Por Sebastián Hacher

“Hace un año, cuando empecé este proyecto, no sabía lo que pasaría después: que la gendarmería saldría a cazar mapuches”, escribe Sebastián Hacher. Primero pintó fotos de mapuches rescatadas del Museo de Ciencias Naturales de La Plata, después bordó con hilos de colores esas imágenes y por último montó junto a una amiga una performance en el mismo territorio que supieron pisar Inakayal, Sayhueque y Foyel. El resultado es esta crónica y una muestra que podrá verse a partir del 23 de agosto en el Club Cultural Matienzo.

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Pintar una foto es quedarse largo rato adentro de ella. Me gusta que en la jerga de los fotógrafos al acto de darles color se le llame ‘iluminarlas’. Antes se hacía con pinceles y tintas. Ahora las pintamos con una tableta y un lápiz digital, pero el espíritu sigue siendo el mismo.

La pregunta más difícil, la primera que hay que resolver, es la del tono del rostro. Hay un banco de pieles que van desde el blanco caucásico hasta el negro más tinto. ¿Qué color corresponde a la piel de los Mapuche? A veces busco fotos en internet y clono la piel de otra persona: ensayo el tono y la saturación hasta que me parece fiel. Nunca va a ser realista. Tampoco es la idea: la fotografía es un artificio y devolverle el color es otro. Artificio del fotógrafo, del que posó, de la luz, del laboratorista, artificio del que pinta. Una ficción sobre una ficción de lo real. De eso se tratan todas las historias.

Lo mejor de colorear es recuperar las expresiones. No me gustan las palabras rebuscadas, pero aquí funciona una: insuflar.

Pintar la representación gráfica de un genocidio es un intento por insuflar vida donde otros sembraron masacres.

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Trabajo sobre las fotos rescatadas del Museo de Ciencias Naturales de La Plata. La mayoría fueron tomadas luego de 1886, cuando el Perito Francisco Moreno encerró allí a los caciques Inakayal, a Foyel y a parte de sus familias.

hacher_02_cajaHace un año, cuando empecé este proyecto, no sabía lo que pasaría después: que la gendarmería saldría a cazar mapuches, que la represión sería tan brutal, que estaríamos buscando a Santiago Maldonado. Los que hoy están siendo perseguidos son descendientes de aquellos hombres y mujeres masacrados por el ejército argentino.

La mayoría de los que pinto me parecen rostros conocidos: son sobrevivientes del genocidio contra los mapuche, pero también se parecen mucho a cualquiera de la personas que conocí en la Patagonia.

A los que aparecen en las fotos Moreno los llevó a al Museo con la excusa de rescatarlos, pero los usaron como mano de obra esclava y como objeto de estudio. El lonko Inakayal sobrevivió tres años. Junto a los suyos, dormía encerrado en el sótano del museo. Los hombres eran obligados a trabajar en la construcción, las mujeres tejían y limpiaban.

Y además, los estudiaban: los medían, los desnudaban, los exhibían, los hacían posar para las fotos, incluso para pintores. En la entrada al museo hay un mural donde se lo ve al cacique de espaldas mirando al lago Nahuel Huapi. En la foto que registra el momento de la pintura se ve la realidad: la escena se pintó en el mismo museo, con el cacique sentado en el suelo.

Las fotos terminaron perdidas entre los archivos del museo. Muchas fueron rescatadas y restauradas por Xavier Kriscautzky, un fotógrafo que trabajó allí. Otras, por GUIAS, un colectivo de antropólogos que impulsa, entre otras cosas, terminar con la exhibición de restos humanos y que sean devueltos a sus comunidades.

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Después de pintar una foto en la pantalla hay que darle cuerpo. Lo mejor es imprimirla sobre papel de algodón: es grueso, más resistente y los colores se ven mejor. Acumulo varias y se las envío al fotógrafo Gerardo Dell Oro, que las revela con amor de artesano. Alguna vez sugiere usar un papel más barato. La respuesta es negativa, aunque atente contra mi economía: bordar las fotos es pasar muchísimas horas con ella. El papel de algodón, además de la textura y la resistencia, genera la ilusión de trabajar sobre algo más o menos orgánico.

Como lienzo, el papel es más limitado que la tela. La técnica tiene varios pasos. Hay que idear el bordado, dibujarlo sobre papel vegetal -no solo el dibujo, sino muchas veces la trama de los puntos- y luego llevar eso a la foto con un punzón. Cada lugar donde entra el hilo es una perforación. En la tela se puede desbordar. En la foto no: allí donde se hace un agujero ya no hay forma de volver atrás.

