haciendo fotos.

La foto es simple, típica: una pareja de enamorados caminan por las callecitas boscosas de Villa Gesell en el verano de 1976. Ella tiene 21 recién cumplidos y sonríe como solo sonríen las mujeres enamoradas de 21 años. Él es un muchacho de 26 y la abraza como sólo abrazan los muchachos enamorados de 26. La cámara es una Kodak prestada para la ocasión: cuatro o cinco días de amor total, una escapada furtiva al mar en un país que estaba a punto de convertirse en un peligro para todos, mucho más para dos jóvenes enamorados que sueñan con otro país.

Él es Guillermo Enrique Moralli, Willy, estudiante avanzado de Ingeniería; militante de Vanguardia Comunista; lector empedernido de Marx, Lenin y Mao; delegado de Molinos. Ella es Adriana Lestido, estudiante de enfermería, militante de Vanguardia Comunista amante de Pink Floyd y Sartre, desgrabadora de teóricos de Psicología. En la foto parecen dos chicos, cuesta imaginar que llevan casados dos años, desde 1974. Cuesta mucho más imaginar que Willy desaparecería poco más de dos años después, el 18 de julio de 1978. Y muchísimo más imaginar que Adriana, como dice 40 años después de aquella foto, nunca volvió a sonreír de esa manera.
Esa es una primera foto. Obviamente, no fue ella quien la hizo, pero es ella. Hay otra versión de cuál es “su” primera fotografía: una que la hace merecedora de la segunda peor foto –pero que por mala debería haber ganado– del viaje de egresadas a Bariloche. Y otra, que fue, como ella misma dice, su primera foto “en serio”: una de su madre, sacada con una Voigtländer que le consiguió su hermana por intermedio de una amiga con padre fotógrafo.

Pero de lo que no quedan dudas es de la sonrisa.

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Adriana Lestido nació el 7 de enero de 1955 en el corazón de Mataderos, Avenida del Trabajo entre Larrazábal y Oliden, a quince cuadras del Parque Avellaneda. Fue la primera hija de Serafín, vendedor de La Malagueña, soñador empedernido de nuevos proyectos, y Laura, amante de la música y la literatura, apasionada lectora de García Lorca.

Correrías, juegos, travesuras, la vida de una nena normal de una familia normal en un barrio normal. Jugaba con su amiga, hija de los dueños de la casa que alquilaban los Lestido. De la fotografía, sólo un vago recuerdo de una pequeña cámara con fuelle escondida en el ropero de la habitación de sus padres. “Y algunas fotos de infancia, blanco y negro, con ese bordecito típico de las fotos de entonces, que yo creo que se hacían con esa camarita. Es muy probable que las hiciera mi viejo. Pero no tengo la imagen de él haciendo fotos, ni de nadie haciendo fotos. Sí la imagen de la camarita de fuelle en el ropero”, dice Lestido.

Todo así, hasta 1961. Como si se tratara del cerco de alambradas que en la madrugada del 13 de agosto de ese año depositan los soldados de Alemania oriental que bajan de los camiones en Berlín para separar comunistas de capitalistas, en la vida de la nena Adriana Lestido de seis años se levantó otro muro. Un muro que separó su vida en dos: “En el 61, mi viejo cae en cana. Esa para mí es una etapa. Una cosa fue hasta el final de mis seis años, otra a partir de que él cae en cana”.

Seis años. Con seis años, Adriana Lestido comprendió que de un lado estaba la alegría y del otro lado, la injusticia: “Mi viejo cayó en cana por una estafa con cheques. Él laburaba en La Malagueña. Mi viejo era buen tipo, pero estaba loco y siempre craneaba grandes negocios que terminaban cayéndose en mil pedazos. Pero para que esos negocios se pusieran en marcha, necesitaba siempre mucha guita. Era muy buen vendedor, realmente, pero era un perdedor. Y no sé qué tramoya se mandó con unos cheques de la Malagueña. Se deliraba con los cheques, eran su debilidad. El bardo lo hicieron él y un compañero de laburo. Cayeron los dos”.

