Oyotún está de fiesta. Hace un año, representantes del gobierno revolucionario de las Fuerzas Armadas llegaron a este pequeño pueblo del norte y les dijeron a sus pobladores que el patrón no volvería a comer más de su pobreza. Desde entonces, tras la expropiación, todos parecen felices. Llevan finos relojes de contrabando, consumen el capital de la cooperativa y creen con ingenuo orgullo que son propietarios de la tierra en la que trabajan. Parecen haberlo olvidado todo: los días de violencia, las víctimas de sospechosos accidentes y la subordinación total al temido patrón.