Viajar por el Amazonas puede despertar la voluntad de conocer lo exótico que hemos visto por medio de documentales. Nativos viviendo de manera ancestral en la selva o animales salvajes con sus pieles y colores llamativos. Si bien este viaje puede ofrecernos algo de esto, atravesar este río cargado de misterio puede invitarnos también a pensar sobre cómo vivimos.

El Amazonas no puede navegarse en un solo barco, sino que debe planificarse en, mínimo, tres partes. Hay que concurrir a las oficinas de empresas de viaje para la compra del boleto, o bien acudir a los puertos para la compra directa, lo que asegura una rebaja del precio.

Las características de los barcos son variadas, los hay con muchos años de antigüedad, que se refleja en sus instalaciones y limpieza, así como también los hay de excelentes condiciones con eficiente limpieza y comodidad.

El viaje desde Belem, en el estado brasilero de Para está pactado para las 19:00, por lo cual aconsejan llegar al barco por lo menos 3 horas antes para poder elegir un lugar para colgar la hamaca, aunque también está la opción de pagar camarote, menos económico por supuesto. Como los barcos son de pasajeros y carga, y aún resta cargamento por subir, el barco zarpa de puerto 3 horas después de lo señalado.

Desde que se está embarcado, se entra en contacto con gente, historias, relatos, y si bien los pasajeros en su mayoría son personas locales, es común en este viaje encontrar viajeros que utilizan el río en su ruta, entonces el contacto social se hace mucho más enriquecedor.

Las historias son las variadas y hasta tristes. Personas que viajan por placer, personas que viajan por trabajo como maestros de escuelas, personas que han abandonado su hogar en búsqueda de una mejor condición de vida, como el caso de venezolanos y cubanos quienes relatan bajo qué condiciones viven. Todas estas historias son un ida y vuelta cultural que ayuda a dimensionar nuestra propia condición de vida.

La primera etapa del viaje, Belem-Manaos (capital del estado Amazonas) es de cinco noches y tiene un destino intermedio muy buscado por turistas, la playa de Alter do chao, para el cual se debe descender en la ciudad de Santarein. Este destino es conocido por su hermoso paisaje selvático con playas de arenas blancas bañadas por el río Amazonas.

Una vez en Manaos se debe buscar un barco que viaja seis noches hacia la triple frontera Tabatinga (Brasil) Leticia (Colombia) Santa Rosa (Perú), y desde Santa Rosa se puede embarcar hacia Iquitos, ya en territorio peruano, de tres noches de viaje.

Al hablar de los paisajes de este largo viaje podemos nombrar los naturales y culturales, e inevitablemente la fusión entre ambos. Los naturales son un deleite tras otro, empezando por la espesa vegetación por la cual es conocida la selva, con árboles centenarios. A lo largo y ancho del río se pueden observar delfines rosados que asoman con frecuencia en la superficie.

Cuando el sol cae el cielo regala colores que invitan a quedarse inmóvil contemplando el ocaso reflejado en el río, viendo como la amplia variedad de rojos y naranjas cambian minuto a minuto. Después de esto viene la noche, donde las estrellas ocupan todo el cielo, y uno puede pasar largos ratos contando estrellas fugaces.

Es común también observar tormentas en la lejanía, con relámpagos iluminando las columnas de nubes que a lo lejos parecieran ser montañas.

Para hablar de los paisajes culturales hay que saber que los barcos, durante su navegación realizan detenciones en diferentes pueblos, comunidades, aldeas, y es acá donde se ve como las personas viven en torno al puerto, el cual es su único contacto con el resto del mundo. Estos puertos en algunos casos presentan infraestructura pero en otros casos esta es inexistente. En las detenciones muchos vendedores aprovechan para vender sus productos, que pueden ser regionales o aquellos que encontramos comúnmente en un kiosco.

Las detenciones pueden durar varias horas, debido a las cargas y descargas del propio barco, lo que presenta una buena oportunidad para descender y conocer estos lugares que hacen del ambiente amazónico su día a día.

Algo verdaderamente llamativo es que durante el viaje, en algunas pequeñas aldeas, niños de 5 a 10 años de edad aproximadamente, al ver aproximaciones de grandes embarcaciones, corren hacia sus canoas y comienzan a remar para acercarse y, como en un ritual, comienzan a gritar y a agitar sus brazos, a lo que las personas de los barcos suelen responder arrojando bolsas con alimentos que ellos luego recogerán.

Al observar estas situaciones, uno puede pensar acerca de como estas personas consiguen vivir en estas condiciones. Pero ante estos interrogantes vale aplicar la lógica inversa de imaginar si ellos piensan: ¿Cómo ellos consiguen vivir en esas grandes ciudades?

Pero la realidad es que en la selva se convive con muchas enfermedades que suelen cobrar vidas con mucha frecuencia, es por eso que los lazos familiares, como los de padres e hijos suelen ser menos fuertes a lo que estamos acostumbrados, una prueba de esto podría ser la independencia de estos niños navegando el gran río, aparentando ser adultos.

Algo llamativo es ver en la costa la presencia de iglesias evangélicas, aquellas que predican que el fin del mundo esta bien próximo. Una aldea puede poseer hasta menos de 10 casas, pero una de estas con gran probabilidad será una iglesia.

Algo lamentable en la conducta de algunos que habitan en el Amazonas, su poca conciencia frente a la contaminación, ya que con frecuencia se arrojan desperdicios plásticos. Pero pensando acerca de esta cuestión también sería un problema si las personas conservaran los mismos en el corazón de la selva. Entonces inevitablemente se llega a pensar una solución en iniciar una disminución en el consumo de plásticos desechables, y la idea de aumentar la conciencia a nivel global en la reutilización de desechos.

Para conocer lo salvaje de la naturaleza del Amazonas que los medios de comunicación nos muestran, tal vez debamos ingresar muchos kilómetros en la espesa selva, con guía y asumiendo los riesgos que esto implica, pero seguro que viajar por este río nos muestra cosas que tal vez sea la primera vez que experimentemos, como su flora y fauna y la naturaleza humana de desenvolverse en su entorno según sus condiciones, exigencias y necesidades, tanto para los que solo están de tránsito, así como también los que habitan en este extraño lugar en el corazón del continente latinoamericano.

(*) Adrián Espinosa es un paranaense de 28 años, de profesión arquitecto, que viaja desde hace 10 meses por Latinaomérica. Ha recorrido Uruguay, Brasil, Perú y Ecuador. Su próximo destino será Colombia.

Publicado en UnoEntreRios