El otro tipo tuvo un buen abogado y salió a los pocos meses. Serafín se comió casi cinco años. “Un delirio. Pensar que hay condenas por homicidio de cinco años. Yo era consciente de esa injusticia, más allá del sentimiento de que era mi papá. Cinco años, para mí, que estaba a punto de cumplir los siete, era toda la vida”, dice Adriana.

Pensaba que su padre no iba a salir más. “Encima, cuando él cae en cana, mi vieja estaba embarazada. Y yo pasé, entonces, a cumplir otro rol familiar. Es como si eso hubiera sido el fin de la infancia. Yo tenía esa sensación. Toda mi escolaridad primaria estuvo muy marcada por todo eso”.

Cuando Adriana Lestido dice “todo eso” es, exactamente, todo eso, y encima de una nena de poco menos de siete años: el viejo en cana, la vieja desquiciada por la circunstancia, los problemas económicos, una hermanita recién nacida. “En la primaria, salvo una chica que vivía en Ciudad Oculta, yo era la más pobre del grado, con un padre preso y una madre que puchereaba. Me salvaba que era un poquito inteligente y me iba bien con las notas. Eso me posicionaba un poco mejor, pero era fuerte todo lo que me rodeaba. Me acuerdo que pagaba la cooperadora ahorrando la guita que me daba mi vieja para la merienda porque quería ser igual que las demás”.

—¿Ya había agarrado la camarita fotográfica con fuelle del ropero?

—No, nunca. La cámara estaba ahí, escondida. Lo mío era la nada total. Nunca aspiré a nada más allá de lo inmediato. Me fascinaba la tiendera de la vuelta de casa, allá en Mataderos, que envolvía con mucha delicadeza los pulóveres en un papel de seda o algo así. Deberían ser unos pulóveres comunes, de barrio pobre, pero para mí eran algo inaccesible, de otro mundo. Todo lo que estaba afuera era de otro mundo. Y cuando iba a comprar alguna boludez, un botón o un hilo de coser, ella estaba siempre envolviendo o acomodando esos pulóveres. Yo fantaseaba con ser tiendera.

Fueron cinco años de visitas al patio de la cárcel de Caseros donde estaba su padre. De esas visitas, Lestido recuerda las gradas, las requisas y la cara triste de su viejo. Olvidó la frecuencia de las visitas. Cree, casi con certeza, que eran más seguidas al principio, pero que después se fueron haciendo un poco más espaciadas.

“A los once mi viejo volvió a casa y siguió la vida normal. Nacieron mis otros dos hermanos y un poco se fue enderezando la cosa. Más allá de que todo eso que tenía hasta los siete no volvió, el regreso de mi viejo cambió las relaciones. A los doce, cuando terminé la primaria y empecé la secundaria, fue como que arrancó otra etapa. Ya estaba mucho más plantada, ocupando un lugar. Ya tenía otro rol, pisaba fuerte, era ‘la independiente’”.

La independiente atravesó la secundaria sabiendo que lo suyo no era ni la geografía ni la historia. Le tiraba más lo que no había que estudiar sino entender: las matemáticas, la física, la química. Cuando terminó, empezó a laburar con su viejo de vendedora de especias surtidas: “En ese entonces era muy difícil trabajar en relación de dependencia. Y mi aspiración máxima era entrar en alguna oficina y ser empleada. Siempre todo fue como muy ahí, el anhelo de lo inmediato, lo que está apenas un pasito más adelante”.

En ese día a día se hizo carne una definición que iba a acompañar la vida de Lestido: la necesidad.

