La Osa Poderosa

Por Mónica Yemayel

Quince años después de su nacimiento, Eloísa Cartonera consolidó un catálogo con los nombres claves de la narrativa y poesía latinoamericana. La cooperativa nacida en La Boca supo administrar la tensión entre el proyecto editorial y el social y hoy tiene un local en Almagro y un puesto de venta en la calle Corrientes. Washington Cucurto es el emblema de Eloísa, pero en esta crónica pasa a un segundo plano y cede el protagonismo a Mirian Soledad Merlo, alias “La Osa Poderosa”.

La mujer a la que todos conocen como La Osa Poderosa me pide que lea en voz alta. “Página 111”, dice ni bien se sienta en el colectivo de la línea 8 que va desde el barrio de Almagro al de La Boca. Es una tarde de agosto y casi nadie anda por las calles húmedas de Buenos Aires. Con el libro abierto entre sus manos ella señala el título del cuento que quiere escuchar: “Hacia la cartonería Eloísa Cartonera”.  La Osa Poderosa pone su dedo índice sobre la hoja y con la punta de una uña que delata los años de trabajo rudo marca el primer renglón. El colectivo acelera, avanza sobre la calle empedrada. Ella espera la lectura con la avidez de quien espera que le hablen de un viejo amor, con los ojos negros confiados, segura del impacto que se ha propuesto causar. El colectivo 8 está casi vacío. Las frases del relato se mezclan con el ruido del motor cada vez que el chofer rebaja la marcha y después acelera. La Osa Poderosa me pide que suba la voz.

En el cuento, la historia es de dos policías que buscan a un prófugo y acaban de encontrar una pista. El reo parece que es, además de reo, poeta y escritor. Uno de los policías dice: “…y he aquí lo más raro: el tipo trabaja en una cooperativa de cartoneros que fabrican libros con el cartón de las calles. Aristóbulo del Valle 666, La Boca. Anotá”.  El otro anota y se regodea excitado. “Ya está, vamos a apretarlo.” Los policías se suben al auto y comienzan el viaje atravesando en el relato las mismas calles y los mismos paisajes por los que ahora, en la tarde de agosto, circula el colectivo 8: el Parque Lezama, la Avenida Almirante Brown, el cartel que dice “Bienvenidos a la República de La Boca”, la calle Aristóbulo del Valle. De pronto ven “la cancha de Boca, con sus colores relampagueantes, su amarillo patito y su azul oscuro…el paisaje lleno de casas viejas y conventillos de chapas, torcidos, multicolores y precámbricos. Niños y perros jugando en las calles”. Los policías, que van vestidos de civil, se detienen en una esquina y preguntan por la editorial. Un vecino, que se está refrescando en una pileta de plástico armada en la vereda, les dice que se dejen llevar por la música, que el sonido de la cumbia los guiará hasta allí. En el local de Eloísa Cartonera hay una fiesta y los policías aprovechan para pasar desapercibidos. Una mujer gorda y morocha los recibe en la puerta, los convida con cerveza, los agarra del brazo y los hace entrar convencida de que son amigos de algún compañero de la cooperativa. “Pasen, pasen muchachos, conozcan la editorial más colorinche del mundo ¿Conocen nuestros libros de cartón? Tenemos unas promociones bárbaras. Lamborghini, Piglia, Perlongher, Lemebel, un escritor boliviano buenísimo Víctor Hugo Vizcarra, muchachos. Son los libros más lindos y económicos del mundo. No hay dos tapas iguales, están hechos con mucho amor. Miren, cualquier cosita me dicen, yo me llamo La Osa Poderosa.”

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En la tarde de agosto, en el colectivo casi vacío de la línea 8, La Osa Poderosa escucha el remate del párrafo y sonríe satisfecha: “¿Viste? Ahí aparezco yo. El ´Cucu´ me puso en la historia”. El “Cucu” es el escritor argentino Washington Cucurto, autor del libro La culpa es de Francia -en el que aparece el relato de la página 111- y fundador de la editorial Eloísa Cartonera donde ella trabaja desde hace diez años. La Osa Poderosa se abrocha la campera de jean gastado, se estira el pullover de leopardo sobre las calzas negras ajustadísimas a los pliegues de sus piernas grandes y se arregla el pelo de rulos cortos pegados a su nuca de piel oscura. Después, se pone de pie para descender del colectivo. En La Boca está el jardín de infantes al que sigue yendo su hijo Federico,  a pesar de que hace un año y medio tuvieron que mudarse lejos, al sur de la ciudad. Mira la hora, faltan cinco minutos para que los chicos salgan del colegio. Camina rápido por las calles de su barrio predilecto en el que espera volver a vivir alguna vez. Sabe que es difícil. El auge inmobiliario de los últimos años hizo crecer los precios hasta cifras imposibles de pagar.

 

Eloísa Cartonera, que en 2010 fue declarada por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires centro de interés cultural del barrio de La Boca, tuvo que trasladarse en 2016 al barrio de Almagro para abaratar los costos. Y ella que, por unos doscientos cincuenta dólares al mes, alquilaba dos piecitas con cocina y baño compartido en un conventillo pegado al local, se tuvo que ir también. Desde entonces, todas las mañanas deja a su hijo en la escuela antes de ir a su trabajo en la editorial. Y cuando son las cuatro de la tarde, cierra el local y se toma el colectivo 8 -igual que hoy- para viajar desde Almagro hasta La Boca y llegar a tiempo a retirar a Federico a la salida del colegio. Desde allí, juntos, emprenden el regreso a su casa; dos horas de viaje hacia San Francisco Solano leyendo cuentos, comiendo caramelos, cantando cumbias con letras de amor para que el tiempo pase más rápido.

