Por Federico Escribal – para NodalCultura

Felipe Arango, pintor de extensa trayectoria en Colombia e Inglaterra, y Angélica Mora Sarmiento, directora de teatro y actriz, son actualmente presidente y vicepresidenta de la Unidad Nacional de Artistas en Colombia, colectivo transdisciplinario que busca incidir sobre las políticas públicas en Cultura en la perspectiva del campo popular. Junto a Angélica Riaño, actiz y militante del colectivo, nos presentaron su historia y líneas de trabajo.

¿Cómo comenzó la gesta de una organización colectiva del campo artístico en Colombia?
FA – El inicio de la Unidad Nacional de Artistas giró alrededor del problema de la seguridad social. El movimiento artístico se comenzó a conglomerar hace alrededor de tres años a partir de unas propuestas que tenía el Ministerio de Cultura nacional en torno a una hipotética pensión para los artistas, que en realidad se resumía a negarles la posibilidad de una, y que actualmente están volviendo a poner en discusión.
Este movimiento, liderado inicialmente por los grupos teatrales del país, pero que progresivamente se fue visibilizando como una problemática compartida a las otras disciplinas: no involucraba a un solo sector. Se veían perjudicados literatos, pintores, músicos, y todas las expresiones artísticas nacionales. Entonces se empezó a formar la Unidad Nacional de Artistas, en una ciudad del eje cafetero llamada Armenia en un gran encuentro nacional.

¿Cuáles fueron los ejes de discusión de ese primer encuentro?
FA – Inicialmente consensuamos que no podíamos atender exclusivamente el problema pensional sino que el problema era cómo se manejaba la cultura a nivel nacional. Alrededor de este principio de manejar la cultura como un derecho del Pueblo colombiano, un derecho de los Pueblos, empezamos a organizarnos inicialmente con representantes de unos diez departamentos del país. Hoy estamos en dieciocho: con mayor fuerza en unos, con menor en otros, pero se ha ido organizando el trabajo y se ha ido consolidando. Este es el origen de la UNA como tal.
Desde la UNA hemos motorizado iniciativas como el Movimiento 27 de Marzo o la Mesa por el Arte y la Cultura nacionales, postulando la necesidad de abordajes comunes a los problemas sectoriales.

¿Cómo se llegó a consensuar el tipo de organización que esta coyuntura requería?
FA – Los artistas tendemos a ser un tanto anárquicos, entonces hubo un fuerte rechazo inicial al concepto de que hubiera una organización de inclinación gremial como tal de los artistas. Dentro del mismo movimiento había un sector que proponía “mejor no organizarnos”, sino que fuera simplemente un nucleamiento de voluntarios, y había otra tendencia -que lideramos algunos allí- que postulaba crear algún tipo de organización para coordinar los trabajos, la producción teórica y las posiciones.
Inicialmente esta organización fue muy horizontal, muy laxa en sus criterios de organicidad interna. En medida del desarrollo del trabajo se vio que era necesario darle una estructura mucho más legal, que tuviera la capacidad de ser interlocutor tanto con el Estado como con las otras organizaciones culturales que existen en Colombia. El año pasado se decidió que debíamos tener una organización real, con estatutos, personería jurídica, cargos, que pudiera presentar recursos y peticiones al Estado entre otras cosas. Si bien aún somos una estructura pequeña, allá vamos.

¿Cuál es la actualidad de la UNA? ¿Cómo se conceptualiza el agrupe político en el sector cultural colombiano?
ASM – Las políticas actuales no han favorecido la creación ni la formación a nivel artístico. El año pasado constituimos un movimiento llamado 27 de Marzo, ante la iniciativa de un grupo de artistas de la que formamos parte pero que nos excedía, de generar una gran movilización en el marco del Dia del Teatro. La idea era llamar la atención del Congreso nacional para expresarle que las políticas culturales no están funcionando.
La unión sindical en Colombia es muy difícil. Particularmente la de los artistas, que no tenemos en general una visión política organizada. En este contexto conozco la Unidad Nacional de Artistas y me uno al proceso. En este contexto, en el pueblo de Tunia, en el Cauca, realizamos un nuevo encuentro nacional, en el que por votaciones elegimos la estructura de responsabilidades formales.
FA – La UNA ya había liderado en 2016 una audiencia pública en el Congreso de la República. Es la primera que se hace en la historia del país: participaron personas de todo el país, no solo de la UNA sino de todos los sectores culturales. Fue una presentación ante el país de los problemas que estaba sufriendo el sector artístico.
Las movilizaciones políticas del sector cultural en Colombia se dan a partir de problemáticas coyunturales: así como el nacimiento de la UNA se generó a partir de la discusión por la cuestión previsional, el Movimiento 27 de Marzo se estructuró a partir de la agenda de lo tributario: en ese momento se había instrumentado un decreto que ponía en una situación muy difícil a la enorme mayoría de los grupos culturales.

