Los carruajes jalados por caballos son el transporte que varias ciudades en el mundo utilizan para movilizar a sus turistas y así recrear épocas antiguas. Antigua Guatemala no quiso quedarse atrás, y desde 1996, es el único lugar del país donde existe este tipo de paseo.

Actualmente hay una discusión entre asociaciones que se oponen al maltrato animal y los dueños de los carruajes: ¿Qué tanto de abuso animal hay realmente? ¿Por qué no existen otras alternativas de paseos turísticos en esta ciudad?

Los caballos aparecen de pronto, zapateando sus casquillos contra el suelo, como aplausos breves, al cruzar cualquier esquina cercana al parque central, de la ciudad de Antigua. Una tras otra, sus pisadas marcan el ritmo acompasado que recuerda el eco de los claustros.

Desde las diez de la mañana, hasta las seis de la tarde, estos carruajes transportan viajeros de cualquier parte del mundo, también a recién casados, parejas y familias guatemaltecas.

Alrededor del parque central transitan carrozas, vendedores de biblias, profetas del fin del mundo, niños lustrabotas o malabaristas y tuk tuks ronroneantes. La Antigua Guatemala en su monótono esplendor. Pero para lo que algunos es un paseo para otros es un medio de transporte obsoleto.

Un caballo, como cualquier ser humano, como cualquier ser vivo, tiene necesidades básicas: acceso a alimento, suficiente agua limpia; o la necesidad de expresar su comportamiento natural,   -explica Mario Sapón-, director general de Fundación Equinos Sanos para el Pueblo –Esap–.

Quienes manejan las carrozas y tratan a los caballos, dicen que las organizaciones competentes al maltrato animal, exageran y evidencian el escaso conocimiento veterinario, y sus denuncias           –explican– están fundadas en mitos y carecen investigación.

La espuma en la boca, por ejemplo. ¿Qué sabe usted de animales? Si tienen espuma en la boca no es porque tengan sed, es porque tienen mucha agua en el cuerpo –cuenta Ángel Pérez, dueño de un caballo y conductor desde hace dieciocho años de una de las diez carrozas que se observan pasear en la ciudad colonial.

En Guatemala –cuenta el médico veterinario Carlos Overall– al caballo se le ve como un tractorcito, un pick up, donde se le echa toda la carga encima. Este problema tiene raíces infundadas en la época colonial. Es un animal traído de España. Y no se logra establecer en nuestro país una cultura de respeto hacia ellos. Entenderlo, quererlo, como a otro animal y ser vivo.

Entonces nadie enseña cómo tratar a los caballos, su debida alimentación, por ejemplo los herrajes que llevan consigo, se convierten en dificultad para su movimiento. Por otra parte, no veo el suficiente análisis en la forma de abordar el problema, al decir de inmediato: los caballos sufren maltrato. Lo que prima en el problema es la falta de trabajo en la educación para los conductores, pues desconocen del cuidado básico para estos animales. Explica Overall.

¿Muy noble? ¿Muy leal?

Nombrada en la época colonial como  “Muy noble y muy leal ciudad de Santiago de los Caballeros”, la ciudad de Antigua y su municipalidad mantienen una postura ambigua del plan para evaluar el sistema de carruajes.

El escritor, librero y vegano –Eynard Menéndez-, asegura que la utilidad de los carruajes tirados por caballos es una pretensión colonial, en pleno siglo veintiuno. Ahí vemos hasta dónde nos ha calado esta invasión española de la cual siempre ha hecho alarde la ciudad de Antigua. La asociación Paz Animal le ha propuesto a la Municipalidad de Antigua usar carros eléctricos manejados por las mismas personas dueñas de las carrozas, afirma Menéndez.

Según afirma el doctor Overall, quien trabaja en Antigua, el caballo es un animal de tiro (trabaja con carretas) y también ungulado (camina sobre sus uñas). Los equinos utilizan una uña para caminar y es muy especial, pues sirve como última palanca. Cuando este hueso y los ligamentos empiezan a enfermarse, se le denomina enfermedad de hueso medular.

La molestia radica en el efecto de jalar, pues se produce el tiro, ya no sobre la columna, sino sobre el pecho y sus extremidades. Además, las carrozas son de metal y muy pesadas, sumando a esto al conductor y a las personas que jalan a estos animales.

Fue en el año 2011 cuando Miriam Roldán –guatemalteca de la capital radicada en Antigua– compró un caballo lastimado para rescatarlo, pero el mismo murió de un tumor a los tres meses. A partir de ese momento decidió intervenir como activista a favor de los animales.

En el departamento de Sacatepéquez abunda el maltrato animal: perros amarrados o sacados a la calle, porque no los pueden curar cuando se enferman. No hay clínicas veterinarias públicas para gente de escasos recursos. Perros atropellados y automovilistas impunes, caballos abandonados a su suerte en las carreteras, mal alimentados, sedientos y sobrecargados de trabajo, dice Roldán.

