El 17 de Octubre en los cuentos de los mejores escritores

En Contexto
El 17 de octubre de 1945 marcó el nacimiento del peronismo al calor de una nunca vista manifestación popular, obrera y plebeya, que ocupó la Plaza de Mayo de la ciudad de Buenos Aires -frente a la casa de gobierno- para reclamar por la libertad y la reposición en sus funciones del entonces coronel Perón, preso en la isla Martín García. En palabras de Arturo Jauretche, un intelectual fundante del pensamiento nacional surgido del Yrigoyenismo radical “El 17 de octubre, más que representar la victoria de una clase, es la presencia del nuevo país con su vanguardia más combatiente y que más pronto tomó contacto con la realidad propia.”

Los mejores narradores argentinos han escrito sobre el peronismo de un modo maravilloso. Existen decenas de relatos que podríamos citar en este espacio. Decidimos simplemente dejar aquí algunos de los que aplaudieron estas jornadas y lo que trajeron, como de quienes se sintieron horrorizados por el surgimiento del peronismo. No pretendemos explicar nada, la literatura en todos ellos brilla por si sola. Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Julio Cortázar y Germán Rozenmacher en sus propios cuentos. Y el 17 de octubre atravesando el arte de la palabra

Casa tomada de Julio Cortázar

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.

Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.

Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.

Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.

Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.

Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:

-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.

Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.

-¿Estás seguro?

Asentí.

-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.

Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.

Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.

-No está aquí.

Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.

Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.

Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:

-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?

Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.

(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.

Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)

Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.

No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.

-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.

-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.

-No, nada.

Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.

Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.


Cabecita negra de Germán Rozenmacher

El señor Lanari no podía dormir. Eran las tres y media de la mañana y fumaba enfurecido, muerto de frío, acodado en ese balcón del tercer piso, sobre la calle vacía, temblando encogido dentro del sobretodo de solapas levantadas. Después de dar vueltas y vueltas en la cama, de tomar pastillas y de ir y venir por la casa frenético y rabioso como un león enjaulado, se había vestido como para salir y hasta se había lustrado los zapatos.

Y ahí estaba ahora, con los ojos resecos, los nervios tensos, agazapado escuchando el invisible golpeteo de algún caballo de carro de verdulero cruzando la noche, mientras algún taxi daba vueltas a la manzana con sus faros rompiendo la neblina, esperando turno para entrar al amueblado de la calle Cangallo, y un tranvía 63 con las ventanillas pegajosas, opacadas de frío, pasaba vacío de tanto en tanto, arrastrándose entre las casas de uno o dos o siete pisos y se perdía, entre los pocos letreros luminosos de los hoteles, que brillaban mojados, apenas visibles, calle abajo.

Ese insomnio era una desgracia. Mañana estaría resfriado y andaría abombado como un sonámbulo todo el día. Y además nunca había hecho esa idiotez de levantarse y vestirse en plena noche de invierno nada más que para quedarse ahí, fumando en el balcón. ¿A quién se le ocurría hacer esas cosas? Se encogió de hombros, angustiado. La noche se había hecho para dormir y se sentía viviendo a contramano. Solamente él se sentía despierto en medio del enorme silencio de la ciudad dormida. Un silencio que lo hacía moverse con cierto sigiloso cuidado, como si pudiera despertar a alguien. Se cuidaría muy bien de no contárselo a su socio de la ferretería porque lo cargaría un año entero por esa ocurrencia de lustrarse los zapatos en medio de la noche. En este país donde uno aprovechaba cualquier oportunidad para joder a los demás y pasarla bien a costillas ajenas había que tener mucho cuidado para conservar la dignidad. Si uno se descuidaba lo llevaban por delante, lo aplastaban como a una cucaracha. Estornudó. Si estuviera su mujer ya le habría hecho uno de esos tés de yuyos que ella tenía y santo remedio. Pero suspiró desconsolado. Su mujer y su hijo se habían ido a pasar el fin de semana a la quinta de Paso del Rey llevándose a la sirvienta así que estaba solo en la casa. Sin embargo, pensó, no le iban tan mal las cosas. No podía quejarse de la vida. Su padre había sido un cobrador de la luz, un inmigrante que se había muerto de hambre sin haber llegado a nada. El señor Lanari había trabajado como un animal y ahora tenía esa casa del tercer piso cerca del Congreso, en propiedad horizontal y hacía pocos meses había comprado el pequeño Renault que ahora estaba abajo, en el garaje y había gastado una fortuna en los hermosos apliques cromados de las portezuelas. La ferretería de la Avenida de Mayo iba muy bien y ahora tenía también la quinta de fin de semana donde pasaba las vacaciones. No podía quejarse. Se daba todos los gustos. Pronto su hijo se recibiría de abogado y seguramente se casaría con alguna chica distinguida. Claro que había tenido que hacer muchos sacrificios. En tiempos como éstos, donde los desórdenes políticos eran la rutina había estado varias veces al borde de la quiebra. Palabra fatal que significaba el escándalo, la ruina, la pérdida de todo. Había tenido que aplastar muchas cabezas para sobrevivir porque si no, hubieran hecho lo mismo con él. Así era la vida. Pero había salido adelante. Además cuando era joven tocaba el violín y no había cosa que le gustase más en el mundo. Pero vio por delante un porvenir dudoso y sombrío lleno de humillaciones y miseria y tuvo miedo. Pensó que se debía a sus semejantes, a su familia, que en la vida uno no podía hacer todo lo que quería, que tenía que seguir el camino recto, el camino debido y que no debía fracasar. Y entonces todo lo que había hecho en la vida había sido para que lo llamaran “señor”. Y entonces juntó dinero y puso una ferretería. Se vivía una sola vez y no le había ido tan mal. No señor. Ahí afuera, en la calle, podían estar matándose. Pero él tenía esa casa, su refugio, donde era el dueño, donde se podía vivir en paz, donde todo estaba en su lugar, donde lo respetaban. Lo único que lo desesperaba era ese insomnio. Dieron las cuatro de la mañana. La niebla era más espesa. Un silencio pesado había caído sobre Buenos Aires. Ni un ruido. Todo en calma. Hasta el señor Lanari tratando de no despertar a nadie, fumaba, adormeciéndose.