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Si pintar esos cuerpos es llenarse de preguntas, bordarlas es responderlas. Se borda lo que no se ve, lo que después de la pintura y la impresión se hizo presente pero todavía sigue siendo lo mostrado. La visión es una forma de piedad de los espíritus, me dijo una vez un brujo: una de las pocas maneras de poder acercarnos al mundo de lo invisible.

El bordado intenta mostrar eso que la imagen, aún iluminada, no terminó de revelar.

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Sayhueque fue quizás uno de los últimos grandes jefes del territorio mapuche libre. Vivía al sur de Neuquén, y su país se llamaba El Pais de las Manzanas. Tenía tratados con Argentina y era reconocido como la autoridad legítima en sus tierras. Cuando lo invadieron hizo un pacto con los demás lonkos: pelear hasta el final. Resistió hasta el 1ero de enero de 1885. Cuando lo llevaron prisionero, estaba al mando de tres mil hombres.

Su foto la soñé: las yemas de mis dedos dibujaban ondas alrededor de su cuerpo encorvado. Paso muchas horas para representar esa imagen: dibujo sobre él, perforo para hacer un hilván de varios colores, que intentará ser como el aura que proyecta. Sayhueque mira al horizonte, tiene un ojo roto. ¿Qué le habrá pasado?

Por momentos improviso un altar, le prendo una vela. Hablame, decime algo. ¿Puedo curar la imagen que te robaron, señor del País de las Manzanas, lonko guapo y poderoso? ¿Te devuelvo parte de tu alma o es todo una ilusión?

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Inakayal posa ante la cámara como un jefe. Leo algo de su historia: se que viajó mucho, que negociaba y mantenía vínculos con el gobierno argentino, que era un gran cazador. Y que trás la invasión peleó hasta que no tuvo más fuerzas. La última batalla fue el 18 de octubre de 1884. Inakayal y Foyel cayeron prisioneros. Los mandaron a Buenos Aires, los tuvieron encerrados en Retiro y de ahí el Perito Moreno los ‘rescató’ para llevarlos al museo.

El antropólogo Ten Kate visitó a Inakayal en sus años de cautiverio. En un número de la Revista del Museo de La Plata de 1994 lo cita hablando así:

“Yo jefe, hijo de esta tierra, robaron mis caballos, la tierra que me vio nacer, mataron mis hijos y a mis hermanos, yo enojado”

El cacique vivió en el museo tres años. Clemente Onelli -que por entonces era secretario de Moreno y luego se convirtió en director del zoológico-  llenó de lírica el relato de su muerte:

“Cuando el sol poniente teñía de púrpura el majestuoso propíleo de aquel edificio (…), sostenido por dos indios, apareció Inacayal allá arriba, en la escalera monumental; se arrancó la ropa, la del invasor de su patria, desnudó su torso dorado como metal corintio, hizo un ademán al sol, otro larguísimo hacia el sur; habló palabras desconocidas y, en el crepúsculo, la sombra agobiada de ese viejo señor de la tierra se desvaneció como la rápida evocación de un mundo”.

La verdad es menos romántica. Su hija había muerto una semana antes. Todos los que estaban a su alrededor estaban enfermos. El cuerpo de Inakayal, como el de todos sus paisanos, fue despellejado y puesto en exhibición. Ten Kate descubrió que tenía los huesos de la nariz quebrados y que le faltaban dientes. Algunas teorías dicen que lo tiraron por la escalera. Otras, que se suicidó.

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Un siglo después, en 1994, su esqueleto fue devuelto a la comunidad y trasladado a un mausoleo en Tecka, provincia de Chubut. En el museo se quedaron con su oreja, el cuero cabelludo y su cerebro.

Para recuperarlo, sus paisanos tuvieron que esperar veinte años más.

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Cada noche después de trabajar me siento en la mesa que da al jardin, elijo una foto y bordo. Los viernes voy al taller en Galería Formosa: allí las imágenes de los mapuche se mezclan con otros mundos textiles. Una tarde llego con la foto de la mujer de Foyel y la hija de Inakayal. La mirada de la mayor es de una tristeza enorme. La niña parece no querer entregarse a la cámara. Tiene puesto un rosario y está un poco fuera de foco.

