Muros como carabelas

Muros como carabelas

Milu Correch, artista plástica, fue invitada a pintar murales en todo el mundo. En este artículo de opinión hace una crítica a un proyecto de arte callejero propuesto por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires por su raíz colonizadora y el desconocimiento de las estéticas que habitan el barrio a intervenir.

Por Milu Correch

Los diarios anunciaron que Color BA, proyecto del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, llegó para “redefinir”, “iluminar” y “decorar” el barrio porteño de La Boca como una buena noticia. Algunos funcionarios viajaron a Miami y conocieron Wynwood, un barrio que históricamente se llamaba “Little San Juan” por albergar a gran parte de la comunidad latina ahora desplazada por condominios de lujo, galerías, centros de compra y restaurantes. Su limitado mundo simbólico no les dejó ver lo inoportuno de querer reproducir una fórmula extranjera en la República de la Boca; estaban demasiado preocupados porque “la gente” no iba a la Usina del Arte porque el barrio era inseguro. Entonces hicieron un desaforado recorrido de murales desde la parada del 152 y el bus turístico hasta la Usina, Caminito y sus alrededores, porque claramente “la gente” a la que se refieren no vive en el barrio, viene de Palermo o es turista.

Así nos invitaron a nosotros los muralistas, modernos precarizados, a “llenar de colores” la República desconociendo todo patrimonio cultural barrial. Sin la participación de ningún artista local, en primera instancia porque estaban muy ocupados intentando invitar a todo aquel que viniese de arriba del ecuador y, en segunda instancia, porque los pintores locales (calculo) tienen ciertos valores intransigentes. De este modo se llenó la Boca de una estética ajena a las parrillas en la esquina mientras se desarrollaba el festival Emergente que sonaba con ritmos palermitanos, degustaciones “foody” y vidrieras con zapatos de diseño acompañados por una moderna y poco deconstruida muñeca inflable. El nuevo “Street art” tiene todas las ventajas del arte gentrificador con sus galerías y talleres, pero perfeccionados: su costo es menor y su impacto mayor.

Por si el desarrollo inmobiliario (propio de este nuevo modo de concebir a la ciudad , no como un lugar habitable, sino como mercancía) en una zona que se encuentra fuera de los beneficios de la obra pública y los derechos sociales no causa la suficiente indignación, la ideología colonialista detrás de este festival sin duda retuerce las tripas. Toda cultura barrial es desvalorizada y reemplazada por fórmulas que aquellos, que prefieren relacionarse con “el mundo” antes que con su propio continente, importan de sus viajes al hemisferio norte. Color BA es publicitado como un evento con artistas internacionales: cuanto más al norte se encuentra el país, mejor suena. Se puede leer entrelíneas, entonces, sin demasiado esfuerzo “Europa y Palermo vienen a darles a las clases populares la verdadera cultura, vienen a regalársela, a imponérsela sin preguntarle si la quieren o no”. Para ellos, el pueblo necesita y debería agradecer el cowboy gigante pintado por un artista holandés. Una vez más ese slogan de “en todo estás vos” no se refiere a quien vive en un barrio popular.

Al gobierno de la ciudad no le cuesta encontrar una productora (cuyo lema es  ”Creative Branding”) para desarrollar este proyecto por fuera de todo concurso público así como hace casi toda su obra pública pictórica. Esta productora ofrece por primera vez condiciones laborales medianamente dignas y los pintores aceptamos sin chistar, algunos con mayor remordimientos que otros, pero al final la banalidad del mal siempre aparece donde abunda la precariedad. Así los pintores firman contratos de imagen cuestionables que permite que, por ejemplo, la policía de la ciudad utilice sus murales como publicidad: muros de la boca para publicidad de la policía,otra vuelta cínica. Algunos son hasta manipulados para agradecer con un tan de moda hashtag a una funcionaria pública cuando suben la obra terminada a una red social.

Color BA es casi todo triunfo en la prensa si no contamos aquel atrevido artículo de un periodista que se atrevió a citar a un  vecino que se quejaba de la falta de participación de artistas locales y una nota independiente que cuestionaba sus fondos.

Esta “gentrificación” (si se quiere usar una palabra edulcorada para un proceso colonizador) que consiste en el deterioro y empobrecimiento de un barrio para su posterior equipamiento para clases más altas y así provocar el desplazamiento de las clases de menores recursos, no será cuestionada por la institución promotora, ni por la empresa ejecutora, ni tampoco por los pintores precarizados temerosos de emitir una crítica que los deje fuera de una cartera laboral mediocre. Los vecinos críticos y ofendidos por semejante invasión jamás serán escuchados. Sin embargo, yo creo que sí cae en nosotros,  pintores pecadores, la responsabilidad de poner los límites a semejante despliegue. Nosotros, privilegiados con medias culpas, deberíamos tener más herramientas que insuficientes e hipócritas negociaciones pictóricas para navegar este proceso urbano colonialista. Debería existir una organización posible en la que establezcamos mínimos requisitos suficientes para no ser parte de una invasión o del marketing represivo sin arriesgar nuestro sostén en épocas de tormentas.

Si Color BA hubiese sucedido en Palermo a tono con todo lo cool y moderno, su impacto al menos no hubiese ignorado una cultura barrial viva y poco tendríamos para cuestionar. Por suerte se necesita mucho más que unos litros de pintura para conquistar la República de la Boca donde, fuera de Caminito, reina el bombo y el platillo.

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