Cuentos de futbol mundial ūüĎČ”Buba” de Roberto Bola√Īo

Roberto Bola√Īo: f√ļtbol y literatura

Por Sergio Olguín

En abril de 2001 comenc√© a armar una antolog√≠a sobre nuevos pecados capitales para Editorial Norma. La idea era invitar a algunos escritores latinoamericanos para que participaran junto a los autores argentinos. Yo propuse a Roberto Bola√Īo. En la editorial estuvieron de acuerdo pero dud√°bamos si, al estar en la cresta de la ola de la fama, Bola√Īo pod√≠a llegar a aceptar la propuesta de escribir un cuento por encargo.

Sin muchas esperanzas, le escrib√≠ un mail y para mi sorpresa me contest√≥ a los pocos d√≠as: ‚ÄúEn principio la idea me parece muy buena y acepto. Dime cu√°ntas p√°ginas es el m√°ximo y cu√°ntas el m√≠nimo. Mi pecado ser√≠a el plagio, espero que nadie lo haya elegido ya‚ÄĚ.

A partir de ah√≠ empezamos un intercambio de mails. Al comienzo eran puramente referidos al cuento que iba a escribir. Para mi sorpresa otra vez, en uno de sus mails me coment√≥ que hab√≠a le√≠do mi antolog√≠a La selecci√≥n argentina, que inclu√≠a escritores argentinos nacidos despu√©s de 1960. ‚ÄúLe√≠ tu libro y me gust√≥. L√°stima lo de la edad, que m√°s bien empobrece la selecci√≥n. Para m√≠ el portero ideal de la albiceleste es Fogwill, y el zaguero izquierdo, que se marcha al ataque a la m√°s m√≠nima ocasi√≥n (aunque deje el carril abierto y desguarnecido en caso de un contraataque rival) es Aira. O Alan Pauls de 6. En fin, ya se sabe que una alineaci√≥n nunca deja satisfechos a todos. Pero digamos que como sub-21 tu selecci√≥n es impecable. Un abrazo. Roberto‚ÄĚ.

Enseguida le contest√© sobre mi desacuerdo con respecto a Pauls y Aira. Le arm√© mi propia selecci√≥n (que defin√≠a como ‚Äúbilardista‚ÄĚ) y para provocarlo le dije que yo armar√≠a la selecci√≥n chilena con un escritor que seguramente a √©l no le gustaba: Enrique Lafourcade, y hac√≠a alg√ļn chiste sobre otro, Alberto Fuguet. Tambi√©n le preguntaba de qu√© cuadro chileno era: ‚ÄúMientras me pienso una selecci√≥n menottista o, mejor, valdanista, te mando este breve comunicado aclaratorio:

1. El √ļnico equipo chileno que me gustaba desapareci√≥ hace siglos. Se llamaba Ferrobadminton, lleg√≥ a jugar en primera, y su camiseta, sin duda, era la m√°s bonita que ha habido jam√°s en el f√ļtbol patrio.

2. A Lafourcade no lo meter√≠a ni de ag√ľatero, que era como se le dec√≠a en mis tiempos al que iba a buscar el agua para que bebieran los jugadores.

3. A Fuguet s√≠ lo meter√≠a, pero de animadora, o de ag√ľatero, porque tampoco se trata de matar a los muchachos de sed.

4. Discrepo, como te habr√°s imaginado, sobre la inclusi√≥n de Gelman en la delantera. Pero no porque no me guste (al contrario, me gusta mucho), sino porque los poetas no juegan al f√ļtbol. Los poetas juegan al hockey sobre hielo en una pista gigantesca y en brumas en donde muy de tarde en tarde divisan a otro compa√Īero de equipo.

5. Contra lo que ocurre con la selecci√≥n chilena, en donde probablemente jugar√≠amos muy pocos, la argentina tiene una sobreabundancia de cracks. Reconozco que ser seleccionador argentino te√≥ricamente es m√°s dif√≠cil que serlo de la selecci√≥n de Costa Rica, Per√ļ o Colombia.

Recibe un fuerte abrazo.

Roberto.

Ah√≠ descubr√≠ que hablar de f√ļtbol le divert√≠a tanto como hablar (mal y a veces bien) de escritores latinoamericanos. Le apasionaba el Barcelona. Pero eran tiempos ‚Äúpre Messi‚ÄĚ y Bola√Īo se mostraba esperanzado por la llegada del ‚ÄúConejito‚ÄĚ Javier Saviola. Yo prefer√≠a jactarme del presente que pasaba Boca de la mano de Juan Rom√°n Riquelme y de Carlos Bianchi.

Por algunas cuestiones burocr√°ticas de las editoriales, Bola√Īo estuvo a punto de no darnos su cuento pero al final lo hizo: ‚ÄúTe mando el cuento, total, ya est√° acabado y lo hice para ti‚ÄĚ, me escribi√≥ y ese ‚Äúlo hice para ti‚ÄĚ es uno de los halagos m√°s maravillosos que me han hecho. Su relato sali√≥ publicado en El libro de los nuevos pecados capitales y su protagonista se llamaba (no pude menos que considerarlo como un regalo) Riquelme.

El Malpensante


BUBA

para Juan Villoro

La ciudad de la sensatez. La ciudad del sentido com√ļn. As√≠ llamaban a Barcelona sus habitantes. A m√≠ me gustaba. Era una ciudad bonita y yo creo que me acostumbr√© a ella desde el segundo d√≠a (decir el primer d√≠a ser√≠a una exageraci√≥n), pero los resultados no acompa√Īaban al club y la gente como que te empezaba a mirar raro, eso siempre pasa, hablo por experiencia, al principio los aficionados te piden aut√≥grafos, te esperan en las puertas del hotel para saludarte, no te dejan en paz de tan cari√Īosos que son, pero luego enhebras una racha de mala suerte con otra y ah√≠ mismo te empiezan a torcer el gesto, que si eres un flojo, que si te pasas las noches en las discotecas, que si te vas de putas, ustedes ya me entienden, la gente empieza a interesarse por lo que cobras, se especula, se sacan cuentas, y nunca falta el gracioso que p√ļblicamente te llama ladr√≥n o algo mil veces peor. En fin, estas cosas pasan en todas partes, a m√≠ personalmente ya me hab√≠a sucedido algo parecido, pero entonces mi condici√≥n era la de nacional, jugador de la casa, y ahora mi condici√≥n era la de extranjero, y la prensa y los aficionados siempre esperan un plus extra de los extranjeros, para eso los han tra√≠do, ¬Ņno?

Yo, por ejemplo, como todo el mundo sabe, soy extremo izquierdo. Cuando jugaba en Latinoam√©rica (en Chile y despu√©s en Argentina) marcaba una media de diez goles cada temporada. Aqu√≠, por el contrario, mi debut fue asqueroso, al tercer partido me lesionaron, tuvieron que operarme de ligamentos y mi recuperaci√≥n, que en teor√≠a ten√≠a que ser r√°pida, fue lenta y trabajosa, para qu√© les voy a contar. De golpe volv√≠ a sentirme m√°s solo que la una. √Čsa es la verdad. Gastaba una fortuna en llamadas a Santiago y lo √ļnico que consegu√≠a era preocupar a mi mam√° y a mi pap√°, que no entend√≠an nada. As√≠ que un d√≠a decid√≠ irme de putas. No lo voy a negar. Esa es la verdad. En realidad lo √ļnico que hice fue seguir el consejo que un d√≠a me dio Cerrone, el arquero argentino. Cerrone me dijo: chico, si no tienes nada mejor que hacer y los problemas te est√°n matando, consulta a las putas. Qu√© buena persona era Cerrone. Por aquella √©poca yo deb√≠a de tener diecinueve a√Īos a lo m√°s y acababa de llegar al Gimnasia y Esgrima. Cerrone ya andaba por los treintaicinco o por los cuarenta, su edad era un misterio, y entre los veteranos era el √ļnico que todav√≠a estaba soltero. Algunos dec√≠an que Cerrone era raro. Eso me retrajo al principio en mi trato con √©l.

