Por Juan B. Juárez

En esta época de prisas consumistas, selfies, redes sociales autocomplacientes y solidaridades virtuales, poner los pies sobre la tierra es el acto imposible que ha dejado de ser el punto de partida para la búsqueda de la existencia auténtica, pues la realidad y la verdad se han convertido en los puntos de los que todos queremos escapar. Sin la sensibilidad para reconocerlas y reaccionar ante ellas ni el tiempo para recorrer sus tortuosos territorios, la mejor opción que ofrece la actualidad parece ser la negación, salvo, pues, para aquellos que no pueden escaparse y están condenados a vivirlas y sufrirlas, atropellados permanentemente por esa maquinaria sin alma a la que llamamos verdad o realidad.

En ese contexto de escapismo y negación, el elocuente realismo de las imágenes de Ricardo Morales busca, en primer lugar, resquebrajar los callos de la (in) sensibilidad y de la (in) conciencia, pinchar con las uñas las burbujas efervescentes en las que nos encerramos para —según la publicidad y el consumismo— trascender a otros planos de existencia, y finalmente, a fuerza de golpes estéticos, devolvernos la cordura perdida. Se trata, en efecto, de imágenes que no se conforman con habitar en el espacio imaginario del arte sino que pretenden asaltar el plano de lo real y provocarnos algún tipo de zancadilla que nos saque de nuestras comodidades castrantes y sacuda el amodorramiento sin ideales ni responsabilidades individuales y colectivas en el que vivimos aletargados.

El de este artista empecinado con la realidad, la sociedad y la humanidad es un realismo que no viene del arte tal como lo conciben los artistas que pelean por un lugar en el mercado del arte y en las galerías locales e internacionales. Es un realismo que viene precisamente de aquella realidad olvidada, o mejor dicho negada y sistemáticamente evadida.

A pesar de estar apegada temática y a veces anecdóticamente a Guatemala, las imágenes de Ricardo Morales tienen, sin embargo, una dimensión universal que les permite ser entendidas en todas partes del mundo; y es que el olvido de la realidad y esa misma realidad descarnada, violenta e inhumana no son un fenómeno local, ni siquiera tercermundista, (o en todo caso lo serán de un tercermundismo que se ha globalizado) sino propiamente mundial. De allí que sus obras provoquen reacciones similares en Nueva York, Chicago, Guatemala o Bolivia y que algunas instituciones académicas y sociales busquen provocarlas también en otros países, pues han experimentado y observado que el elocuente realismo de estas obras, pese a su agresividad y su énfasis en los aspectos más dolorosos e injustos de la vida social e individual, es también un realismo con esperanza encarnado en un arte que cree en el cambio, en un arte que es ya un principio del cambio.

Publicado en La Hora