Cuentos De Futbol Mundial ūüĎČ ‚ÄúYo soy Fontanarrosa‚ÄĚ de Juan Villoro

Juan Villoro, Dios es redondo

Escritor y periodista, amante del rock y del cine, el mexicano Juan Villoro muere por el f√ļtbol. ‚ÄúEn la ciudad del Che Guevara, Fito P√°ez y otros inconformes, Lionel Messi comenz√≥ a deslumbrar con el bal√≥n a los cinco a√Īos. Su habilidad era √ļnica pero parec√≠a cumplir un sue√Īo colectivo, largamente custodiado‚ÄĚ, escribi√≥ apasionadamente en un monumental libro dedicado al Barcelona y titulado Cuando nunca perd√≠amos. Es que este catedr√°tico vivi√≥ en esa ciudad espa√Īola, en la que adem√°s naci√≥ su padre, el fil√≥sofo Luis Villoro. ¬ŅC√≥mo no hacerse hincha, aunque sea por herencia, de ese equipo catal√°n? ¬ŅC√≥mo no ratificar ese sentimiento si, adem√°s, es contempor√°neo de La Pulga y de Guardiola? Pero si encima idolatra a Maradona, se convierte en testigo directo de un Boca-River y de un River-Boca para vivir en carne propia semejante pasi√≥n, estamos ante alguien que, sin dudas, casi hace del f√ļtbol una religi√≥n. Una religi√≥n que desmenuza en la charla de ida y vuelta, a puro toque, con El Gr√°fico.

-¬ŅC√≥mo lleg√°s al f√ļtbol?
-Mis padres se divorciaron cuando yo ten√≠a nueve a√Īos y mi padre enfrent√≥ el predicamento de los divorciados: ¬Ņc√≥mo entretener a su hijo? El f√ļtbol result√≥ el mejor remedio. Me aficion√© de inmediato y cre√≠ que √©l tambi√©n era un hincha furibundo. Lo conmovedor fue que, muchos a√Īos despu√©s, descubr√≠ que en realidad el f√ļtbol le gustaba a medias y s√≥lo iba al estadio para estar conmigo.

-¬ŅQu√© te permite el f√ļtbol?
-Cumplir a trav√©s de la palabra lo que no logr√© en la cancha. Fui un esforzado extremo derecho y termin√© mis d√≠as en la hierba como un lateral de relativa torpeza. Pero la literatura existe para asignarte vidas posibles y ah√≠ le puedes anotar a Brasil en Maracan√°, en el √ļltimo minuto del partido, en claro off-side, y salirte con la tuya.

-O sea, también te acerca a lo íntimo de tu persona.
-Hay un contacto muy emocional con el f√ļtbol, una p√©rdida de la coraza civilizada, algo de tribu y de infancia loca. Cuando tu equipo mete un golazo, te abrazas con desconocidos en las tribunas a los que repentinamente adoras como hermanos del alma. Y por el contrario, cuando hay una desgracia en la cancha, puedes pasar una semana de melancol√≠a. Esos misterios emocionales son una extra√Īa forma de estar vivo.

-‚ÄúUn estadio es un buen sitio para tener un padre. El resto del mundo es un buen sitio para tener un hijo‚ÄĚ, expresaste alguna vez. ¬ŅPodr√≠as ampliar el concepto?
-Si tu hijo es hincha, puedes compartir el f√ļtbol con √©l a lo largo de la vida. En ese sentido, tu paternidad est√° garantizada, pero eso tambi√©n puede ser una limitaci√≥n, pues de repente s√≥lo hablas de f√ļtbol. En Navidad le regalas a tu hijo unos botines; si vas de viaje, le traes la camiseta del equipo de ese lugar, generas una rutina que depende de los goles. En cambio, si no tienes una relaci√≥n tan especializada y vinculada con los estadios, no te queda m√°s remedio que enfrentar los muchos desaf√≠os de ser padre. Fuera del estadio est√° la vida, ajena a la protecci√≥n garantizada del padre, donde el hijo deber√° buscar su camino.