Yo era un muchacho m√°s bien tirando a t√≠mido y pensaba que si conoc√≠a a un homosexual √©ste iba a querer acostarse conmigo al tiro. En fin, puede que lo fuera, puede que no lo fuera, lo √ļnico cierto es que una tarde en que yo estaba m√°s deprimido que nunca, me cogi√≥ aparte, era la primera vez que habl√°bamos, podr√≠a decirse, y me dijo que esa noche me iba a llevar a conocer algunas muchachas de Buenos Aires. Nunca me olvidar√© de esa salida. El departamento estaba en el centro y mientras Cerrone se quedaba en el living tomando unas copas y viendo un programa nocturno en la tele, yo me acost√© por primera vez con una argentina y la depresi√≥n comenz√≥ a amainar. A la ma√Īana siguiente, mientras volv√≠a a mi casa, supe que todo mejorar√≠a y que mi carrera en el f√ļtbol argentino a√ļn me iba a deparar muchas tardes de gloria. Las depresiones eran inevitables, me dije, pero Cerrone me hab√≠a dado el remedio para atenuarlas.

Y eso fue lo que hice en mi primer club europeo: sal√≠ de putas y as√≠ fui capeando la lesi√≥n, el per√≠odo de recuperaci√≥n, la soledad. ¬ŅQue si me acostumbr√©? Puede que s√≠, puede que no, no soy qui√©n para emitir un juicio tan rotundo. All√≠ las putas son unos verdaderos bombones, las putas de categor√≠a, quiero decir, adem√°s de ser en l√≠neas generales unas chicas bastante inteligentes y preparadas, as√≠ que aficionarse a ellas, lo que se dice aficionarse, pues tampoco es tan dif√≠cil.

En resumen, que me dio por salir cada noche, incluso los domingos, cuando hab√≠a partido y lo que se esperaba de nosotros, los lesionados, era que estuvi√©ramos all√≠, en las gradas, convertidos en hinchas de lujo. Pero as√≠ uno no se cura de las lesiones y yo prefer√≠a pasarme las tardes de los domingos en alguna sala de masaje, con mi whisky y una o dos amigas a cada lado, hablando de cosas m√°s serias. Al principio, por supuesto, nadie se dio cuenta. No era yo el √ļnico que estaba lesionado, deb√≠amos de ser unos seis o siete los que est√°bamos en el dique seco, la mala racha parec√≠a cebarse con nuestro club. Pero luego, claro, nunca falta el periodista culiado que te ve salir de una discoteca a las cuatro de la ma√Īana y ah√≠ se acab√≥ el asunto. En Barcelona, que parece tan grande y tan civilizada, las noticias vuelan. Quiero decir: las noticias futbol√≠sticas.

Una ma√Īana me llam√≥ el entrenador y me dijo que se hab√≠a enterado de que estaba llevando un rimo de vida impropio de un deportista y que eso se ten√≠a que acabar. Yo, por supuesto, le dije que s√≠, que s√≥lo hab√≠a sido una canita al aire, y segu√≠ con mis asuntos, porque, a ver, ¬Ņqu√© otra cosa pod√≠a hacer mientras duraba la lesi√≥n y el equipo bajaba en la tabla que daba pena abrir el peri√≥dico los lunes para repasar las clasificaciones? Adem√°s, como es l√≥gico, yo pensaba que lo que me hab√≠a servido en Argentina me ten√≠a por fuerza que servir en Espa√Īa, y lo peor era que ten√≠a raz√≥n: me serv√≠a. Pero entonces entraron los bur√≥cratas del club y me dijeron: oiga, Acevedo, esto se tiene que acabar, usted est√° resultando un mal ejemplo para la juventud y una p√©sima inversi√≥n de nuestra sociedad, en donde s√≥lo trabajan hombres serios, as√≠ que a partir de ahora se acabaron las salidas nocturnas, usted ver√°. Y luego, sin decir agua va, me encontr√© de golpe con una multa que pod√≠a pagar, claro, pero que puestos a perder dinero hubiera preferido enviarlo a Chile, no s√©, a mi t√≠o Julio, por ejemplo, para que se lo gastara arreglando su casa.

Pero estas cosas pasan y hay que aguantarse. As√≠ que me aguant√© y me hice el firme prop√≥sito de salir menos, digamos una vez cada quince d√≠as, pero entonces lleg√≥ Buba y los del club decidieron que lo mejor para m√≠ era que dejara el hotel y que compartiera el departamento que hab√≠an puesto a disposici√≥n de Buba, un departamentito bastante coqueto, con dos habitaciones y una terraza peque√Īita pero con una buena vista, justo al lado de nuestros campos de entrenamiento. Y eso fue lo que tuve que hacer. As√≠ que cog√≠ mis maletas y me fui con un administrativo del club al departamento y como no estaba Buba, pues escog√≠ yo mismo el dormitorio que quer√≠a para m√≠ y saqu√© mis cosas y las met√≠ en el closet y entonces el administrativo me dio mis llaves y se march√≥ y yo me puse a dormir la siesta.

Eran las cinco de la tarde, aproximadamente, y antes me hab√≠a echado entre pecho y espalda una fideu√°, un plato t√≠pico de Barcelona que ya hab√≠a probado y que me encanta, aunque no es un plato f√°cil de digerir, y cuando me dej√© caer en mi nueva cama me entr√≥ un sopor tan grande que s√≥lo tuve fuerzas para sacarme los zapatos y ya estaba dormido. Tuve entonces un sue√Īo rar√≠simo. So√Ī√© que estaba en Santiago otra vez, en mi barrio de La Cisterna, y que estaba recorriendo con mi padre la plaza esa en donde estuvo la estatua del Che, la primera estatua del Che que hubo en Am√©rica, exceptuando Cuba, y eso era lo que me iba contando mi padre en medio del sue√Īo, la historia de la estatua y de todos los atentados que sufri√≥ la estatua hasta que llegaron los milicos y la volaron definitivamente, y mientras camin√°bamos yo miraba hacia todas partes y era como si camin√°ramos por en medio de la selva, y mi padre dec√≠a por aqu√≠ debe de estar la estatua, pero no se ve√≠a nada, las hierbas eran altas y los √°rboles apenas dejaban pasar unos rayitos de sol, suficientes para ver, para darnos cuenta de que era de d√≠a, y nosotros √≠bamos por un sendero de tierra y de piedras, pero a los lados hasta lianas hab√≠a, y no se ve√≠a nada, s√≥lo sombras, hasta que de pronto lleg√°bamos como a una especie de claro, un claro rodeado de selva, y mi padre entonces se deten√≠a y me pon√≠a una mano en el hombro y con la otra se√Īalaba algo que se levantaba en medio del claro, un pedestal de cemento de color gris clarito, y sobre el pedestal no hab√≠a nada, ni rastros de la estatua del Che, pero eso mi padre y yo lo sab√≠amos y lo esper√°bamos, al Che lo hab√≠an quitado de all√≠ hac√≠a mucho tiempo, eso no nos sorprend√≠a, lo importante era que est√°bamos juntos mi viejo y yo y que hab√≠amos encontrado el lugar exacto en donde antes se levantaba la estatua, pero mientras contempl√°bamos el claro sin movernos, como embebidos en nuestro hallazgo, yo me fij√© en que bajo el pedestal, al otro lado, hab√≠a algo, una cosa oscura que se mov√≠a, y me solt√© de la mano de mi padre (me ten√≠a cogido de la mano) y empec√© a rodear lentamente el pedestal.

Entonces lo vi: al otro lado hab√≠a un negro en pelotas haciendo unos dibujos en la tierra y yo supe al tiro que ese negro era Buba, mi compa√Īero de club y mi compa√Īero de departamento, aunque si quieren que les diga la verdad yo a Buba s√≥lo lo hab√≠a visto en un par de fotos, yo y todos los dem√°s compa√Īeros, y nadie se hace una idea cabal de una persona si s√≥lo la ha visto en la prensa y adem√°s de pasada. Pero era Buba, de eso no me cupo la menor duda. Y entonces yo pens√©: rechuchas, debo de estar so√Īando, no estoy en Chile, no estoy en La Cisterna, mi padre no me ha tra√≠do a ninguna plaza y este huev√≥n calato no es Buba, el medio-punta africano reci√©n contratado por nuestro club.