 En La Boca, La Osa Poderosa comenzó a cartonear a los 17 años, en 2002, cuando la crisis en Argentina hizo que muchos tuvieran que revolver en los tachos de basura para encontrar qué comer y qué vender. Tan grande y potente era Miriam Soledad Merlo, tan capaz de cargar y empujar su carro con el doble o el triple de los kilos de cartón y botellas que arrastraba cualquier otro cartonero que empezaron a llamarla así: La Osa Poderosa.

 Fue en La Boca también donde dejó de cartonear, cinco años después, en 2007.  El “Cucu” la vio pasar por la puerta de la que ya era -desde hacía cuatro años- la cooperativa y editorial Eloísa Cartonera. La paró y le dijo que quería comprarle cartones. La Osa Poderosa los llevaba en el carro, ordenados con obsesiva prolijidad. Pasó un día, otro. “Traelos secos y limpitos”, le decía el “Cucu”, y le pagaba cinco veces más por esas piezas claras y esponjosas de cartón corrugado. Una noche de frío asombroso, él le dijo: “Che, Osita, dejá de joder. Vení para adentro a pintar unas tapas de libros, no ves que te vas a helar”.

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Washignton Cucurto, 44 años y autor, entre otros tantos libros, de La culpa es de Francia, el policial ambientado en el barrio de La Boca en el que está incluido el cuento en donde La Osa Poderosa y la editorial Eloísa Cartonera, con todos sus integrantes, se vuelven escenografía y personajes.

 En la obra de Cucurto la realidad y la ficción se cruzan en un estilo que algunos críticos llaman “realismo atolondrado”. Nutrido con la presencia del lenguaje de las clases bajas, de los inmigrantes, los exabruptos callejeros, la oralidad lúdica y vulgar, la música ruidosa, las sobras, los “sapos de otro pozo” como él, que se topó con la poesía y la literatura por casualidad. Fue en su primer trabajo formal; acomodaba zanahorias, tomates y plantas de lechugas como repositor de verduras en un supermercado Carrefour. Era 1998, tenía 25 años, no había terminado el colegio secundario y su empleo anterior había sido de vendedor ambulante de medias.

 En Carrefour  le iba bien. Era un buen empleado. Un día, su supervisor le pidió que le enseñara cómo hacer el trabajo a un suplente, un estudiante universitario que iba a ganarse unos pesos reemplazando al compañero de Cucurto durante una licencia larga. Cucurto le dio la bienvenida a Maxi el primer día, le enseñó a limpiar las verduras mustias, a combinar los colores de las frutas para que resaltaran más en las góndolas; se llevaban bien y empezaron a almorzar juntos en el comedor de la empresa. Maxi sacaba de su morral libros y revistas de poesía y los dejaba sobre la mesa junto al plato de comida. Leía. Cucurto miraba esas publicaciones sin entender. Qué hacía un poeta posando en el centro de la fotografía de un equipo de fútbol y qué hacía esa fotografía en la tapa de una revista de poesía.  La revista que puso en duda la imagen que Cucurto tenía de los poetas era la emblemática Crisis; y el equipo de futbol, el albiceleste Racing Club. El poeta que posaba como un futbolista más del equipo era Roberto Santoro, un escritor desaparecido en 1977, durante la dictadura -autor de La literatura de la pelota-, y que escribía versos como estos: Andaba yo desnudo de mí/perdido en la lluvia del olvido/de barco navegando por las plazas/dormido el pecho/su gorrión descalzo/y tuve que llevarte a la palabra/ponerte en posición de vuelo/a veces de bufanda/rueda azul/andaba/te seguía/mi muerte con su forma de guitarra. Cucurto escuchaba a Maxi leer todos los mediodías cosas así.

 Cuando unas semanas después el estudiante terminó la suplencia y se despidió de Cucurto, le dijo que esa misma noche un poeta leería en una librería de la Avenida Corrientes, que si quería ir podían encontrarse allí. Cucurto tomó coraje y fue y, ahora, en una mañana brumosa de agosto, casi veinte años después, recuerda aquella noche. Su voz resuena en el altavoz del teléfono apoyado sobre una de las mesas de la sala llena de luz de la librería de Fundación Proa. Afuera, el Riachuelo se ve tan cerca que parece entrar a través del ventanal mezclándose con las baldosas multicolores de la rambla de La Boca. Cerca del teléfono está exhibido su libro Si te copas y curtis, la portada tan pletórica de amarillos y rojos y anaranjados como las paredes de los conventillos del barrio. Su voz es reposada, venida desde un tiempo anterior, suave y germinal: “Nunca había visto tantas chicas bonitas todas juntas. No sabía qué hacer, si entrar o no. No veía a Maxi por ningún lado. Yo era un sapo de otro pozo. De pronto, escuché a lo lejos leer al poeta, yo estaba demasiado atrás; ni veía el escenario. Sólo escuchaba las palabras encadenadas, amor, pájaros, cielo, beso, cosas simples que yo nunca había oído decir así. Cuando me fui, en la puerta había una mesa con una pila de libros que se vendían. Agarré uno y miré la foto en la contratapa. Era el poeta que había leído esa noche, y ahí estaba el tipo en la foto, fumando, largando el humo como cualquiera. Parecía un hombre común, uno que me podía cruzar en la calle. Compré el libro de poemas, llegué a mi casa y empecé a leer. Todavía tenía la voz del tipo en mi cabeza. No pude parar, leí de corrido hasta el final. Al otro día llegué al supermercado y, ahí no más, del otro lado de las hojas que me daban para que controlara las cantidades de cajas de verduras y frutas que entraban a la verdulería, en la parte blanca de atrás, empecé a escribir: una oda a la zanahoria, una oda a la lechuga, odas que inventaba usando las palabras que le había oído recitar al poeta”. El poeta se llamaba Juan Gelman.

