Por Fredy Gonzálo Nieto

Aunque extraña las épocas en las que podía leer más, a sus 81 años el Nobel de Literatura peruano Mario Vargas Llosa no se agota. Hablamos con él sobre sus primeras lecturas, su relación con América Latina y un nuevo libro, que lo ha mantenido ocupado en los últimos dos años.

Parte de su niñez la pasó en una finca algodonera de Bolivia. ¿Qué recuerdos conserva de esa época? 

Siempre he dicho que la mejor cosa que me pasó en la vida fue aprender a leer. Yo tenía cinco años y me acuerdo mucho del primer año de primaria en el colegio de La Salle de Cochabamba. En esa época no leíamos cómics, leíamos libros. Comencé con los de Emilio Salgari, Julio Verne y Alejandro Dumas. Con esas primeras lecturas no solamente se ensanchaba la geografía y el planeta se ponía al alcance de la mano, sino que la vida misma se llenaba de experiencias extraordinarias con personajes fuera de lo común. Yo creo que mi vocación literaria surgió allí, del entusiasmo y del fervor que a mí me provocaba las lecturas de esos primeros libros.

Todos esos libros venían de afuera. ¿Leía a autores más cercanos?

En América Latina había una enorme incomunicación cuando era niño y adolescente. No sabíamos qué se publicaba en Colombia, pero tampoco sabíamos qué ocurría en Ecuador, Bolivia o Chile. Quizá la excepción era Neruda, a quien sí conocíamos en toda la región. Mientras vivíamos en Bolivia, mi madre tenía los 20 poemas de amor y una canción desesperada. Me acuerdo clarito que a mí me habían prohibido leerlo porque pensaban que era solo para gente grande. Mientras viví en el Perú, leía autores peruanos un poco por obligación. Leía a franceses, ingleses y norteamericanos. Pero no leí autores latinoamericanos ni me sentí de esa región sino hasta que llegué a Europa, donde descubrí que pertenecía a una patria común.

De hecho, Francia siempre estuvo presente…

En mi adolescencia leí también a Víctor Hugo y con un relato que nombré “El desafío” me gané un concurso de una revista que otorgaba un premio suculento porque era un viaje a París nada menos, con una estancia de quince días en el Hôtel Napoléon. Yo tenía una enorme admiración por Francia desde chico y creo que eso lo compartía con mi generación. No mirábamos a nuestros vecinos sino a Francia como el modelo. Sobre todo si eras poeta, pintor o músico. Allí es donde me descubrí como latinoamericano porque me di cuenta de que había una literatura rica y novedosa en América Latina.

¿Por qué Cien años de soledad es, como usted la llamó en un ensayo, el Amadís en América?

Ese fue el primer artículo que escribí sobre ese libro que me había impresionado tanto. Allí comparaba la novela de García Márquez con la novela de caballería en el sentido de que era una novela de aventuras con una profusión de episodios y de personajes que se sucedían. Episodios en los que se mezclaba el realismo con la fantasía más extrema que era, como se sabe, lo más original de esa novela.

Usted pertenece a una generación de escritores destacados durante el siglo XX. ¿Qué era eso que compartían que los llevó a conjurar tan magistrales relatos?

Lo que pasa es que éramos escritores muy distintos unos de otros. El mundo indígena de Juan Rulfo, Augusto Roa Bastos y José María Arguedas, no es el mundo que trabajo en el Perú. Yo hablo de lo urbano, de la América Latina occidentalizada, hispanohablante y de clase media. Ahora, todo eso sí representaba a América Latina en su gran diversidad. Es el mundo de Rulfo, pero también es el mundo intelectual, cosmopolita e internacional de Borges. La cara urbana que mostraba de Buenos Aires encarna esa literatura muy volcada hacia Inglaterra o Francia.

¿Qué fue lo mejor de esa mezcla?