Justo cuando acababa de pensar lo anterior el negro levant√≥ la mirada y me sonri√≥, dej√≥ el palito con el que estaba haciendo unos dibujos en la tierra amarilla (√©sa s√≠ una tierra completamente chilena) y de un salto se puso de pie y me tendi√≥ la mano. T√ļ eres Acevedo, dijo, me alegro de conocerte, flaco, eso dijo. Y yo pens√©: tal vez estamos de gira. ¬ŅPero de gira por d√≥nde? ¬ŅEst√°bamos haciendo una gira por Chile? Imposible. Y entonces nos dimos la mano y Buba me la estrech√≥ muy fuerte y no me la solt√≥, y mientras me estrechaba la mano yo mir√© el suelo y vi los dibujos en la tierra, garabatos no m√°s, qu√© otra cosa iba a ser, pero como que le encontr√© el hilo a la cuesti√≥n, no s√© si me explico, los garabatos ten√≠an sentido, es decir, no eran garabatos, eran otra cosa. Y entonces yo me quise agachar y ver los dibujos m√°s de cerca, pero la mano de Buba que estrechaba mi mano me lo impidi√≥, y cuando quise soltarme (ya no para ver los dibujos sino m√°s bien para alejarme de √©l, para tomar mis distancias, porque sent√≠ algo parecido al miedo) no pude hacerlo, la mano de Buba, su brazo, parec√≠an los de una estatua, una estatua reci√©n hecha, y mi mano hab√≠a quedado empotrada en ese material que por momentos parec√≠a barro y por momentos parec√≠a lava ardiente.

Creo que fue entonces cuando me despert√©. Sent√≠ ruidos en la cocina y luego pasos que iban desde el living hasta la otra habitaci√≥n y yo me despert√© con el brazo acalambrado (me hab√≠a quedado dormido en una mala postura, algo que por aquellos d√≠as, antes de salir de la lesi√≥n, me sol√≠a pasar) y me qued√© esperando, la puerta de mi dormitorio estaba abierta, as√≠ que √©l ten√≠a que haberme visto, pero por m√°s que esper√© Buba no apareci√≥ en el umbral. Sent√≠ sus pasos, carraspe√©, tos√≠, me levant√©, o√≠ que alguien abr√≠a la puerta de la calle y luego, casi sin hacer ruido, la volv√≠a a cerrar. El resto del d√≠a lo pas√© solo, sentado delante de la tele, cada vez m√°s nervioso. Revis√© (yo no soy curioso, pero no pude evitarlo) su cuarto: en los cajones del closet hab√≠a puesto la ropa, ropa deportiva y algo de ropa de vestir y algunos trajes africanos que a m√≠ me parecieron como disfraces pero que en el fondo eran bonitos. En el ba√Īo estaban sus √ļtiles de aseo, una navaja (yo me afeito con maquinas desechables y hac√≠a tiempo que no ve√≠a una navaja), una loci√≥n, un perfume ingl√©s o comprado en Inglaterra, en la tina una esponja de color tierra, muy grande.

A las nueve de la noche apareci√≥ Buba en nuestra nueva casa. A m√≠ me dol√≠an los ojos de tanto ver la tele y √©l, seg√ļn me dijo, ven√≠a de una sesi√≥n con la prensa deportiva de la ciudad. Al principio nos cost√≥ un poco hacernos amigos, aunque a veces, cuando me detengo a reflexionar, llego a la amarga conclusi√≥n de que amigos, lo que se dice amigos, no lo fuimos nunca. Pero otras veces, ahora mismo sin ir m√°s lejos, creo que s√≠, que fuimos bastante amigos y que, en todo caso, si Buba tuvo un amigo en el club, √©se fui yo.

Nuestra vida en com√ļn, por lo dem√°s, no fue dif√≠cil. Dos veces a la semana ven√≠a una se√Īora a hacernos la limpieza del departamento y el resto del tiempo cada uno limpiaba lo que ensuciaba, lavaba sus propios platos, hac√≠a su cama, en fin, lo de siempre. Por las noches a veces yo me iba por ah√≠ con Herrera, un muchacho de la cantera que hab√≠a subido al primer equipo y que termin√≥ siendo titular indiscutible de la selecci√≥n espa√Īola, y a veces se nos un√≠a Buba, pero pocas porque a Buba no le gustaba la vida nocturna.

Cuando me quedaba en casa ve√≠a la tele y Buba se encerraba en su cuarto y se pon√≠a a escuchar m√ļsica. M√ļsica africana. Al principio las cintas de Buba no me resultaban nada agradables. La primera vez que las escuch√©, al segundo d√≠a de estar compartiendo el departamento, incluso me sobresaltaron. Yo estaba viendo un documental sobre el Amazonas, haciendo tiempo para la hora en que iba a empezar una pel√≠cula del Van Damme, cuando de repente sent√≠ como si en la habitaci√≥n de Buba estuvieran matando a alguien. P√≥nganse en mi lugar. La situaci√≥n era extraordinaria, capaz de alterarle los nervios al m√°s valiente. ¬ŅQu√© hice? Pues me levant√©, estaba de espaldas a la puerta de Buba, y me puse en guardia, claro, hasta que comprend√≠ que aquello era una cinta, que los gritos proven√≠an del radiocassette. Despu√©s los ruidos se apagaron, s√≥lo se o√≠a algo as√≠ como un tambor, y luego los gemidos de una persona, el llanto de una persona, que poco a poco fue subiendo de volumen. Hasta ah√≠ aguant√©. Recuerdo que me acerqu√© a la puerta, que llam√© con los nudillos y que nadie me respondi√≥. En ese momento pens√© que las l√°grimas y los gemidos eran de Buba y no de la cinta. Pero entonces o√≠ la voz de Buba que me preguntaba qu√© quer√≠a y no supe qu√© contestarle. Todo resultaba bastante embarazoso. Le dije que bajara el volumen. Se lo dije con una voz que trat√© con toda mi voluntad de que me saliera normal. Durante un rato Buba se mantuvo en silencio. Despu√©s la m√ļsica (en realidad: el sonido de los tambores, tal vez una especie de flauta tambi√©n) se apag√≥ y la voz de Buba dijo que se iba a dormir. Buenas noches, dije yo y volv√≠ al sill√≥n pero durante un rato estuve viendo el documental sobre los indios del Amazonas sin sonido.

El resto, la cotidianidad, como se suele decir, era apacible. Buba acababa de llegar y a√ļn no hab√≠a jugado ni un partido como titular. El club, en aquel tiempo, ten√≠a un super√°vit de jugadores que para qu√© les voy a contar. Estaba Antoine Garc√≠a, el libero franc√©s, estaba Del√©ve, el delantero belga, Neuhuys, el defensa central holand√©s, Jovanovic, delantero yugoslavo, el argentino Percutti y el uruguayo Buzatti, mediocampistas, adem√°s de los espa√Īoles, entre los que ten√≠amos a cuatro jugadores de la selecci√≥n nacional. Pero las cosas nos iban mal y despu√©s de diez jornadas desastrosas est√°bamos a mitad de la tabla, m√°s bien tirando para abajo que para arriba. La verdad, a Buba no s√© por qu√© lo ficharon. Supongo que lo hicieron para acallar las cr√≠ticas cada vez m√°s acervas de nuestros propios aficionados, pero al menos en teor√≠a fue una cagada completa. Lo que todo el mundo esperaba era un fichaje de urgencia para cubrir mi lugar, es decir lo que todo el mundo esperaba era que ficharan a un extremo, no a un mediocampista porque en esa posici√≥n ya estaba Percutti, pero los directivos suelen ser bastante imb√©ciles en todas partes y cogieron lo primero que tuvieron a mano y entonces apareci√≥ Buba. Muchos pensaron que el plan era hacerlo jugar un tiempo con el segundo equipo, un segundo equipo que por aquellas fechas estaba hundido en la Segunda Divisi√≥n B, pero el representante de Buba dijo que de eso nada, que el contrato era bien claro al respecto: o Buba jugaba con el primer equipo o no jugaba. As√≠ que all√≠ est√°bamos los dos, en nuestro departamento cerca del campo de entrenamiento, √©l calentando banquillo todos los domingos y yo reponi√©ndome de mi lesi√≥n y sumido en una melancol√≠a que para qu√© les cuento. Y los dos √©ramos los m√°s j√≥venes, como ya les he dicho, y si no lo he dicho lo digo ahora, aunque sobre eso tambi√©n se especul√≥ un rato. Yo entonces ten√≠a veintid√≥s a√Īos y eso estaba claro. De Buba dec√≠an que ten√≠a diecinueve, aunque m√°s bien parec√≠a tener cumplidos los veintinueve, y por descontado no falt√≥ el periodista gracioso que dijo que nuestros directivos hab√≠an sido enga√Īados, que en el pa√≠s de Buba los certificados de nacimiento eran a la carta, que en realidad Buba no s√≥lo parec√≠a tener m√°s edad sino que, en efecto, la ten√≠a, y que en resumidas cuentas el fichaje hab√≠a sido un timo.