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Poco después, impregnado con el veneno soberbio de aquella prosa, la realidad de cada día se fue travistiendo bajo una forma que tomó cuerpo en su primer libro de poemas, Zelarayán, publicado en 1998, en un sello independiente. A las diez/de la mañana/recitando sus mejores/poemas/asustando a cajeras y viejas/con su aullido/Ricardo Zelarayán/era arrastrado de los pelos/por los guardias de seguridad/por tirar las espinacas/al piso,/la bandeja de los kiwis/al piso,/por destapar los yogures/de litro./Ricardo Zelarayán/era arrastrado de los pelos/por andar como un demonio/entre las góndolas/imprimiendo temor/en niños y niñas/niños que tienen/el sexo y el hurto/en los ojos/niñas que gozan/del gozo/del libidinoso/monstruo/que piensa/en el dulce retorno/fulgor y deleite/del virginal ano./El monstruo/fue desalojado/del supermercado/por tener malos hábitos/y ser improductivo/para la Sociedad/para la Gran Empresa Nacional/de los Mendes.

 Como un predador insaciable, Cucurto succionaba la sabia ajena para emerger con algo propio y nuevo. En ese primer libro, se adueñaba del nombre de otro mítico poeta argentino para construir su personaje: Ricardo Zelarayán, un extraño de las letras argentinas, un escritor secreto y casi maldito, una de sus fuentes de inspiración.

 Roberto Papateodosio, el librero de Fundación Proa -veinte años de oficio, reconocido en el medio como uno de esos libreros esmerados y en extinción- hace una pausa en su día de trabajo y, después de ayudar a unos turistas norteamericanos en su búsqueda de libros de arquitectura, dice que la irrupción de Washington Cucurto en la poesía provocó un sismo, un quiebre entre antes y después de lo que él trajo consigo. Sin embargo, Washington Cucurto está ausente en el volumen compilado por el crítico Jorge Masteleone con la historia de la poesía argentina, publicado por Alfaguara para el bicentenario del país, en 2010. “Esa antología es, a mi criterio, insuficiente e incompleta. Más allá de que toda antología es incompleta. Son selecciones de exclusión, te dicen aquello que no es. Con respecto a esta: no tiene aparato crítico, ni notas, no hay nada de poesía de los ´90 en adelante. Muy poco interesante.”

Hace un par de años, después de que sus poemas abismales provocaran ese sacudón inesperado y persistente, hondo y disruptivo, siendo ya una figura indiscutida, Cucurto escribió en el prólogo de su libro 100 poemas. “La poesía (además de no venderse) tiene un espíritu inasible, impensable, contradictorio y nadie sabe bien qué es, dónde está, hacia dónde se dirige. Se la puede reconocer en muchos estados, en distintos sitios; se traviste como quiere. Aquellos que creen que la poesía es esto o aquello, están equivocados: es esto y lo otro. La poesía vive en las paredes, en el lenguaje de los médicos, en el grito de los vendedores ambulantes y en una bañera, por supuesto. Tarde o temprano, como decía Drummond de Andrade, la poesía aparece y a veces ni siquiera nos damos cuenta.”

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 Justo antes de la crisis de 2002, con los artistas plásticos Javier Barilaro y Fernanda Laguna, decidió que era tiempo de crear su propia editorial. Barilaro se había enamorado tanto de una chica de un barrio distinguido de Buenos Airees que creyó que si le demostraba su amor poniéndole a la editorial su nombre, ella quedaría completamente deslumbrada por el gesto y no podría decir que no. Barilaro fracasó en el intento pero, aun así, el emprendimiento mantuvo su nombre: Eloísa Ediciones. Pronto, Argentina se sumergió en la peor crisis económica y política de su historia; el precio del papel se cuadriplicó y era imposible seguir editando bajo las formas tradicionales. Cucurto agudizó el poder de su invención. Un día, caminando por una avenida ancha, vio venir de frente a unos cartoneros que arrastraban sus carros desbordados de hermosas placas claras de cartón corrugado. Esas serían las tapas de los libros hechos a mano, cada una pintada con témperas y acuarelas, multicolores, con diseños exclusivos, cada una sería una portada única, lista para cobijar las obras que imprimirían en papel de resma común.

 Eloísa Ediciones se transformó en una cooperativa en 2003 y cambió su nombre por Eloísa Cartonera. El debut fue en Almagro, en la calle Guardia Vieja, compartiendo el local con una verdulería. Muy pronto se mudaron a La Boca, alquilaron un local cerca de La Bombonera  y fueron felices allí durante más de diez años. A partir de 2016, hicieron cuentas, se achicaron y pudieron comprar un pequeño local en Almagro.