Sin saberlo ella, sin tener aún la mínima idea de lo que sería la fotografía en su vida, Adriana Lestido resumía en esa palabra “necesidad”, algo que el crítico inglés John Berger desarrolló en 1968: “Una fotografía es el resultado de la decisión del fotógrafo de que merece la pena registrar que ese acontecimiento o ese objeto se vieron. Si todo lo que existe se fotografiara continuamente, las fotografías carecerían de sentido. Las fotografías no celebran ni el acontecimiento ni la facultad de la visión en sí. Son un mensaje acerca del acontecimiento que registran. La urgencia de este mensaje no depende enteramente de la urgencia del acontecimiento, pero tampoco es completamente independiente de éste. En su forma más sencilla, el mensaje decodificado significa ‘decidí que merece la pena registrar lo que estoy viendo’”. O sea: necesidad, como dice Lestido.

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En 1973, Lestido decidió estudiar ingeniería. “Cuando viajé de Mataderos hasta la facultad me enloquecí: había carteles por todos lados, consignas, efervescencia. Una locura. Y al toque empecé a militar. Me engancharon a la semana. Me acerqué a un cartel que decía “Bolsa del libro”, y era algo que tenía que ver con la Tupac, la rama estudiantil de Vanguardia Comunista. Me enganché de una”. Enseguida, también, se dio cuenta de que Ingeniería no le gustaba. La embolaban los teóricos multitudinarios, no entendía nada. Pero su presencia en la facultad era muy útil para la militancia. “Tenía mucha fuerza, mucho arrastre, levantaba los cursos, hablaba, discurseaba, arengaba”.

En Ingeniería conoció a Willy. Willy, Guillermo Moralli, era un cuadrazo de Vanguardia Comunista. Le llevaba seis años, estaba en cuarto o quinto cuando Lestido ingresó a la facultad. Y fue flechazo. “Mis viejos –cuenta Adriana– se habían mudado a Villa Madero. Viví un tiempito más con ellos, pero entonces, con Willy decidimos alquilar un departamento en el centro de Buenos Aires, en la 9 de Julio a metros de Avenida de Mayo, y nos fuimos a vivir juntos. Nos casamos enseguida, en 1974. Visto hoy, parece una locura: yo tenía 19 años, Willy, 25. Pero en ese momento era muy común. Eran otros 19 años, ni mejores ni peores; otros. Tiempos muy intensos”.

Lestido tuvo un rol importante en las tomas que hubo en el facultad por la intervención de Ivanissevich a fines de 1974. Durmió infinidad de noches en el rectorado ocupando el edificio. “Ya operaba la Triple A. Estaba en la facultad cuando secuestraron a Daniel Winer, que dirigía con Willy el Centro de Estudiantes. Todos estábamos muy angustiados porque no aparecía. Y me acuerdo que, mientras estaba haciendo la recorrida por Lugano con las especies que vendía, vi en un almacén la tapa de Crónica con la foto de la cara hinchada de Daniel. Lo habían encontrado muerto en un descampado. En ese momento se me dio vuelta el horizonte, sentí todo lo que se venía”.

Entonces, bajó de la dirección de Vanguardia Comunista la orden de proletarizarse. Lestido dejó Ingeniería y consiguió trabajo en una textil: “Tenía que cortar las hilachas de las telas y encargarme de que a las costureras no les faltara hilado. Repositora, una cosa así. Había que comer rapidito, en quince minutos y volver a correr entre las máquinas llevando piolines. Parecía una película muda. Duré un día. Entonces me propusieron estudiar enfermería, la revolución necesitaba enfermeras. Me metí a estudiar y me gustó. No quería ser doctora, quería ser enfermera, lo más inmediato”.

Lestido pensó, en ese momento, que enfermería podía ser su vocación. Se imaginaba trabajando de enfermera. Entraba a las siete a la escuela Cecilia Grierson de enfermería que está en el Hospital Durán, salía a la una, y se iba a trabajar desgrabando teóricos de Psicología. Eran tres desgrabadoras, a cual más desquiciada: Martha Ferro, la que poco después sería la genial escritora y periodista de Crónica, personaje central del film Tinta Roja; Celeste Carballo, que ya soñaba con ser cantante, y Adriana Lestido. Cada una trabajaba para una empresa distinta, pero cuando se conocieron, de inmediato se pusieron de acuerdo para turnarse, grabar y desgrabar una sola y pasárselo a las otras dos. “Pero nos agarraron: Hubo un error, me acuerdo, que cometí yo. Un profesor estaba hablando de la Bula Papal y yo puse ‘gula’. Salió ‘gula papal en los tres trabajos y se pudrió todo. A la calle las tres”.