La verdad es que yo no sab√≠a a qu√© carta quedarme. En el d√≠a a d√≠a, por lo dem√°s, vivir con Buba no era nada pesado. A veces, por las noches, se encerraba en su dormitorio y pon√≠a su m√ļsica de gritos y de gemidos, pero uno a todo se acostumbra. A m√≠ tambi√©n me gustaba ver la tele con el sonido muy alto, hasta altas horas de la madrugada, y Buba, que yo sepa, nunca se quej√≥ por eso. Al principio la comunicaci√≥n no era muy fluida, por cuestiones de idioma, y m√°s bien nos comunic√°bamos con gestos. Pero luego Buba aprendi√≥ algo de castellano y algunas ma√Īanas, mientras desayun√°bamos, incluso hasta habl√°bamos de pel√≠culas, que siempre ha sido uno de mis temas favoritos, aunque la verdad es que Buba no era muy conversador y tampoco le interesaba demasiado el cine. En realidad, ahora que lo pienso, Buba era bastante callado. Y no es que fuera t√≠mido ni que temiera meter la pata, Herrera, que sab√≠a hablar ingl√©s, una vez me dijo que lo que le pasaba era que no ten√≠a nada que decir. El loco Herrera. Qu√© simp√°tico que era Herrera. Y un buen amigo, adem√°s. Cu√°ntas noches salimos todos juntos. Herrera, Pepito Vila, que tambi√©n era canterano, Buba y yo. Pero Buba siempre en silencio, mir√°ndolo todo como si estuviera y no estuviera, y aunque a veces Herrera lo cog√≠a por su cuenta y se largaba a hablar en ingl√©s con √©l, un ingl√©s fluido el de Herrera, el negro siempre se iba por las ramas, como si le diera pereza explicar cosas de su infancia y de su patria, menos a√ļn de su familia, al grado de que Herrera estaba convencido de que a Buba algo malo le ten√≠a que haber ocurrido cuando era ni√Īo, por su reiterada negativa a referir el m√°s m√≠nimo detalle √≠ntimo, como si hubieran arrasado su aldea, dec√≠a Herrera, que era y es de izquierdas, como si hubiera presenciado en vivo y en directo la muerte de sus padres y hermanos y pretendiera borrar de su cabeza todos esos a√Īos, algo bastante l√≥gico si las presunciones de Herrera hubieran sido ciertas, pero en realidad, y eso yo siempre lo supe, lo intu√≠, Herrera se equivocaba, Buba hablaba poco porque √©l era as√≠, y eso era lo que importaba, m√°s all√° de una infancia o adolescencia atroz o agradable: la vida de Buba estaba rodeada de misterio porque Buba era as√≠, eso era todo.

En todo caso lo √ļnico cierto es que por aquellas fechas el equipo estaba mal y Herrera y Buba parec√≠an condenados a calentar banquillo hasta el final de la temporada, y yo estaba lesionado y cualquier equipo de provincias era capaz de ganarnos en nuestro propio campo. Fue entonces, cuando peor √≠bamos, cuando nada parec√≠a capaz de empeorar el hundimiento del club, cuando se lesion√≥ Percutti y el m√≠ster no tuvo m√°s remedio que alinear a Buba. Lo recuerdo como si fuera ayer. Ten√≠amos que jugar un s√°bado y en el entrenamiento del jueves, en un choque fortuito con Palau, un defensa central, Percutti se jodi√≥ la rodilla. As√≠ que nuestro entrenador puso a Buba en su lugar en el entrenamiento del viernes y para Herrera y para m√≠ qued√≥ claro que saldr√≠a de titular el s√°bado.

Cuando se lo dijimos, por la tarde, en el hotel en donde nos habían concentrado (pues aunque jugábamos en casa y con un rival en teoría débil el club había decidido que cada partido era de importancia vital), Buba nos miró como si nos calibrara por primera vez y luego se encerró en el lavabo con una excusa cualquiera. Durante un rato Herrera y yo estuvimos viendo la tele y decidiendo a qué hora nos pensábamos arrimar a la timba que Buzatti había montado en su cuarto. Con Buba, por supuesto, no contábamos.

Al poco o√≠mos una m√ļsica salvaje que sal√≠a del lavabo. A Herrera ya le hab√≠a contado de los gustos musicales de Buba, de las veces que se encerraba en nuestro departamento con su radiocassette infernal, pero √©l nunca lo hab√≠a escuchado en directo. Durante un rato permanecimos atentos a los gemidos y a los tambores, despu√©s Herrera, que francamente era un muchacho culto, dijo que aquello era de un tal Mango no s√© cu√°nto, un m√ļsico de Sierra Leona o Liberia, uno de los mayores exponentes de la m√ļsica √©tnica, y nos desentendimos del asunto. Entonces la puerta se abri√≥ y Buba sali√≥ del ba√Īo, se sent√≥ a nuestro lado, en silencio, como si a √©l tambi√©n le interesara la tele, y yo le not√© un olor un poco raro, un olor a sudor, pero que no era sudor, un olor a rancio pero que tampoco resultaba ser un olor a rancio. Ol√≠a a humedad, a setas y a hongos. Ol√≠a raro. Yo, lo confieso, me puse nervioso y s√© que Herrera tambi√©n se puso nervioso, los dos est√°bamos nerviosos, los dos ten√≠amos ganas de irnos de all√≠, de salir corriendo hacia la habitaci√≥n de Buzatti, en donde seguro √≠bamos a encontrar a unos seis o siete compa√Īeros jugando a las cartas, al p√≥quer descubierto o al once, un juego civilizado. Pero lo cierto es que ninguno de los dos nos movimos, como si el olor y la presencia de Buba a nuestro lado nos hubiera dejado sin √°nimo para nada. No era miedo. No ten√≠a nada que ver con el miedo. Era algo mucho m√°s r√°pido. Como si el aire que nos rodeaba se hubiera condensado y nosotros nos hubi√©ramos licuado. Bueno, eso fue al menos lo que yo sent√≠. Y luego Buba se puso a hablar y nos dijo que necesitaba sangre. La sangre de Herrera y la m√≠a.

Creo que Herrera se ri√≥, no mucho, s√≥lo un poquito. Y luego alguien apag√≥ la televisi√≥n, no recuerdo qui√©n, tal vez Herrera, tal vez yo. Y Buba dijo que lo pod√≠a conseguir, que s√≥lo necesitaba las gotas de sangre y nuestro silencio. ¬ŅQu√© es lo que puedes conseguir?, dijo Herrera. El partido, dije yo. No s√© c√≥mo lo supe, pero lo cierto es que lo supe desde el primer momento. El partido, s√≠, dijo Buba. Y entonces Herrera y yo nos re√≠mos y tal vez nos miramos, Herrera estaba sentado en un sill√≥n y yo a los pies de mi cama y Buba esperaba sentado humildemente en la cabecera de su cama. Creo que Herrera hizo unas preguntas. Yo tambi√©n hice una pregunta. Buba respondi√≥ con cifras. Levant√≥ su mano izquierda y nos mostr√≥ tres dedos, el medio, el anular y el me√Īique. Dijo que no perd√≠amos nada con probar. El pulgar y el √≠ndice los ten√≠a cruzados, como si formaran un lazo o una horca en donde un animal diminuto se asfixiaba. Predijo que Herrera iba a jugar. Habl√≥ de responsabilidad con los colores de la camiseta y tambi√©n habl√≥ de oportunidad. Su castellano segu√≠a siendo deficiente.