 Lo que Cucurto había provocado como autor se revelaría con Eloísa Cartonera también en el campo editorial. Un crujido, un dislate, un sapo de otro pozo, un emergente irreverente de una estética que podría resumirse con el nombre del premio que desde hace cinco años entrega la editorial: “Sudaca Border”, que en el 2017 tuvo como jurado a César Aira, otro inclasificable autor de culto argentino.

 Eloísa Cartonera nació llamando la atención. Su catálogo fue creciendo con los títulos de autores reconocidos que dieron su permiso para la impresión de sus textos. La obra de próceres de la literatura junto a la de autores jóvenes y otros de escasa circulación comenzaron a venderse a precios populares -dos o tres dólares- al margen de los circuitos tradicionales: en el local de Eloísa Cartonera, en ferias, en algunas pocas librerías “de autor”, en los puestos de otras cooperativas con los que hacen intercambios; miel por libros; aceite por libros; mermeladas artesanales por libros.

 Muy pronto, mientras muchos celebraban la invención y otros criticaban “la impertinente estetización de la miseria”, el modelo se esparció en países de Latinoamérica y Europa. La Universidad de Wisconsin organizó en 2009 el primer encuentro de editoriales cartoneras y mantiene activa una base de datos con las que surgieron en estos quince años de historia. El alcance de cada una es muy diferente. Las tiradas iniciales de Eloísa Cartonera son de entre mil y mil quinientos ejemplares para autores como César Aira, Ricardo Piglia, Néstor Perlongher, Fabián Casas, Fogwill, que suelen agotarse en dos años. De otros autores, como las escritoras argentinas Salvadora Medina Onrubia, Dalia Rosetti, Elsa Drucaroff o la poeta peruana  Carmén Olle imprimen tiradas de cuatrocientos ejemplares. En Chile, suelen ser de cincuenta libros; en México, rondan los cien; en Perú, los ciento cincuenta; en Francia, los cincuenta; en España, imprimen cuarenta y en Estados Unidos las tiradas iniciales son de cien ejemplares.

 En 2016, en China se sumó La guêpe. Dos ejemplares del Martín Fierro traducido al mandarín ocupan su lugar en la biblioteca del local de Eloísa Cartonera en el barrio de Almagro. Una tarde, La Osa Poderosa, va a mostrarlos mientras cuenta que una investigadora de una universidad norteamericana viajó para hacer un taller en la editorial y como sabía chino, ella le pidió que le leyera el libro en voz alta.

 A diez años de su creación, Eloísa Cartonera recibió el premio Príncipe Claus 2012 de Holanda “que distingue la tarea de instituciones y personas cuyas acciones tienen un impacto positivo en la sociedad”. Con el premio de cien mil euros, unos años después, compraron el pequeño local en Almagro, un puesto de diarios que hace de librería callejera sobre la Avenida Corrientes -esquina Paraná-, y una casa granja en los suburbios de Florencio Varela que bautizaron “El sol albañil” como homenaje al libro para niños del pedagogo y poeta Ernesto Camilli, un adelantado que se atrevió a mezclar gramática con imaginación. La Osa Poderosa ya era miembro de la cooperativa. Fueron varios los cartoneros que pasaron por la editorial a lo largo de estos quince años. Ahora, los miembros de la cooperativa son nada más que cinco. Washington Cucurto -su nombre real es Santiago Vega-, su mujer llamada María Gómez, Celeste Portillo, Alejandro Miranda Araya, y Mirian Soledad Merlo: la Osa Poderosa y la única ex cartonera del grupo.

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Mirian Soledad Merlo nació en La Plata hace treinta y dos años. No sabe quiénes fueron sus padres.  Eran adictos, dice como una disculpa que cae tenue desde algún cielo que no conoció. La abandonaron; a ella y a otros diez hermanos. Hace dos años, a través de Facebook, se reencontró con uno de ellos, tres años mayor.

 -Está en la cárcel por chorro -dice envuelta en su pulóver de leopardo, enteramente erguida, con la pose de una reina que  conoce bien sus conquistas y el pasado que dejó.

Es una tarde de agosto, la hora de la siesta, y Almagro se ve apacible. No es igual en el interior del local donde funciona la editorial. La cumbia acompaña el ritmo de las caderas de la Osa Poderosa mientras canta: “Voy a ser feliz, voy a ser feliz, felices los cuatro…”, y ensambla libros. El local es chico, unos cuarenta metros cuadrados pintados de mil colores por fuera y completamente claro por dentro. Sobre una pared se acomodan, en repisas blancas, las cajas en donde guardan las impresiones de cada uno de los libros, abrochadas y listas para encuadernar.

La Osa Poderosa señala la que guarda las copias de Bazán, de Tomás Eloy Martínez. Parece querer decir algo, pero la canción la distrae. Se acerca hasta el equipo de música rodeado de docenas de CD y baja un poco el volumen. Sobre otra pared se extiende una guirnalda de letras de colores que conforman el nombre de la editorial. Hay una fotocopiadora y dos mesas donde se apilan las tapas que ya están pintadas. En un rincón, se acumulan los cartones vírgenes que ella recortará y dejará listos para pintar. La fachada de la editorial tiene el mismo desparpajo de esas tapas multicolores, con una leyenda inscripta sobre un fondo limpio y despejado: “Leer te salva”.

