V. H. Viscarra: literatura de los márgenes que pervive

Ayer, el autor paceño habría cumplido 60 años. Sus escritos se alimentaban del alcohol y la calle, donde vivió desde su niñez. Viscarra falleció en 2006, de cirrosis

Una noche de agosto de 2005 Víctor Hugo Viscarra decía en una entrevista a EL DEBER: “Nunca me van a aceptar estos intelectuales que tienen bienes, platas, títulos y que no entienden que una basura como yo sea mejor que ellos. Amo a los perros vagabundos porque somos iguales, andamos entre los basureros buscando las sobras para poder comer”. Estaba por publicar su quinto libro y llevaba más de 30 años viviendo en la calle, donde forjó toda su literatura, desde Coba: lenguaje secreto del hampa boliviano, publicado en 1981, hasta ese último texto de 2005, Avisos necrológicos (luego se editaría el póstumo Ch’aqui fulero, en 2007).

Ayer, Viscarra habría cumplido 60 años. Nació un 2 de enero de 1958 y desde pequeño supo del rechazo y la infelicidad que le proporcionó su familia, lo que lo obligó a buscar refugio en la calle y, sobre todo, en la literatura.

Sus libros testimoniales fueron ganando público rápidamente. Incluso uno de sus cuentos, Anoche en un putero, fue adaptado al teatro con la actuación de Jorge Ortiz. Viscarra tuvo en el escritor Manuel Vargas, director de la editorial Correveidile, a uno de sus grandes amigos, aunque también era apreciado por René Bascopé y la crítica Vicky Ayllón. Su escritura era sucia, directa, despojada de adornos, donde hacía una crónica del nocturno paceño, de lo que él mismo vivía en las calles frías. La intelectualidad paceña llegó a reconocer su obra, aunque también tuvo -y tiene- grandes detractores. “Su obra, valiosa pero que no marca escuela, nace de una necesidad de darle voz a los sin voz (…).

Pero en sus libros, más allá de ciertos giros y recurrencias afortunadas, no se ve un trabajo especial con el lenguaje”, señaló el autor Sebastián Antezana, en un artículo por los 10 años de la muerte de Viscarra, ocurrida en mayo de 2006.

Legado
“Nací viejo”, dice Viscarra en el inicio de uno de sus libros más celebrados, Borracho estaba pero me acuerdo, de 2002. El autor chaqueño David Acebey llegó a conocerlo cuando colaboraba con el semanario Aquí, de La Paz, que entonces era dirigido por René Bascopé. “En una ocasión no tenía dónde dormir y le pidió a René quedarse en el semanario, y parece que tenía ganas de tomarse un trago y no tenía plata; entonces, fue y la empeñó la máquina de escribir del semanario. Querían denunciarlo para meterlo a la cárcel, pero otras personas nos opusimos, porque esa era la naturaleza de Viscarra, no podían hacerle eso. Era medio de la hampa y era escritor”, recordó entre risas Acebey y agregó que la vida de Viscarra estaba entre el dolor y la alegría.

Viscarra, escritor

Borracho estaba, pero me acuerdo (Fragmento)
Nací viejo. Mi vida ha sido un tránsito brusco de la niñez a la vejez, sin términos medios. No tuve tiempo para ser niño. Hay una pelota nuevita, guardada en algún rincón de mis recuerdos. Lo más lógico ha de ser que yo sea un verdadero niño cuando me llegue la vejez. Para ella, es cierto, uno tiene tiempo de sobra. Presumo que ha de ser a los cuarenta y nueve años, pues si llego a los cincuenta me suicido. Nacionalizo una pistola y me pego un tiro. Hablar de mi niñez, si vamos a llamarla así, es muy fregado. Quiero olvidar ese período, pero es imposible. No tengo nada grato que recordar y los hombres que recuerdan        con tristeza su infancia.

Publicado en El Deber

Manuel Vargas: “La obra de Viscarra da a conocer nuevos espacios de la literatura boliviana”

Manuel Vargas fue amigo cercano de Víctor Hugo Viscarra, el escritor paceño que como pocos relató su vida desde las calles. Correveidile, la editorial de Vargas, le publicó varios de sus libros, incluyendo Borracho estaba pero me acuerdo, uno de los más importantes de Viscarra, quien el 2 de enero hubiera cumplido 60 años. Viscarra falleció el 24 de mayo de 2006 víctima de una cirrosis.

