Un pequeño espacio en el Centro Histórico de Tlalpan construido por Antonio Rivas Mercado en el siglo XIX da la bienvenida a los visitantes con un saludo suizo: Gruetzi. Al ingresar al número 7 de la Plaza de la Constitución, el tiempo parece suspendido; sin embargo, al adentrarse, una sinfonía de relojes de péndulo, una clepsidra, rockolas, reproductores musicales de diferentes épocas y teléfonos antiguos, devuelven la noción de estar en el sur de ciudad de México.

Pese a su espacio limitado, el recinto alberga alrededor de mil 500 piezas de diferentes países y tiene decenas de visitantes diariamente. Markus Frehner, director general, comenta: “La Semana Santa pasada recibimos 600 turistas del país y extranjeros, en grupos de 10”.

-¿Qué lo impulsó a construir el museo? –le preguntamos.

-Dos razones principales. Una, que hace casi 20 años el negocio de la relojería comenzó a ser difícil; la otra fue que los vecinos y maestros de la zona me pedían traer a los niños para que vieran cómo funcionan los relojes no digitales. Luego, con el paso del tiempo, fuimos agregando cajas de música, radios, fonógrafos, gramófonos, rockolas y todo lo que forma nuestras colecciones.

“Nuestra especialidad –destaca- es la restauración de todos estos artefactos; damos servicio a instituciones de gobierno y a particulares.”

Acerca de los visitantes, dice: “Vienen muchos alumnos desde jardín de niños hasta universitarios que mandan sus profesores, llegan muchos pasajeros de la ruta del sur del turibús y también muchas personas de la tercera edad, que son los que realmente disfrutan la visita porque son los que tienen más tiempo; no obstante, a veces no se comportan tan bien como los niños porque les da por manipular los instrumentos cuando creen que recuerdan cómo se usan”.

Pese a que no es un museo interactivo, algunos objetos se prestan a los niños. Es el caso de un organillo musical o los teléfonos analógicos que aún funcionan y son parte de la colección, uno del siglo XIX, y el primer modelo art decó de baquelita que fabricó la compañía Ericsson en 1932. A propósito de este último, Fehrer cuenta con una sonrisa: “Después del pasado sismo de septiembre, el único teléfono que funcionó en Tlalpan fue el Ericcson”.

Agrega: “Los niños se sorprenden cuando vienen porque ven muchas cosas que jamás habían visto y cuyo funcionamiento desconocen. Cuando uno va a un museo, generalmente los objetos están sólo para contemplarse, pero no hay movimiento, y aquí lo bonito es que pueden ver cómo trabajan. Es muy divertido verlos tratando de hacer una llamada marcando el disco; algunos lo pueden hacer, otros no”.

Otras actividades culturales que ofrece el museo son presentaciones de libros, subastas de arte o conciertos para públicos pequeños, como recitales de jazz o de música de cámara, los cuales se reanudarán cuando termine la restauración de la terraza.

-¿Cuáles diría usted que son los objetos más representativos de la colección?

-Bueno, eso lo determina cada visitante. Sin embargo, yo mencionaría el propio inmueble y una rockola monarca de 1938, de la cual sólo hay dos en el mundo, ambos catalogados por el Instituto Nacional de Antropología e Historia como objetos históricos; también puedo mencionar un reloj inglés bracket de 1705, elaborado para la reina Ana Estuardo; otro fabricado en Suiza en 1857 para una familia en Guadalajara, o una victrola de 1926.

-¿Han llevado la muestra a otras partes o países?

-No. Por una razón muy sencilla: a los relojes no les gusta viajar. Son muy delicados. Algunos son verdaderas divas: las ves feo y se detienen; no podemos moverlos siquiera de lugar porque no sólo se detienen, sino que llegan a descomponerse. Algunos centros lugares nos han pedido de que los llevemos. Lo haría con gusto, pero no es factible.

El costo de las reparaciones de los objetos de la exposición está asociado con las dificultades de mantener el museo, pues, pese a estar registrado como entidad donataria, no recibe financiamiento. “Hasta ahora hemos podido mantenernos sobre todo gracias a las restauraciones, pero cada vez es más difícil. Cada vez vienen más visitantes, pero no tenemos personal. Todo lo hacemos entre pocos. Por ejemplo, el director es la persona que pone el rollo y limpia el baño. Aquí no existe eso de ‘yo soy el jefe y tú el empleado’; todos le entramos a todo. Estoy buscando hace años financiamiento, pero no hemos recibido”, lamenta.

Informes sobre horarios, visitas y servicios que ofrece el museo se pueden consultar en: http://www.museodeltiempo.com.mx/

Publicado en La Jornada