Hay muchos caminos para enamorarse de las letras y no en todos ellos hay libros. Inventar relatos es una labor que se aprende con paciencia, sobre todo cuando hay que borrar lo que está escrito y comenzar de nuevo.

Tres nuevos autores coinciden en que un primer libro es un monumento a su perseverancia (inclusive, a su tozudez). Su ficción se ha alimentado por años de sus experiencias, sus lecturas, sus fracasos y sus anhelos.

Viva conversó con Byron Salas, escritor de la novela Mercurio en primavera publicada por la editorial Lanzallamas; Flavio Güell Casalvone, escritor de los cuentos de Accesos, impresa con Publicaciones El Atabal/Veredasoleada; y Elizabeth Jiménez, escritora de los relatos de Los pasos rojos de Uruk Editores.

Todos sus textos fueron publicados en el último año. Y, tras iniciarse en la literatura costarricense, todos ellos continúan escribiendo: para sus próximos libros, lleguen cuando lleguen.

Nace un escritor
Byron Salas envió su novela 'Mercurio en primavera' a la editorial de la UNED y fue rechazada. La editorial independiente Lanzallamas trabajó con él la depuración e impresión del texto. Foto: Jorge Navarro.
Byron Salas envió su novela ‘Mercurio en primavera’ a la editorial de la UNED y fue rechazada. La editorial independiente Lanzallamas trabajó con él la depuración e impresión del texto. Foto: Jorge Navarro.

Byron Salas no recuerda con exactitud cuándo comenzó a escribir: pudo ser en los concursos de su colegio, pudo ser cuando comenzó sus estudios universitarios y decidió crear poemas “porque ingenuamente se cree que es más fácil escribir un poema”.

Había, describe, “un gusto por inventar cosas” y eran relatos que escuchaban su mamá o su hermana. Su primera novela, Mercurio en primavera, fue impresa en abril de este año.

Su historia trata sobre dos hermanos: su exploración homoerótica, la opresiva atmósfera de un pueblo pequeño y de idiosincrasia latinoamericana. Hasta ahora, ha sido elogiada por la precisión con la que utiliza el español, sobre todo porque quien lo escribe es inusualmente joven: tiene 24 años.

Sin embargo, los poemas y cuentos cortos que la precedieron fueron borradores no terminaron de encajar por completo.

“De hecho, escribí mucho antes de Mercurio… Todo eso por eso, por dicha, está perdido”, asegura sin asomo de arrepentimiento. “Pienso que, en resumidas cuentas, no tenía mucho que ofrecer. Era una repetición de lugares comunes, un inicio muy marcado por querer sonar irreverente. Era una literatura bastante tonta”.

Es inevitable, los primeros textos son prematuros. Un buen texto requiere que el autor sazone su visión del mundo exterior y su mundo interior, que su lenguaje se multiplique y florezca.

Elizabeth Jiménez dice que escribe desde los seis años. Tras terminar de estudiar derecho en la Universidad de Costa Rica, se dedicó a escribir una novela que no se publicó. Foto: Jorge Navarro.
Elizabeth Jiménez dice que escribe desde los seis años. Tras terminar de estudiar derecho en la Universidad de Costa Rica, se dedicó a escribir una novela que no se publicó. Foto: Jorge Navarro.

Hace cinco años, Elizabeth Jiménez escribió una novela que fue rechazada, como lo fue la de Salas, por la EUNED (el rechazo es parte necesaria del proceso).

Ahora, con 36 años, Jiménez cuenta con gracia la tragicomedia de su primer proyecto literario. Dice que lloró y que su mamá intentó consolarla, primero dándole una copia de Juan Salvador Gaviota y, luego, diciéndole que la EUNED solo publicaba libros de matemáticas.

En el luto de su primer texto, encontró la iluminación para los siguientes. Decidió alimentarse con textos ajenos hasta cebar un estilo propio. Por eso, ahora, cursa la Maestría Académica en Literatura Latinoamericana de la Universidad de Costa Rica.