En esta entrevista, Vargas habla de sus primeros contactos con Viscarra, y del lugar que ocupa su obra dentro de la literatura boliviana.

_¿Cómo lo conoció usted a Víctor Hugo Viscarra y cómo le llegaron sus trabajos?

En los años 80 yo trabajaba en Canal 13 Televisión Universitaria, cuando solamente había dos canales en La Paz: el 7-oficialista, y el 13. En ese tiempo sabía de Viscarra, que había publicado una primera edición de su libro Coba. Lenguaje secreto del hampa boliviano. Como jefe de producción de dicho canal, mandé a un entrevistador para que le haga una nota. Bien recuerdo que al final de la entrevista, le pidieron: “despídase en coba”, y él respondió: “chauchera”.

Después vino lo de las cervecitas en Los Laureles, un local de la Av. Mariscal Santa Cruz, que ya no existe. El detalle es que yo no pagué por el consumo: él me invitó. En realidad fue la única vez que compartimos unos tragos, y no fue hasta emborracharnos.

El tercer encuentro fue cuando volvió de una larga temporada en Cochabamba, dispuesto a publicar en La Paz. Nos encontramos a través del poeta Jaime Nisttahuz; yo estaba iniciando mi trabajo de editor en Correveidile. Fue entonces cuando me dio el famoso cajón de papeles, recortes, dibujos, cuadernos para que yo pueda revisarlos y a ver si se armaba un libro. De ahí entresaqué los primeros relatos, que se llamarían Alcoholatum & otros drinks. Siempre con el apoyo, como editor, de mi amigo el narrador Germán Araúz, quien le puso casi todos los títulos a los libros de Viscarra.

Entonces también “me mostró” el folder completo de su autobiografía, que con el éxito de Alcoholatum, se animó a entregármelo para su publicación.

_¿Qué significa para la literatura boliviana la obra de Víctor Hugo Viscarra?

La obra de Viscarra da a conocer nuevos espacios, colores y lenguajes dentro de lo que podría llamarse literatura boliviana. Ingresa a un mundo ignorado, o poco, o mal conocido, o negado a veces por la tradición literaria: la escritura testimonial, que, sin pretensiones “literarias”, está más allá o más acá de los géneros tradicionales como el cuento, la novela o el ensayo. Y con un lenguaje que, sin cerrarse en localismos dialectales, se acomoda con claridad y sencillez a los temas tratados. Acá podemos decir que “el lenguaje es el hombre” y no tiene para qué andar buscando ni teorizando sobre nuevos y creativos lenguajes.

_¿Cómo era la rutina de Viscarra a la hora de leer y escribir?

En sus últimos años siempre tenía amigos que le prestaban libros, especialmente de literatura. No me consta que los hubiera leído, pero los cargaba, hasta que los perdía o los guardaba en alguna parte. Una vez me invitó a tomar unas cervezas, como pago yo le prometí y luego le regalé un libro de Huysmans, la novela Allá lejos, porque describía el submundo de París, con misas negras incluidas, y yo suponía que le podía interesar. Cuando le hablé de las Memorias de un alcoholista, de Jack London, se interesó mucho y se lo presté. Él siempre me prometía devolvérmelo algún día, pues yo no lo había leído. Me resigné a perderlo, pero un día apareció con el libro, mejor dicho con una buena fotocopia empastada del libro, para devolvérmelo. Por otra parte, siempre cargaba todo tipo de revistas y suplementos culturales de periódicos, especialmente bolivianos.

En cuanto a su escritura, es sabido que lo hacía en cuadernos y en hojas sueltas. Si mal no recuerdo, la obra que vino a llamarse Borracho estaba opero me acuerdo (título puesto por el editor Germán Arauz), se llamaba Memorias de la noche, y lo tenía escrito a máquina, en un folder amarillo. Supongo que él lo pasó a máquina cuando vivía en Cochabamba, junto a su amigo el escritor Alfredo Medrano, cuando “trabajaba” temporalmente en la Casa de la Cultura. Conservo solo una fotocopia del primer capítulo. En la última temporada escribía en computadora, en una parroquia de El Alto, donde su amigo el padre Germán. Los cuentos que se publicaron bajo el título Avisos necrológicos, me los entregó en un disquete.

Publicado en El Deber