Entonces llegaron las minivacaciones de enero del ’76. Y Gesell, y la parejita enamorada caminando por las calles boscosas de la Villa, y la Kodak prestada. Y la foto. “La última vacación que pasamos juntos, aunque muchas vacaciones nunca tuvimos, siempre eran cuatro o cinco días locos en la playa. Y es una fotito así nomás, con Willy, en el medio de un caminito por el bosque. Y me estoy riendo. Hay una cosa de alegría inocente y entregada que nunca más volví a ver en mi cara. Esa alegría no volvió”.

Después, inmediata y bestialmente después, fue el golpe de Estado.

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Adriana, que había terminado el primer año de Enfermería, comenzó a hacer una práctica en el hospital Ramos Mejía. “Allí estaba internado un viejito al que le había tomado mucho cariño –dice. No sé por qué, me haría recordar a mi abuelo, vaya a saber. Pero la cosa es que ese viejito se murió y me pidieron que me encargara de preparar el cuerpo. Fue muy fuerte. Ahí me di cuenta que eso no era para mí. Me faltaba poquito, un examen o dos para recibirme de auxiliar de enfermería. Y dejé todo”.

Era 1977. También dejó de militar y se separó de Willy. No fue una separación tajante. Dejaron de vivir juntos, sí, pero se veían con frecuencia. Mientras tanto, Lestido decidió, al año siguiente, estudiar para ser maestra en el Normal 4. “Entré con mucha polenta y no sé muy bien qué pasó pero me echaron. Yo tenía mucha influencia en el curso, era medio líder, supongo que debe haber tenido que ver con eso”.

Adriana Lestido, luego de la separación, se había ido a vivir con una amiga. Una amiga a la que Willy había responsabilizado un poco por la separación. Pero a mediados de 1978 la amistad se quebró. Adriana se encontró a Willy en un colectivo. De casualidad. Se sentaron juntos en un asiento de uno, charlaron, le contó la pelea, y Willy se alegró. Los dos pensaron que se abría una nueva posibilidad. “Hubo mucha onda, los dos con ganas de volver a estar juntos”, cuenta Lestido. Quedaron en hablar al día siguiente. Quizás, intentarlo de nuevo. El llamado nunca llegó. Adriana sigue pensando, casi cuarenta años después, que si no lo secuestraron ese mismo día fue al día siguiente: “Fue un año durísimo 1978. Todo mi grupo de referencia desapareció ese año. Una vez pensé: desde que conocí a Willy hasta que despareció, en 1978, pasaron sólo cinco años, pero fueron como treinta o cuarenta, toda una vida”.

“En 1979 decidí estudiar cine en la Escuela de Cine de Avellaneda, con Rodolfo Hermida. Sentí, por primera vez, que era algo qué sí tenía que ver con mi vocación. Y estudiando cine hice mi primer curso de fotografía, pero más que nada porque me daba cosa no saber manejar una cámara de fotos. Supuse además que me iba a servir para cine”. Era un curso gratis de cuatro clases en la Casa del Fotógrafo, con un profesor muy amable cuyo nombre no recuerda. “Siempre me había atraído mucho la proyección de imágenes. Más allá del papel, me encantan las fotos proyectadas. Y tengo el recuerdo imborrable de estar a oscuras en una de las clases de ese curso, mientras se proyectaban unas fotos cualquiera: sentí que era eso. Empecé a soñar con fotos, a soñar que sacaba fotos. Me tomó por completo, como nunca nada en la vida.