Pienso en los niños de mi familia, en mis padres. Nos imagino a nosotros en la misma situación: diezmados, despojados de nuestras casas, nuestras vidas, hacinados. En el abrazo de esa foto veo a mi madre, a mi sobrina. Deben tener la misma edad que ellas. Y quizás el mismo amor que sienten ellas.

Ponerse en la piel del otro es habitar el horror.

Pinto la imagen con una mezcla de furia y cariño. Sus ojos son oscuros, dice Gerardo cuando las imprime. Podría aclararlos, pero prefiero dejarlos así.

De los ojos de la niña saldrán hilos de fuego.

Ojalá puedan quemarlo todo.

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Mariana Corral es parte del GAC, el Grupo de Arte Callejero. Durante veinte años se dedicó a invadir el espacio urbano para señalar sus heridas: una señal de tránsito que marcaba la casa de un genocida, una bandera gigante que denunciaba los desalojos, una publicidad falsa que jugaba con el sentido común para denunciar la represión.

En los últimos años se volcó al arte electrónico. Construyó un aro de madera y luces que se llama Azimut. Tiene un sistema de leds con  todos los colores del prisma y una brújula electrónica. Los colores cambian según el punto cardinal al que se apunte.

Ella lo define así:

“El aro-brújula es inútil a los fines de orientarse. La información cromática que ofrece sirve más para deambular o bailar, para sumergirse en un complejo orgánico y dibujar en el paisaje. Carece de toda utilidad geodésica: jamás serviría a los fines de racionalizar un territorio para su dominio”.

Mariana es, además, una de mis mejores amigas.  Apenas le cuento lo que quiero hacer, mira las fotos bordadas y el acuerdo es inmediato. Ella es montañista y la idea de volver al sur no le cuesta nada. Nuestro plan es ir a territorios recuperados y desplegar allí el poder de Azimut. Todo el plan consiste en desplegar sobre el terreno el abrazo epifánico con el que sellamos el acuerdo para trabajar juntos.

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Tenemos cuatro días para hacer todo: visitar amigos, ir de un lugar al otro, intervenir sobre el territorio con Azimut. Lo que se abrió con la pintura y el bordado termina de cerrarse con el aro desplegando luz sobre el territorio.

Primero vamos a visitar a la familia Cárdenas en Lago Puelo. Ellos viven del otro lado del Rio Azul. Su tierra es un bosque virgen, con ríos y cascadas, que la comunidad habita desde siempre: Motoco Cárdenas es reconocido como el primer habitante de la región. Los Cárdenas sufrieron varios intentos de despojo, incluso con dos asesinatos nunca esclarecidos.

Don Fernando es el hombre más anciano de la comunidad. Hace rato que pasó los ochenta. Después de que mataran a su hermano, estuvo dos años viviendo escondido, casi sin salir del campo: temían que luego vinieran por él.

De eso pasaron más de veinte años.  Ahora Don Fernando ve como sus nietos crecen en la tierra que supo defender. A la noche nos recibe con un asado, como cada vez que lo visitamos. Dormimos en medio del bosque, y al amanecer bailamos frente al Rio azul, con el cerro Motoco de fondo.

De ahí partimos a Pillán Mahuiza, a orillas del rio Carrenleufú, cerca de Corcovado. Es un comunidad que recuperó territorios ocupados por la policía y que está allí desde hace casi dos décadas.

Por la noche cae una helada. La temperatura baja a diez grados bajo cero. Cometemos un error: dejamos a Azimut en el auto. Antes del amanecer salimos de la casa pisando el hielo, todo lo abrigados que podemos. El aro solo puede ser usado en la frontera entre el día y la noche, así que cuando termine de clarear se nos acabará el tiempo.

Caminamos hasta la orilla del rio, encontramos una pampa entre los árboles y decidimos que es un buen lugar. Pero cuando prendemos el aparato, Azimut no responde: está congelado. Mariana acaricia los circuitos, le da calor, aliento. Yo miro, tiemblo un poco y ensayo una especie de rezo: pido permiso, prometo, agradezco. Cuando Azimut revive, empezamos a bailar.

Cuando me toca bailar a mí, las luces me envuelven y entro en una especie de trance. Termino acalorado, pegando pequeños gritos para darme fuerza. Por primera vez me pregunto qué significa lo que estoy haciendo. Siempre me relacioné con estas tierras como periodista. Acompañé juicios contra terratenientes, recuperaciones de tierras, investigué asesinatos y abusos de la justicia. ¿Qué es lo que estoy haciendo ahora? ¿Se puede hacer periodismo bordado? ¿Hay una etnografía de los sueños? ¿Donde está la frontera entre la comunicación y el arte?