 La distribución de las tareas entre los cinco miembros de la cooperativa es más o menos así. Alejandro -38 años, chileno nacido en Valparaíso, una década en Eloísa Cartonera- y la Osa Poderosa se encargan de la compra de los cartones, del armado de los libros y de la atención del puesto de venta sobre la calle Corrientes que abre por las tardes. Alejandro imprime el interior de los libros en su casa del barrio de La Boca donde guardan la máquina offset porque es tan grande que no entra en el local. Después, lleva las impresiones hasta Almagro, las dobla, las abrocha y las deja prolijamente acomodadas en la caja que le corresponde a cada una, listas para encuadernar. Celeste Portillo -28 años, 4 hijos, desde el comienzo parte integrante de Eloísa Cartonera y, según la Osa Poderosa, “recontra flaquísima”- pinta las tapas. La Osa los ensambla y, también, pinta tapas.

 Por ahora, siguen comprando las cajas a los cartoneros de La Boca, ellos los conocen y saben que les pagan más: un peso por cartón. Otros les pagan un peso con cincuenta por cinco cartones. Como Alejandro vive en el barrio, hace la compra y le avisa a la Osa para que vaya a buscarlas. O él mismo las trae hasta Almagro. En estos días fríos y húmedos, el problema es que las cajas se mojan y no es fácil conseguir buen material. La Osa dice que, a veces, le toca llevar los libros terminados hasta la casa del “Cucu” y María, en el barrio de Once; que ellos se encargan de la edición de los libros y la distribución.

 Sobre el tablón donde corta los cartones hay una nota que le dejó su compañero Alejandro: “Osa (la O tiene dibujada en el interior una carita feliz): hay que conseguir cartón para Celeste porque no hay nada…/ Pegar todos los libros que están en la mesa y llevarlos al puesto en la caja de bananas que está debajo de la mesa”.  Sobre otra mesa, otro mensaje: “Osa: hay que hacer todos estos libros. Acá tenés cartón. Pintalos bien lindos. María.”

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Los mensajes con emoticones escritos en pedazos de papel o enviados por WhatsApp los mantiene informados. A la editorial llegan y se van, cada uno con sus tareas que hacer. A veces, no se ven por días. Ella trabaja, lee y opina. Conoce el catálogo de Eloísa Cartonera con sus casi doscientos títulos como otros se saben sus mitos y rezos.

-A “Cucu” si tengo que criticarlo, lo critico… Cuando no está María, porque cuando está ella, él es distinto, ¿viste? La mujer lo cambia.

En La culpa es de Francia, Cucurto describe así a su María: “…una mujer blanca, de pelo negro largo con un par de tetas preciosas”, y una página después “…La mujer de tez blanca y de pelo negro y largo intenso y grandes tetas…”.

 -A “Cucu”, si tengo que decirle que se pasó de la raya, se lo digo. En 1810. La Revolución de Mayo vivida por los negros le falta el respeto a San Martín, y eso no está bien, digo yo. Él cuenta la verdad. Bueno, a veces, también hay cosas de ficción. Tiene una gran humildad, el “Cucu”. La gente lo adora, yo creo que se ve reflejada en lo que él escribe. A mí el libro que más me gusta es La culpa es de Francia; ahí, todo pasa en La Boca.

 Fue a la escuela hasta tercer año pero, con cierta vergüenza, reconoce que no leía nada de nada.

 -El “Cucu” me insistió tanto… Yo pasaba con el carro y él me decía: “Vos sos inteligente. Vos tenés que estar acá, en la editorial. Vas a conocer gente, vas a viajar, ponete las pilas, Osa.” Y ahí empecé a trabajar con ellos. Y me enseñaron todo. A pintar, a leer bien, a escribir, a hablar con la gente.

 Fueron muchos los cartoneros que pasaron por Eloísa Cartonera. Hasta su amiga de toda la vida trabajo allí unos meses. La Osa Poderosa dice que no soportó la presión, que no es fácil cambiar de vida, bañarse todos los días, cumplir un horario, hacer el trabajo, que quede prolijo.

 -Yo se los muestro a mis amigas del barrio y no tienen idea. Lo miran raro, se aburren si les quiero hablar más. Cuando sos cartonero vos querés la platita para vivir el día, tener tu  libertad, hacer lo que se te da la gana. A mí me convenció el ´Cucu´. Yo le decía: dejá de joder, che, dame la guita de los cartones y me voy. Yo dormía con mi pareja abajo del puente, en Constitución. No quería saber nada. Hablaba mal. Decía todo el tiempo: wacho, trolo, transa, andá a cagar. El ´Cucu´ me fue enseñando a hablar. ¿Sabés que yo viajé con el ´Cucu´ en avión? Nos fuimos a un hotel cinco estrellas a presentar los libros, yo hablé, di un taller. Ahí, todavía, estaba mi amiga trabajando y la bestia ¿sabés qué hacía?, tiraba los pañales del nene por la ventana  y caían para abajo, al borde de la pileta…te imaginás el quilombo. De la editorial se fue. Y ahora está presa.