En esos días vio la foto “Madre Migrante”, de Dorothea Lange. Reconoció en la imagen algo familiar que la reafirmó en el camino. Esa foto y la manera de Lange de fotografiar. “No quería imitarla, nunca se me ocurrió imitar a nadie en nada. Me parece una pelotudez imitar. Pero sí me inspiró, lo mismo que mucha gente después. Esa foto fue un faro. Y Dorothea, claro, su manera de mirar, el abordaje humanista de sus fotos. Son muy fuertes, pero a su vez hay una cosa absolutamente amorosa”.

Lestido cursó hasta el final de ese año en la escuela de cine de Hermida, pero empezó a hacer fotos con mucha intensidad. Y al año siguiente dejó cine para pasarse a la carrera de fotografía, también en la Escuela de Avellaneda. Estaba en medio de un vendaval, en un equilibrio muy precario. Cuenta: “Empecé una relación muy fuerte y estaba en un momento de fragilidad extrema. Si se caía la fotografía o se caía esa relación me iba a la mierda, literalmente. Me sentía vulnerable. La relación duró lo suficiente como para sostenerme y la fotografía se transformó en eso que soñaba”.

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Al principio, salía a hacer fotos por la calle. Practicaba. Fotografiaba a sus hermanos, a su barrio, hacía los ejercicios que le pedían los profesores. Trabajaba como despachante de Aduana, pero buscaba vivir de la fotografía de alguna manera. Así, empezó a hacer fotos de pibes en las plazas. Retratos. “La venta siempre me rayó. Es cierto que era una venta liviana: si les gustaban las fotos a las madres me las compraban y si no les gustaba, nada, a otra cosa. No trataba de convencer a nadie, pero era venta. Tenía claro que el trabajo en las plazas no era para toda la vida”.

Empezó a patear por los medios para ver si podía conseguir algo: “Había poquísimas minas reporteras, rebotaba en todos lados. Y además no tenía mucho para mostrar”. Un día, en la escuela de foto vio un cartel que ofrecía trabajo gratis en un diario de Lomas de Zamora. Y se mandó. “Fui a hacer fotos de una inundación que había ocurrido en Villa Albertina. Y armé un reportaje. Al poco tiempo, un amigo me comentó que había un diario nuevo, La Voz, de izquierda. Y allí me fui con las fotos de la inundación”.

El jefe de fotografía de La Voz era Oscar Paglilla, el “Negro”. Las fotos le encantaron. La tomó como colaboradora. Adriana creyó que tocaba el cielo con las manos. Pero el primer día de laburo chocó con el jefe de redacción: “Aram Aharonian, un divino que la jugaba de cabrón, me dijo que no estaba de acuerdo en que hubiera minas en la redacción, que no perdiéramos el tiempo. Quería ver las fotos mías todos los días antes de publicar nada. A la semana de laburar ahí, un suplicio diario, ocurrió el Lanusazo, y cambió la historia”.

El 24 de noviembre de 1982, miles de vecinos de Lanús se movilizaron hasta la municipalidad para entregarle al intendente Carlos Gregotti un documento pidiendo la rebaja de impuestos. Gregotti, designado por la dictadura, se negó a recibirlos. La exagerada custodia policial tomó posición a cien metros de la municipalidad y comenzó a reprimir: gases lacrimógenos, bastonazos, balas de goma. Hubo medio centenar de heridos, y más de cuarenta detenidos.

“Aharonian, al enterarse que me habían mandado a mí a cubrir lo que pasaba, puso el grito en el cielo. ‘¿Cómo que mandaron a la minita? No va a traer nada, hay un quilombo bárbaro, están cagando a palos a todo el mundo’. Y sí, fue un quilombo bárbaro. Cuando empezaron a reprimir yo quedé en el medio, los canas me tironeaban de las lentes que llevaba colgando, me afanaron el teleobjetivo, el gran angular, pero seguí trabajando. Volví con buenas fotos, y empezó a haber un poco más de respeto”.