De pronto una mujer gritó en la noche. De golpe. Una mujer aullaba a todo lo que daba como una perra salvaje y pedía socorro sin palabras, gritaba en la neblina, llamaba a alguien, a cualquiera. El señor Lanari dio un respingo, y se estremeció, asustado. La mujer aullaba de dolor en la neblina y parecía golpearlo con sus gritos como un puñetazo. El señor Lanari quiso hacerla callar, era de noche podía despertar a alguien, había que hablar más bajo. Se hizo un silencio. Y de pronto la mujer gritó de nuevo reventando el silencio y la calma y el orden haciendo escándalo y pidiendo socorro con su aullido visceral de carne y sangre anterior a las palabras, casi un vagido de niño, desesperado y solo.

El viento siguió soplando. Nadie despertó. Nadie se dio por enterado. Entonces el señor Lanari bajó a la calle y fue en la niebla, a tientas, hasta la esquina. Y allí la vio. Nada más que una cabecita negra sentada en el umbral del hotel que tenía el letrero luminoso Para Damas en la puerta, despatarrada y borracha, casi una niña, con las manos caídas sobre la falda, vencida y sola y perdida, y las piernas abiertas bajo la pollera sucia de grandes flores chillonas y rojas y la cabeza sobre el pecho y una botella de cerveza bajo el brazo. –Quiero ir a casa, mamá –lloraba–. Quiero cien pesos para el tren para irme a casa.

Era una niña que podía ser su sirvienta sentada en el último escalón de la estrecha escalera de madera en un chorro de luz amarilla.

El señor Lanari sintió una vaga ternura, una vaga piedad, se dijo que así eran estos negros, qué se iba a hacer, la vida era dura, sonrió, sacó cien pesos y se los puso arrollados en el gollete de la botella pensando vagamente en la caridad. Se sintió satisfecho. Se quedó mirándola, con las manos en los bolsillos, despreciándola despacio.

–¿Qué están haciendo ahí ustedes dos? –la voz era dura y malévola. Antes que se diera vuelta ya sintió una mano sobre su hombro.

–A ver, ustedes dos, vamos a la comisaría. Por alterar el orden en la vía pública.

El señor Lanari, perplejo, asustado, le sonrió con un gesto de complicidad al vigilante.

–Mire estos negros, agente, se pasan la vida en curda y después se embroman y hacen barullo y no dejan dormir a la gente.

Entonces se dio cuenta de que el vigilante también era bastante morochito pero ya era tarde. Quiso empezar a contar su historia.

El voseo golpeó al señor Lanari como un puñetazo. –Vamos. En cana. –El señor Lanari parpadeaba sin comprender. De pronto reaccionó violentamente y le gritó al policía: –Cuidado señor, mucho cuidado. Esta arbitrariedad le puede costar muy cara. ¿Usted sabe con quién está hablando? –Había dicho eso como quien pega un tiro en el vacío. El señor Lanari no tenía ningún comisario amigo.

–Andá, viejito verde, andá, ¿te creés que no me di cuenta de que la largaste dura y ahora te querés lavar las manos? –dijo el vigilante y lo agarró por la solapa levantando a la negra que ya había dejado de llorar y que dejaba hacer, cansada, ausente y callada, mirando simplemente todo. El señor Lanari temblaba. Estaban todos locos. ¿Qué tenía que ver él en todo eso? Y además ¿qué pasaría si fuera a la comisaría y aclarara todo y entonces no lo creyeran y se complicaran más las cosas? Nunca había pisado una comisaría. Toda su vida había hecho lo posible para no pisar una comisaría. Era un hombre decente. Ese insomnio. Ese insomnio había tenido la culpa. Y no había ninguna garantía de que la policía aclarase todo. Pasaban cosas muy extrañas en los últimos tiempos. Ni siquiera en la policía se podía confiar. No. A la comisaría no. Sería una vergüenza inútil.

–Vea agente. Yo no tengo nada que ver con esta mujer –dijo señalándola. Sintió que el vigilante dudaba. Quiso decirle que ahí estaban ellos dos del lado de la ley y esa negra estúpida que se quedaba callada, para peor, era la única culpable.

De pronto se acercó al agente que era una cabeza más alto que él, y que lo miraba de costado, con desprecio, con duros ojos salvajes, inyectados y malignos, bestiales, con grandes bigotes de morsa. Un animal. Otro cabecita negra.

–Señor agente –le dijo en tono confidencial y bajo como para que la otra no escuchara, parada ahí, con la botella vacía como una muñeca, acunándola entre los brazos, cabeceando, ausente como si estuviera tan aplastada que ya nada le importaba.

–Venga a mi casa, señor agente. Tengo un coñac de primera. Va a ver que todo lo que le digo es cierto. –Y sacó una tarjeta personal y los documentos y se los mostró–. Vivo ahí al lado –gimió, casi manso y casi adulón, quejumbroso, sabiendo que estaba en manos del otro sin tener ni siquiera un diputado para que sacara la cara por él y lo defendiera. Era mejor amansarlo, hasta darle plata y convencerlo para que lo dejara de embromar. El agente miró el reloj y de pronto, casi alegremente, como si el señor Lanari le hubiera propuesto una gran idea, lo tomó a él por un brazo y a la negrita por otro y casi amistosamente se fue con ellos. Cuando llegaron al departamento el señor Lanari prendió todas las luces y le mostró la casa a las visitas. La negra apenas vio la cama matrimonial se tiró y se quedó profundamente dormida.