Alguna vez, el empedrado de la Antigua le pareció agradable para pasear por la ciudad –dice Isabel Palma –química bióloga, visitante de la ciudad de Antigua. Pero luego al caminar por el parque y verlo de fuera, me cambió la perspectiva; los caballos deberían caminar o correr libres.

El actual vocero de la Municipalidad de Antigua, Sergio Rodríguez, reconoce la importancia de ver que la sociedad se organice a favor de los animales, pero admite no tener mayor incidencia en el tema.

En Antigua hay cientos de lugares que colocan agua y comida procesada para animales de la calle (más que todo perros) pero qué piensa el Concejo Municipal o la señora Alcaldesa –Susana Asensio–, sobre este debate, pues no se ha recibido tal propuesta y no puedo emitir una declaración de la municipalidad, sobre algo desconocido oficialmente.

Recientemente ocurrió otro accidente que comprobó la desatención hacia los equinos. Esta semana se fotografió a un caballo en cuclillas y casi desmayado, junto al conductor tratando de levantarlo, alrededor del parque central. La imagen se difundió en las redes sociales y algunos medios de comunicación.

Lo único que sé del caso es que el caballo sufrió un desmayo, que el piloto desarmó la montura, y luego se llevó al animal. También sé que Susana Asensio –alcaldesa de la ciudad de Antigua Guatemala– tuvo esta semana una reunión urgente con personas del movimiento de protección animal, para activar un proceso legal en contra del maltrato animal, declaró Rodríguez.

La Municipalidad de Antigua –continúa Rodríguez– no percibe un solo centavo, como arbitrio, pero sí extiende un permiso del Maga –Ministerio de Agricultura, Ganadería y Alimentación– a los propietarios, ellos son los responsables directos.

Los carruajeros, la defensa de su anonimato

Para Ángel Pérez –conductor y propietario de carruajes– las redes sociales se han convertido en un instrumento de difamación inmediata que permite recrear la realidad a conveniencia, sin ningún tipo de investigación.

Lo trae a conversación porque hace dos años se hizo viral por feisbuc, una fotografía tomada por un particular, donde se observa un caballo desplomado sobre el suelo empedrado.

La foto famosa sucedió cerca del Centro Cultural César Brañas. La yegua estaba descansando en el parqueo. Era muy nerviosa y una máquina de la municipalidad hizo demasiado ruido y la yegua se vino corriendo. Venía a unos 60 kms/h en la carrera y topó con un muro, explica Pérez.

La escritora y periodista cultural –Lucía Esocbar– dice que esto es parecido a lo que se dice de los circos, el vegetarianismo, los zoológicos, pero en esto, -explica- , hay otras cosas qué evaluar: la gente que vive de eso. Son familias que se quedan sin trabajo. Y quién soy yo para opinar que merecen cambiar de vida. De mi parte voto por el turismo cultural.

En cuanto a la Ley Protectora de Animales de Guatemala –emitida en 1952– especifica como delito: “utilizar los servicios de animal herido, impedido, llagado, enfermo, flaco, extenuado o fatigado”, y también, “hacerlos padecer hambre, sed o darles alimentos deficientes”.

Sin embargo, para la Antigua –cuenta Mario Sapón– de Esap, no existe legislación vigente que proteja a los equinos trabajadores (mulas, burros y caballos de carga).

Las moscas, la ciudad pétrea

A los caballos se les pegan las moscas porque su sangre es muy dulce, y eso atrae a los insectos, no porque estén sucios, cuenta Ángel Pérez –conductor de carrozas–.

Por un tipo de mosca que se alimenta de sangre, se reproduce en las heces, se alimenta de larvas y luego se adhiere al caballo, es como se cierra y vuelve de nuevo ese ciclo, explica también, el doctor Carlos Overall.

El caballo de Ángel sacude la cola con prontitud fustigante, como un látigo de prisa, se alivia del cosquilleo que le producen las microscópicas patas de una mosca nerviosa, atenta, situada en el lomo.

Ángel debe continuar el trayecto semanal alrededor del parque; agita las riendas sobre el dorso del animal, como la contracción elástica de un gusano o el vaivén de una onda aleatoria, sobre la pantalla de un electrocardiograma. Se ha disuelto junto a su caballo y carroza, entre los paseantes, en el rumor oceánico que remueven las calles.

Luego cae la tarde: fría, lunar, implícita; mientras en lo alto del Palacio del Ayuntamiento ondea la bandera –verde y blanca– y la campanada anuncia el orden mendicante. Todo –o nada– de cuanto ocurre aquí: en la ciudad de Antigua. En la ciudad de siempre, la que no quiere cambiar. La ciudad pétrea.

Publicado en Barrancópolis