 La Osa Poderosa sacaba buena plata cartoneando, la calle le daba todo, si quería encontrar un par de zapatillas, abría el tacho y ahí estaban las zapatillas. Dice que a la gente buena le pasan cosas buenas. Todos le daban comida. Y esas cosas eran lindas. Dormía debajo del puente, se bañaba en la estación de servicio. Pasaba alguien de su familia, la veían así, y le contaban a su papá Ángel: “La vimos a Miriam en Constitución”. En ese entonces a ella no le importaba. Aunque fue él quien la adoptó de bebé y la crió. Ahora, es diferente; él está orgulloso y viven juntos en San Francisco Solano, bien al sur de Buenos Aires, junto a Federico. Al papá de su hijo lo conoció en Eloísa Cartonera; Hugo les vendía cartones. Hace dos años se separaron, así que ella se arregla con el dinero de la Asignación Universal por Hijo, y lo que saca en la cooperativa por la venta de los libros y los talleres que dictan -después de restar la parte que guardan para la compra de los materiales, no es mucho lo que queda. Los libros se venden a precio popular: un libro por treinta pesos, dos libros por cincuenta pesos -unos tres dólares-.

 

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A ella le encantaría que en los barrios pobres hubiera más editoriales como Eloísa Cartonera y un ejército de Osas Poderosas. Pero con un pragmatismo desolador dice:

 -Estaría buenísimo pero hay que ver el interés de ellos. Yo les muestro a mis amigas y para ellas esto -agarra un libro en sus manos- no es nada; es una tapa de cartón pintada. Yo les explico que es un libro que escribió un autor importante. Que lo nuestro, en la editorial, no es hacer un libro, así nomás. Que hay que pedirle permiso al escritor, comprar el cartón, recortar, pintar, hacer las impresiones, abrocharlas, llevar los libros, venderlos. ¿Sabés qué me dicen?: “Ah, pero eso es re aburrido, re feo, no me interesa”. Le explico a Solano, mi amigo, y tampoco entiende un cuerno. Le digo: mirá, acá atrás, en la contratapa, está la lista de todas  las obras que publicamos. Pero no saben. Viven en ese mundo… no conocen ni el Obelisco. El mundo de mis amigas es ir a los penales todos los fines de semana. Tienen a sus maridos encerrados hace diez años. Van con las bolsas llenas de mercadería. No comen ellos para llevarles la comida al chabón que está preso. Sienten obligación, pienso yo, porque tienen un hijo en común. Un poco por miedo, también. Los chabones les mandan matonas. Las cuñadas vienen al barrio y las apuran. Hay muchas historias con mala vibra. Hay viejos que les dan casa… les compran las mejores zapatillas. Viejos degenerados. Ellas me ven en el Facebook y me dicen todo.

 La Osa Poderosa dice que no sienten celos ni la envidian.

 -¡Soy la héroe de ellas, boluda! Todas cuentan conmigo, me cuentan sus cosas. Soy su salvación. Yo les doy ánimo. Mirá, yo fui adoptada. Mis padres fueron drogadictos. A mí se me pega la gente con esas historias. Claro que me gustaría dar talleres en las villas. Que se enganchen con la lectura. Yo quiero ir. La onda, para enseñarles a hacer los libros, es que ellos consigan cartones y materiales.

 La tarde anterior, Alejandro ordenaba libros en el puesto de ventas de Corrientes y Paraná y cuando los turistas pasaban y le preguntaban qué era eso que vendía, el les respondía: “Son libros subversivos”, como si quisiera espantarlos y espantar las preguntas a su alrededor. Delgado, de estatura media, piel morena, parco, y visiblemente molesto por tener que explicar cuál es el rol de Eloísa Cartonera en este mundo, decía que la editorial no tiene por qué cumplir un rol social en las villas ni en ningún lado, que ellos no pueden reemplazar la función y el rol del Estado. Alejandro se molestaba por tener que explicar, después de quince años de historia, que la editorial no representa una “estética cartonera”, que él es particularmente respetuoso de ese trabajo arduo que miles tienen que hacer para subsistir, pero que Eloísa Cartonera es una editorial y su rol pertenece al ámbito de la cultura. “Eloísa es una editorial que tiene la particularidad de hacer libros con tapas de cartón que les compramos a los cartoneros. Punto. No me interesa montar un discurso progresista. Nosotros tenemos una compañera que fue cartonera, pero hoy es un miembro más de la cooperativa. Espero que no se entienda mal. Es posible que en estos quince años hayamos perdido algo del romanticismo del comienzo. Pero ganamos otras cosas. Hicimos de esto nuestro trabajo, no es fácil, es como empezar cada semana. ¿Tiene sentido ir una tarde a mostrarle a un chico cómo hacer un libro si nadie va a sostener esa iniciativa a través del tiempo? Estoy de acuerdo si se trata de una actividad recreativa, pero en las villas hay que enseñar un trabajo sostenible. Y a los chicos, hay que darles primero agua, cloacas, luz. Después de eso, podemos pensar en los libritos.  Nos cuidamos mucho de ese tipo de alegorías, no queremos que se confunda nuestro lugar”.

 La Osa escucha las ideas de Alejandro y dice que tiene razón.

 -Hay que ver si hay gente que esté dispuesta a hacer eso por ellos, por la gente de las villas. Nosotros podemos ir y hacer el taller pero después nos fuimos y eso queda, como dice Ale, en la nada. 