Qué espantoso, pensó, si justo ahora llegaba gente, su hijo o sus parientes o cualquiera, y lo vieran ahí, con esos negros, al margen de todo, como metidos en la misma oscura cosa viscosamente sucia; sería un escándalo, lo más horrible del mundo, un escándalo, y nadie le creería su explicación y quedaría repudiado, como culpable de una oscura culpa, y yo no hice nada mientras hacía eso tan desusado, ahí a las 4 de la mañana, porque la noche se había hecho para dormir y estaba atrapado por esos negros, él, que era una persona decente, como si fuera una basura cualquiera, atrapado por la locura, en su propia casa.

–Dame café –dijo el policía y en ese momento el señor Lanari sintió que lo estaban humillando. Toda su vida había trabajado para tener eso, para que no lo atropellaran y así, de repente, ese hombre, un cualquiera, un vigilante de mala muerte lo trataba de che, le gritaba, lo ofendía. Y lo que era peor, vio en sus ojos un odio tan frío, tan inhumano, que ya no supo qué hacer. De pronto pensó que lo mejor sería ir a la comisaría porque aquel hombre podría ser un asesino disfrazado de policía que había venido a robarlo y matarlo y sacarle todas las cosas que había conseguido en años y años de duro trabajo, todas sus posesiones, y encima humillarlo y escupirlo. Y la mujer estaba en toda la trampa como carnada. Se encogió de hombros. No entendía nada. Le sirvió café. Después lo llevó a conocer la biblioteca. Sentía algo presagiante, que se cernía, que se venía. Una amenaza espantosa que no sabía cuándo se le desplomaría encima ni cómo detenerla. El señor Lanari, sin saber por qué, le mostró la biblioteca abarrotada con los mejores libros. Nunca había podido hacer tiempo para leerlos pero estaban allí. El señor Lanari tenía su cultura. Había terminado el colegio nacional y tenía toda la historia de Mitre encuadernada en cuero. Aunque no había podido estudiar violín tenía un hermoso tocadiscos y allí, posesión suya, cuando quería, la mejor música del mundo se hacía presente.

Hubiera querido sentarse amigablemente y conversar de libros con ese hombre. Pero ¿de qué libros podría hablar con ese negro? Con la otra durmiendo en su cama y ese hombre ahí frente suyo, como burlándose, sentía un oscuro malestar que le iba creciendo, una inquietud sofocante. De golpe se sorprendió que justo ahora quisiera hablar de libros y con ese tipo. El policía se sacó los zapatos, tiró por ahí la gorra, se abrió la campera y se puso a tomar despacio.

El señor Lanari recordó vagamente a los negros que se habían lavado alguna vez las patas en las fuentes de plaza Congreso. Ahora sentía lo mismo. La misma vejación, la misma rabia. Hubiera querido que estuviera ahí su hijo. No tanto para defenderse de aquellos negros que ahora se le habían despatarrado en su propia casa, sino para enfrentar todo eso que no tenía ni pies ni cabeza y sentirse junto a un ser humano, una persona civilizada. Era como si de pronto esos salvajes hubieran invadido su casa. Sintió que deliraba y divagaba y sudaba y que la cabeza le estaba por estallar. Todo estaba al revés. Esa china que podía ser su sirvienta en su cama y ese hombre del que ni siquiera sabía a ciencia cierta si era policía, ahí, tomando su coñac. La casa estaba tomada.

–Qué le hiciste –dijo al fin el negro.

–Señor, mida sus palabras. Yo lo trato con la mayor consideración. Así que haga el favor de… –el policía o lo que fuera lo agarró de las solapas y le dio un puñetazo en la nariz. Anonadado, el señor Lanari sintió cómo le corría la sangre por el labio. Bajó los ojos. Lloraba. ¿Por qué le estaban haciendo eso? ¿Qué cuentas le pedían? Dos desconocidos en la noche entraban en su casa y le pedían cuentas por algo que no entendía y todo era un manicomio.

–Es mi hermana. Y vos la arruinaste. Por tu culpa, ella se vino a trabajar como muchacha, una chica, una chiquilina, y entonces todos creen que pueden llevársela por delante. Cualquiera se cree vivo ¿eh? Pero hoy apareciste, porquería, apareciste justo y me las vas a pagar todas juntas. Quién iba a decirlo, todo un señor…

El señor Lanari no dijo nada y corrió al dormitorio y empezó a sacudir a la chica desesperadamente. La chica abrió los ojos, se encogió de hombros, se dio vuelta y siguió durmiendo. El otro empezó a golpearlo, a patearlo en la boca del estómago, mientras el señor Lanari decía no, con la cabeza y dejaba hacer, anonadado, y entonces fue cuando la chica despertó y lo miró y le dijo al hermano:

–Este no es, José. –Lo dijo con una voz seca, inexpresiva, cansada pero definitiva. Vagamente, el señor Lanari vio la cara atontada, despavorida, humillada del otro y vio que se detenía, bruscamente y vio que la mujer se levantaba, con pesadez, y por fin, sintió que algo tontamente le decía adentro “Por fin se me va este maldito insomnio” y se quedó bien dormido. Cuando despertó, el sol estaba alto y le dio en los ojos, encegueciéndolo. Todo en la pieza estaba patas arriba, todo revuelto y le dolía terriblemente la boca del estómago. Sintió un vértigo, sintió que estaba a punto de volverse loco y cerró los ojos para no girar en un torbellino. De pronto se precipitó a revisar todos los cajones, todos los bolsillos, bajó al garaje a ver si el auto estaba todavía, y jadeaba, desesperado mirando a ver si no le faltaba nada. ¿Qué hacer, a quién recurrir? Podría ir a la comisaría, denunciar todo, pero ¿denunciar qué? ¿Todo había pasado de veras? “Tranquilo, tranquilo, aquí no ha pasado nada”, trataba de decirse pero era inútil: le dolía la boca del estómago y todo estaba patas arriba y la puerta de calle abierta. Tragaba saliva. Algo había sido violado. “La chusma”, dijo para tranquilizarse, “hay que aplastarlos, aplastarlos”, dijo para tranquilizarse. “La fuerza pública”, dijo, “tenemos toda la fuerza pública y el ejército”, dijo para tranquilizarse. Sintió que odiaba. Y de pronto el señor Lanari supo que desde entonces jamás estaría seguro de nada. De nada.