-¬ŅEn qu√© se emparenta -si es que lo compart√≠s- el f√ļtbol con la vida en general?
-En que no tiene guión ni sentido aparente. Un jugador mete un golazo y el árbitro lo anula injustamente, del mismo modo en que a la mejor persona del mundo le da parálisis cerebral. Otras veces, la diosa Chiripa te depara una remontada de embrujo o que una chica que no mereces se fije en ti. Son muchas las semejanzas, pero como dijo el gran Beckett, hay una diferencia esencial: la vida no tiene partido de vuelta.

-¬ŅCu√°l es la mayor locura que hiciste por f√ļtbol?

-Ir a la final de Roma entre el Manchester y el Barcelona, en 2010, sin tener entradas. Bueno, las conseguí en el camino, pero el peregrinaje empezó como corresponde a la tradición de la Ciudad Eterna: movido por la fe.

-¬ŅQu√© significa un Mundial para vos?
-La vida de un hincha tiene plazos de cuatro a√Īos. Luego de una larga espera, viene esa ilusi√≥n de que los pa√≠ses existen en el f√ļtbol y que las ligas refutan a diario. Puedo recordar mi vida a trav√©s de los Mundiales, como cualquier otro aficionado al f√ļtbol. A pesar de las corruptelas de la FIFA, los Mundiales permiten conjeturar en una relaci√≥n de origen entre los jugadores, en un sentido de pertenencia que, si bien es ilusorio, porque hoy en d√≠a todo depende de las marcas y el mercado, genera la impresi√≥n de que, en efecto, una tribu se enfrenta con otra. Los Mundiales son tan importantes que Lionel Messi, el incontrastable mejor futbolista de todos los tiempos, desde el punto de vista t√©cnico, a√ļn no tiene la estatura de Pel√© o Maradona.

-¬ŅQui√©n es tu √≠dolo futbolero?
-Maradona, desde luego, porque es el jugador que más ha gravitado en los demás. Cristiano Ronaldo puede meter miles de goles pero no hace mejores a los suyos. Maradona podía transformar un equipo mediano en el mejor del mundo. Lo hizo con el Napoli y con la Argentina de 1986. Por otra parte, es un mitógrafo perfecto, que perfecciona su leyenda con sus rarezas y sus declaraciones.

-¬ŅCu√°l fue el partido que m√°s te emocion√≥?
-Cuando mi equipo, el Necaxa, le gan√≥ la final de Copa al archiodiado Am√©rica. Ocurri√≥ en los lejanos a√Īos sesenta y no he dejado de disfrutarlo.

-¬ŅEl libro de f√ļtbol m√°s lindo que le√≠ste?
-Los cuentos de Fontanarrosa sobre f√ļtbol son la insuperable demostraci√≥n de que los partidos mejoran con la palabra y que suceden para discutir con los amigos.

El Gr√°fico


“Yo soy Fontanarrosa” (Juan Villoro)

-Te van a expulsar, pendejo -me dijo Kafka.

Yo llevaba a√Īos sin tocar un bal√≥n y de pronto enfrentaba el p√©simo humor de Kafka y los consejos de Ch√©jov, que de nada serv√≠an.

Ch√©jov jugaba de medio escudo, no porque tuviera facultades, sino porque quer√≠a estar en el centro de la cancha, donde hay m√°s gente para dar consejos. Desde el silbatazo inicial, grit√≥ cosas apasionadas que nadie entendi√≥. Como si hablara en ruso, el muy mam√≥n. Por ah√≠ del minuto 14 hubo una pausa (la pelota se fue a la cancha de al lado, donde un delantero anot√≥ con ella un golazo in√ļtil); mientras, Ch√©jov me recomend√≥ marcar al extremo izquierdo a dos metros de distancia. Luego dijo:

-Te va a fundir.

Esto ya no era un consejo sino una negra hipótesis. No lo insulté porque yo no estaba en condiciones de discutir.

Jugábamos en un potrero con más hoyos que pasto, no lo digo para disculparme -todo mundo sabe que las condiciones del terreno afectan por igual a los dos equipos- ni porque tenga mucho toque, pero intenté pases finos, de corte europeo, que fueron desfigurados por un hueco. Era como patear pepinos.