Lo siguiente que recuerdo es que Buba volvi√≥ a entrar en el lavabo y que cuando sali√≥ llevaba un vaso y su navaja de afeitar. No nos vamos a pinchar con eso, dijo Herrera. La navaja es buena, dijo Buba. Con tu navaja no, dijo Herrera. ¬ŅPor qu√© no?, dijo Buba. Porque no nos sale de los cojones, dijo Herrera. ¬ŅO no? Me miraba a m√≠. No, dije yo. Yo me pincho con mi propia m√°quina de afeitar. Recuerdo que cuando me levant√© para ir al ba√Īo las piernas me temblaban. No encontr√© mi maquinilla, probablemente la hab√≠a olvidado en el departamento, as√≠ que cog√≠ la que el hotel pon√≠a a disposici√≥n de los clientes. Herrera a√ļn no hab√≠a vuelto y Buba parec√≠a dormido, sentado en la cabecera de su cama, aunque cuando cerr√© la puerta levant√≥ la cabeza y me mir√≥ sin decir nada. Permanecimos en silencio hasta que alguien llam√≥ a la puerta. Fui a abrir. Era Herrera. Nos sentamos los dos en mi cama. Buba se sent√≥ enfrente, en la suya, y sostuvo el vaso en medio de las dos camas. Luego, con un gesto r√°pido, levant√≥ uno de los dedos de la mano que sosten√≠a el vaso y se hizo un corte limpio. Ahora t√ļ, le dijo a Herrera, que cumpli√≥ el trance armado con un peque√Īo alfiler de corbata, el √ļnico objeto punzocortante que hab√≠a encontrado. Despu√©s me toc√≥ mi turno. Cuando quisimos ir al ba√Īo a lavarnos las manos Buba se nos adelant√≥. D√©jame entrar, Buba, le grit√© a trav√©s de la puerta. Por √ļnica respuesta o√≠mos otra vez la m√ļsica que unos minutos antes Herrera hab√≠a calificado de manera un tanto apresurada (o eso me parec√≠a ahora) como m√ļsica √©tnica.

Esa noche tard√© en irme a dormir. Estuve un rato en la habitaci√≥n de Buzatti y luego me fui al bar del hotel, en donde ya no quedaba ning√ļn jugador despierto. Ped√≠ un whisky y me lo tom√© en una mesa desde la que se apreciaban con nitidez las luces de Barcelona. Al cabo de un rato sent√≠ que alguien se sentaba a mi lado. Me sobresalt√©. Era el entrenador, que tampoco pod√≠a dormir. Me pregunt√≥ qu√© hac√≠a despierto a esas horas. Le dije que estaba nervioso. Pero si t√ļ ma√Īana no juegas, Acevedo, dijo √©l. Peor todav√≠a, dije yo. El entrenador mir√≥ la ciudad, asintiendo, y se frot√≥ las manos. ¬ŅQu√© est√°s bebiendo?, pregunt√≥. Lo mismo que usted, dije. Ah, vaya, dijo √©l, eso es bueno para los nervios. Despu√©s el entrenador se puso a hablar de su hijo y de su familia, que viv√≠an en Inglaterra, pero sobre todo de su hijo, y luego los dos nos levantamos y dejamos nuestros vasos vac√≠os en la barra. Al entrar en mi habitaci√≥n Buba dorm√≠a pl√°cidamente en su cama. Normalmente no hubiera encendido la luz, pero esta vez lo hice. Buba ni se movi√≥. Fui al lavabo: todo estaba en orden. Me puse el pijama y me acost√© y apagu√© la luz. Durante unos minutos estuve escuchando la respiraci√≥n acompasada de Buba. No recuerdo en qu√© momento me qued√© dormido.

Al día siguiente ganamos por tres a cero. El primer gol lo marcó Herrera. Era el primero que marcaba aquella temporada. Los otros dos los hizo Buba. La prensa deportiva, un poco reticente, hablaba de cambio sustancial en nuestro juego y destacaba el gran partido realizado por Buba. Yo vi el partido. Yo sé lo que realmente ocurrió. En realidad, Buba no jugó bien. El que jugó bien fue Herrera y Deléve y Buzatti. La línea medular del equipo. En realidad, Buba estuvo como ausente durante buena parte del partido. Pero marcó dos goles y eso era suficiente.

Ahora tal vez deber√≠a decir algo acerca de los goles. El primero (que fue el segundo del encuentro) se produjo tras un c√≥rner que sirvi√≥ Palau. Buba, en medio del barullo, meti√≥ la pierna y marc√≥. El segundo fue extra√Īo: el equipo rival ya hab√≠a aceptado la derrota, corr√≠a el minuto 85, todos los jugadores estaban cansados, los nuestros probablemente m√°s, el tono del partido era francamente conservador, y entonces alguien le pas√≥ la pelota a Buba, con la esperanza, digo yo, de que la devolviese o la retrasara, pero Buba corri√≥ por su batida, r√°pido, mucho m√°s r√°pido de lo que hab√≠a estado en el resto del partido, se acerc√≥ a unos cuatro metros del √°rea grande y cuando todos esperaban que centrara solt√≥ un tiro que sorprendi√≥ a los dos defensas que ten√≠a delante y al arquero, un tiro con un chanfle como yo no hab√≠a visto nunca, un disparo endemoniado propio s√≥lo de los jugadores brasile√Īos, que se col√≥ por la escuadra derecha de la porter√≠a contraria y que puso a todos los espectadores de pie.

Esa noche, despu√©s de celebrar la victoria, habl√© con √©l. Le pregunt√© por la magia, por el hechizo, por la sangre en el vaso. Buba me mir√≥ y se puso serio. Acerca tu oreja, dijo. Est√°bamos en una discoteca y apenas nos o√≠amos. Buba me susurr√≥ unas palabras que al principio no entend√≠. Probablemente yo ya estaba borracho. Luego alej√≥ su boca de mi oreja y me sonri√≥. T√ļ pronto podr√°s marcar goles mejores, dijo. De acuerdo, perfecto, dije yo.

A partir de entonces todo se encarriló. El siguiente partido lo ganamos cuatro a dos, y eso que jugábamos en campo contrario. Herrera marcó un gol de cabeza, Deléve uno de penalti, y Buba marcó los otros dos, que fueron rarísimos, o eso me pareció a mí, que conocía la historia y que antes del viaje, al que no fui, participé junto con Herrera en la ceremonia de los dedos cortados y del vaso y de la sangre.

Tres semanas despu√©s me convocaron y reaparec√≠ en la segunda parte, en el minuto 75. Jug√°bamos en casa del l√≠der y ganamos uno a cero. El gol lo marqu√© yo en el minuto 88. El pase me lo dio Buba o eso fue lo que pens√≥ todo el mundo, aunque yo tengo algunas dudas. S√≥lo s√© que Buba se escap√≥ por la banda derecha y yo ech√© a correr por la izquierda. Hab√≠a cuatro defensas, uno detr√°s de Buba, dos en el medio y uno a unos tres metros de donde corr√≠a yo. Entonces ocurri√≥ algo que a√ļn no s√© explicarme. Los defensas centrales parecieron clavarse en sus posiciones. Yo segu√≠ corriendo con el lateral derecho de ellos pegado a mis talones. Buba se acerc√≥ al √°rea con el lateral izquierdo que tampoco se le despegaba. Entonces hizo una finta y centr√≥. Y yo me met√≠ en el √°rea sin ninguna posibilidad de darle a la pelota, pero entre que los centrales estaban como despistados o como repentinamente mareados y el efecto rar√≠simo que cogi√≥ el bal√≥n, lo cierto es que milagrosamente me vi dentro del √°rea, con la pelota controlada y el portero de ellos que sal√≠a y el lateral derecho pegado a mi hombro izquierdo sin saber si hacerme una falta o no, y entonces simplemente chut√© y marqu√© el gol y ganamos.

El domingo siguiente fui titular indiscutible. Y a partir de entonces empec√© a marcar m√°s goles que nunca en mi vida. Y Herrera tambi√©n tuvo una racha goleadora. Y todo el mundo adoraba a Buba. Y tambi√©n nos adoraban a Herrera y a m√≠. De la noche a la ma√Īana nos convertimos en los reyes de la ciudad. Todo nos sonre√≠a. El club inici√≥ una ascensi√≥n imparable. Gan√°bamos y gust√°bamos.