Una vez, Roberto Papateodosio, tratando de entender la tensión entre el proyecto editorial y social, les preguntó a Cucurto y a María Gómez: “¿Alguno de los dos me puede decir qué es Eloísa Cartonera? Nunca conseguí una respuesta definitiva. No es fácil ensamblar los intereses de los distintos miembros en una cooperativa de esta naturaleza. Eloísa es, tal vez, la propuesta editorial independiente más importante. Por la conformación de su catálogo -que incluye lo mejor de la poesía y narrativa latinoamericana -, por la búsqueda de una alternativa a las editoriales multinacionales, y por arriesgarse en un intento de inclusión de los desplazados.”

La Osa Poderosa dice que por supuesto conoce al librero, y agrega que Roberto Papateodosio fue el primer lector sofisticado que tuvieron en la editorial. Después cambia de tema. Hacía minutos que parecía buscar algo en su celular.

 -¿Estás preparada para una sorpresa?

 Como una maga hace aparecer la foto de su hijo cuando tenía un año junto al crack boquense Martín Palermo. El ídolo lo eligió como ahijado entre los nenes que inauguraron el jardín de infantes Upa, del club Boca Juniors. Pasan las fotografías. Su papá Ángel; Ale en el puesto de venta de la calle Corrientes; ella arregladísima, junto a Cucurto, con el entusiasmo de quien está por comenzar un viaje.

 – Yo nunca me imaginé que iba a viajar en avión. ¡Nunca pensé que iba a conocer a Tomás Eloy Martínez! Vino a Eloísa Cartonera cuando ya estaba muy viejito y enfermo. El escribió la novela Santa Evita;  yo nunca había leído nada de él. El “Cucu” me dijo: “Es un genio, y es periodista en La Nación. Dice que quiere comer tus fideos.”  Y bueno, yo le hice los fideos caseros, con tuco, estofado, con todo. Era domingo y jugaba Boca. Fue en verano. Él llegó con su mujer y yo le dije: “Hola, Tomás, ¿todo bien?, bienvenido a Eloísa Cartonera”. Habíamos preparado una mesa con caballetes en la calle y los turistas pensaban que era un restaurante.

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La columna publicada en La Nación el sábado 28 de febrero de 2009 se llamó “Creadores ante la crisis” y empezaba así: Boca iba a perder ante Newell´s Old Boys en la Bombonera la tarde del sábado 14 de febrero… un turista ya calcinado preguntó si la entrada al estadio era por ahí. ´Por acá nomás, rubio; derechito, sesenta metros´, informó la Osa, servicial, mientras ofrecía: “¿Te pinto la cara de azul y oro? A voluntad, ¿eh?”. El muchacho aceptó un corazón con los colores de Boca en cada mejilla y le extendió un billete de diez pesos. “¿Esto es un comedor?´´, preguntó, apuntando con el índice a una larga mesa tendida en la vereda.

 -Ja, ja. Claro, fue así. Yo le contesté: “No, chabón. Esta es una reunión de Eloísa Cartonera. Somos una cooperativa; hacemos libros con cartón. Pero aquí, al lado, te podés comprar un choripán riquísimo.”

 La Osa vende a bajo precio su excelente arte gráfico, pero no acepta pago alguno por las maravillas de su cocina- escribía Eloy Martínez-, los tallarines caseros con estofado que preparó para agasajar a un grupo de amigos de visita en la editorial independiente que la liberó de sus idas y venidas por la ciudad de Buenos Aires para revisar las bolsas de basura. “Por Coronel Díaz yendo a Santa Fe, /juntando cartones, papeles, pedazos/ de viejos diarios, botellitas, plásticos,/iba solita, toda pintadita/como una muñequita entre las basuritas”, escribió Washington Cucurto en “La cartonerita”, un poema sobre mujeres como Miriam Merlo, nombre con el que la Osa nació en el Chaco hace veinticinco años. Esta semana ha regresado a su tierra para difundir los libros de Eloísa en la Feria del Libro Chaqueño y Regional.

 -Tomás nos dio la autorización para publicar Bazán. Me emociona, me llena el corazón. ¿Sabés qué pienso? Que el libro de él, lo hice yo, acá, y después ese libro fue a parar, no sé, a España, por ejemplo. Pienso en el destino de los libros y para mí es una emoción.

 Eloísa Cartonera es una comunidad artística y social que ha hecho por las personas marginadas de la sociedad de consumo mucho más que las políticas municipales y nacionales que se sucedieron desde el cataclismo económico de 2001…-escribió Eloy Martinez- Lo que para los funcionarios quizá sean sólo estadísticas sin alma, aquí son todas historias, nombres propios, seres humanos que dejan en la ciudad la sombra de sus felicidades y sus desventuras. Conocen a la perfección los libros que publican y, cuando los venden, nunca es a ciegas. Segura de sí, la Osa me recomienda El atravesado, un relato del colombiano Andrés Caicedo.

 -Poco antes de morir, Tomás nos invitó a su casa, a comer con su mujer. Y fuimos: María, “Cucu”, Ale, yo. Tenía un gato enorme. Yo lo miraba tanto que él me dijo: “Alzálo, si querés”.  No lo podía creer: estaba en la casa de Tomás Eloy Martínez. Fue algo importante para mí. A Ale, a María, a ellos no los emociona tanto porque son universitarios, saben todo. Yo no.

 Se acerca la hora de ir a buscar a su hijo Federico a la salida de la escuela. Se levanta para ir al baño, se arregla el pelo frente al espejo con la puerta abierta. El aroma es a lavandina y lavanda.

