Rosa, voz de mujer aymara

Por Milagros Berrios – La República *

Los comuneros le habían advertido a Rosa Palomino que cada vez que se le cruzara un animal tenía que gritar: “¡¿Quién camina por aquí?!”.

El ‘animal’ no es otro que el kharisiri o pishtaco (personaje de la tradición andina conocido por degollar a sus víctimas y sacarles la grasa corporal) y la frase era, tal vez, el único mecanismo para neutralizar el ataque. “Eso nomás hay que decirle, hermana Panqara–le sugerían los pobladores–. Eso nomás hay que decirle”.

Ellos tenían la razón: aquella frase no le ha fallado en los últimos 30 años.

A esta mujer de 67 los comuneros de Puno la protegen en sus viajes por las zonas más profundas del Altiplano. Hasta allí llega a pie, bicicleta o moto, para recoger las demandas de sus hermanas indígenas y luego difundirlas en la radio.

Rosa Palomino Chahuares es la primera locutora aimara de Puno. La primera que empujó a las mujeres a que alcen su voz. Una activista que cuando deja a su familia en el campo, coge una grabadora, un par de pilas y parte hacia las comunidades a grabar los mensajes de las mujeres que reclaman por un trato justo, el respeto a su cultura y el valor de los productos de su tierra. Luego, procesa el material, arma un guion y lo difunde en su programa radial Wiñay Panqara (siempre floreciendo), antes en radio Onda Azul, ahora en Pachamama.

El miedo a hablar

De los 55 pueblos indígenas u originarios identificados en el país el de Rosa es uno de los más numerosos. Más de 440 mil peruanos tienen al aimara como lengua materna. Muchos lo silencian bajo la sombra del castellano.

Cuando la locutora terminó la primaria su madre le dijo que debía aprender español para que no la maltrataran como a ella. A los 16 años dejó el distrito de Platería –casi a las orillas del Lago Titicaca y llegó a la ciudad. Allí la golpearon hasta convencerla de que debía volver a su comunidad. En los 80, durante un Congreso de mujeres quechuas y aimaras escuchó el reclamo de sus hermanas que también fueron maltratadas, y entendió que necesitaban un medio para gritarlo: la radio.

Encontró el apoyo de una ONG alemana, armó el programa Wiñay Panqara y se unió a las mujeres de distritos como Acora, Chucuito, Juli y Huacullani. Ellas cantaban su cultura y contaban las historias de sus antepasados al aire.

Hubo miedo al inicio. Miedo de hablar. Miedo por ser mujeres, por ser aimaras y porque la radio era de los hombres.

Lo que no hubo fue dinero para alquilar un espacio radial, ni salario para el equipo de locutoras. “Pensábamos pagar con chuño, papa o arroz”. La congregación Santa Cruz les dio una mano y la radio Onda Azul, un año de alquiler. “Las hermanas decían que teníamos que seguir con plata o sin plata porque no podíamos callarnos”, dice kullaca Panqara, la hermana Flor.

Trabajó ad honorem más de 20 años, terminó la secundaria a los 32 y llevó su palabra hasta Alemania, Inglaterra, México, Suiza y Estados UnidosSu hija también es comunicadora. “Pero ella es de la universidad de las aulas, yo de la universidad de la vida”, dice. Su poderosa voz no se apagará.

*Esta nota se escribió en el marco de la Beca Cosecha Roja y fue publicada en el diario La República, de Perú.

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