Al día siguiente, hubo un acto de Madres de Plaza de Mayo. Por la represión del día anterior, decidieron que en lugar de marchar en Plaza de Mayo, lo harían en la Plaza Alsina de Avellaneda. El diario mandó a Adriana a cubrir el acto. Fue con el equipo que le quedaba después del afano, sólo un lente normal. “En la plaza había una nena con pañuelo blanco que lloraba, todos los fotógrafos estaban alrededor haciéndole fotos. A mí me dio pudor levantar la cámara en ese momento pero cuando empezó el acto y los fotógrafos fueron al palco a fotografiar a los oradores, me quedé al lado de la nena y de su mamá, que tendría mi edad. En un momento la alzó, gritaron las dos y ahí hice la foto, son sólo dos cuadritos. Siempre quise mucho a esa foto pero recién con el tiempo me di cuenta que es la imagen fundante de todo mi trabajo, es el origen, todo viene de ahí. Por la edad, la mujer no podría estar pidiendo por su hijo, pensaba que pedía por su hombre, y la nena por el papá”.

—¿Era como volver a ver a su madre y a la nena que era usted a los siete años?

—No lo pensé en el momento pero sí. Es la injusticia. En realidad siempre la relacioné con la desaparición de Willy, pero también es la ausencia de mi padre. Después supe que la mujer, Blanca Freitas, pedía por su hermano, Avelino; que era el tío de la nena. Y supe que Avelino Freitas había sido delegado de Molinos. Willy trabajaba en Molinos, también era delegado: seguro que se conocieron. Una locura, ¿no? Pero tampoco fue querer representar eso con la foto, no busqué nada. El sentido, los sentidos, se fueron develando con el tiempo, como capas de cebolla. Siempre es así.

Su foto “Madre e hija de Plaza de Mayo” fue tapa de La Voz.

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Poco antes del cierre del diario La Voz, Adriana Lestido buscaba otros rumbos. Necesidad. La palabra, la sensación, la definición “necesidad”. Una tarde, la llamó Dani Yako, el editor jefe de la sección fotografía de la agencia Diarios y Noticias (DyN), para pedirle que se sumara al equipo. Fundada en 1982, DyN era el sueño, una agencia de vanguardia donde estaban los mejores fotógrafos del país: “Trabajando para una agencia hay que resolver las situaciones en una sola imagen. Fue un gran aprendizaje”.

La agencia también hacía, cada tanto, reportajes para diarios del interior donde eran necesarias más fotos. “Una vez me mandaron a hacer un reportaje al Borda y al Moyano. Estuve unos días en cada uno. Pegadito está el Hospital Infanto Juvenil y tuve el impulso de trabajar en el hospital, de mirar pero de otra forma, sin tiempos, o con los tiempos que me llevara ver lo que necesitaba ver. No tenía idea de lo que era un ensayo fotográfico, pero supe que tenía que ser de otra forma, entrar de otra manera y comprender algo desde la experiencia. Así hice la primera serie del Infanto Juvenil. Revelaba en el laboratorio de DyN. Yako me ayudaba a editar. Y, como siempre, una cosa me fue llevando a la otra”.

Una de las chicas del Infanto Juvenil estaba embarazada y la derivaron a un Amparo Maternal. Lestido quiso seguirla pero no la autorizaron. Se quedó todo 1986 fotografiando en el Infanto Juvenil. Hizo su muestra en 1988. La cuestión de las madres adolescentes le había quedado picando. Decidió hacer un trabajo sobre maternidad. Se había enterado de que en la cárcel las madres estaban con sus hijos. Y arrancó en el Amparo Maternal de Flores. Un día y otro y otro. Comprendió que no podía dejar de ir. Se transformó en un trabajo en sí mismo y así surgió la serie “Madres adolescentes”.

En enero de 1989, se anotó en un seminario organizado en La Plata donde iban a estar los popes máximos de la fotografía: el brasileño Sebatiâo Salgado, el norteamericano Fred Ritchin, el iraní Abbas, el mexicano Pablo Ortiz Monasterio. Adriana llevó su trabajo sobre el Infanto Juvenil. “Fue una semana de locos, magnífica. En un momento Ritchin tomó mi trabajo, hizo unos movimientos, sacó y movió fotos y quedó otra historia. Ahí aprendí a relatar con imágenes. Quise hacer para ese seminario un trabajo sobre las mujeres presas en La Plata, pero no logré la autorización y terminé haciendo fotos en la Casa Cuna de La Plata”.