La fiesta del monstruo de H. Bustos Domecq (Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares)

Aquí empieza su aflición
Hilario Ascasubi – La refalosa

Te prevengo, Nelly, que fue una jornada cívica en forma. Yo, en mi condición de pie plano, y de propenso a
que se me ataje el resuello por el pescuezo corto y la panza hipopótama, tuve un serio oponente en la fatiga,
máxime calculando que la noche antes yo pensaba acostarme con las gallinas, cosa de no quedar como
un crosta en la performance del feriado. Mi plan era sume y reste: apersonarme a las veinte y treinta en el
Comité; a las veintiuna caer como un soponcio en la cama jaula, para dar curso, con el Colt como un bulto
bajo la almohada, al Gran Sueño del Siglo, y estar en pie al primer cacareo, cuando pasaran a recolectarme
los del camión. Pero decime una cosa ¿vos no creés que la suerte es como la lotería, que se encarniza
favoreciendo a los otros? En el propio puentecito de tablas, frente a la caminera, casi aprendo a nadar en
agua abombada con la sorpresa de correr al encuentro del amigo Diente de Leche, que es uno de esos
puntos que uno se encuentra de vez en cuando. Ni bien le vi su cara de presupuestívoro, palpité que él
también iba al Comité y, ya en tren de mandarnos un enfoque del panorama del día, entramos a hablar de la
distribución de bufosos para el magno desfile, y de un ruso que ni llovido del cielo, que los abonaba como
fierro viejo en Berazategui. Mientras formábamos en la cola, pugnamos por decirnos al vesre que una vez
en posesión del arma de fuego nos daríamos traslado a Berazategui aunque a cada uno lo portara el otro a
babucha, y allí, luego de empastarnos el bajo vientre con escarola, en base al producido de las armas, sacaríamos,
ante el asombro general del empleado de turno ¡dos boletos de vuelta para Tolosa! Pero fue como
si habláramos en inglés, porque Diente no pescaba ni un chiquito, ni yo tampoco, y los compañeros de
fila prestaban su servicio de intérprete, que casi me perforan el tímpano, y se pasaban el Faber cachuzo
para anotar la dirección del ruso. Felizmente, el señor Marforio, que es más flaco que la ranura de la máquina
de monedita, es un amigo de ésos que mientras usted lo confunde con un montículo de caspa, está pulsando
los más delicados resortes del alma del popolino, y así no es gracia que nos frenara en seco la manganeta,
postergando la distribución para el día mismo del acto, con pretexto de una demora del Departamento
de Policía en la remesa de las armas. Antes de hora y media de plantón, en una cola que ni para
comprar kerosene, recibimos de propios labios del señor Pizzurno, orden de despejar al trote, que la cum-
plimos con cada viva entusiasta que no alcanzaron a cortar enteramente los escobazos rabiosos de ese
tullido que hace las veces de portero en el Comité.A una distancia prudencial, la barra se rehizo. Loiácono e
puso a hablar que ni la radio de la vecina. La vaina de esos cabezones con labia es que a uno le calientan
el mate y después el tipo ?vulgo el abajo firmante- no sabe para dónde agarrar y me lo tienen jugando al
tresiete en el almacén de Bernárdez, que vos a lo mejor te amargás con la ilusión que anduve de farra y la
triste verdad fue que me pelaron hasta el último votacén, si el consuelo de cantar la nápola, tan siquiera una
vuelta.
(Tranquila Nelly, que el guardaguja se cansó de morfarte con la visual y ahora se retira, como un bacán en
la zorra. Dejale a tu pato Donald que te dé otro pellizco en el cogotito).
Cuando por fin me enrosqué en la cucha, yo registraba tal cansancio en los pieses que al inmediato capté
que el sueñito reparador ya era de los míos. No contaba con ese contrincante que es el más sano patriotismo.
No pensaba más que en el Monstruo y al otro día lo vería sonreírse y hablar como el gran laburante
argentino que es. Te prometo que vine tan excitado que al rato me estorbaba la cubija para respirar como
un ballenato. Reciencito a la hora de la perrera concilié el sueño, que resultó tan cansador como no dormir,
aunque soñé primero con una tarde, cuando era pibe, que la finada mi madre me llevó a una quinta. Creeme,
Nelly, que yo nunca había vuelto a pensar en esa tarde, pero en el sueño comprendí que era la más
feliz de mi vida, y eso que no recuerdo nada sino un agua con hojas reflejadas y un perro muy blanco y muy
manso, que yo le acariciaba el Lomuto; por suerte salí de esas purretadas y soñé con los modernos temarios
que están en el marcador: el Monstruo me había nombrado su mascota y, algo después, su Gran Perro
Bonzo. Desperté y, para haber soñado tanto destropósito, había dormido cinco minutos. Resolví cortar por
lo sano: me di una friega con el trapo de la cocina, guardé todos los callordas en el calzado Fray Mocho, me
enredé que ni un pulpo entre las mangas y las piernas de la combinación mameluco-, vestí la corbatita de
lana con dibujos animados que me regalaste el Día del Colectivero y salí sudando grasa porque algún cascarudo
habrá transitado por la vía pública y lo tomé por el camión. A cada falsa alarma que pudiera, o no,
tomarse por el camión, yo salía como taponazo al trote gimnástico, salvando las sesenta varas que hay
desde el tercer patio a la puerta de calle. Con entusiasmo juvenil entonaba la marcha que es nuestra bandera,
pero a las doce menos diez, vine afónico y ya no me tiraban con todo los magnates del primer patio. A