Todos deslucían en ese campo, pero el pinche Kafka consideraba que yo jugaba peor. Cuando me preguntaron cuál era mi posición dije que lateral derecho. Siempre jugué de extremo derecho, pero he fumado demasiado y rebajé mi puesto.

Carezco de fuelle y el¬†dribling¬†es una habilidad proletaria que desconozco. Me faltan potencia y picard√≠a. Mi estilo es europeo, pero del tipo portugu√©s. Ni muchas carreras ni muchos desbordes. Pases elegantes, alguna que otra pared, un f√ļtbol de clase que no siempre se aprecia.

Por desgracia, yo parec√≠a un portugu√©s en Angola. Todas las canchas populares de M√©xico est√°n en √Āfrica. Hab√≠a que o√≠r esos gritos y ver esa tierra agrietada: una contienda inter-tribus donde cada encontronazo hac√≠a que una espiral de polvo subiera al cielo como una plegaria primitiva. ¬°Y as√≠ quer√≠an que marcara al extremo izquierdo!

Cuando conocí al equipo, me impresionó el porte de uno de los centrales, Tolstoi. El tipo parecía La Guerra y la paz. A su lado estaba Ben Okri. Tenía facha de basquetbolista y terribles ojos color carbón.

No s√© qui√©n es Okri. Soy escritor pero leo poco porque no quiero influenciarme. Supongo que es un africano. En el f√ļtbol est√° de moda tener africanos. Adem√°s, esa cancha era perfecta para un pr√≥fugo de los leones.

Al otro lado, de lateral izquierdo, se movía el inquieto Kawabata. Un zurdo natural que disparaba diagonales imprevistas. Tampoco he leído a Kawabata, pero vi una película supercachonda basada en un texto suyo.

Nuestro 10 era Cort√°zar. La verdad, era el √ļnico con idea de lo que hac√≠a. Tocaba el bal√≥n como si hubiera nacido en Argentina. Un crack. Lo malo es que sus pases iban a dar a Joyce, un presuntuoso que se sent√≠a hecho a mano. Cort√°zar le puso el bal√≥n en bandeja y Joyce dispar√≥ a las nubes, o al cielo gris donde deber√≠a haber nubes. Luego sonri√≥ como si sus errores fueran geniales.

Aunque los dem√°s tambi√©n se equivocaban, desde el principio se ensa√Īaron conmigo. Por ah√≠ del minuto 28, el extremo izquierdo me rebas√≥ con facilidad, sigui√≥ de largo y Tolstoi y Ben Okri le salieron al paso. Los centrales demostraron lo que puede la fuerza bruta ante un jugador habilidoso: lo hicieron s√°ndwich. El √°rbitro decret√≥ penalti.

As√≠ nos metieron el primer gol. 28 minutos sin gol pod√≠a ser visto como una proeza para nuestro equipo, pero Hemingway, que s√≥lo se animaba cuando hab√≠a un conato de bronca, me vio con esos ojos que en las canchas reglamentarias significan: ¬ęnos vemos en los vestidores¬Ľ y en las canchas donde no hay vestidores significan: ¬ęte voy a partir la madre¬Ľ, sin que haya que precisar el escenario.

En la siguiente oportunidad en que el extremo izquierdo se quiso lucir, traté de meterle una zancadilla pero me salió una patada. Vi la tarjeta amarilla. Entonces fue cuando Kafka me dijo que me iban a expulsar por pendejo.

√Čl era nuestro capit√°n. Siempre he respetado los c√≥digos del f√ļtbol, pero no me gustaba que un tipo con pelo de roedor (de h√°mster, para ser exacto) pusiera en entredicho su autoridad haci√©ndole caso a Ch√©jov, que me ordenaba como si fuera Johan Cruyff:

-¬°Abre la cancha!

¬ŅSab√≠a √©l que dos horas antes yo estaba fumando mi quinto cigarro del d√≠a? ¬ŅQue la coca y el trago me ayudan a vivir, siempre y cuando eso no implique correr? ¬ŅQue la barriga me pesa como si fuera de otra persona? ¬ŅQue la √ļltima vez que visit√© a mi ex mujer el elevador estaba descompuesto, tuve que subir por la escalera y llegu√© arriba con una cara tan preocupante que ella se abstuvo de insultarme?

