La noche del martes pasado marcó el triunfo de ‘la sele’ con un contundente 3 a 0 frente a Trinidad y Tobago en la Hexagonal. Sin embargo, la celebración fue opacada al día siguiente, cuando TVN publicó en sus redes un video que encendió un largo y caluroso debate. Acompañado de una descripción cosificadora, las imágenes mostraban el momento en que una reportera del canal era manoseada por compatriotas que celebraban la victoria en un claro estado de embriaguez. Rápidamente comenzaron a aparecer los comentarios encontrados: había quienes condenaban la complicidad del medio de comunicación ante la agresión de los individuos, y aquellos que consideraban una total exageración el considerarlo un acto violento. El saldo del debate, más allá de los usuales insultos y los obligados screenshots en los grupos de WhatsApp, fue la confirmación de que en la sociedad panameña no existe claridad sobre los actos que constituyen violencia sexual, y que para algunas personas, lidiar con los comportamientos lascivos de terceros es un mal menor o un simple gaje del oficio para las mujeres. Una vez más, la respuesta (o al menos una de ellas) está en la cultura.

De todas las formas en que se manifiesta la violencia de género, la de tipo sexual goza de una amplia tolerancia social, y los ambientes festivos, al igual que los contextos laborales donde la imagen de las mujeres es parte de la carnada comercial, son escenarios comunes donde se vulnera su integridad física con frecuencia. Si bien es un hecho común, ello no lo vuelve normal ni aceptable, pero la mayoría de las personas esperan que las mujeres asimilen este tipo de situaciones con serenidad y una pizca de buen humor, como bien agradecieron numerosos espectadores a la reportera en cuestión.

Lo anterior no resulta extraño si recordamos que los medios de comunicación y la propia cultura normalizan la violencia sexual al promover los estereotipos sexistas que desvalorizan a esta mitad de la población. Son los mismos estereotipos en los que se sostiene la cultura patriarcal, cuya educación y socialización enseña a las mujeres a temer las agresiones sexuales, a acomodar sus decisiones cotidianas en función de evitar los riesgos, y a sentirse responsables en caso de ser atacadas, pero no educa a los varones para que no acosen ni violenten, sino que les envía el mensaje permanente de que la mujer es un objeto o una mercancía, una presa o un cuerpo del que pueden disponer verbal o físicamente cuando y donde lo deseen. Como parte de esta trampa cultural, popularmente se asume que las mujeres desean estas agresiones secretamente, o de lo contrario no se esforzarían con su apariencia. Como diría Ricardo Arjona, las mujeres dan ‘un sí camuflajeado’ al que los hombres obedecen en pleno ejercicio de su supuesta naturaleza indomable.

Comprendiendo que la sociedad normaliza algunos tipos de violencia como expresiones inherentes a la hombría, y que las mujeres son aculturadas en la indefensión y en el temor a reaccionar ante los avances inadecuados, se vuelve comprensible que la reportera agredida colgara un video en el que expresara no sentirse molesta con lo ocurrido. Pero los comentarios posteriores a este mensaje conciliador, evidenciaron la prevalencia de una narrativa que se ha vuelto generalizada dentro y fuera del movimiento feminista: la idea de que el ejercicio de la libertad individual excusa o justifica cualquier acto autodestructivo en las mujeres. En otras palabras, si una mujer recibe de buen grado el acoso, o se presta voluntariamente para un acto denigrante, se considera que está ejerciendo una libertad individual que neutraliza su efecto dañino en las mujeres como clase, y de paso, cualquier hombre involucrado queda exento de culpa. El ‘nadie la obligó’ o ‘ella sabía a lo que se atenía’, dejan de lado que las relaciones de poder y la opresión existen en un entramado social y cultural completamente independiente de los sentimientos o pensamientos individuales. Que un individuo no reconozca un acto de violencia del que ha sido víctima, o que tales actos sean celebrados en determinada sociedad o cultura, no hace que dicho acto deje de ser violento.

Histórica, cultural y sistemáticamente, la violencia patriarcal ha sido invisibilizada y normalizada. Mientras esta sea la realidad, las mujeres seguirán al frente de una lucha aún demonizada y poco comprendida, pero radicalmente esencial. No para un colectivo, sino para la mitad de la humanidad.

Publicado en La Estrella