Aracataca la muerte se corta sola

Por Miguel Nuñez

Cuando Gabo llegó al Cielo fue todo un acontecimiento, y hasta el propio Dios en persona esperaba para recibirlo. Llevaba una flor amarilla en la solapa del saco y una ramita de toronjil en la mano, pero mientras se acomodaba sus ropas se sintió un pordiosero. Por un momento lo embargó la misma agobiadora tristeza que había sentido el día de su funeral.

Estaba desconcertado, aunque pensó que como era jueves había perdido la noción del tiempo y el sentido de las distancias.

—Así que usted es el negro que hizo esperar a los ángeles —lo apuró Dios mientras se acomodaba en su asiento.

—Yo no vengo a decir un discurso —atinó a responder—. Yo nada más tengo la bendita manía de contar. Yo me alquilo para soñar —terminó de confesar, con la mirada encendida y serena de sus ojos de perro azul.

—Entonces cuénteme un cuento —inquirió Dios.

Gabo narró cuando muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

—Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos —recordó Gabo.

—El mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo —interrumpió Dios, concluyendo el relato. Y por un momento se quedó callado y pensativo, como añorando los días de la Creación, del Paraíso perdido de los hombres.

Tratando de animarlo, mientras le mostraba la flor amarilla que llevaba en el ojal de su chaqueta, Gabo contó de aquel otro día cuando el carpintero le tomaba las medidas para su ataúd a José Arcadio Buendía, y vieron a través de la ventana que estaba cayendo una llovizna de minúsculas flores amarillas.

—Cayeron toda la noche sobre el pueblo en una tormenta silenciosa, y cubrieron los techos y atascaron las puertas, y sofocaron a los animales que durmieron a la intemperie. Tantas flores cayeron del cielo, que las calles amanecieron tapizadas de una colcha compacta, y tuvieron que despejarlas con palas y rastrillos para que pudiera pasar el entierro —describió Gabo.

—Las flores amarillas traen buena suerte —sentenció Dios con impaciencia.

Entonces Gabo abrió los bolsillos de su saco y echó a volar las mariposas amarillas que Mauricio Babilonia le había dado para acompañarlo en su viaje. Y el Cielo se cubrió de mariposas amarillas. Y Dios y Gabo rieron a carcajadas.

Y mientras los dos reían, Dios observó a Gabo, y vio en sus pestañas los primeros destellos de una escarcha invernal. Luego miró su dominio invencible, su amor impávido, y lo asustó la sospecha tardía de que es la vida, más que la muerte, la que no tiene límites.

—Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo? —preguntó Gabo.

Dios tenía la respuesta preparada desde hacía 87 años, 1 mes, y 11 días con sus noches.

—Toda la vida —dijo.

Y por primera vez Dios sintió el olor de la guayaba. Por primera vez, frente a Gabo, Dios pensó en su propia soledad.


Miguel Núñez es periodista. Este relato fue escrito a partir de las propias palabras de Gabriel García Márquez.
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