las trece y veinte llegó el camión, que se había adelantado a la hora y cuando los compañeros de cruzada
tuvieron el alegrón de verme, que ni me había desayunado con el pan del loro de la señora encargada, todos
votaban por dejarme, con el pretexto que viajaban en un camión carnicero y no en una grúa. Me les
enganché como acoplado y me dijeron que si les prometía no dar a luz antes de llegar a Espeleta, me portarían
en mi condición de fardo, pero al fin se dejaron convencer y medio me izaron. Tomó furia como una
golondrina el camión de la juventud y antes de media cuadra paró en seco frente del Comité. Salió un tape
canoso, que era un gusto cómo nos baqueteaba y, antes que nos pudieran facilitar, con toda consideración,
el libro de quejas, ya estábamos traspirando en un brete, que ni si tuviéramos las nucas de queso Mascarpone.
A bufoso por barba fue la distribución alfabética; compenetrate, Nelly; a cada revólver le tocaba uno
de nosotros. Sin el mínimo margen prudencial para hacer cola frente al Caballeros, o tan siquiera para someter
a la subasta un arma en buen uso, nos guardaba el tape en el camión del que ya no nos evadiríamos
sin una tarjetita de recomendación para el camionero.
A la voz de ¡aura y se fue! Nos tuvieron hora y media al rayo del sol, a la vista por suerte, de nuestra querida
Tolosa, que en cuanto el botón salía a correrlos, los pibes nos tenían a hondazo limpio, como si en cada
uno de nosotros apreciaran menos el compatriota desinteresado que el pajarito para la polenta. Al promediar
la primera hora, reinaba en el camión esa tirantez que es la base de toda reunión social pero después
la merza me puso de buen humor con la pregunta si me había anotado para el concurso de la Reina Victoria,
una indirecta vos sabés, a esta panza bombo, que siempre dicen que tendría que ser de vidrio para que
yo me divisara aunque sea un poquito, los basamentos horma 44. Yo estaba tan afónico que parecía adornado
con el bozal, pero a la hora y minutos de tragar tierra, medio recuperé esta lengüita de Campana y,
hombro a hombro con los compañeros de brecha, no quise restar mi concurso a la masa coral que despachaba
a todo pulmón la marchita del Monstruo, y ensayé hasta medio berrido que más bien salió francamente
un hipo, que si no abro el paragüita que dejé en casa, ando en canoa con cada salivazo que usted
me confunde con Vito Dumas, el Navegante Solitario. Por fin arrancamos y entonces sí que corrió el aire,
que era como tomarse el baño en la olla de la sopa, y uno almorzaba un sangüiche de chorizo, otro su arrolladito
de salame, otro su panetún, otro su media botella de Vascolet y el de más allá la milanesa fría, pero
más bien todo eso vino a suceder ora vuelta, cuando fuimos a la Ensenada, pero como yo no concurrí, más
gano si no hablo. No me cansaba de pensar que toda esa muchachada moderna y sana pensaba en todo
como yo, porque hasta el más abúlico oye las emisiones en cadena, quieras que no. Todos éramos argentinos,
todos de corta edad, todos del Sur y nos precipitábamos al encuentro de nuestros hermanos gemelos
que, en camiones idénticos procedían de Fiorito y Villa Domínico, de Ciudadela, de Villa Luro, de La Paternal,
aunque por Villa Crespo pulula el ruso y yo digo que más vale la pena acusar su domicilio legal en Tolosa
Norte.
¡Qué entusiasmo partidario te perdiste, Nelly! En cada foco de población muerto de hambre se nos quería
colar una verdadera avalancha que la tenía emberretinada el más puro idealismo, pero el capo de nuestra
carrada, Garfunkel, sabía repeler como corresponde a ese fabarutaje sin abuela, máxime si te metés en el
coco que entre tanto mascalzone patentado bien se podía emboscar un quintacolumna como luz, de esos
que antes que usted dea la vuelta del mundo en ochenta días me lo convencen que es un crosta y el Monstruo
un instrumento de la Compañía de Teléfono. No te digo niente de más de un cagastume que se acogía
a esas purgas para darse de baja en el confusionismo y repatriarse a casita lo más liviano; pero embromate
y confesá que de dos chichipíos el uno nace descalzo y el otro con patín de munición, porque vuelta que yo
creía descolgarme del carro era patada del señor Garfunkel que me restituía al seno de los valientes. En las
primeras etapas los locales nos recibían con entusiasmo francamente contagioso, pero el señor Garfunkel,
que no es de los que portan la piojosa puro adorno, le tenía prohibido al camionero sujetar la velocidad, no
fuera algún avivato a ensayar la fuga relámpago. Otro gallo nos cantó en Quilmes, donde el crostaje tuvo
permiso para desentumecer los callos plantales, pero ¿quién, tan lejos del pago iba a apartarse del grupo?
Hasta ese momentazo, dijera el propio Zoppi o su mamá, todo marchó como un dibujo, pero el nerviosismo
cundió entre la merza cuando el trompa, vulgo Garfunkel, nos puso blandos al tacto con la imposición de
deponer en cada paredón el nombre del Monstruo, para ganar de nuevo el vehículo, a velocidad de purgante,
no fuera algún cabreira a cabrearse y a venir calveira pegándonos. Cuando sonó la hora de la prueba
empuñé el bufoso y bajé resuelto a todo, Nelly, anche a venderlo por menos de tres pessolanos. Pero ni un
solo cliente asomó el hocico y me di el gusto de garabatear en la tapia unas letras frangollo, que si invierto
un minuto más, el camión me da el esquinazo y se lo traga el horizonte rumbo al civismo, a la aglomeración,