¿Cuáles fueron las modificaciones del régimen fiscal de las organizaciones sociales y culturales?
FA – En principio desde la UNA en el Movimiento 27 de Marzo postulamos que no podíamos entender la cuestión como un problema coyuntural sino que debíamos comprender en que modelo de política cultural se inscribía. Si no, no lograríamos comprender el problema. Ahí comienzan a emerger las cuestiones del manejo presupuestario asignado a Cultura a nivel nacional , así como la conceptualización crítica de la plataforma de la Economía Naranja.

¿Cuáles serían los ejes políticos de la acción de la Unidad Nacional de Artistas de Colombia?
FA – Un programa de cuatro o cinco puntos: mayor presupuesto para la cultura nacional; que dentro de los acuerdos comerciales exista la cláusula de “excepción cultural” para que en su marco no se entreguen derechos ni haya prebendas para las multinacionales del espectáculo; derechos laborales y de profesionalización para los artistas en tanto trabajadores; y la promoción y defensa de la cultura nacional, pero no en el sentido xenófobo: no postulamos que deje de haber intercambios, sino que se impida la desaparición del patrimonio cultural colombiano. La cultura no puede manejarse exclusivamente como mercancía. Si bien pueden existir emprendimientos comerciales, deben preservarse los tiempos, espacios y procesos del hecho artístico más allá de su rendimiento económico.

A partir de la concepción de los artistas como trabajadores ¿Cómo caracterizan el trabajo cultural en Colombia?
FA – Ahí entendemos que hay dos dimensiones: por un lado están los artistas que trabajan dentro de -digamos- las empresas culturales. Por dar un ejemplo, los actores que trabajan para las dos grandes productoras televisivas nacionales: RSR y Caracol. Ellos son empleados con contratos, pero con una estabilidad en disminución por la tercerización creciente del sector. Son trabajadores con cada vez menos garantías laborales.
Por otro lado, la gran mayoría de los artistas colombianos funcionan de forma independiente, sin contratos ni prestación de servicios sino ocasionales. Son trabajos informales, que no son considerados tales para el grueso de la sociedad colombiana, que suele preguntarnos “¿Por qué no trabaja, se pone con algo serio? ¡Póngase a trabajar!”. Uno de los grandes problemas que tenemos es que se considere la producción artística como una labor; siendo que de hecho requiere de mayores esfuerzos que un trabajo tradicional. Uno generalmente pasa las 24h metido en el problema de la producción artística.
Muchas veces alguien me pregunta a qué me dedico y yo respondo “pintor”, a lo que se me responde “Ah, que chévere, yo soy médico. Cuando me retire me voy a dedicar a pintar”, a lo que acostumbro responder que cuando yo me retire como pintor me voy a volver médico. Se tiene la idea que lo de uno no es profesión, que no requiere estudios, esfuerzos y dedicación.

Esta subvaloración de las prácticas laborales artísticas atraviesan la región y posiblemente tengan expresiones a nivel mundial ¿Siempre fue así en Colombia?
AMS –En los ‘80 hubo un auge de la formación artística. Aquellos que iniciaban ese camino se comprometían con un proceso de capacitación más integral, con expresiones nacientes en la dimensión académica. Previamente Colombia carecía de una continuidad en este tipo de instancias de formación.
En los ‘50 y ‘60 los actores y directores tenían que tener acreditaciones profesionales, había un proceso de formalización y sindicalización creciente que al parecer fue discontinuado políticamente en 1994. Esto es algo sobre lo que queremos investigar desde la UNA, ya que esto afectó los derechos laborales de los trabajadores de la cultura.