Obviamente no sab√≠a nada. √Čl era Ch√©jov, instructor de inferiores. A su lado, Kafka parec√≠a dispuesto a enviarme a una colonia penitenciaria.

Jugaba por mi libertad, como todos los hombres de palabra verdadera, seg√ļn dice el Subcomandante Marcos. Pero yo enfrentaba un desaf√≠o superior: estaba arrestado en la cancha.

Nuestro equipo llevaba nombres de escritores en los dorsales. Eso era especial. M√°s especial era que mis diez compa√Īeros trabajaban en la polic√≠a.

Alguna vez le dije a mi ex esposa (entonces mi novia) que el f√ļtbol significaba un estado de √°nimo. He llorado con los goles del Cruz Azul y mi √ļnica fractura se debi√≥ al f√ļtbol (pate√© el refrigerador cuando nos elimin√≥ el Santos). Afici√≥n no me falta. Cada vez que atravieso un parque y veo ni√Īos jugando, anhelo que se les vaya la pelota para devolv√©rselas con un toque que considero maestro, aunque le pegue al carrito de algodones de az√ļcar.

Lo que me molesta es correr. El organismo se degrada con ese desgaste disfrazado de ejercicio. Correr envilece y correr en el trópico o a dos mil metros de altura envilece dos veces. Los mexicanos debemos caminar.

El problema,¬†mi¬†problema, es que ese partido pod√≠a ser mi salvaci√≥n. El f√ļtbol regresaba como el peor estado de √°nimo: la angustia del hombre acorralado.

La ma√Īana empez√≥ mal. Abr√≠ el peri√≥dico y vi el marcador del narcotr√°fico: cuatro ejecutados, dos en Zamora, mi ciudad natal, y dos en Guadalajara, donde estudi√© la universidad. Las ejecuciones se hab√≠an convertido en mi hor√≥scopo. Si las v√≠ctimas ca√≠an en sitios que ten√≠an que ver conmigo, el d√≠a era atroz.

A pesar de las se√Īales en contra, sal√≠ a la calle, y no s√≥lo eso: sal√≠ con el Mecate. Me pidi√≥ que lo acompa√Īara a Ciudad Moctezuma a ver a un mec√°nico barat√≠simo.

El coche del Mecate revela que ya consultó a un mecánico baratísimo, pero necesitaba otro, a 15 kilómetros de donde estábamos, para cambiar el claxon que sonaba como si tuviera gripe.

Todo esto resulta indigno de figurar en una historia, pero cuando uno se siente en deuda hace cosas indignas de figurar en una historia. El Mecate ense√Īa Educaci√≥n F√≠sica en una secundaria donde las tres maestras de Espa√Īol est√°n enamoradas de √©l. Gracias a eso, recomiendan mis libros juveniles y una vez al a√Īo me invitan a un auditorio donde re√ļnen a mil lectores cautivos. Entonces siento un poder magn√≠fico. Con el Mecate ir√≠a a la Patagonia.

Hicimos hora y media de camino. En el desayuno, yo hab√≠a bebido una cafetera completa. Cuando pasamos junto a la Cabeza de Ju√°rez, me estaba orinando. Apenas pude disfrutar la vista de ese horrendo monumento, el cr√°neo colosal del Benem√©rito de las Am√©ricas montado sobre un arco que lo hace ver a√ļn m√°s alucinatorio. Aunque no advert√≠ toda la fealdad en su espectacular detalle, la imagen result√≥ prof√©tica.

Entramos a un inmenso conglomerado de casitas de dos pisos donde la planta baja es ocupada por un negocio y la azotea por perros, antenas y tinacos. Cuando llegamos al taller, me pellizcaba la mejilla para que el dolor me distrajera.

Minutos después oriné sobre un montón de piedras. El taller mecánico estaba junto a un sitio donde hacían lápidas para cementerios y figuras de yeso.

Un hombre desesperado puede orinar entre futuras tumbas. Un hombre muy desesperado puede orinar sobre una estatua de Benito Ju√°rez. Fue lo que hice.

