Por Enrique Planas

San Antonio residió en Egipto, entre los años 251 y 356. Gran parte de su larga vida la consumió en el desierto, viviendo como un eremita en sepulcros, cuevas y en lo alto de una torre. Fue un místico que buscaba la soledad, a quien le bastaban solo unas migajas de pan y gotas de rocío para sobrevivir. El resto del tiempo lo destinaba a la meditación y al rezo, dos formas de disolverse en la nada.

Sin embargo, el fundador de los ermitaños encontró la soledad poblada por demonios en permanente transformación. San Antonio veía el mundo cubierto por las redes del maligno, que se le presentaba como un monstruo disforme, cuya cabeza tocaba las nubes y en cuyas garras quedaban prendidas las almas que intentaban alcanzar a Dios.

Los quebrantos del santo quedaron perennizados con un tríptico titulado “Las tentaciones de San Antonio”, pintado por el holandés Jheronimus van Aken, el Bosco, en 1501. Igual título recibe uno de los cuadros centrales que presentará el pintor José Tola en su más reciente muestra en la galería Lucía de la Puente, luego de tres años de silencio. Han pasado muchas cosas en ese tiempo. Finalizó su relación con Diana Álvarez-Calderón, la ex ministra de Cultura, y ha iniciado un nuevo idilio que, confiesa, determina que parte de sus nuevas obras comuniquen ese nuevo entusiasmo sentimental.

Rodeado por sus más recientes óleos, su propio San Antonio es la única pieza realizada en cerámica que expondrá. Hace unos días estuvo en Cusco, preparando la obra en la fábrica Kantú, empresa dedicada a la fabricación de complementos decorativos de cerámica, porcelanato, mármol y vidrio. Allí trabajó los bocetos, investigó en los materiales, experimentó con las texturas de la cerámica y sus cambios de color. El entusiasmo fue tal que olvidó el soroche del primer día. Tola se sintió feliz no solo por el resultado, un cuadro de cerámica en varias partes que celebra al anciano ermitaño, sino porque, en el fondo, se identifica con ese anacoreta aislado del mundo, pero siempre sacudido por las tentaciones terrenales.

— ¿Te sientes como San Antonio?

Últimamente, un poco. A esta edad comienzas a entender muchas cosas. Y a desear muchas otras para las cuales sabes que ya no es el momento. Los tiempos cambian.

— Dime una de esas cosas que has entendido.

¡Es un secreto íntimo! [ríe]. Te digo: cada vez veo más claro que el esfuerzo que haces es algo que dejarás a las generaciones venideras. Y tienes una cierta responsabilidad sobre eso. Lo que haces va a quedar. Es tu legado. Y pensar en eso me entusiasma para trabajar más honestamente.

— ¿Antes no sentías esa responsabilidad?

Entendía el trabajo como algo estrictamente personal, sin darle trascendencia. No aspiro a lo imposible, pero intento agotar el campo de lo posible. Puedo sonar muy idealista, pero trato de dar mi mejor testimonio.

— En tus cuadros más recientes se aprecian a tus personajes protagonizando escenas domésticas. ¿De donde viene esa nueva actitud?

Es difícil de explicar. Estoy viviendo una nueva etapa sentimental en mi vida. Ha cambiado un poco mi mundo. De repente, todo se ha vuelto más íntimo.

— En estas escenas, tus personajes han alcanzado cierto bienestar. ¿Has encontrado la paz?

No la paz de la satisfacción. Más bien tiene que ver con un miedo a la muerte que me ha venido. He empezado a disfrutar más del ambiente, de estar solo con alguien. Decir estas cosas me ponen nervioso…

— Miedo a la muerte lo tenemos todos. ¿Has tenido una experiencia que te confronte con ella?

Cuando alcanzas los 74 años, piensas, carajo, que el tiempo se te acaba. Pero no por ello pienso cosas negativas, sino más bien positivas. Pienso en disfrutar del momento, de la vida. Sentarme a leer, a escribir, a pintar, a diseñar proyectos que he tenido guardados y que quiero retomar. Nadie tiene la vida comprada.

— ¿Revisaba la evolución de tus personajes y veo la serenidad actual de tus monstruos y la comparo con la intensidad que mostraban en los ochenta o noventa, en obras como “El iluminado” (1991), por ejemplo. ¿Cómo ha ido evolucionando el carácter de tus monstruos?

Tiene que ver con los sentimientos de uno, con los estados de ánimo, con la forma de concebir la vida. Al principio quizás había una rebeldía. Una vez que se va suavizando, se va potencializando para manejarla mejor. Sí hay una evolución. Intento evitar estancarme. Los cambios siempre me parecen buenos. No quiero encasillarme en un tipo de expresión y quedarme allí.

—¿La estridencia se quedaría en mero efecto?

Sí. Pierde el contenido que uno desea. Creo que desde afuera esos cambios se aprecian más. A mí me resulta más complicado apreciarlos. O, en todo caso, me doy cuenta mucho después. Son cambios que no los ves de inmediato.

—Eres la persona más indicada para responder esta pregunta: ¿cómo nacen los monstruos?

Creo que de las angustias de cada uno. Es algo que no aprendes en la escuela ni en los libros. Del sufrimiento te van saliendo las formas más toscas. Luego vas depurando y allí empiezan a cambiar las cosas.

—Te propongo jugar con la idea del monstruo. ¿Cuáles son tus favoritos?

La verdad, lo que planteo no son monstruos, yo lo que veo es la realidad. Es la calle la que me sorprende y entonces aparecen los monstruos por contraste. No existe una teoría para hacerlos. Uno no se propone hacer monstruos. Tienen que salirte espontáneamente.

—¿Hay monstruos en el cine o la literatura que dialoguen con los tuyos?

Tendría que crearlos yo para que dialoguen entre ellos. Eso es bastante.

—Frankenstein es el monstruo clásico. Es la sumatoria de partes ajenas. ¿Tus personajes también son la suma de partes distintas?

Son sumatorias de partes de mi vida, recuerdos, experiencias. Todo ello va enriqueciendo al monstruo. El monstruo en realidad no es uno, sino todas las circunstancias que te rodean.

—Las de Frankenstein son partes en descomposición. ¿Cuánto se descomponen los recuerdos para ti?

Bastante. Tienes una angustia y, de pronto, entra un nuevo elemento y vas armando tu Frankenstein con nuevas piezas. Va cambiando, va saliendo y uno se va dando cuenta por dónde va la cosa al pintar. Tienes que sentarte y aclararte.

—Aunque me dices que no teorizarías sobre el monstruo, ¿eres consumidor de películas del género de monstruos?

Películas veo muy poco. El cine, la imagen en movimiento, no la llego a entender muy bien. Estoy más acostumbrado a las imágenes fijas. Si veo una película, debo repetirla dos o tres veces para seguirla. Me es muy difícil.

—¿Tenía razón Goya al decir: “Los sueños de la razón producen monstruos”?

La serie de pinturas negras de Goya me parece muy angustiante. El tipo la pasó realmente difícil. Habría que analizarlo a través del psicoanálisis para llegar a entender bien sus sueños.

MÁS INFORMACIÓN
Lugar: galería Lucía de la Puente (Paseo Sáenz Peña 206-A, Barranco). Inauguración: 14 de junio, 7 p.m. Horario: de lun. a vier. de 11 a.m. a 7 p.m. Sábados: de 3 a 7 p.m.

Publicado en El Comercio