a la fratellanza, a la fiesta del Monstruo. Como para aglomeración estaba el camión cuando volví hecho un
queso con camiseta, con la lengua de afuera. Se había sentado en la retranca y estaba tan quieto que sólo
le faltaba el marco artístico para ser una foto. A Dios gracias formaba entre los nuestros el gangoso Tabacman,
más conocido como Tornillo sin Fin, que es el empedernido de la mecánica, y a la media hora de buscarle
el motor y de tomarse toda la Bilz de mi segundo estómago de camello, que así yo pugno que le digan
siempre a mi cantimplora, se mandó con toda franqueza su ?a mí que me registren?, porque el Fargo a las
claras le resultaba una firme ilegible.
Bien me parece tener leído en uno de esos quioscos fetentes que no hay mal que por bien no venga, y así
Tata Dios nos facilitó una bicicleta olvidada en contra de una quinta de verdura, que a mi ver el bicicletista
estaba en proceso de recauchutaje, porque no asomó la fosa nasal cuando el propio Garfunkel le calentó el
asiento con la culata. De ahí arrancó como si hubiera olido todo un cuadrito de escarola, que más bien parecía
que el propio Zoppi o su mamá le hubiera munido el upite de un petardo Fu-Man-Chú. No faltó quien
se aflojara la faja para reírse al verlo pedalear tan garufiento, pero a las cuatro cuadras de pisarles los talones
lo perdieron de vista, causa que el peatón, aunque se habilite las manos con el calzado Pecus, no suele
mantener su laurel de invicto frente a Don Bicicleta. El entusiasmo de la conciencia en marcha hizo que en
menos tiempo del que vos, gordeta, invertís en dejar el mostrador sin factura, el hombre se despistara en el
horizonte, para mí que rumbo a la cucha, a Tolosa.Tu chanchito te va a ser confidencial, Nelly: quien más,
quien menos ya pedaleaba con la comezón del gran Spiantujen, pero como yo no dejo siempre de recalcar
en las horas que el luchador viene enervado y se aglomeran los más negros pronósticos, despunta el delantero
fenómeno que marca goal; para la patria, para el Monstruo; para nuestra merza en franca descomposición,
el camionero. Ese patriota que le sacó el sombrero se corrió como patinada y paró en seco al más
avivato del grupo en fuga. Le aplicó súbito un mensaje que al día siguiente, por los chichones, todos me
confundían con la yegua tubiana del panadero. Desde el suelo me mandé cada hurra que los vecinos se
incrustaban el pulgar en el tímpano. De mientras, el camionero nos puso en fila india a los patriotas, que si
alguno quería desapartarse, el de atrás tenía carta blanca para atribuirle cada patada en el culantro que
todavía me duele sentarme. Calculate, Nelly, qué tarro el último de la fila ¡nadie le shoteaba la retaguardia!
Era, cuándo no, el camionero, que nos arrió como a concentración de pie planos hasta la zona, que no trepido
en caracterizar como de la órbita de Don Bosco, vale, de Wilde. Ahí la casualidad quiso que el destino
nos pusiera al alcance de un ónibus rumbo al descanso de hacienda de La Negra, que ni llovido por Baigorri.
El camionero, que se lo tenía bien remanyado al guarda-conductor, causa de haber sido los dos ?en los
tiempos heroicos del Zoológico popular de Villa Domínico- mitades de un mismo camello, le suplicó a ese
catalán de que nos portara. Antes que se pudiera mandar su Suba Zubizarreta de práctica, ya todos engrosamos
el contingente de los que llenábamos el vehículo, riéndonos hasta enseñar las vegetaciones, del
puntaje senza potencia, que, por razón de quedar cola, no alcanzó a incrustarse en el vehículo, quedando
como quien dice ?vía libre? para volver, sin tanta mala sangre, a Tolosa. Te exagero, Nelly, que íbamos
como en onibus, que sudábamos propio como sardinas, que si vos te mandás el vistazo, el señoras de Berazategui
te viene chico. ¡Las historietas de regular interés que se dieron curso! No te digo niente de la olorosa
que cantó por lo bajo el tano Potasman, a la misma vista de Sarandí y de aquí lo aplaudo como un
cuadrumano a Tornillo sin Fin que en buena ley vino a ganar su medallón de Vero Desopilante, obligándome
bajo amenaza de tincazo en los quimbos, a abrir la boca y cerrar los ojos: broma que aprovechó sin un
desmayo para enllenarme las entremuelas con la pelusa y los demás producidos de los fundillos. Pero hasta
las perdices cansan y cuando ya no sabíamos lo que hacer, un veterano me pasó la cortaplumita y la empuñamos
todos a uno para más bien dejar como colador el cuero de los asientos. Para despistar, todos nos
reíamos de mí; en después no faltó uno de esos vivancos que saltan como pulgas y vienen incrustados en
el asfáltico, cosa de evacuarse del carromato antes que el guarda-conductor sorprendiera los desperfectos.
El primero que aterrizó fue Simón Tabacman que quedó propio ñato con el culazo; muy luego Fideo Zoppi o
su mamá; de último, aunque reviente de la rabia, Rabasco; acto continuo, Spatola; doppo, el vasco Speciale.
En el itnerinato, Monpurgo se prestó por lo bajo al gran rejunte de papeles y bolsas de papel, idea fija de
acopiar elemento para una fogarata en forma que hiciera pasto de las llamas al Broackway, propósito de
escamotear a un severo examen la marca que dejó el cortaplumita. Pirosanto, que es un gangoso sin abuela,
de esos que en el bolsillo portan menos pelusa que fósforos, se dispersó en el primer viraje, para evitar