Me gusta contar el tiempo en las orinadas largas. Mi récord son dos minutos. Iba en el segundo 98 cuando alguien me tocó la espalda. Me volví y oriné los zapatos un policía.

-Mira nom√°s, pendejo -el polic√≠a se√Īal√≥ sus pies; luego se√Īal√≥ lo que yo hab√≠a tomado por una piedra-. ¬ŅYa viste?

-¬ŅQu√©?

-¬°Measte a Ju√°rez!

Me acuclill√© para ver la piedra y comprob√© que, en efecto, se trataba de un busto en miniatura del Benem√©rito de las Am√©ricas. A su lado estaban Morelos con su pa√Īuelo en la cabeza, Carranza con sus barbas, Allende con sus patillas. ¬ŅC√≥mo no los hab√≠a distinguido?

Cuando me incorporé, un pelotón rodeaba al policía. Me vieron como si mis orines hubieran apagado la flama del Soldado Desconocido.

Los polic√≠as estaban ah√≠ para escoger una l√°pida en memoria de un compa√Īero acribillado. La ocasi√≥n era solemne. Eso me lo dijeron despu√©s. En ese momento s√≥lo criticaron lo que yo hab√≠a hecho. Orinar una propiedad privada (ajena) es delito. Mancillar un s√≠mbolo patrio es un delito peor.

Los policías de Ciudad Moctezuma llevaban un uniforme algo distinto al de los del D. F. Pero eso los distinguía menos que otro detalle: eran juaristas convencidos. Mi suerte había sido pésima: la cabeza de Juárez es la que más se parece a una piedra redonda.

El celo histórico de los uniformados se confundía con el abuso de autoridad, pero un sexto sentido me indicó que decirlo podía ser nocivo para mi salud.

Me llevaron a la patrulla sin que pudiera despedirme del Mecate. En el camino a la delegación, politizaron mi arresto. Me recordaron que la izquierda mexicana es juarista y que Ciudad Moctezuma está regida por la izquierda. El gobierno federal no le perdonaba a Juárez haber separado la Iglesia del Estado, ni haber sido indio.

-La derecha es discriminatoria -dijo un policía.

-Yo no discrimino a nadie -me defendí.

-¬°Te measte en Ju√°rez!

-Fue un accidente.

-No hay accidentes, sólo hay consecuencias -contestó otro policía.

Pensé que era una cita. Luego me pareció discriminatorio suponer que si un policía dice algo raro es una cita. Guardé silencio para no parecer antijuarista.

No fuimos a la delegaci√≥n porque hubo un 28 y un 04. Eso dijo el radio. La patrulla se desvi√≥ primero a una licorer√≠a que hab√≠a sido asaltada y luego a una escuela donde encontraron una mochila con mariguana ¬ęque no era de nadie¬Ľ. Vi trabajar a los polic√≠as durante hora y media con dedicaci√≥n. Esto resquebraj√≥ algunos prejuicios que tengo sobre las fuerzas armadas.

La siguiente sorpresa vino cuando me preguntaron a qué me dedicaba.

-Soy escritor.

-¬ŅLe gusta el f√ļtbol? -preguntaron, como si hubiera relaci√≥n entre las dos cosas.

-El f√ļtbol es un estado de √°nimo -dije, para demostrar que soy escritor.

La frase no les interesó. Uno de los policías me escrutó como si buscara mis obras completas en el nacimiento del pelo:

-A ver: ¬Ņqui√©n escribi√≥¬†La vor√°gine?

Estaba muy nervioso y a√ļn no me acostumbraba a respetar a la polic√≠a. Cuando el uniformado dijo ¬ęLa vor√°gine¬Ľ pens√© que, en su condici√≥n de iletrado, malpronunciaba un t√≠tulo franc√©s, algo as√≠ como¬†La vorange. Como no s√© franc√©s, no quise ser pedante ni arriesgarme en falso con un autor:

-No sé.

No creyeron que fuera escritor.

El operativo 28 y el 04 retrasaron a la patrulla en su principal meta del día: un partido en cancha grande.

No les daba tiempo de dejarme en una celda y tuve que acompa√Īarlos.

En el trayecto sonó el radio:

-¬ęHouston, tenemos un problema¬Ľ.