Y nuestro rito de la sangre sigui√≥ repiti√©ndose indefectiblemente antes de cada partido. De hecho, a partir de la primera vez, Herrera y yo nos compramos navajas de afeitar parecidas a la que ten√≠a Buba y cada vez que √≠bamos a jugar fuera lo primero que met√≠amos en nuestro equipaje eran las navajas, y cuando jug√°bamos en casa nos reun√≠amos la noche anterior en nuestro departamento (porque ya no nos concentraban en los partidos como locales) y realiz√°bamos la sesi√≥n y Buba recog√≠a su sangre y la nuestra en un vaso y luego se encerraba en el ba√Īo y mientras escuch√°bamos la m√ļsica que sal√≠a de all√≠ Herrera se pon√≠a a hablar de libros o de obras de teatro que hab√≠a visto y yo me quedaba callado y asent√≠a a todo, hasta que Buba reaparec√≠a y nosotros lo mir√°bamos como pregunt√°ndole si todo estaba en orden y Buba entonces nos sonre√≠a y se met√≠a en la cocina a buscar el estropajo y el cubo de agua y volv√≠a luego al ba√Īo, en donde se estaba por lo menos un cuarto de hora arregl√°ndolo todo, y cuando nosotros entr√°bamos en el ba√Īo todo estaba igual que antes, y a veces, cuando me iba con Herrera a una discoteca y Buba no ven√≠a (porque a Buba no le gustaban demasiado las discotecas), Herrera se pon√≠a a hablar conmigo y me preguntaba qu√© cre√≠a yo que hac√≠a Buba con nuestra sangre en el ba√Īo, porque lo cierto es que cuando Buba desocupaba el ba√Īo ya no hab√≠a rastros de sangre por ning√ļn lado, el vaso que la hab√≠a contenido estaba reluciente, el suelo limpio, vaya, el ba√Īo parec√≠a como cuando ven√≠a la se√Īora a hacernos la limpieza, y yo le dec√≠a a Herrera que no sab√≠a, que no ten√≠a idea de lo que hac√≠a Buba cuando se encerraba all√≠, y Herrera me miraba y dec√≠a: si yo viviera con √©l me dar√≠a miedo, y yo miraba a Herrera como dici√©ndole: ¬Ņlo dices en serio o est√°s de broma?, y Herrera dec√≠a: estoy de guasa, Buba es nuestro amigo, gracias a √©l ahora estoy en la selecci√≥n, gracias a √©l nuestro club va a ser campe√≥n, gracias a √©l la gloria nos sonr√≠e, y eso era verdad.

Por lo dem√°s, yo nunca le tuve miedo a Buba. A veces, mientras ve√≠amos la tele en nuestro departamento antes de irnos a dormir, me lo quedaba mirando con el rabillo del ojo y pensaba en lo extra√Īo que era todo. Pero no pensaba mucho rato en esto. El f√ļtbol es extra√Īo.

Finalmente aquel a√Īo que empezamos tan mal fuimos campeones de Liga y paseamos por el centro de Barcelona entre una multitud enfervorecida y hablamos desde el balc√≥n del ayuntamiento a otra multitud enfervorecida que coreaba nuestros nombres y ofrecimos el t√≠tulo a la Virgen de Montserrat, del monasterio de Montserrat, una virgen negra como Buba, esto parece mentira pero es verdad, y dimos entrevistas hasta que ya no pudimos hablar. Las vacaciones las pas√© en Chile. Buba se fue a √Āfrica. Herrera se march√≥ al Caribe con su novia.

Nos reencontramos en la pretemporada, en un centro deportivo del este de Holanda, cerca de una ciudad fea y gris que me hizo tener los peores presentimientos.

Todos estaban allí, menos Buba. No sé qué problema había tenido en su país de origen. Herrera parecía agotado aunque exhibía un bronceado de deportista de élite. Me dijo que había pensado en casarse. Yo le expliqué mis vacaciones en Chile, pero, como ustedes saben, cuando en Europa es verano en Chile es invierno, así que mis vacaciones no habían sido muy lucidas. La familia estaba bien. Poco más. La tardanza de Buba nos intranquilizó. No queríamos reconocerlo, pero estábamos intranquilos. De repente sentimos, tanto Herrera como yo, que sin él estábamos perdidos. Por el contrario, nuestro entrenador contribuyó a quitarle hierro a la impuntualidad de Buba.

Una ma√Īana, despu√©s de un vuelo que hizo escalas en Roma y Frankfurt, el negro se reintegr√≥ en el equipo. Los partidos de pretemporada, sin embargo, fueron p√©simos. Nos gan√≥ un equipo de la Tercera Divisi√≥n holandesa. Empatamos con el equipo de aficionados de la ciudad donde resid√≠amos. Ni Herrera ni yo nos atrev√≠amos a pedirle a Buba el rito de la sangre, aunque nuestras navajas estaban listas.

De hecho, y esto tard√© en comprenderlo, parec√≠a como si tuvi√©ramos miedo de pedirle a Buba un poco de su magia. Por supuesto, segu√≠amos siendo amigos y en alguna ocasi√≥n fuimos juntos a una discoteca holandesa, pero de sangre no habl√°bamos sino de los chismes que circulan en pretemporada, los jugadores que cambiaban de equipo, los nuevos fichajes, la Liga de Campeones que √≠bamos a jugar ese a√Īo, los contratos que se acababan o que ten√≠an que ser mejorados. Tambi√©n habl√°bamos de pel√≠culas y de las vacaciones que ya hab√≠an terminado y Herrera, s√≥lo Herrera, hablaba de libros, entre otras cosas porque era el √ļnico que le√≠a.

Despu√©s volvimos a la ciudad y yo volv√≠ a encontrarme solo con Buba y con nuestra cotidianidad en aquel departamento enfrente de los campos de entrenamiento, y luego empez√≥ la Liga, el primer partido, y la noche antes apareci√≥ Herrera por nuestra casa y encar√≥ la situaci√≥n. Le dijo a Buba que qu√© pasaba. ¬ŅNo iba a haber magia ese a√Īo? Y Buba sonri√≥ y dijo que no era magia. Y Herrera dijo qu√© co√Īo es entonces. Y Buba se encogi√≥ de hombros y dijo que era algo que s√≥lo √©l entend√≠a. Y luego hizo un gesto como quit√°ndole importancia al asunto. Y Herrera dijo que √©l quer√≠a m√°s, que √©l cre√≠a en Buba, fuera lo que fuera lo que este hac√≠a. Y Buba dijo que estaba cansado y cuando dijo eso yo lo mir√© a la cara y no me pareci√≥ en modo alguno un tipo de diecinueve o veinte a√Īos sino un jugador de m√°s de treinta que ya le ha exigido demasiado a su cuerpo. Y Herrera, contra lo que yo esperaba, acept√≥ las palabras de Buba con una actitud admirable. Dijo: pues no se hable m√°s del asunto, os invito a cenar. As√≠ era Herrera. Buen tipo.

De tal manera que salimos a cenar a uno de los mejores restaurantes de la ciudad, y un fot√≥grafo de prensa que hab√≠a all√≠ nos hizo una foto, es esa que tengo colgada en el comedor, con Herrera y Buba y yo sonriendo, bien vestidos, delante de una mesa exquisita, si me permiten la expresi√≥n (pero es que otra no hay), dispuestos a comernos el mundo aunque en nuestro fuero interno ten√≠amos bastantes dudas (sobre todo Herrera y yo) de que efectivamente fu√©ramos a comernos nada. Y mientras estuvimos all√≠ no se dijo nada de magia ni de sangre: hablamos de pel√≠culas, de viajes, pero no de viajes de trabajo sino de viajes de placer, y de poco m√°s. Y cuando salimos del restaurante, no sin antes haberle firmado aut√≥grafos a los camareros y al cocinero y a los pinches de cocina, nos pusimos a caminar durante un rato por las calles vac√≠as de la ciudad, esa ciudad tan bonita, la ciudad de la sensatez y del sentido com√ļn como la llamaban algunos exaltados, pero que tambi√©n era la ciudad del resplandor en donde uno se sent√≠a bien consigo mismo, y que para m√≠ ahora es la ciudad de mi juventud, bueno, como dec√≠a, nos pusimos a caminar por las calles de Barcelona, porque un deportista sabe que despu√©s de una cena copiosa lo mejor es estirar las piernas, y entonces, cuando ya llev√°bamos un rato dando vueltas y viendo los edificios iluminados (obra de grandes arquitectos que Herrera nombraba como si los hubiera conocido personalmente), Buba dijo con una sonrisa m√°s bien triste que si quer√≠amos pod√≠amos volver a repetir la experiencia del a√Īo pasado.