¿También hacemos periodismo cuando intervenimos con el aro sobre el territorio? ¿Que es el periodismo si no echar luz, marcar, de alguna forma liberar? ¿O estiro los límites para no sentirme afuera, para no dar el salto hacia otra cosa, para no aceptar de una vez por todas que la palabra ya no tiene el poder de explicarlo todo?

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Sobre la imagen de la hija de Inakayal hago un bordado Shipibo. ¿Está bien llevar un diseño de la anaconda del Amazonas al sur del continente? El diseño es solo símbolo de sanidad, sino también un virus que todo lo cubre, que sumerge a las cosas y los seres en un estado húmedo, tropical: es un vegetal que crece del otro lado, imparable y solo perceptible en otro estado de conciencia. ¿Que hace sobre la piel de una mujer Mapuche encarcelada a miles de kilómetros de su lugar de origen? Lleva la marca de la serpiente hasta el sur del mundo para decir que si una vez llegó hasta esos fríos junto con los primeros hombres, de una forma u otra sigue gritando.

Para trabajar con esta técnica tengo que dar vuelta la foto en cada punto. Cuando mi amiga C. me graba bordando, descubro el poder de ese movimiento: los ojos fijos de la mujer me miran y dejan de mirarme unas veinte veces por minuto, quizás más.

La anaconda salvará todo lo que sea posible salvar.

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Maish Kensis es una de las -al menos- seis personas que murieron en el museo. Sustraerlo de la foto de prontuario y sumergirlo en un paisaje onírico es una forma de rescatarlo. Elijo trabajar con nueve colores, cubrir toda la imagen con puntos apretados que simulan un viento liberador: uno que lo ayude a encontrar el camino.

Por la cantidad de puntos que lleva el bordado hubo muchos ofrecimientos de perforarla por algún medio mecánico -incluso alguien dijo de hacerlo con máquina de coser, pero desistí. Esas líneas chuecas son la marca de la mano y una forma de terminar de construir una relación íntima con la imagen.

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Maish Kensis es igual a R. Cuando R. cumplió 18 años, la madre le pidió que bajara de la cordillera y buscara ayuda. Ya los habían intentado desalojar y pronto volverían. Mi amigo R. se hizo hombre enseguida. Demostró donde hizo falta todo lo que había aprendido de sus ancentros y se convirtió en un referente. Sus reclamos incluso llegaron hasta Europa. Él siempre volvió a la misma casa de adobe que la policía había derrumbado y que volvió a construir con ayuda del padre.

En varias crónicas de la época leo historias de Maish Kensis: que lo obligaban a deshollar a sus compañeros cuando morían, que lo estudiaban incluso en sus momentos más íntimos. Su esqueleto estuvo durante 112 años expuesto en el Museo, hasta que los reclamos de los pueblos originarios y el Colectivo GUIAS lograron que fuera retirado.

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Los tiempos se achican y necesito música para bordar de forma sostenida. Me recomiendan una Surah del Corán, recitada en árabe. Le doy play sin ni siquiera ver el título. No importa si habla de cómo organizar una sociedad en el siglo IV o de limpiar el corazón como se pule un espejo. Hay algo en la vibración de las palabras y en el ritmo del canto, algo en el saber que que esa persona dedicó quizás su vida entera a aprender el recitado, entrenado su mente para vibrar junto con cada palabra. Algo que me abstrae del celular y me deja bordar en silencio.

En ese trance aprendo un secreto: necesito generar reglas y patrones para el uso de los hilos. Son arbitrarios, no se notan en el resultado final pero permiten establecer un ritmo, minimizar las pausas. Si lo hago distinto, si cambio la forma en la que administro hilos y colores puede derrumbarse todo.

l pensamiento se vuelve el espacio entre puntada y puntada. Dejo de habitar las palabras y me sumerjo de a poco en el mundo de las formas.

Unas semana antes, le conté a M. la teoría de unos antropólogos gringos sobre el chamanismo: que se puede destilar el conocimiento de todos los pueblos y encontrar puntos en común en la vida espiritual de todos sus pueblos.

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Eso, dijo M., es más de lo mismo: parte de su afán de clasificarlo todo. No pueden entender nuestra concepción del mundo si la piensan en sus propios parámetros.