el préstamo de Rancherita, no sin comprometer la fuga, eso sí, con un cigarrillo Volcán que me sonsacó de
la boca. Yo, sin ánimo de ostentación y para darme un poco de corte, estaba ya frunciendo la jeta para debatir
la primera pitada cuando el Pirosanto, de un saque, capturó el cigarrillo, y Morpurgo, como quien me
dora la píldora, acogió el fósforo que ya me doraba los sabañones y metió fuego al papelamen. Sin tan siquiera
sacarse el rancho, el funyi o la galera, Morpurgo se largó a la calle, pero yo panza y todo, lo madrugué
y me tiré un rato antes y así pude brindarle un colchón, que amortiguó el impacto y cuasi me desfonda
la busarda con los noventa kilos que acusa. Sandié, cuando me descalcé de esta boca los tamanguses
hasta la rodilla de Manolo Morpurgo, l´ónibus ardía en el horizonte, mismo como el spiedo de Perosio, y el
guarda-conductor-propietario, lloraba dele que dele ese capital que se le volvía humo negro. La barra, siendo
más, se reía, pronta, lo juro por el Monstruo, a darse a la fuga si se irritaba el ciervo. Tornillo, que es el
bufo tamaño mole, se le ocurrió un chiste que al escucharlo vos con la boca abierta vendrás de gelatina con
la risa. Atenti, Nelly. Desemporcate las orejas, que ahí va. Uno, dos, tres y PUM. Dijo ?pero no te me vuelvas
a distraer con el spiantaja que le guiñás el ojo- que el ónibus ardía mismo como el spiedo de Perosio.
Ja, ja, ja.
Yo estaba lo más campante, pero la procesión iba por dentro. Vos, que cada parola que se me cae de los
molares, la grabás en los sesos con el formón, tal vez hagas memoria del camionero, que fue medio camello
con el del ónibus. Si me entendés, la fija que ese cachascán se mandaría cada alianza con el lacrimógeno
para punir nuestra fea conducta estaba en la cabeza de los más linces. Pero no temás por tu conejito
querido: el camionero se mandó un enfoque sereno y adivinó que el otro, sin ónibus, ya no era un oligarca
que vale la pena romperse todo. Se sonrió como el gran bonachón que es; repartió, para mantener la disciplina,
algún rodillazo amistoso (aquí tenés el diente que me saltó y se lo compré después para recuerdo) y
¡cierren filas y paso redoblado, marrr!¡Lo que es la adhesión! La gallarda columna se infiltraba en las lagunas
anegadizas, cuando no en las montañas de basura, que acusan el acceso a la Capital, sin más defección
que una tercera parte, grosso modo, del aglutinado inicial que zarpó de Tolosa. Algún inveterado se
había propasado a medio encender su cigarrillo Salutaris, claro está, Nelly, que con el visto bueno del camionero.
Qué cuadro para ponerlo en colores: portaba el estandarte, Spátola, con la camiseta de toda confianza
sobre la demás ropa de lana; lo seguían de cuatro en fondo, Tornillo, etc.
Serían recién las diecinueve de la tarde cuando al fin llegamos a la Avenida Mitre. Morpurgo se rió todo de
pensar que ya estábamos en Avellaneda. También se reían los bacanes, que a riesgo de caer de los balcones,
vehículos y demás bañaderas, se reían de vernos de a pie, sin el menor rodado. Felizmente Babuglia
en todo piensa y en la otra banda del Riachuelo se estaban herrumbrando unos camiones e nacionalidad
canadiense, que el Instituto, siempre attenti, adquirió en calidad de rompecabezas de la Sección Demoliciones
del ejército americano. Trepamos con el mono a uno caki y entonando el ?Adiós, que me voy llorando?
esperamos que un loco del Ente Autónomo, fiscalizado por Tornillo Sin Fin, activara la instalación del motor.
Suerte que Rabasco, a pesar de esa cara de fundillo, tenía cuña con un guardia del Monopolio y, previo
pago de boletos, completamos un bondi eléctrico, que metía más ruido que un solo gaita. El bondi ?talán,
talán- agarró p?al Centro; iba superbo como una madre joven que, soto la mirada del babo, porta en la panza
las modernas generaciones que mañana reclamarán su lugar en las grandes meriendas de la vida… En
su seno, con un tobillo en el estribo y otro sin domicilio legal, iba tu payaso querido, iba yo. Dijera un observador
que el bondi cantaba; hendía el aire impulsado por el canto; los cantores éramos nosotros. Poco antes
de la calle Belgrano la velocidad paró en seco desde unos veinticuatro minutos; yo traspiraba para comprender,
y anche la gran turba como hormiga de más y más automotores, que no dejaba que nuestro medio
de locomoción diera materialmente un paso.
El camionero rechinó con la consigna ¡Abajo chichipíos! y ya nos bajamos en el cruce de Tacuarí y Belgrano.
A las dos otres cuadras de caminarla, se planteó sobre tablas la interrogante: el garguero estaba reseco
y pedía líquido. El Emporio y Despacho de Bebidas Puga y Gallach ofrecía un principio de solución. Pero te
quiero ver, escopeta: ¿cómo abonábamos? En ese vericueto, el camionero se nos vino a manifestar como
todo un expeditivo. A la vista y paciencia de un perro dogo, que terminó por verlo al revés, me tiró cada zancadilla
delante de la merza hilarante, que me encasqueté una rejilla como sombrero hasta el masute, y del
chaleco se rodó la chirola que yo había rejuntado para no hacer tan triste papel cuando cundiera el carrito
de la ricotta. La chirola engrosó la bolsa común y el camionero, satisfecho mi asunto, pasó a atender a Souza,
que es la mano derecha de Gouveia, el de los pegotes Pereyra ?sabés- que vez pasada se impusieron
también como la Tapioca Científica. Souza, que vive para el Pegote, ews cobrador del mismo, y así no es