Creo que la implosión de la literatura latinoamericana se da en la gran diversidad de esa región, por más que haya unos denominadores comunes que sean más importantes que las diferencias. Es esa diversidad lo que da una representación genuina. Comparar a un Alejo Carpentier con un Juan Carlos Onetti es encontrarse con escritores distintos, y sin embargo es claro que el mundo caribe y el mundo porteño nos representan también sin que ninguno tenga derecho a la exclusividad. Los críticos y los profesores han buscado una unidad temática o formal, algo que me parece bastante artificioso porque creo que las diferencias prevalecen antes que las semejanzas.

Antes se decía que era por medio de los escritores del boom que mejor se podía entender la realidad de América Latina. ¿Eso se mantiene?

Si antes prevalecía lo fantástico, la literatura latinoamericana actual es mucho más realista. Tengo la impresión de que eso es lo que sucede con la literatura más joven. Pero sobre esto hablo con mucha prudencia porque tampoco sigo la actualidad latinoamericana, que es tan enorme. Mis lecturas están orientadas a mi propio trabajo, creo que leo más a los muertos que a los vivos.

Sin embargo los elogios de su parte no sobran para escritores nuevos…

Claro que sí los leo, sobre todo cuando me dicen que hay un libro original e interesante. A diferencia de lo que me ocurría antes, que cuando comenzaba un libro sentía la obligación moral de terminarlo, ahora me he dado cuenta de que a diferencia de un joven que tiene tiempo para leer todos los libros, yo ahora tengo tiempo para leer unos cuantos, con los que me identifico y me entusiasmo más.

¿Qué está leyendo ahora?

Ahora estoy leyendo para un libro en el que he estado trabajando estos dos últimos años. Se titula El llamado de la tribu y es un libro de ensayos. Desde el punto de vista ideológico, es un libro autobiográfico porque allí cuento todo lo que ha sido mi evolución política, desde mi adolescencia marxista, pasando por la reivindicación de la democracia, hasta llegar al liberalismo.Hablo sobre una serie de pensadores liberales que a mí me marcaron muchísimo, como Adam Smith, Karl Popper, Jean-Francois Revel y Raymond Aron, escritores que fueron importantes en este proceso de evolución de mis ideas políticas.

Después de leer Travesuras de la niña mala, el crítico Efraín Kristal le dijo que ese libro, que habla de amor, desengaño y obsesión, describía a plenitud su relación con Perú. ¿Acertó Kristal?

A la hora de escribir resultan cosas que no piensas y que salen naturalmente. Efraín Kristal es muy buen crítico, creo que es una de las personas que mejor ha interpretado mi obra. Así que no lo niego, pero sí puedo decir que esa no fue mi intención. Lo que pasa es que uno no es consciente de las cosas que hace cuando escribe. Porque no se escribe solo con la razón, también con las intuiciones y con los instintos, y muchas veces me he llevado enormes sorpresas con cosas que he escrito.

En su libro Elogio de la educación usted plantea que “la buena literatura es siempre sediciosa, insumisa, revoltosa: un desafío a lo que existe”. ¿Ese legado de educar por la lectura ayudará a mejorar la situación de América Latina?

La literatura es enormemente provechosa y necesaria. Es el camino a la civilización y muestra siempre que la realidad está mal hecha, por eso hay que mejorarla. Al mismo tiempo muestra mejor que nada los horrores de la violencia, la insensatez de creer que la violencia es el mejor instrumento para que las cosas mejoren. En ese sentido es muy ilustrativa sobre la civilización, que es lo que necesitamos en América Latina. Tenemos síntomas, pero hay que conseguir que todos los latinoamericanos vivan esa civilización que hoy día está al alcance de cualquier país. Depende de tomar las decisiones adecuadas y de hacer las políticas que conducen a eso.

El escritor francés André Gidé decía que “un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar”. ¿Usted tomó alguno de esos caminos?

Existe una confusión entre la vida y la literatura. Se cree que nadie vive tanto como un novelista. Tanto que muchas veces las fronteras se borran y ya no se puede diferenciar aquello que inventas o aquello que sueñas, con aquello que realmente vives en la realidad. Con la edad que tengo, eso me pasa con más frecuencia que cuando era joven.

Publicado en Revista Arcadia