[Cobertura Especial] Presencia del cine chileno en el Festival de Cine de La Habana

Por Daniel Cholakian – Nodal Cultura (Enviado a La Habana)

Desde hace años, la cinematografía chilena sostiene una importante dinámica de producción y una presencia esencial en los debates alrededor de cuestiones como las identidades, la memoria y la cuestión de género, que la ubican entre las más consideradas en el circuito global de festivales.

El lugar que las películas chilenas adquieren en los festivales internacionales de cine no es menor. No tanto por la cantidad de películas de ese origen que se presentan, sino por el impacto que cada una de ellas tiene en el público y el mundo cinéfilo.

Desde su presentación en el Festival de Berlín, en febrero de este año, Una mujer fantástica, de Sebastián Lelio, se ha destacado en las pantallas del mundo y en las de su propio país. Además de ser la representante a los premios Oscar por Chile, hay fuertes indicios de que su protagonista, Daniela Vega, sería candidata a la estatuilla como mejor actriz protagónica.

Las otras dos potentes películas que se presentan en este festival son Cabros de mierda, de Gonzalo Justiniano, que reconstruye la historia de la resistencia y la represión en una barriada popular de Santiago de Chile y Rey de Niles Atallah, ganadora del Premio especial del Jurado del festival de cine de Rotterdam, que cuenta la historia de Orllie-Antoine de Tonnens, quien se autoproclamó Rey de la Araucanía.

En las tres películas el orden y la violencia son centrales para entender una larga trama de pasados presentes en Chile.

Cuerpos deseados, cuerpos deseantes

Una mujer fantástica 2 - 1200

“¿Cuáles son los cuerpos que merecen ser amados?”, preguntó la actriz Daniela Vega al presentar Una mujer fantástica en Mar del Plata. El film cuenta la historia de Marina, novia de Orlando, quien fallece una noche, repentinamente. Marina es camarera y cantante. Se acaba de mudar con Orlando, un hombre mayor que ella, que tiene una ex esposa, hijos y un perro. Al morir Orlando ella tendrá que hacer frente al reclamo de la familia, como si fuera culpable de la muerte, y a la persecusión policial que pone todo en duda. Marina, como toda mujer que es ocultada fuera del espacio formal de la familia, nunca podrá ser la viuda de Orlando. A ella no le estará permitido el dolor.

Hay un elemento clave para repensar todo el hostigamiento. Marina es una mujer trans. En el trance de la muerte de la persona amada, ella será violentada por el Estado -médicos, policías- y por la familia de su novio. La violencia simbólica, psicológica, económica y física es brutal. Marina debe dejar su auto, su casa, su trabajo, exponer su cuerpo, será golpeada, insultada. El régimen que ejerce el poder sobre los cuerpos se impone sobre ella. ¿Qué cuerpo es el que merece ser vivido y deseado? ¿Cuál es el cuerpo justo, válido, apropiado para la sociedad?

La construcción del cuerpo es una construcción jerarquizada. Para la sociedad hay cuerpos mejores, cuerpos peores y cuerpos inútiles. Incluso hay cuerpos indeseables. Cuerpos que es mejor eliminar. Y esta jerarquía de cuerpos es una construcción social, fuertemente anclada en la lógica de la economía política. Los cuerpos a lo largo de la historia son incluidos o excluidos en el campo de lo aceptable, según el orden económico y las construcciones simbólicas que lo sostienen. Lelio, que a trabajado con Daniela Vega mucho tiempo antes de escribir el guion, comprende este complejo modo de violencia y por lo tanto cuenta el calvario de Marina sin pontificar y sin proponer verdades, sino abriendo interrogantes.

El trabajo de Daniela Vega es preciso, sutil. Cantante lírica, Vega es capaz de proyectar su mirada mucho más allá del plano, como lo hace con su voz. Lelio dirige evitando cualquier obviedad, silenciando cualquier respuesta previsible, negándose al drama visual. Interpelando a la mirada del propio espectador en relación con la genitalidad, siempre obliterada, siempre insinuada, de Marina. Además, a pesar de realizar un film realista seco y duro, se permite escenas que se corren de ese registro y aportan desde la libertad poética un modo bello de contar los sentimientos de Marina.