√Čsa fue la palabra que emple√≥. Experiencia. Herrera y yo nos quedamos callados. Luego volvimos al parking, nos subimos a mi coche y enfilamos hasta nuestro departamento sin decir una sola palabra. Yo me hice el corte con mi navaja. Herrera emple√≥ un cuchillo de la cocina. Cuando Buba sali√≥ del ba√Īo nos mir√≥ y por primera vez, mientras iba a buscar el estropajo y el cubo de agua a la cocina, no dej√≥ la puerta cerrada. Recuerdo que Herrera se levant√≥ pero acto seguido volvi√≥ a sentarse. Luego Buba se encerr√≥ en el ba√Īo y cuando sali√≥ todo estaba como antes. Yo propuse celebrarlo tom√°ndonos un √ļltimo whisky. Herrera acept√≥. Buba dijo que no con la cabeza. Ninguno ten√≠a ganas de hablar, supongo, porque el √ļnico que dijo algo fue Buba. Dijo: esto no es necesario, ya somos ricos. Eso fue todo. Despu√©s Herrera y yo nos bebimos nuestros whiskys de un solo trago y nos fuimos todos a dormir.

Al d√≠a siguiente empezamos la Liga ganando seis a cero. Buba marc√≥ tres goles, Herrera uno, yo dos. Fue una temporada gloriosa, a m√≠ me parece mentira que la gente se acuerde, porque ya ha pasado mucho tiempo, pero si lo pienso bien, si hago funcionar la memoria, me resulta l√≥gico (perdonen la vanidad) que todav√≠a no haya ca√≠do en el olvido la segunda y √ļltima temporada que jugu√© con Buba en Europa. Ustedes vieron los partidos por televisi√≥n. Si hubieran vivido en Barcelona se vuelven locos. Ganamos la Liga con m√°s de quince puntos de ventaja y fuimos campeones de Europa sin haber perdido ni un solo partido, s√≥lo el Mil√°n nos empat√≥ en San Sir√≥ y el Bayern sac√≥ el otro empate en su casa. El resto, puras victorias.

Buba se convirti√≥ en la estrella del momento, goleador en la Liga espa√Īola y en la Liga de Campeones, su cotizaci√≥n subi√≥ por encima de las nubes. A mitad de temporada su agente intent√≥ renegociar la ficha a m√°s del triple de su monto anual y el club se vio obligado a venderlo a la Juve a principios de la pretemporada siguiente. Herrera tambi√©n se convirti√≥ en un jugador ambicionado por muchos clubes, pero como era canterano, es decir casi se hab√≠a criado en las categor√≠as inferiores de nuestro club, no quiso irse, aunque a m√≠ me consta que tuvo ofertas del Manchester, en donde hubiera ganado m√°s. A m√≠ tambi√©n me llovieron las ofertas, pero despu√©s de dejar marchar a Buba el club no pod√≠a darse el lujo de desprenderse de m√≠ y me arreglaron la ficha y me qued√©.

Para entonces ya hab√≠a conocido a una catalana, que no tardar√≠a en ser mi esposa, y yo creo que esto influy√≥ en mi decisi√≥n de no marcharme. No me arrepiento de haberlo hecho. Aquella temporada volvimos a ser campeones de la Liga espa√Īola, pero en la Liga de Campeones nos enfrentamos en semifinales con el equipo de Buba y fuimos eliminados. En Italia nos metieron tres a cero y uno de los goles lo marc√≥ Buba, uno de los goles m√°s bonitos que he visto en mi vida, un gol de falta, o de tiro libre para ustedes, muchachos, desde una distancia de m√°s de veinte metros, lo que los brasile√Īos llaman una hoja muerta, una hoja de oto√Īo, una pelota que parece que va a salir y que de repente cae como una hoja muerta, algo que dicen que sab√≠a hacer Did√≠, algo que yo nunca le hab√≠a visto hacer a Buba, y recuerdo que despu√©s del gol Herrera me mir√≥, yo estaba en la barrera y Herrera estaba detr√°s marcando a un italiano, y cuando nuestro arquero iba a buscar la pelota al fondo de la porter√≠a Herrera me mir√≥ y se sonri√≥ como diciendo vaya vaya, y yo tambi√©n me sonre√≠. Fue el primer gol de los italianos y a partir de ah√≠ Buba se eclips√≥. Lo sacaron en el minuto 50. Antes de dejar la cancha nos abraz√≥ a Herrera y a m√≠. Cuando acab√≥ el partido estuvimos un rato con √©l en los t√ļneles de vestuario.

En el partido de vuelta, en nuestro campo, los italianos nos empataron a cero. Fue uno de los partidos m√°s raros que he jugado en mi vida. Todo pareci√≥ transcurrir como a c√°mara lenta y al final los italianos nos eliminaron. Pero en l√≠neas generales fue una temporada como para no olvidar. Volvimos a ganar la Liga, a Herrera y a m√≠ nos convocaron para jugar el Mundial con nuestras respectivas selecciones, las noticias que ten√≠amos de Buba eran magn√≠ficas. √Čl tambi√©n gan√≥ la Liga italiana (el famoso scudetto) y la Liga de Campeones por segundo a√Īo consecutivo. Era el jugador del momento. A veces lo llam√°bamos por tel√©fono y habl√°bamos durante un rato de banalidades. Poco antes de que nos march√°ramos a unas vacaciones que iban a ser m√°s cortas de lo usual (aquel a√Īo los internacionales nos concentramos para el Mundial casi sin tiempo para nada), la noticia sali√≥ en la primera p√°gina de los peri√≥dicos deportivos: Buba hab√≠a muerto en un accidente automovil√≠stico camino del aeropuerto de Tur√≠n.

Nos quedamos helados. Poco m√°s es lo que puedo decir. Con la mano en el pecho: nos quedamos helados y ya est√°. El Mundial fue asqueroso. A Chile la eliminaron en octavos, pero no ganamos ni un solo partido. Espa√Īa ni siquiera pas√≥ a octavos, aunque ellos s√≠ que ganaron un partido. Mi actuaci√≥n, ustedes se acordar√°n, fue funesta. As√≠ que mejor no hablar. ¬ŅEl pa√≠s de Buba? No, ellos fueron eliminados en la fase previa por Camer√ļn o Nigeria, no me acuerdo. Buba no hubiera podido ir al Mundial ni vivo ni muerto. Como jugador, quiero decir.

Luego pas√≥ el tiempo y vinieron otras ligas y otros mundiales y otros amigos. En Barcelona permanec√≠ a√ļn seis a√Īos. En Espa√Īa, diez. Por supuesto que todav√≠a alcanc√© a vivir muchas noches de gloria, pero nada es comparable. Me retir√© del f√ļtbol jugando en el Colo-Colo, pero ya no de extremo izquierdo, la vida de un extremo izquierdo es corta, sino de mediocampista. Luego me dediqu√© a mi tienda de deportes. Hubiera podido ser entrenador, hice el curso, pero la verdad es que ya estaba harto. Herrera todav√≠a jug√≥ un par de a√Īos m√°s. Luego se retir√≥ en olor de multitudes. Fue internacional m√°s de cien veces (yo s√≥lo lo fui en cuarentaitr√©s ocasiones) y cuando dej√≥ el f√ļtbol la hinchada de Barcelona le tribut√≥ un homenaje como se han visto pocos. Ahora tiene no s√© cu√°ntas empresas en su ciudad y la vida, como es obvio, le va bien.

Durante muchos a√Īos estuvimos sin vernos. Hasta hace poco, que se hizo un programa de televisi√≥n, de esos m√°s bien nost√°lgicos, sobre el equipo que hab√≠a ganado por primera vez la Liga de Campeones. A m√≠ me lleg√≥ la invitaci√≥n y aunque ahora ya no me gusta viajar, acept√© porque era una ocasi√≥n para reunirse con los viejos amigos. La ciudad, qu√© otra cosa voy a decir, sigue igual de bonita. Nos alojaron en un hotel de primera y mi mujer al poco rato ya hab√≠a partido a ver a sus familiares y amistades. Yo prefer√≠ echarme en la cama y dormir un rato, pero la verdad es que al cabo de un cuarto de hora me di cuenta de que no iba a poder dormir.

Después me vino a buscar un muchacho de la productora y me llevó a los estudios de televisión. En la sala de maquillaje coincidí con Pepito Vila. Estaba completamente calvo y me costó reconocerlo. Después apareció Deléve y aquello fue el acabóse. Qué viejos estaban todos. La moral me subió un poco cuando, antes de entrar en el plato, vi a Herrera. A él sí que lo hubiera reconocido en cualquier parte. Nos dimos un abrazo y cruzamos unas pocas palabras, las suficientes como para que yo supiera que aquella noche, pasara lo que pasara, cenábamos juntos.

