Delfina Guzmán, actriz chilena: «El teatro es comunicación»

Por Pedro Bahamondes Ch.

Próxima a cumplir 90 años y dos sin subir al escenario, ahora su voz se oye de fondo en Astronautas, la obra del argentino Mariano Tenconi que se presenta en el Teatro UC.

No es ella quien abre la puerta de su departamento en Las Condes. Tampoco la que atiende el teléfono ni quien agenda sus grabaciones en TVN, reuniones y entrevistas. Hace meses delegó todo a Lucy, quien además de enfermera se ha convertido en la secretaria y más cercana colaboradora de Delfina Guzmán. Y es que el 7 de abril la actriz chilena cumplirá 90 años: “Aquí el teléfono suena todo el santo día, y no podía estar siempre corriendo de un lado para el otro, menos ahora que estoy con un dolor en la lumbar que me tiene pal gato”, agrega.

Nada grave, aclara: “A veces me miro y recuerdo a todos esos vejestorios que alguna vez vi, afirmándose de lo que fuera para caminar, y yo estoy igual. Nunca le tomé el peso a que provengo de una familia longeva. Mis papás murieron pasados los 90 años los dos y hoy estoy segura de que tener esta edad es lo más raro que un ser humano puede vivir”, dice.

La última vez que Guzmán pisó el escenario fue hace dos años, cuando su hijo Gonzalo -fruto de su matrimonio con Gustavo Meza- la condujo en Las alas de Delfina, el montaje que fue anunciado como su despedida de las tablas. “Fíjate que nunca tuve conciencia de que fuera mi última obra”, reconoce. “Yo siempre estoy poniendo puntos suspensivos. Me aterra el punto final, porque ¿qué haría sin el teatro?”, agrega.

Hacia el final de Astronautas, la obra del argentino Mariano Tenconi que hasta el sábado 27 se presenta en el Teatro UC como parte del Santiago a Mil, su voz guía los pasos de las dos protagonistas: ya es el año 2618, y una chilena y una argentina llevan meses o quizás años deambulando por el inhóspito planeta Betelgeuse, cuando una especie de ser superior les sugiere frenar la marcha. “Me invitaron a hacer esa locución y siempre estoy dispuesta a ayudar, pues siento que tengo un deber moral de devolver lo que mi país me dio, que fue esta vida llena de teatro”, opina.

Después de 60 años actuando, ¿aún espera ganar el Premio Nacional?

Qué me lo van dar, si ni siquiera he hecho cosas tan importantes. Será que hablo mucho o que soy puntuda que me han postulado tantas veces, pero no puedo ponerme a la altura de otros que lo han ganado.

Como director prefiere a Alvaro Viguera que a Guillermo Calderón, confiesa, y como dramaturgo siempre se inclinó más por Egon Wolff que por Juan Radrigán. En cuanto a actores, en tanto, no tiene dudas: “Héctor Noguera y Bélgica Castro son los que dejarán mayor rastro”, opina. “Yo he dejado de hacer varias cosas salvo ir al teatro”, agrega.

¿Qué obra planea ver pronto?

Quiero ver la nueva del Ictus (Esto (no) es un testamento). Me han dicho que es muy emotiva y seguro me tocará de cerca, pues formé parte de la compañía por más de 30 años.

Nissim Sharim dijo que Ud. y él no se han hablado en años, ¿por qué?

Pienso que él cree que esos lazos están mucho más rotos de lo que realmente están. Él dice que yo quise vender el teatro La comedia, y anda a saber tú si es cierto. Yo soy bien tirada de las mechas y no sería nada raro que se lo haya insinuado, pero fue una falta de tino mía. Con Nissim siempre tuvimos una relación bastante áspera, pero prefiero recordarlo como el gran director que es. Ya no estamos para viejos rencores.

¿Le ha traído problemas hablar siempre sin filtro?

Siempre he sido una señora de impulsos y eso me trajo varias críticas por ser mujer y venir de la clase que vengo. Mi carrera en el teatro fue un impulso, también mis dos matrimonios, mis hijos y en realidad todo lo que he hecho. Mi mamá tenía tres mandatos: “apúrese, cállese y no se luzca”, pero con el segundo nunca aprendí, porque no sé cerrar la boca.

¿Y Ud. cree que no se ha lucido?

Mira, mis grandes maestros, Eugenio Guzmán y Pedro de la Barra, me inculcaron que el teatro es comunicación. Es estar sola entre la multitud para entregar un mensaje, pero la pretensión y sobreexposición que veo hoy en el teatro me sacan de quicio. Por eso cuando uno de mis niños (Nicolás Eyzaguirre, actual ministro de Hacienda) se metió en política, saqué las garras porque sé cómo es el poder y lo expuestos que quedan los pobres. Este país no necesita más divos, sino gente que vuelva a creer en lo colectivo, a ser y actuar como humanos, como decía el Papa días atrás.

Ya que llegó a lo político: ¿qué espera del nuevo gobierno de Piñera?

Ahí me pones en un lío medio jodido, porque a Sebastián lo conozco desde joven. Yo era amiga de la familia de Cecilia Morel, su mujer, y él siempre ha sido un conocido para mí y no puedo verlo como Presidente. Y aunque él sabe que no le di mi voto, deseo que le vaya bien porque no es fácil estar arriba. Es lo gracioso y ridículo que tiene el poder: lo tienes el lunes, el martes ya no y el miércoles eres nadie. Para eso mejor dedíquense al teatro, les digo siempre, y mejor si llegan a cumplir 90 años. Ahí sabrán lo que es bueno.

Publicado en La Tercera

 

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