 Cuando regresa, observa azorada lo que muestra la pantalla de mi celular. Ahora, la sorprendida es ella. La Osa Poderosa no había visto la tapa de La pasión según Cucurto. En su nuevo libro, publicado por la editorial GES- Grupo Editorial Sur-, el escritor es presentado así: “Acaso Cucurto sea, como dice Ricardo Piglia, el autor de mayor y más profunda capacidad de contemplación y escritura de su generación, comparable -siempre según Piglia- con el genio observador y descriptivo de Roberto Arlt”. En la portada, Cucurto luce su cuerpo sin ropas, apenas cubierta su pelvis por un género liviano y azul, inerte en los brazos de una mujer semidesnuda: una fotografía que imita a La piedad, de Miguel Ángel. Cucurto no es un hombre bello pero la pose le sienta bien.

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-Es un genio “el negro”, boluda.

 La Osa Poderosa lo prefiere cuando está solo.

 -Ya te dije, cuando está con María… es el peor. Ella es celosa… Yo me fui de viaje con él a todos lados. Vamos a la Universidad y él da entrevistas con todos los alumnos y cuando termina, sale, ahí, conmigo y vendemos todos los libros, y él se pone re-contento.

 La Osa se ríe a carcajadas.

 -¡Qué buena tapa!

 Cucurto no le había contado del nuevo libro.

 -Cómo me va a contar si no nos vemos nunca…

 Ni siquiera para comer un asado, de vez en cuando.

 -Son vegetarianos, los tres. ¿Podés creer?

 El reloj marca las cuatro menos diez de la tarde. Sube el volumen y suena una “cumbiela”, como les dice Cucurto a las cumbias. Ella canta: “Voy a ser feliz, voy a ser feliz, felices los cuatro…”, mientras va dejando todo listo para cerrar el local. Después, queda el silencio y el chirrido de la cortina de rejas que baja lento. La Osa Poderosa se despide de los vecinos que están tomando mate en la vereda y empieza a caminar hacia la parada del colectivo 8 que la lleva, todos los días, desde Almagro hasta La Boca. En la mano tiene un libro con las tapas mal pegadas. Se equivocó y quedó desprolijo,  así que el ejemplar de El sol albañil será un regalo para algún pariente.

 -Fede ya lo tiene. La biblioteca de su cuarto es enorme; siempre le regalan libros. ¿Sabés que les dice, él, a todos? Que su mamá es artista. Él habla inglés, hace arte, de todo en la escuela. Pero quiere manejar un tren.

***

La voz de Washington Cucurto cuando narra su historia de vida puede escucharse, extrañamente, como una canción de cuna, como si quisiera evitar sobresaltos y alejar fantasmas, como si pretendiera transportar a quien lo escucha a un estado de ensoñación. Puede recitar monólogos sobre la primera vez que escuchó leer en voz alta a un poeta, de sus primeras odas a las verduras escritas en papeles de Carrefour, de la primera vez que caminando por una avenida ancha vio a los cartoneros arrastrando sus carros y pensó en tapas de libros de cartón.

 La voz de Washington Cucurto cambia si se le piden otras cosas, se detiene, duda, incapaz de dar un veredicto sobre un invento poroso que viene sosteniendo a lo largo de casi quince años; de los tres fundadores, el único que queda es él. “No sé si pensábamos que íbamos a resistir tanto. Estamos sobreviviendo; esa sería la conclusión. ¿Qué es Eloísa Cartonera? Yo creo que un mezcla de cosas. No sé si se puede separar lo político, lo cultural, la vida diaria. No se puede decir: lo cultural sí y lo social no. Lo social está en toda la cultura. No sé tampoco por qué no hay más Eloísas Cartoneras y más Osas Poderosas. Yo creo que es una tarea del Estado, nosotros no tenemos la herramienta ni el poder. Si hubiese un proyecto así, sería un sueño.” La librería de Fundación Proa está en silencio. Es temprano todavía y lo único que se escucha es el roce suave de los movimientos, llenos de cuidado, de los hombres que están desmontando las obras de una exhibición que acaba de terminar.

 Afuera, después de dos días de lluvias, el cielo comienza a verse azul. Rayos claros caen cada tanto sobre la mesa central donde se apilan los libros. En un exhibidor se ve un ejemplar de Si te animás y curtís. En una de las páginas centrales Cucurto escribe una de sus odas. Esta vez no es a las zanahorias ni a las lechugas. Su musa es la poesía: En la ciudad delirante y convulsa y llena de locos y de chicas con ganas de escribir que a su vez no tienen tiempo de leer, entre autos, el ruido del subte y las marchas políticas, hay gente joven que quiere escribir un poema… Al leer la página, escrita en letra cursiva y desbordada, es fácil imaginarse a Cucurto aquella noche de frío invitando a La Osa Poderosa a que deje su carro y la calle para pintar unas tapas de libros de cartón. La oda se llama “¿Cómo se escribe un poema?” y termina así: ¿Qué hay que hacer? ¿Es difícil? ¿Es fácil? …¿Cómo se hace? ¿Cuánto tarda? ¿Cuánto vale?

Esta crónica fue escrita en el marco del Taller de Crónica Periodística con Alberto Salcedo Ramos, organizado por la FNPI- Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano- y la Fundación PROA –  en Buenos Aires., entre el 1 y el 5 de agosto de 2017.

Revista Anfibia

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