Luego siguió una conversación que la estática volvió incomprensible.

-Llevamos un elemento -el policía que iba al volante dijo en su radio.

Fuimos los √ļltimos en llegar al campo. Los dem√°s ya estaban vestidos, con camisetas a rayas azules y negras, como el Inter de Mil√°n.

-Nos falta un jugador -me explicó el policía que me había arrestado.

Fue así como me entregaron la camiseta de Fontanarrosa.

-Para ponértela, tienes que aprender esto -me dieron una tarjeta.

El ayuntamiento izquierdista había lanzado un peculiar programa de promoción de la lectura entre los policías. Les daba uniformes a condición de que portaran nombres de escritores. Para vestir la camiseta, había que saber quién era el autor que la respaldaba. Después del partido se celebraba una velada literaria.

Le√≠ mi tarjeta: ¬ęRoberto Fontanarrosa fue un humorista que ayud√≥ a pensar en serio. Dibuj√≥ la series de¬†Boogie el aceitoso¬†y¬†El renegau. Hincha del Rosario Central, escribi√≥ inmortales cuentos de f√ļtbol. Su libro¬†Una lecci√≥n de vida¬†resume en su t√≠tulo lo que dej√≥ a sus lectores. Cuando muri√≥, las barras pidieron que el estadio de Rosario llevara su nombre. Se reun√≠a a hablar con los amigos en el Caf√© Egipto. Ah√≠, una taza no deja de echar humo, por si el Negro regresa¬Ľ.

Hace a√Īos escrib√≠ una nota un poco displicente sobre¬†Una lecci√≥n de vida. Quer√≠a mostrarme como escritor sofisticado y no me pareci√≥ correcto elogiar a un caricaturista. Ahora, la camiseta con su nombre pod√≠a congraciarme con los polic√≠as. Me la puse como una segunda piel.

El policía que había conducido la patrulla resultó ser Chéjov. Justo cuando pensaba que un buen rendimiento en el partido podría salvarme se acercó a decir:

-Est√°s arrestado. Vas a jugar, pero arrestado.

¬ŅPuede alguien sobreponerse a semejante presi√≥n? Ten√≠a tantas ganas de hacer las cosas bien que las piernas me temblaban.

He omitido un detalle que no me queda más remedio que decir. Cuando los policías me detuvieron, les ofrecí un billete de cincuenta pesos. Me vieron con el rencor de un pueblo especialista en sacrificios humanos. Entonces les ofrecí cien, pensando que había un problema de cotización.

-No aceptamos sobornos: esto no es el D. F.

Había caído en un andurrial donde la norma era inflexible. Cuento esto para que se comprenda mi angustia en la cancha: esos policías no me iban a perdonar así nomás. Todo les parecía grave. Eran fanáticos juaristas que no se corrompían y esperaban que yo frenara al extremo izquierdo.

Me apliqué en la marca, como si me entrenara el dictatorial Lavolpe, pero fui rebasado, metí el pie en un agujero, tropecé con Tolstoi, la pelota me rebotó en la espalda y el enredo se convirtió en un pase para el centro delantero rival: 0-2.

En el segundo tiempo la vista se me nublaba de cansancio pero no me rend√≠. En alg√ļn minuto impreciso recib√≠ un bal√≥n elevado, lo mat√© con el pecho y chut√© con efecto. El bal√≥n sali√≥ como un planeta en miniatura, girando sobre su eje, y fue a dar al rinc√≥n donde anidan las ara√Īas. En caso de contar con redes, aquello se hubiera visto como un golazo. El √ļnico problema es que esa era mi porter√≠a.

Hemingway llegó dispuesto a matarme.

-¬ęLos valientes no asesinan¬Ľ -cit√© la frase con que Guillermo Prieto salv√≥ la vida de Benito Ju√°rez.

Debo reconocer que los policías juaristas respetan sus principios: Hemingway me perdonó la vida.

Se podría pensar que el marcador de tres goles en contra, las condiciones del terreno y mi escasa capacidad de respirar en ese aire cuajado de polvo podían desanimarme, pero no fue así. Corrí por mi libertad, me barrí aunque no fuese necesario y fracturé al extremo izquierdo.

