Por Fernando Hernández

“Quiero, cómo quiero, escupirle en la cara su verdad”, recita Dannis, una de las autoras del libro Les di la mano, tomaron la piel. A través de cartas, cuentos, mitos y poemas, ella y otros jóvenes se atrevieron a enfrentar el silencio en el que estaban sumidos después de haber vivido en contextos de violencia. Las creaciones de los niños recogen sus maneras particulares de entender la vida, en un país que desestima las ideas, las emociones y las expresiones creativas que brotan desde la infancia.

Aunque los primeros años de muchos de los autores estuvieron marcados por el conflicto armado, la apuesta de las Fundaciones Huella Indeleble y Fahrenheit 451 nunca fue desconocer cómo infancia ese periodo de sus vidas. Los relatos dan cuenta de una niñez que no deja de serlo, así se viva en la guerra, dentro de una realidad que históricamente se ha negado y se ha escondido detrás de los cálculos de gobiernos y grupos armados.

Al amparo de tal convicción, durante los talleres de las fundaciones se organizaron sillas en un círculo donde cada uno de los participantes se ofrecía para dialogar y leer más allá de jerarquías y juicios de valor. Los jóvenes, que se encontraban en proceso de restablecimiento de derechos en Benposta Nación de Muchach@s, eligieron por votación los temas sobre los cuales querían leer y escribir. Así, Kenlly describió el amor y el deseo, expresando que “llega un momento en que todo sale como un volcán”, y Maurendis escribió sobre los instantes en los que la “cabecera ya no resiste tu cabeza, por aquellos sueños sin horizonte”. Dentro de sus muchos intereses, los participantes abordaron el amor, la paz, los paisajes, el sexo y mucho más.

Provenientes de Norte de Santander, Cauca, Valle del Cauca, Bogotá, Meta y Arauca, los 23 autores empezaron a llevar sus textos más allá de los talleres y a compartirlos en asambleas, recitales, eventos y hasta medios de comunicación. Cada semestre y ante casi 100 jóvenes de su comunidad, ellos declamaban lo que habían escrito.

De esta manera, los dos años de proceso terminaron por materializarse en 167 páginas y 7 capítulos. A lo largo de esa lectura es posible sentirse identificado, entender que lo allí plasmado consigna parte de la historia que compartimos  como seres humanos y como país. Sin proponérselo, este libro constituye un resguardo en el que la memoria puede descansar fuera del alcance de nuestra indiferencia y de nuestra apatía.

Publicado en Revista Arcadia

Relatos de infancia desde la guerra

“En ti pienso cada rato porque me quitaste lo más

bonito de mi vida, mi infancia y mi adolescencia.

No pude jugar con muñecas sino con un fusil,

no tuve amigos porque tú los asustabas, por

tu culpa, por tu culpa no lo he podido superar”.

Les dí la mano, tomaron la piel es un libro escrito por niños y adolescentes de un país en guerra: Colombia. Página a página, los 23 menores de edad que hicieron parte de los talleres de literatura dictados por las fundaciones Fahrenheit451 y Huella Indeleble, de la que hago parte, contaron el país en el que les ha tocado crecer y el futuro que sueñan.

Las cifras muestran poco por sí solas. Según el Registro Único de Víctimas, en Colombia 1’513.636 personas entre los 0 y los 17 años han padecido directamente el conflicto armado. Pero cuando un niño se atreve a relatar cómo les ha tocado vivir una guerra que no es de ellos, empiezan a surgir otros cuestionamientos a la sociedad que los expuso a esta. “Puede que no estés ya a mi lado / Pero daría la vida por tenerte / Lástima que un día desdichado / En la guerra conociste la muerte”, escribió uno de ellos.

El proceso empezó en 2016, cuando le planteamos el proyecto a la organización Benposta Nación de Muchach@s, en donde cuidan a cerca de 80 niños y adolescentes. Muchos de ellos llegaron de regiones como el Catatumbo (Norte de Santander) y Cauca huyendo de la guerra y el reclutamiento forzado por parte de grupos armados que operan en sus regiones.

Un grupo de unos 15 niños le dieron vida a este taller. Los temas de las clases eran escogidos por ellos por medio de votaciones que se hacían al inicio de cada mes. En ese primer grupo estaba, por ejemplo, Juan José, quien escribió:

Finca, dulce finca

que mi niñez ha marcado,

te prometo volveré

a recostarme en tus prados,

a sentir la suave brisa,

que se pasea en verano

y regar amablemente,

aquel bello rosal amado.

A medida que iban transcurriendo las clases empezó a aflorar, sin pedírselo, un ejercicio de memoria histórica. No podía ser de otra manera, la creación es hija de la experiencia. A pesar de esto, la metodología no cambió, los niños elegían temas como Salvador Dalí, el Che Guevara o los sentimientos. Desde su curiosidad trabajamos.