gracia que dado vuelta pusiera en circulación tantos biglietes de hasta cero cincuenta que no habrá visto
tantos juntos ni el Loco Calcamonía, que marchó preso cuando aplicaba la pintura mondongo a su primer
bigliete. Los de Souza, por lo demás, no eran falsos y abonaron, contantes y sonantes, el importe neto de
las Chissottis, que salimos como el que puso seca la mamajuana. Bo, cuando cacha la guitarra, se cree
Gardel. Es más, se cree Gotuso. Es más, se cree Garófalo. Es más, se cree Giganti-Tomassoni. Guitarra,
propio no había en ese local, pero a Bo le dio con “Adiós Pampa Mía” y todos lo coreamos y la columna
juvenil era un solo grito. Cada uno, malgrado su corta edad, cantaba lo que le pedía el cuerpo, hasta que
vino a distraernos un sinagoga que mandaba respeto con la barba. A ese le perdonamos la vida, pero no se
escurrió tan fácil otro de formato menor, más manuable, más práctico, de manejo más ágil. Era un miserable
cuatro ojos, sin la musculatura del deportivo. El pelo era colorado, los libros bajo el brazo y de estudio. Se
registró como un distraído que cuasi se lleva por delante a nuestro abanderado, Spátola. Bonfirraro, que es
el chinche de los detalles, dijo que él no iba a tolerar que un impune desacatara el estandarte y foto del
Monstruo. Ahí nomás lo chumbó al Nene Tonelada, de apelativo Cagnazzo, para que procediera. Tonelada,
que siempre es el mismo, me soltó cada oreja, que la tenía enrollada como el cartucho de los manises y,
cosa de caerle simpático a Bonfirraro, le dijo al rusovita que mostrara un cachito más de respeto a la opinión
ajena, señor, y saludara a la figura del Monstruo. El otro contestó con el despropósito que él también tenía
su opinión. El Nene, que las explicaciones lo cansan, lo arrempujó con una mano que si el carnicero la ve,
se acabó la escasez de la carnasa y el bife de chorizo. Lo rempujó a un terreno baldío, de esos que en el
día menos pensado levantan una playa de estacionamiento y el punto vino a quedar contra los nueve pisos
de una pared senza finestra ni ventana. De mientras los traseros nos presionaban con la comezón de observar
y los de fila cero quedamos como sangüche de salame entre esos locos que pugnaban por una visión
panorámica y el pobre quimicointas acorralado que, vaya usted a saber, se irritaba. Tonelada, atento al
peligro, reculó para atrás y todos nos abrimos como abanico dejando al descubierto una cancha del tamaño
de un semicírculo, pero sin orificio de salida, porque de muro a muro estaba la merza. Todos bramábamos
como el pabellón de los osos y nos rechinaban los dientes, pero el camionero, que no se le escapa un pelo
en la sopa, palpitó que más o menos de uno estaba por mandar in mente su plan de evasión. Chiflido va,
chiflido viene, nos puso sobre la pista de un montón aparente de cascote, que se brindaba al observador. Te
recordarás que esa tarde el termómetro marcaba una temperatura de sopa y no me vas a discutir que un
porcentaje nos sacamos el saco. Lo pusimos de guardarropa al pibe Saulino, que así no pudo participar en
el apedreo. El primer cascotazo lo acertó, de puro tarro, Tabacman, y le desparramó las encías, y la sangre
era un chorro negro. Yo me calenté con la sangre y le arrimé otro viaje con un cascote que le aplasté una
oreja y ya perdí la cuenta de los impactos, porque el bombardeo era masivo. Fue desopilante; el jude se
puso de rodillas y miró al cielo y rezó como ausente en su media lengua. Cuando sonaron las campanas de
Monserrat se cayó, porque estaba muerto. Nosotros nos desfogamos un rato más, con pedradas que ya no
le dolían. Te lo juro, Nelly, pusimos el cadáver hecho una lástima. Luego Morpurgo, para que los muchachos
se rieran, me hizo clavar la cortapluma en lo que hacía las veces de cara.
Después del ejercicio que acalora me puse el saco, maniobra de evitar un resfrío, que por la parte baja te
representa cero treinta en Genioles. El pescuezo lo añudé en la bufanda que vos zurciste con tus dedos de
hada y acondicioné las orejas sotto el chambergolino, pero la gran sorpresa del día la vino a detentar Pirosanto,
con la ponenda de meterle fuego al rejunta piedras, previa realización en remate de anteojos y vestuario.
El remate no fue suceso. Los anteojos andaban misturados con la viscosidad de los ojos y el ambo
era un engrudo con la sangre. También los libros resultaron un clavo, por saturación de restos orgánicos. La
suerte fue que el camionero (que resultó ser Graffiacane), pudo rescatarse su reloj del sistema Roskopf
sobre diecisiete rubíes, y Bonfirraro se encargó de una cartera Fabricant, con hasta nueve pesos con veinte
y una instantánea de una señorita profesora de piano, y el otario Rabasco se tuvo que contentar con un
estuche Bausch para lentes y la lapicera fuente Plumex, para no decir nada del anillo de la antigua casa
Poplavsky.Presto, fordeta, quedó relegado al olvido ese episodio callejero. Banderas de Boitano que tremolan,
toques de clarín que vigoran, doquier la masa popular, formidavel. En la Plaza de Mayo nos arengó la
gran descarga eléctrica que se firma doctor Marcelo N. Frogman. Nos puso en forma para lo que vino después:
la palabra del Monstruo. Estas orejas la escucharon, gordeta, mismo como todo el país, porque el
discurso se transmite en cadena.
Pujato, 24 de noviembre de 1947.

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