El programa fue largo y prolijo. Se habl√≥ de la Copa, de lo que hab√≠a significado para el club, de Buba, de aquel primer a√Īo de Buba en Europa, pero tambi√©n se habl√≥ de Buzatti y de Del√©ve, de Palau y Pepito Vila, de m√≠, y sobre todo de Herrera y de su larga carrera deportiva, un ejemplo para la juventud. √Čramos siete ex jugadores y tres periodistas y dos aficionados de relumbr√≥n, un actor de cine y una cantante brasile√Īa, que al final result√≥ ser la m√°s fan√°tica seguidora que yo haya visto jam√°s. Se llamaba Liza Do Elisa, no creo que fuera su nombre verdadero, pero lo cierto es que cuando el programa se acab√≥ (yo apenas dije cuatro tonter√≠as, sent√≠a un nudo en el est√≥mago) la Liza Do Elisa se vino a cenar con nosotros, con Herrera y conmigo y con Pepito Vila y con uno de los periodistas, no s√©, tal vez fuera amiga de este √ļltimo, el caso es que de pronto me encontr√© en un restaurante en penumbra cenando con toda esta gente y luego en una discoteca a√ļn m√°s oscura salvo la pista de baile en donde yo estaba bailando unas veces solo y otras veces con la Liza Do Elisa y finalmente, a las tantas de la ma√Īana, en un bar cerca del puerto, bebi√©ndome un carajillo en una mesa algo sucia en donde s√≥lo estaba Herrera y la cantante brasile√Īa.

No recuerdo qui√©n de los dos sac√≥ el tema. Tal vez la Liza Do Elisa estuviera hablando de magia, puede ser, tal vez Herrera quer√≠a hablar de eso y la provoc√≥, magia negra y magia blanca, dec√≠a la brasile√Īa, o eso cre√≠ entender, y luego se puso a contar historias, hechos reales que le hab√≠an sucedido en la infancia o durante su juventud, cuando tuvo que abrirse un camino en el mundo del espect√°culo. Recuerdo que la mir√© y pens√© que era una mujer de armas tomar: hablaba igual, con la misma energ√≠a y agresividad que durante el programa de televisi√≥n. Le hab√≠a costado subir y permanec√≠a en guardia, como si en cualquier momento la fueran a atacar. Era una mujer hermosa, de unos treintaicinco a√Īos, con una buena delantera. Se notaba que no hab√≠a tenido una vida f√°cil. Pero esto no le interesaba a Herrera, lo comprend√≠ en el acto. Herrera quer√≠a hablar de magia, de vud√ļ, de ritos candombl√©, de negros, en suma. Y la Liza Do Elisa no se hizo de rogar.

As√≠ que yo me acab√© el carajillo y aguant√© mecha y como el tema, sinceramente, me aburr√≠a un poco, ped√≠ un whisky y luego otro whisky y cuando ya empezaba a entrar la luz del d√≠a por las ventanas del bar Herrera dijo que √©l ten√≠a una historia parecida a las historias que le hab√≠a contado Liza Do Elisa y que se la iba a contar a ver qu√© le parec√≠a a ella. Y entonces yo cerr√© los ojos, como si tuviera sue√Īo, aunque no ten√≠a nada de sue√Īo, y escuch√© que Herrera contaba la historia de Buba y de √©l y m√≠a, pero sin decir que Buba era Buba ni √©l y yo nosotros sino unos jugadores franceses que hab√≠a conocido hac√≠a tiempo, y Liza Do Elisa se call√≥ (me parece que era la primera vez que callaba en toda la noche) hasta que Herrera lleg√≥ al final, a la muerte de Buba, y s√≥lo entonces Liza Do Elisa abri√≥ la boca y dijo que s√≠, que eso era posible, y Herrera pregunt√≥ por la sangre que los tres jugadores vert√≠an en el vaso y Liza Do Elisa dijo que aquello era parte de la ceremonia, y Herrera pregunt√≥ por la m√ļsica que sal√≠a del ba√Īo en donde se encerraba el negro y Liza Do Elisa dijo que aquello era parte de la ceremonia, y luego Herrera pregunt√≥ por el destino de la sangre que el negro se llevaba al ba√Īo y por el estropajo y el cubo de agua con lej√≠a y tambi√©n quiso saber qu√© cre√≠a Liza Do Elisa que hac√≠a en el ba√Īo, y a todas las preguntas la brasile√Īa respondi√≥ que aquello era parte de la ceremonia, hasta que Herrera se anduvo enojando y dijo que obviamente todo era parte de la ceremonia pero que √©l quer√≠a saber en qu√© consist√≠a la ceremonia. Y entonces Liza Do Elisa le dijo que a ella no le levantara la voz, mucho menos si quer√≠a follarla, textual, emple√≥ esas palabras, a lo que Herrera respondi√≥ con una risotada que me hizo recordar emocionado al Herrera de la Liga de Campeones y de las dos ligas que ganamos juntos, quiero decir, de las dos que ganamos con Buba y de las cinco que ganamos en total, y despu√©s de re√≠rse dijo que no era su intenci√≥n ofenderla (la Liza Do Elisa se ofend√≠a por cualquier detalle) y repiti√≥ la pregunta.

Y entonces la brasile√Īa puso cara de meditar y luego mir√≥ a Herrera y me mir√≥ a m√≠ (pero a Herrera lo mir√≥ con mucha m√°s intensidad) y dijo que a ciencia cierta no lo sab√≠a. Que tal vez se beb√≠a la sangre o tal vez la arrojaba al inodoro, que tal vez orinaba o defecaba en la sangre o que tal vez no hac√≠a ninguna de esas cosas, que tal vez se desnudaba y se empapaba con la sangre y despu√©s se duchaba, pero que todo eso s√≥lo eran suposiciones. Y luego los tres nos quedamos callados hasta que Liza Do Elisa volvi√≥ a abrir la boca para decir que, fuera lo que fuera, lo cierto es que aquel tipo sufr√≠a y quer√≠a mucho.

Y luego Herrera le pregunt√≥ si ella cre√≠a que la magia de aquel negro que jugaba en un equipo franc√©s era efectiva. No, dijo Liza Do Elisa. Estaba loco. ¬ŅC√≥mo iba a ser efectiva? Y Herrera dijo: ¬Ņy por qu√© sus compa√Īeros empezaron a jugar mejor? Porque eran buenos jugadores, dijo la brasile√Īa. Y entonces yo met√≠ mi cuchara y le pregunt√© qu√© hab√≠a querido decir con que sufr√≠a mucho, ¬Ņsufrir c√≥mo?, le dije, y ella respondi√≥ que con todo el cuerpo y m√°s que con el cuerpo con toda la mente.

¬ŅQu√© quieres decir, Liza?, dije yo. Que estaba loco, dijo la brasile√Īa.

El bar hab√≠a bajado la persiana met√°lica. En una pared distingu√≠ varias fotos de nuestro equipo. La brasile√Īa nos pregunt√≥ (no s√≥lo a Herrera, a m√≠ tambi√©n) si est√°bamos

hablando de Buba. Herrera no movi√≥ ni un solo m√ļsculo de la cara. Yo tal vez asent√≠. La Liza Do Elisa se persign√≥. Me levant√© y fui a echar una ojeada a las fotos. All√≠ estaba nuestro once: Herrera, de pie, con los brazos cruzados, junto a Miquel Serra, el arquero, y Palau, y debajo de ellos, en cuclillas, Buba y yo. Yo estoy sonriendo, como si no me preocupara nada, y Buba est√° serio y mira directamente a la c√°mara.

Fui al ba√Īo y cuando volv√≠ Herrera estaba junto a la barra, pagando, y la brasile√Īa tambi√©n se hab√≠a levantado y se alisaba el vestido, un vestido granate muy ajustado, junto a la mesa. Antes de marcharnos el encargado del bar o tal vez era el due√Īo, el tipo que nos hab√≠a soportado hasta el amanecer, me pidi√≥ que estampara mi firma en otra de las fotos que adornaban la pared. All√≠ estaba yo solo, era una de las primeras fotos que me tomaron cuando llegu√© a la ciudad. Le pregunt√© su nombre. Dijo que se llamaba Narc√≠s. Se la dediqu√© con afecto.

Ya clareaba cuando salimos. Como en los viejos tiempos, caminamos durante un rato por las calles de Barcelona. Not√© sin sorpresa que Herrera llevaba a la brasile√Īa cogida por la cintura. Despu√©s nos metimos en un taxi y me acompa√Īaron hasta mi hotel.

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