El árbitro fue sádico: en vez de sacarme la segunda tarjeta amarilla y luego la roja, me sacó directamente la roja para enfatizar mi torpeza.

Ya dije que en Ciudad Moctezuma hay leyes que se respetan. Cuando un futbolista es expulsado se le suspende dos partidos, aunque se trate de una liga amateur y las porterías no tengan redes. Por mi culpa, el verdadero Fontanarrosa se iba a perder lo que quedaba del campeonato.

Sal√≠ de la cancha corriendo, para no retrasar el juego y permitir que mis compa√Īeros anotaran tres goles para empatar. Atr√°s de m√≠ ven√≠a Kafka.

Se dirigió a un maletín de utilero y sacó unas esposas.

Pasé el resto del partido encadenado a un poste.

Ya sin mí, el equipo recibió otros dos goles, pero ellos no reconocieron que les hice falta. Después de los tres pitidos finales, volvieron a verme con ojos de sacrificio mesoamericano.

Por primera vez consideré una suerte que respetaran la ley. Un poquito de impunidad habría bastado para que me asesinaran.

¬ŅQu√© pod√≠a hacer para calmarlos, recitar la frase famosa de Ju√°rez: ¬ęEl respeto al derecho ajeno es la paz¬Ľ? Guard√© silencio y eso me ayud√≥.

Después del partido, el equipo debía asistir a la tertulia literaria. Tampoco ahora había tiempo para llevarme a la delegación.

Los acompa√Ī√© a un sal√≥n de la presidencia municipal. Entramos en uniforme, con caras de polic√≠as goleados, m√°s tristes que las de los futbolistas.

Me sentaron entre Kawabata y Okri. En ese momento, ocurrió algo desagradable: Jorge Linares entró al estrado por una puerta lateral.

Los policías aplaudieron su llegada. A continuación, uno por uno se pusieron de pie, dijeron el nombre del escritor que llevaban en la espalda y recitaron su biografía. Cuando me tocó mi turno dije:

-Yo soy Fontanarrosa.

Linares me vio con atenci√≥n. Nos conoc√≠amos de nuestros inicios literarios. √Čl es de Colima y recibimos juntos la beca J√≥venes Creadores del Occidente.

A pesar de sus ojeras, los dientes manchados de tabaco, el pelo ralo y la frente arrugada por sus fracasos literarios, Jorge era reconocible. Más difícil resultaba que me ubicara a mí, con la camiseta del Inter, en un equipo de policías de Ciudad Moctezuma.

Recité lo que recordaba de la tarjeta. Jorge sabía de memoria las biografías porque él las había escrito. Me vio con incertidumbre, como si tratara de recordar algo.

Lo que quer√≠a recordar era lo siguiente: en 1998 nos peleamos por Fontanarrosa. Me acuerdo bien porque fue el a√Īo del Mundial de Francia. Jorge era entonces jefe de redacci√≥n de una revista que desprecio pero donde a veces publico porque soy plural. Escrib√≠ para ellos la rese√Īa de¬†Una lecci√≥n de vida. Jorge la rechaz√≥ con estos argumentos:

-No te atreves a decir que el autor te gusta porque te parece populachero y t√ļ quieres ser el escritor m√°s fino de Zamora. El ep√≠grafe de Adorno no viene al caso: lo pusiste para lucirte.

El comentario me molest√≥ por veraz. Hab√≠a le√≠do a Fontanarrosa con gusto y mis reparos eran caprichosos (lo acus√© de colonialista por escribir ¬ęmejicano¬Ľ en vez de ¬ęmexicano¬Ľ). Sin embargo, en ese momento pens√© que Jorge quer√≠a bloquear mi carrera, me odiaba por ser un mejor escritor del Occidente y s√≥lo se interesaba en Fontanarrosa por estar enfermo del f√ļtbol.