El trabajo con los espejos es destacable. ¿Quién se mira, quién es mirado, quién es visto? La noción de identidad, cuestión que es constitutiva de las formas de discriminación de género, interpela al espectador permanentemente. Especialmente en uno de los planos finales, donde la discusión sobre el lugar de la genitalidad en la identidad es puesta en juego en un plano brillante.

El último rey de América

La historia del francés Orllie-Antoine de Tonnens es conocida popularmente como una mera anécdota. Sin embargo saber quién era realmente, cuáles eran sus intereses y qué tanto era un utopista o un encargado de negocios de una avanzada imperial francesa, es algo que se debate.

Rey 800

Rey de Niles Atallah cuenta con una mirada abierta la historia de la autoproclamación, nunca ejercida, de esta monarquía. Apelando a lo suprareal, las técnicas digitales explícitas, las máscaras, la animación, el realizador hace del viaje de Tonnens un recorrido por tiempos y espacios diversos. La película dialoga permanentemente con el presente. La desposesión de los indígenas que habitaban originalmente la Patagonia, que no era ni chilena ni argentina, lleva hasta el presente. Lo mismo quienes juzgan al francés, la avanzada de un proto Estado chileno, que bien podrían ser los represores de la reciente dictadura.

El abogado francés llega a Chile con la intención de imponer un nuevo patrón –el galo- bajo la fachada de acompañar un proceso de liberación indígena. Atallah lo lleva de lo concreto a lo mágico, de la convicción a la derrota, en un camino marcado por la más absoluta libertad estética. El uso de recursos audiovisuales lo lleva un final casi paroxístico donde lo místico se convierte en mandala.

Del registro documental a la ficción sobre lo real

cabros aficheGonzalo Justiniano es un cineasta que vivió fuera de Chile durante la dictadura. En 1983 fue enviado por la televisión internacional a realizar un recorrido audiovisual en su país a propósito de los diez años del golpe del Estado pinochetista.

A partir de ese material, que es utilizado en Cabros de mierda, Justiniano cuenta la historia de Gladys, una joven militante y organizadora de la vida comunitaria en barrio popular de Santiago, junto a su madre y su hija. Un misionero estadounidense, Samuel Thompson, llega con la palabra de Dios y el fervor del voluntario que se acerca a un barrio humilde de un país tercermundista. Con su cámara, Samuel registrará (y verá el mismo) la resistencia popular al régimen. Hay allí una suerte de alter ego de Justiniano. El misionero registrará como el realizador lo que ocurría en aquellos primeros años ochenta, tiempos en los que incluso se realizaron las primeras movilizaciones en contra de Pinochet. Él, como Gladys, serán víctimas de la represión. Pero ella no tendrá atrás una embajada estadounidense dispuesta a salvarla.

Años después, Samuel se encontrará con Gladys hija, militante de derechos humanos. Con ella gritará la consigna que, en distintas formas, se expresó también en otros países de la región: “Si no hay justicia, habrá funa!”

Cabros de mierda es un ejercicio de memoria. La disputa por la verdad es central en este tiempo en el país, marcado por una reconstrucción de los sectores más conservadores (que también están presentes en Una mujer fantástica). Justiniano se permite la violencia de contar el descenso a los infiernos de las mazmorras pinochetistas, para interpelar al espectador desde la potencia de las imágenes. La existencia ya probada de los vuelos de la muerte se hace visible, impactante, transparente, para que no queden dudas de la maquinaria impuesta por las fuerzas armadas.

Los debates por la Memoria y la Verdad son presentes e imprescindibles. Sin ellos es imposible acceder a la Justicia. Estas tres películas, de diferentes modos, con ejes temáticos diversos y estéticas diferentes, acompañan este proceso. El cine chileno persiste en (re) construirse abrevando en tradiciones y construyendo una nueva cinematografía.

Larga vida al cine chileno!

 

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