El proceso empezó a dar frutos. Primero, los niños expusieron ante el resto de sus compañeros que están en Benposta las creaciones que hacían en medio de la clase. Ante un auditorio exigente, personas dispuestas a la burla, sacaban sus papeles y hacían de todos las obras que antes de exponerlas eran exclusivamente de ellos. Los recitales siempre se hicieron un viernes de cada semestre en la tarde.

Luego empezaron a salir de su comunidad. Una noche, mitad nervios, mitad emoción, leyeron en medio de un recital en el Jardín Botánicohombro a hombro con experimentados poetas. Una mañana, recitaron sus obras ante decenas de personas en la Feria Internacional del Libro de Bogotá.

A esa última cita fue una de niña de 15 años que durante los anteriores recitales quedaba paralizada, sus pies iban al vaivén de los nervios y no podía articular palabra. Sentada en una silla alta, frente al público más numeroso que había enfrentado, se hizo de la palabra, y quienes la escuchaban, de su obra. “Yo, Jénnifer Andrea, les tengo miedo a los hombres porque me pasó un cacharro, por eso les tengo miedo a los hombres, mi mami me dijo que algunos hombres no le daban confianza porque uno les da la mano y les da la piel”, leyó.

Pero así como el proceso nos puso de frente la memoria histórica, nos hizo ver la complejidad de quienes han padecido la guerra. No sólo pueden hablar de dolor . Es más, muchas veces están cansados de hacerlo. La institucionalidad los obliga a repetir y repetir los hechos que los constituyen como víctimas. Los niños también querían hablar de amor, de sexo, de los temas que a cualquier niño y adolescente le importan.

“En tu cuerpo soy el incendio del ser

que frota tu cuerpo de manera brutal,

que resplandece el brillo de tu cuerpo al desnudo,

que ilumina cada rincón de la habitación”, escribió Kennlly, de 15 años.

La valentía con la que asumían el ejercicio de la escritura puso de presente el silencio al que siempre estuvieron condenados. Un silenciamiento para el cual confluían factores como el haber nacido en territorios a los que el Estado y buena parte de la sociedad han mirado con desidia, así como ser víctimas del conflicto armado y ser niños. En una sociedad como la nuestra, la obediencia ciega es una exigencia constante a los menores de edad y poco se ha hablado del silenciamiento que padecen por cuenta del imaginario según el cual “el burro chiquito baja las orejas ante el burro grande”.

Les di la mano, tomaron la piel es un libro de rebeldía. De rebeldía ante el silencio impuesto y ante el negacionismo. Todavía retumba en la memoria la ocasión en la que Iván Márquez, de Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común, dijo que en las filas de las Farc sólo había 13 niños. Todavía retumban las balas que los jefes paramilitares dieron la orden de disparar contra menores de edad que habían reclutado, para no entregarlos y, así, ocultar el delito de reclutamiento forzado.

Como da cuenta el Informe Defensorial Prevención del Reclutamiento de Niños, Niñas y Adolescentes, todos los grupos armados que hicieron parte del conflicto han reclutado o utilizado niños, niñas y adolescentes. Los ilegales (guerrillas y paramilitares) los incorporan directamente a sus filas, los legales (la Fuerza Pública) los utilizan en labores de inteligencia y los hacen partícipes de acciones cívico-militares.

Pero la violencia no solamente llega con armas: el maltrato en los hogares, la pobreza y el abandono estatal en el que viven sumidas las regiones, hacen parte del día a día. En suma, Colombia es un país en el que los niños muchas veces entran a la guerra huyendo de otras violencias.

Una de las niñas que participaron del proceso resumió el papel de la escritura en su vida diciendo que “uno puede decir que es ficticio, pero puede ser lo que uno siente o los problemas por los que ha pasado… Cosas de la vida”.

El libro da cuenta de unos niños que no sólo se atrevieron a hablar sobre su pasado, sino que también tienen visiones sobre el futuro de un país que está intentando acabar una guerra de más de cinco décadas. A pesar de que son conscientes de que en sus territorios la violencia no ha parado por cuenta de actores armados como los paramilitares, el Eln y el Epl, añoran un país en paz.

“La paz la transporta el viento

Y vive en una pradera

No es el fusilamiento

Tampoco el fin de la guerra.

La paz es la blanca vida

Libre como mariposa

Y siempre se encuentra unida

A los pétalos de una rosa”, escribió Juan José.

Tras meses de ansiedad en los que clase tras clase preguntaban cuánto faltaba para que saliera el libro, los niños estarán este lunes lanzándolo en un evento de entrada libre. En El Goce Pagano a las 7 de la noche compartirán parte de los textos con sus propias voces, evento en el que Noel Palacios, músico sobreviviente de la masacre de Bojayá (Chocó), interpretará varias de sus canciones para acompañar las creaciones.

Queda, en el proceso del cual nació el libro, un interrogante: Si los adultos hemos llevado al país a la guerra, ¿por qué no darles la voz a quienes no la han tenido? En los niños puede estar la clave para empezar a escribir otra historia.

Publicado en El Espectador