Colombia es uno de los países de la región de mayor desarrollo de las políticas de promoción de la Economía Naranja gestadas en las usinas del Banco Interamericano de Desarrollo ¿Cuál es la posición de la Unidad en torno a estas iniciativas?
AR – Iniciamos un estudio amplio de esta famosa Economía Naranja. Lo primero a decir es que es un libreto de políticas culturales diseñado por un banco, con las percepciones propias de un banco: buscar nichos de negocio. Si bien hay una economía en torno a la producción cultural, esto no es lo único: determina asimismo las cuestiones de identidad y prácticas sociales. Cuando solo se busca el lucro, se niega la cultura como derecho. Con esto, en Colombia pasa ya en la educación y la salud, entendidas como un negocio.
FA – El Banco Interamericano de Desarrollo tiene grandes intereses en los derechos de autor. Esta es la parte que hay que entender. Mezclan videojuegos, arquitectura, publicidad, artes plásticas, teatro. Lo importante es cómo se maneja este concepto de derechos de autor: promueven una política de base anglosajona de copyright en la que los derechos son de la empresa y no del creador. El comercializador se queda con el lucro, cuando el artista invierte en la etapa no productiva del desarrollo de la producción simbólica.
AR – El BID busca nichos de mercado en la cultura. Esto nace desde la necesidad de superar la crisis de 2008 de la que aún el sistema financiero mundial no ha salido. Ahí se empiezan a buscar los “nichos de mercado de colores”: la economía verde, que es buscar un nicho de mercado en el discurso ambiental, la economía negra vinculada a lo militar, y aparece la naranja, muy bien estudiado por las multinacionales del entretenimiento. Para salir de una crisis que los pueblos no han generado, se busca dejar a la deriva al artista para favorecer siempre a los intermediarios.
En nuestra vida cotidiana, el banco siempre nos va a proponer la misma salida: el endeudamiento. Si le digo “me separé” el banco me propondrá un préstamo personal para irme de vacaciones y cambiar de ánimo. Pasa exactamente lo mismo aquí: generalmente los artistas carecen de empresa: “no pasa nada” -dirá el banco- “yo le presto, endéudese”. Con esto, hipotéticamente uno saldrá adelante y podrá competir. Para nosotros no quedan dudas de que este respaldo no pasa por el sistema financiero sino por las políticas públicas, por un Estado presente en una agenda estratégica como la cultura.

¿Por qué tienen este nivel de avance las políticas de promoción de la Economía Naranja en Colombia?
AR – El BID, que no deja de ser un banco, tuvo a dos colombianos, Felipe Buitrago y a Iván Duque como elementos constitutivos del equipo técnico que desarrolló la conceptualización de la Economía Naranja como mecanismo de abordaje desde lo público de la agenda cultural. El último es candidato presidencial en este momento . Representan a sectores políticos promotores del libre cambio y de los Tratados de Libre Comercio sobre los que se sustenta el proyecto neoliberal. La cultura no tenía por que se la excepción: desde los años 90 la apertura económica trajo consigo la crisis en diferentes sectores, trayendo atraso.
He asistido a dos conferencias sobre Economía Naranja a cargo de Felipe Buitrago y es una persona muy cordial, con un discurso afectivo y muy juvenil. Entonces -en la Universidad- solo con el impacto personal y físico, es un excelente vendedor de su producto. La conformación técnica y política del proyecto pasan a un segundo plano cuando el relata la política, ya que se dedica a capturar las emociones de la gente -en general muy joven- sobre los ejes de lo nuevo, de la necesidad de actualizarnos, y de que esto de la Economía Naranja es avanzar. De esta manera, se vende la idea de que la idea es lo que hay que vender (valga la redundancia).La concepción propuesta es la de que lo único que vale hoy es la idea, y el resto es tecnología y empresa. A esto último pasan a aplicarse los presupuestos públicos en cultura, y aquí es donde el creador pierde en relación a los intermediarios. Esto, que parece que queda abajito, es a lo único que debiéramos estar prestándole atención.
Francia -con el Ministerio de Cultura más antiguo- diferencia sus políticas entre lo que refiere a Creación y a Industrias Culturales: no ponen en un mismo nivel a todo. Ese debiera ser el modelo a seguir, y resistir la privatización que requiere de operadores privados para todo (la salud, la educación) que acaban siendo los únicos beneficiarios de los fondos públicos.