”Me dijeron que era muy ingenua, que se notaba que era de una primeriza. Entendí que tenía muchos errores que tenían que ver con la ingenuidad”, recuerda sobre el fallido intento. “Entendí que mi proceso de producción tenía que dar un giro para que pudiera avanzar desde mi propia visión de escritura”.

Algunos de los primeros lectores de los cuentos de Los pasos rojos quisieron que fueran parte una novela. Es fácil de imaginarla porque todas las historias se conectan por el simbolismo: los zapatos rojos son un fetiche, un arma, un accesorio sutil para hablar de ansiedades de la infancia.

Jiménez sostuvo su visión del proyecto hasta que finalmente la envió a la consideración de Uruk Editores, por recomendación de uno de sus profesores (el escritor Rafael Ángel Herra).

“Un primer texto hay que defenderlo y hay que defenderse –como autor– con las patas, las uñas y los dientes”, dice seria.

Flavio Güell Casalvone escribió los cuentos de su primer compilación mientras migraba en tres países: El Salvador, Argentina y Costa Rica. Foto: Jorge Navarro.
Flavio Güell Casalvone escribió los cuentos de su primer compilación mientras migraba en tres países: El Salvador, Argentina y Costa Rica. Foto: Jorge Navarro.

Por su parte, Flavio Güell Casalvone no habla de una defensa porque la experiencia de escribir y financiar parte de su primer libro se trató de “lanzarse”.

Los cuentos que conforman Accesos se gestaron entre sus 16 y 29 años (este año cumplió los 30) y pasaron muchas cosas entre ellos: viajes entre El Salvador, Argentina y Costa Rica. Las historias son puertas fantásticas, “una experiencia mística de los personajes que los hace ver que el mundo que percibimos no es como nos lo han dicho”, describe él mismo.

“Fui un poco testarudo. Pedí ayuda a varias personas para que lo leyeran y que dieran sus recomendaciones, pero traté de lanzarme al vacío casi que solo”, cuenta.

El escritor se refiere al medio literario como un sitio hostil, sobre todo si se trata de primeros escritores. Contra ese ambiente, aconseja “intentar apoyar a las personas en lugar de serrucharles el piso”.

“Falta más solidaridad y sentido de compañerismo. Más apoyo entre los escritores”, reclama.

Para vender su libro, dice, ha llegado a leer hasta en parques. Ha sido cansado pero, en la promoción de su libro, se ha convertido en un “activista cultural”.

A la fecha, el tiraje original de su libro es el único de los tres libros de este artículo que está agotado –en vísperas de que pase lo mismo con el suyo, Jiménez confirmó que su libro tendrá una segunda edición–.

Güell Casalvolone aspira a reeditar Accesos pero, esta vez, está deseoso de trabajar junto a un editor que pida correcciones a sus historias.

Borrón y libro nuevo

El camino hasta la edición de un libro es el mismos. El autor envía su texto y la editorial decide acogerlo o abandonarlo. Un texto puede dar vueltas entre varios editores hasta que alguno lo mira con otros ojos.

 “Cuando uno quiere ser escritor o escribe su primer libro, tiene que estar muy consciente de que va a tener que deshacerse del ego. Es su primer enemigo”, razona Jiménez.

Los tres jóvenes autores se mantienen escribiendo. Su afán es explorar nuevos temas y mejorar su estilo.

“Con mi primer libro, sentía que quería que la gente cambiara”, confiesa Güell Casalvone. ”Con el siguiente quiero generar sensaciones: una literatura mas conceptual y una prosa más poética”.

Pero el riesgo de próximos libros sigue siendo el mismo: en el camino, los textos se nutren, se corrigen o se borran.

“En realidad, lo que uno está escribiendo, en el momento en que lo habla, puede que mañana ya no esté”, dice Salas.

Publicado en Nación