“La ciudad es una construcción de ficción por sí misma”

“ALTO CONTRASTE”: ENTRE LA FICCIÓN Y LA MODERNIDAD

Por Marcos Daniel Aguilar

Jonathan Minila es un joven narrador quien nació en la Ciudad de México en 1980. Es autor de tres libros de relatos: Todo sucede aquí, Lo peor de la mala suerte Imaginarios; este año, la Universidad Autónoma e Nuevo León acaba de editar Alto contraste, su cuarto libro de cuentos en donde Minila toma elementos de la realidad para romperlos súbitamente, lo cual, también representa una manara de ejemplificar la noción de tiempo y espacio en este siglo XXI. A propósito de esto, Desocupado charló con él.

¿Cómo surge este libro?

Antonio Ramos Revillas, el editor de la UANL, me preguntó si tenía una serie de cuentos, yo de entrada le dije que no lo tenía, pero después me quedé pensando que posiblemente sí podía  armar ese libro, porque guardé historias que estaban ubicadas en diferentes partes y que estaban diversos archivos, y me di cuenta que algunas de éstas tenían universos en común, tenían situaciones cotidianas, como la muerte, pero vistas desde el lado de la pesadilla o de los miedos. Por ejemplo, en mi cuento «Camino elegido» era importante que no se supiera a dónde llegaba este personaje, era importante que se quedara abierta la historia en la mente del que lee, y lo que quería provocar era que el lector se quedara como una interrogante, porque lo que me gusta en las historias es que el lector vaya completando sus propios infiernos, por eso dejo espacios vacíos para que el lector construya sus historias al mismo tiempo. Me parece interesante que la labor del escritor sea formar el libro como si fuera un vaso comunicante, a través del tiempo, con el lector.

El creador forma historias a través de la vida cotidiana o a través de desbordar esta misma vida, como lo dice Guillermo de Torre, entonces ¿en cuál de estas facetas colocarías tus historias?

No tenía mucha noción de qué estar haciendo cuando escribía las historias, yo hacía historias cercanas a mi vida cotidiana y esto genera una identificación con el lector porque se reconoce a través de estas historias. Y en estos días leía un libro sobre crítica del cuento, de Enrique Anderson Imbert, y comprendí qué es lo que estaba haciendo, porque Imbert tiene una teoría bastante interesante en torno a la relación entre el narrador y el lector y lo ejemplifica con la estructura de la comunicación verbal: emisor-receptor; y él dice que si nosotros redujéramos todo a esta ecuación sólo quedaría el escritor, el libro y el lector. Pero Imbert, en cambio, dice que en realidad son tres personas: está primero la persona, está el escritor cuando alguien decide escribir, y está el narrador, que es creación del escritor, y el narrador también es parte de la ficción. El narrador siempre va a ser ficción y a pesar de que hable de situaciones de la vida cotidiana esas situaciones ya están ficcionalizadas. Digamos que todo lo que diga el narrador ya no es real. Y, además, Andeson Imbert dice que el autor de entrada también está ficcionalizando al lector, porque el autor imagina a un lector ideal para sus historias, a un lector con el cual se pueda sentir identificado.

En ese sentido, ¿quién es tu lector?

Parto de situaciones de la vida cotidiana porque yo me imagino a un lector que es muy observador de su cotidianidad, además de que esta cotidianidad lo obliga a preguntarse ciertas cosas muy simples, como la muerte, la búsqueda de la identidad, como los problemas de la comunicación, situaciones de la vida, pero vistas desde el absurdo. Me imagino lectores que se hacen interrogantes a partir de cosas simples, pero que en realidad somos todos, y es que los seres humanos siempre evitamos las preguntas incómodas sobre nosotros mismos. Eso provoca que la vida sea ya una ficción y con mucha más razón para quienes vivimos en las grandes urbes, pues se camina en una ciudad construida en espacios ficcionalizados de por sí y nos convertimos en la ficción de esta ciudad, nosotros somos personajes de ella. Me imagino lectores que se interrogan este tipo de preguntas. Por ello me gusta contar las historias en dos niveles: que se vaya contando ésta sola y, por otro lado, contar el tema. Son lectores curiosos y observadores.

En la parte técnica me llama la atención que no tienen la estructura del cuento clásico, en tus cuentos desde el principio comienzan a suceder las situaciones fantásticas, ¿por qué?

Eso es importante y sobre todo cuando trato la temporalidad de estos cuentos, que responden a obsesiones sí de estructura muy clásica del cuento fantástico pero con elementos fantásticos que irrumpen la realidad y la trastoca. A mí lo que me interesaba es ver esta realidad ya trastocada, y a partir de ahí observar cómo se empieza a romper todo, por eso mis personajes son muy mentales, donde casi siempre están inmersos en un infierno mental en el que me gusta introducir al lector. Eso está mal visto en los talleres de los cuentistas, porque te dicen que abordes acciones y no mentalidades de los personajes. Pero ahora me interesa ir explorando elementos de la realidad previos al momento en que este elemento fantástico irrumpe en la realidad de los personajes, de hecho, esto ocurre en cuantos de este libro como «Hasta parecemos familia» y en «Su nariz», y es porque me gusta explorar más estas situaciones alrededor del momento en que se rompe la realidad.