Poco despu√©s, Jorge dej√≥ el trabajo de jefe de redacci√≥n, se fue como corresponsal al Mundial de Francia y comenz√≥ el sostenido hundimiento que ha sido su trayectoria. No volvi√≥ a escribir cuentos. Adquiri√≥ la deleznable notoriedad de un cronista de f√ļtbol y apareci√≥ en programas deportivos donde parec√≠a intelectual porque nadie lo entend√≠a. Mientras √©l se somet√≠a al declive de alguien que s√≥lo concibe una met√°fora si incluye un bal√≥n, yo aprovechaba el tiempo de otro modo. No puedo decir que me haya consagrado, pero soy uno de los autores juveniles m√°s le√≠dos de M√©xico, especialmente en la escuela del Tomate, y el a√Īo pasado recib√≠ la Mazorca de Plata para autores del Occidente. Si ahora Jorge Linares me odia es por envidia.

Despu√©s de que recitamos las biograf√≠as, √©l ley√≥ unos textos que hicieron re√≠r mucho a los polic√≠as. En la secci√≥n de preguntas y respuestas, mis compa√Īeros de equipo revelaron que lo hab√≠an le√≠do con admiraci√≥n, y no s√≥lo a √©l, sino a otros autores que mencionaron al lado de Zidane y Figo. Al terminar la lectura, rodearon a Jorge para pedirle aut√≥grafos, como si fuera Maradona.

Cuando lo dejaron libre, él se acercó a preguntar:

-¬ŅQu√© haces aqu√≠?

-Yo soy Fontanarrosa -repetí, como si no pudiera decir nada más.

-Un grande -dijo él.

-Grandísimo -agregué, con tardía sinceridad.

En ese momento el Mecate entró a la sala. Me había buscado por toda Ciudad Moctezuma y al descubrirme gritó mi nombre como un náufrago que ve una gaviota.

La expresión de Jorge no cambió:

-¬ŅQu√© haces aqu√≠? -insisti√≥.

-Me arrestaron -contesté, y le conté mi historia.

Los polic√≠as le ten√≠an respeto a Jorge. Nos dejaron hablar, sin interrumpirnos ni acercarse a nosotros. La situaci√≥n cobr√≥ tal rigidez que ni siquiera el Tomate se aproxim√≥. Fue un momento extra√Īo, como cuando los capitanes de los equipos discuten en la cancha y nadie se les acerca. Una pausa dram√°tica en la que dos rivales resuelven algo urgente. Segundos despu√©s volver√°n a odiarse. En ese instante, concentran las miradas del estadio entero y sus compa√Īeros aguardan como estatuas. ¬ŅHay mayor tensi√≥n que la de los enemigos que acuerdan algo? Ese di√°logo no califica como una jugada; al contrario: suspende el partido, ocurre fuera del tiempo, en una l√≥gica paralela, inescrutable, que agrega un elemento extra√Īo, que nadie desea pero contra el que no se puede hacer nada, un pacto oscuro y preocupante, el de los adversarios forzados a coincidir. As√≠ nos vieron los dem√°s, o as√≠ quise que nos vieran.

Cuando acabamos de hablar, Jorge se dirigió a los policías y me dejaron libre. Ellos lo hubieran obedecido en cualquier cosa. Pude regresar a casa, en el coche del Tomate, al que ahora le sonaba el claxon cuando caíamos en un bache.

¬ŅQu√© fue lo que Jorge Linares me dijo en aquel concili√°bulo? Cont√≥ que hab√≠a perdido la facultad de escribir historias. No se le ocurr√≠a nada. S√≥lo pod√≠a narrar lo sucedido en una cancha de f√ļtbol. Me pidi√≥ mi historia a cambio de mi libertad. Acept√© porque no me quedaba m√°s remedio:

-¬ęUna lecci√≥n de vida¬Ľ -recit√©.

Jorge me dio un abrazo. Olía a tequila y a jabón barato.

Sentí lástima por él. Luego me irritó no haberme dado cuenta de que lo mío era una historia.

Al despedirse, Jorge se hizo el interesante:

-Un defensa debe dejar que pase la pelota o pase el jugador, pero no a los dos. La literatura es igual: a veces pasa la historia, pero no el autor.

El hijo de puta se quedó con mi cuento. No digo que yo lo hubiera escrito como Borges, pero sí como un mejor escritor del Occidente. Modestia aparte, él tiene el tema, pero no tiene mi voz.

 

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