Despierto de esos microsegundos de silencio que me da el bordado con la ilusión de haber entendido algo.

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Leo en Facebook fragmentos de un libro de José Antona Bustos:

“Los roles y los preceptos que presiden las relaciones entre el che y el “mundo viviente” se encuentran regulados por la ley ancestral o Az Mapu, cuyos principios determinan que todos los seres tienen el mismo rango o importancia y deben regirse por una relación horizontal y recíproca en la que no cabe la idea de que unas especies son las dominantes y otras las subordinadas, ya que todas comparten una misma esencia: “Todos los newen son iguales, no hay un newen superior a otro y las personas son un newen más”. Esta concepción supone una ruptura radical con el dualismo cartesiano, el positivismo científico y el antropocentrismo judeo-cristiano, en la medida en que los límites entre cultura y naturaleza, cuerpo y alma o sociedad y medio físico se disuelven para fundar el che”.

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Cuando viajamos al sur, Mariana lleva consigo un piezoeléctrico, un sensor de contacto que capta la vibración de las cosas y las convierte en una onda sonora: traduce la fricción en sonido.  Es un aparato sencillo: dos pequeñas chapas conecadas a un cable de audio. Funciona con la misma lógica de un estetoscopio.

Viajamos por la ruta 40. Pasamos el casco de la estancia de Benetton: nieve al costado del camino, tierras vacias hasta el horizonte. Paramos el auto sobre una loma y ponemos el sensor sobre el alambre de púa. Prendemos el grabador, Mariana lo enciende y se calza los auriculares.

Leo en un ensayo:

 

“El alambre de púas fue tan eficaz porque podía ejercer dolor a gran escala de forma rápida y barata, y por eso se usó para conseguir el control a gran escala”.

La correspondencia entre la carne y la vibración invisible es clara. Transformarla en sonido ahorra cualquier tipo de metáforas.

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Miro videos en Youtube. Un tipo de barba blanca larga habla en una entrevista sobre espiritualidad y pueblos originarios. Pregunta ¿Que defendían los Mapuche que resistieron casi cuatro siglos y que aún derrotados se negaron a desaparecer? ¿Que defendían esos waichafe que no tenían caminos, pirámides ni grandes civilizaciones como otros pueblos que se rindieron mucho más fácil?

El hombre de barba blanca hace una pausa y cuenta una historia. Dice que en una ceremonia se sintió enfermo y que lo mandaron a descansar a orillas de un lago, frente al bosque. Y que allí entendió: los Mapuche no se rendían porque defendían el paraíso.

Quizás le faltó explicar que no lo defienden como quien defiende su casa cuando la están robando. Lo defienden como quien defiende una parte de su propio cuerpo.

A los occidentales nos fue dado entender ese estado en flashes: el pequeño éxtasis ante el paisaje imponente, despertarse una mañana de otoño solo con el canto de los pájaros, nadar en un río de cordillera de agua cristalina, la epifanía en medio de un bosque o de una tormenta.

Lo que defienden es el recuerdo de ese estado, la posibilidad de restaurarlo.

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Dejé la foto del niño Mapuche para lo último. Hay algo de su mirada que me impactó desde siempre: algo que descubro en él y que las otras personas a las que se lo mostré no llegan a ver.

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La mirada del niño es la mirada que vi en algunos Mapuche: una rabia ancestral, una mirada de que el otro es un otro tan ajeno. Si en algunas entrevistas siento que llego al fondo de la otra persona, con ellos me pasa lo contrario. El fondo se pierde en los confines: es un lugar milenario que en los últimos ciento y pico de años se llenó de dolor. Una mirada que está en otro lado.

Al niño Mapuche -abuelo quizás de tantos paisanos que conocí- lo bordo rojo.

Mientras bordo, leo y edito noticias sobre Santiago Maldonado y la represión a la comunidad Mapuche en Chusamen. Un contacto de Facebook que vive en Esquel pregunta si están por reprimir: cada vez que hay un operativo, dice, la policía custodia la puerta de su casa. Una mujer que conocí en Leleque publica un relato de cómo la torturó la policía delante de un fiscal que no hizo nada. Mis compañeros de Cosecha Roja bucean en el expediente: encuentran contradicciones y continuidades. Las formas de operar del estado se repiten.

Lo que bordo para ese niño, descubro al final, es una armadura.

Un poncho de guerra que dure cien años más.

Publicado en Revista Anfibia