Pero también tus cuentos tienen que ver con las relaciones afectivas, sobre relaciones laborales, amorosas, familiares. ¿Cómo abordas este tema?

Es indudable que cuando uno escribe se va hablando de uno mismo en muchas ocasiones, y tengo esta tendencia, y como hasta este momento no he podido salirme de mí, no he podido estar en otro cuerpo, entonces creo que las emociones están muy relacionadas con la mente y que la respuesta de tu relación con el mundo está relacionadas con estas dos cosas: con tus emociones y con la mente, y el mundo va respondiendo si tienes estos dos elementos trastocados. Lo inmediato se va afectando. Y eso no significa que la gente a tu alrededor lo perciba, por ejemplo, en esta historia que se llama «Su nariz», el narrador está enfocándose en este personaje que está enamorado de la nariz de una persona, pero si el lector pone atención, las personas que están a su alrededor no se dan cuenta de lo que está pasando, no saben que el otro sujeto está viviendo un infierno. No se dan cuenta. Son temas muy cotidianos, de la vida normal, pero sí se tratan las emociones, la comunicación, las relaciones interpersonales.

La mayoría de los cuentos ocurren en ambientes citadinos, ¿cómo construyes las ciudades que habitan tus personajes?

La ciudad es una construcción de ficción, por sí misma, pero esta ficción se va construyendo a través de pequeñas ficciones, en realidad estamos en muchas ciudades divididas, sino que nosotros mismos somos una ciudad. Y a pesar de que sentimos el peso de esta ciudad y nosotros vamos siendo personajes distintos, también somos anónimos dentro de este espacio, y somos distintos para cada uno de los habitantes, es decir, formamos la ciudad para cada una de las personas.

Hay una historia no contada atrás de tus cuentos, pero que navega en paralelo, que tiene que ver con lo citadino, y tiene que ver con el tiempo de la modernidad que nos mantiene aislados, ensimismados y en constante aceleración. ¿Habías notado esto en tus cuentos?

Sí, es una neurosis que nos convierte en algo desolador. Tenemos varias cargas de responsabilidad social que nos meten en un conflicto y lucha interna, por un lado, de querer resolver y atender todas estas necesidades a la que nos lleva la ciudad a vivir en gran velocidad, respondiendo materialmente a lo que necesitamos, de hecho, tenemos una relación angustiosa con la materia, y en la ciudad necesitas cierto estatus para ir respondiendo a un mejor nivel dentro de la ciudad. Pero también nos lleva a una angustia, por ver si le agradamos a las personas, por ver si cumplimos el papel social que queremos representar y estamos respondiendo a impulsos de mercadotecna, y todo el tiempo pensamos que no estamos alcanzando nada de los objetivos que nos impone esa mercadotecnia. Y por ejemplo, en el cuento sobre la fotocopiadora habla de la angustia general de las grandes urbes, es la manifestación de estos personajes que están todo el tiempo sintiendo el miedo a ser sustituidos, es el miedo a ser sustituidos por no cumplir con las exigencias modernas, por miedo a no estar a la par del avance tecnológico, esta fotocopiadora son aquellas secretarias que no entienden cómo se usa el internet, y estas cuestiones de la belleza moderna, y esto te mete en una incertidumbre.

¿Piensas en una crítica social en estos cuentos de Alto contraste?

No de forma directa, pero sí buscan esa crítica, la cual conecta con el lector porque se siente identificado con la historia, con esa angustia. Por ejemplo, en el cuento de «Me recuerdas a no sé quién» es sobre esta idea de no saber quién eres, cuando en esta ciudad te confundes más y te encuentras repitiendo palabras que no te pertenecen o gestos que no son tuyos, como en el cuento de «Identidad» que es sobre un hombre que se empieza apropiar de físico de las otras personas y termina por ya no ser él mismo. Y así nos vamos alejando cada vez de nosotros mismos. También hay una crítica a nuestra actual falta de comunicación, como el personaje de «Ni en palabras» que de repente encuentra que la gente habla otro idioma que él no entiende y no le corresponden, y eso pasa, de pronto cuando sales a las calles de la Ciudad de México, por ejemplo, es como si nadie te viera o te entendiera o como si nadie te escuchara, y eso traté de plasmarlo en mis historias.

*Marcos Daniel Aguilar nació en la CDMX en 1982, pero pasó su infancia en el pueblo de Nexquipayac, del municipio de San Salvador Atenco. Jugó entre los rescoldos del lago de Texcoco y se divertía, torpemente, apedreando a las garzas que descendían cerca de su casa.

Revista Desocupado

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