En 1990, aceptó el retiro voluntario que le ofrecieron en DyN y entró a Página/12. Después de unos pocos meses, a la vuelta de un fin de semana de vacaciones, comprendió que no se bancaba más correr detrás de la actualidad y, a pesar de los pedidos de los directivos del diario para que se quedara, renunció. La necesidad.

Desocupada, libre, viviendo de la indemnización de DyN, estuvo un tiempo sin laburo hasta que desde Página volvieron a la carga. Había salido la revista Página/30: nada de correr detrás de la actualidad: libertad absoluta. Adriana volvió. Pero en 1991 ganó la Beca Hasselblad para hacer madres presas. Pidió licencia para meterse de lleno en el proyecto.

Otra vez libre, otra vez respondiendo a su necesidad: “Fui con una idea muy romática de la maternidad en cautiverio. Pero la realidad es mucho más dura. Estar con un hijo en la cárcel es secundario, lo fuerte es estar preso. Así, el eje se fue corriendo y terminó en lo que es, ‘Mujeres Presas’. Comprendí que siempre se está preso desde antes de caer en prisión”.

Una vez, en los Tribunales de San Martín, donde había acompañado a una mujer detenida a su juicio oral y público, un juicio público en el que el único “público” era Adriana, un oficial le dijo: “estar preso es no poder decidir”. No lo olvidaría nunca.

“Fue muy duro hacer ese trabajo, mucho más duro de lo que imaginaba. Tuve momentos de crisis fuertes mientras lo hacía. Pensé que no iba a poder terminarlo, pero por suerte pude y así logré sacarme un gran peso de encima. Lo duro y oscuro de la cárcel que llevaba adentro salió, ya no podría volver a hacer fotos. Hace unos años me vinieron a ver del Ministerio de Justicia para proponerme que hiciera otro libro sobre la cárcel, en Ezeiza. Pero en vez de hacer fotos les propuse dar un taller con las presas y que fueran ellas las que sacaran sus propias fotos. Se hizo y estuvo buenísimo. Fue quizás una manera de devolver algo de lo mucho que me habían dado”.

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Después de “Mujeres presas”, Adriana Lestido decidió no trabajar más en instituciones. Quería el afuera, la luz, el nacimiento. Mientras buscaba conectarse con alguna partera que trabajara con partos naturales, le cayó en las manos el libro de Amy Tan, El Club de la Buena Estrella, sobre madres e hijas. Y eso fue como un rayo: era lo que quería hacer. Sintió que todo lo que había hecho previamente era para llegar a eso. Un misterio a develar. Y se metió de lleno en la serie “Madres e Hijas”.

“Estuve tres años fotografiando a madres e hijas. De alguna forma el trabajo que pensaba hacer en un año sobre maternidad terminé haciéndolo en más de diez”.

Después seguirían “El amor”, “Villa Gesell”, “México”, “Antártida”.

Necesidades. “Ejercicios de amor fotografiados”, como dijo Marcos Zimmermann. “Eso que nos hace sentir los conflictos cotidianos de hoy en base a ternura, emoción y honestidad”, como dijo Sara Facio. “Lo frontal testimonial, lo áspero, pero siempre íntimo”, como dijo Juan Forn. “Una experiencia de vida, de sufrimiento y de alegría”, como dijo Guillermo Saccomanno. “Sus fotos ya no son miradas; ahora son tactos, olores, ruidos, movimientos: sensaciones”, como dijo Martín Caparrós. “La apertura de una falla en el misterio cotidiano por la que es posible espiar y reconocerse”, como dijo Marta Dillon. O como dice la misma Lestido, defendiendo a capa y espada la foto “Madre Migrante” de Dorothea Lange con la cual sintió que eso era lo que ella quería para su vida: “Lo que importa en el fondo es si lo que uno hace mueve la rueda para adelante o para atrás, si tiene algún sentido para alguien. Salirse un poco de ‘mi imagen’, ya sea la de la modelo o la del autor o la autora y llegar a comprender el sentido más profundo de lo que se hace”. O como la frase de Francis Bacon que Lange tenía pegada en la puerta de su cuarto oscuro y que Lestido cita de memoria: “La contemplación de las cosas como son, sin error o confusión, sin sustitución o impostura, es en sí misma algo más noble que una cosecha entera de invención”. Necesidades.

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Ahora, después de los premios, de las exposiciones y retrospectivas en el Centro Cultural Recoleta y el Museo Nacional de Bellas Artes (2007), y de sus libros por todo el mundo, después de las curadurías y las muestras que coordina, después de sus imágenes como símbolos, Adriana Lestido repasa sus necesidades. Por ejemplo, el trabajo de sus fotógrafos preferidos: luego de Lange, Robert Frank, Graciela Iturbide, Nan Goldin, Sergio Larraín. De Larraín, justamente, de ese chileno que un día dijo basta, Lestido dice: “Además de sus fotos y de sus pequeños textos, me parece una guía para el camino, más que nadie él es un referente para mí. Era un fotógrafo estrella de Magnum y abandonó todo, siguió primero por el norte de Chile a su maestro Öscar Ichazo y luego se fue a vivir a un pueblito perdido para estar en sintonía con su alma. Ese es un camino que me interesa. No me interesa la exposición permanente, ni el mercado, ni el éxito”.

O, por ejemplo, la decisión de abrir las ventanas: “Partir, el amor, la naturaleza”, enumera.

O, por ejemplo, eso que piensa cada vez más a menudo: dejar de hacer fotos. “Al menos por un tiempo. El último trabajo fue ‘Antártida’. Pero me está costando sacarlo afuera. Quizás, justamente, porque lo siento como el final de algo. Esa serie es como un pasaje. El fin del mundo y el principio de algo nuevo que todavía no sé qué es. Lo qué sé es que quiero estar más plenamente en un lugar de aprendiz, el desafío que significa lo desconocido. Quizás la imagen en movimiento, no sé. Me gustaría escribir para no necesitar más que un cuadernito, pero creo que lo mío sigue siendo la imagen”.

Esos “cuadernitos”, como los llama Lestido, son pilas de cuadernos donde fue anotando cosas. Esa otra necesidad: “Son vitales. Me sacan la locura. Una puede pensar y decir cualquier cosa, pero no escribe cualquier cosa. Esté atravesando momentos de confusión o no, trato de tener cierta regularidad en los cuadernos. Es algo que me alivia. Me ayudan a comprender. Es un poco pesado leer cuadernos viejos, algo que hago muy poco y sólo para buscar alguna cosa determinada. Pero al hacerlo se contextualizan las cosas y eso es siempre revelador. Los cuadernos me ayudan a comprender. Son otra manera de ver y de limpiar. La creación es limpieza, hacer espacio. Las cosas que limpié no volvería a traerlas: ya está. Los cuadernos son algo así. Algo privado que ayuda a limpiar”.

En esa limpieza anduvo y anda en esa necesidad.

Trotadora incansable de su propio camino, viendo amanecer en el mar desde su casa en medio del bosque de Mar de las Pampas. O disponiéndolo todo para su nueva casa en el “Barracas profundo”, a la que se mudará cuando vuelva de la última presentación de su muestra “Lo que se ve” en el Haus am Kleistpark de Berlín.

Cuando vuelva, en una de las paredes de su nueva casa en el “Barracas profundo”, Lestido, quizás como un acto fundacional de su necesidad, tiene pensado colgar una imagen. “Una amiga muy querida, Valeria Bellusci, me mandó una foto que había hecho en el Parque de la Memoria, maravillosa. Con colores muy suaves, se ve, muy chiquita, a una mujer, con mucho cielo y mucha agua. Esa foto va a estar”, dice, y aparece una sonrisa que parecía perdida.

Publicado por Anfibia