Escribir para encontrar la verdad

Soltar palabras

Para llegar al poema hay que despojarse de todo, sacarlo todo, dejarlo todo consignado y luego permitir que aparezca el vacío. En ese vacío aparece la verdad, o el poema, escribe Horacio Benavides, y propone que así mismo deberíamos buscar la verdad del conflicto armado colombiano.

Por Horacio Benavides

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Podríamos empezar preguntándonos qué es la verdad. Como la respuesta es compleja y nos podría confundir, me voy a referir a la posibilidad de conocer el cómo sucedieron las cosas y el por qué en un conflicto que lleva más de sesenta años.

Para tratar de mirar tales acontecimientos, voy a apoyarme en mi experiencia con la poesía. Entre las tantas maneras de llegar al poema –es decir, a la verdad–, hay un procedimiento que nos podría ser útil: la desnudez. Cuando alguna vez Gonzalo Arangole preguntó al poeta Jaime Jaramillo Escobar sobre su manera de escribir los poemas, este le contestó: “El secreto de mi estilo está en que escribo siempre desnudo”. Se podría tomar la frase literalmente: se queda en cueros; o se la podría tomar en su forma metafórica: aleja de su interior las ideas, se queda en blanco. La desnudez es empleada por muchos poetas. Llegamos a la página con la cabeza llena de ideas: desde cómo podría ser el poema hasta los cotidianos ruidos de la vida. Entonces empezamos a concentrarnos. Vamos sacando, de la cabeza o del alma, las múltiples cosas, hasta dejar la casa vacía. Es en ese vacío donde puede mostrar su cara el poema.

Si queremos encaminarnos hacia la verdad del conflicto colombiano, podríamos hacer algo parecido. Al inicio de ese camino es muy posible que nos encontremos cargados de prejuicios. Podemos creer conocer el conflicto, para empezar. Puede ocurrir que tengamos dividido el mundo entre buenos y malos y, por supuesto, que creamos que los buenos son los nuestros. Los crímenes son crímenes cuando los realizan los otros. Podemos tener condenas para las acciones de los contrarios; las acciones de los nuestros están justificadas. Si somos periodistas, no solo podemos cargar con nuestros prejuicios: también debemos satisfacer los requerimientos del propietario del medio, que muchas veces hace parte del conflicto y puede utilizar la desinformación como un arma. La idea es que empecemos a desvestirnos, a tirar el sombrero, el saco, hasta quedar como adanes. Tal vez así podamos ver el conflicto como si apareciera por primera vez.

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Aquí surge un problema. Los hechos no se nos van a presentar ellos mismos. Recordemos que muchos son hechos pasados; nos vamos a encontrar con los testimonios orales o escritos, con crónicas e imágenes, y esos testimonios pueden haber sido construidos con prejuicios, o deformados por intereses partidistas o de otra especie. Todo lo que encontremos debe ser tomado con pinzas, examinado, cotejado, para llegar a una conclusión cercana a la verdad. Dije hechos pasados, pero las cosas van más allá: si estuviéramos en el instante de un asesinato y tomáramos el celular para contarlo, quien en la distancia escucha estaría frente a la interpretación del testigo, estaría ante el lenguaje. En una discusión, con frecuencia oímos decir a uno de los contendores, “esto es objetivo”, imaginando que está mostrando el objeto y presumiendo de haber ganado la disputa; pero está diciendo palabras.

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Ante los crímenes acontecidos, también la literatura podría darnos una mano. Por mucho tiempo, en los cuentos se utilizó el narrador omnisciente, el que lo sabe todo; tanto en los cuentos de tradición popular como en los de autor. Llegó un momento en que alguien debió pensar que un hecho narrado por varios testigos podría ser más verosímil que si lo cuenta un solo narrador. A principios del siglo XX, el escritor japonés Ryunosuke Akutagawa utilizó este procedimiento en su cuento “En el bosque”. Un hombre es encontrado muerto, con una herida en el pecho; siete testigos cuentan lo que cada uno sabe, incluido el muerto que habla por boca de una médium. Entre todos se aproximan a lo que podríamos llamar la verdad de lo ocurrido.

En un crimen al menos hay dos partes, el muerto y quien lo mata; los familiares del uno y del otro, o los partidarios de las partes. En el caso del conflicto colombiano ha habido varios actores: las fuerzas del Estado, las fuerzas alzadas en armas y otras que hacen más compleja la situación. Con el acuerdo para acabar con el enfrentamiento, el conocimiento de lo que pasó debe contar con los testimonios de un lado y del otro, además de los de las fuerzas que pudieron aliarse con los bandos. Por lo general la historia ha sido narrada por los vencedores; una historia cercana a la verdad debe ser contada por todos los actores.

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Un aspecto que también entra en juego es el contexto en que ocurrieron los acontecimientos. Una acción particular generalmente está articulada a aconteceres mayores. Hubo en mi niñez un suceso que conmovió a la aldea en que nací. Juan Chilito tenía tres hijos varones, el menor de nombre Juan, como su padre. Con frecuencia veíamos pasar al viejo en su caballo castaño rumbo a su finca en la falda de la montaña, donde tenía un ganado. Juan, que era un adolescente solitario, con un mechón de pelo negro sobre la frente y la mirada baja, se había negado a ir a la escuela y le gustaba estar solo en la casita de zinc de la finca. Un día el muchacho esperó a su padre, junto a la puerta de golpe, con una piedra en la mano, y lo mató. Este hecho nos hizo temblar a todos. En mis noches de insomnio veía al parricida por caminos solitarios, o tocando en las puertas de las casas, pidiendo un vaso de agua, que le era negado. Por mucho tiempo no hubo más que oscuridad. No conocía las circunstancias en que el crimen fue cometido. Mi primo Álvaro Zúñiga, que tendría entonces once años, me contó que, al pasar una noche por la casa de los Chilito, había escuchado gritos y el llanto de una mujer; nada más. Ahora sé algo: el crimen, que nos parecía único en la aldea y el deseo de matar al padre, en gran parte inconsciente, tocan con la humanidad. Esta experiencia ha sido tratada en la literatura desde la Biblia: en la historia de José, el enfrentamiento entre él y sus hermanos no es solo una lucha fratricida, pues los hijos de Jacob, al intentar matar al hermano preferido por el padre, tratan de matar también al padre. Dostoievski trae el problema en la novela Los hermanos Karamazov: en ella el viejo borracho Fiódor, que se enfrenta, por una mujer, con su hijo Dimitri, termina siendo asesinado por Smerdiakov, otro de sus hijos. En nuestro tiempo, la novela Pedro Páramo es, entre otras cosas, la historia de un parricidio, escenificado en territorios de la muerte. Y así, el acontecimiento en la aldea es la puesta en escena de un drama humano. El panorama se amplía si consideramos que estos campesinos tenían una escolaridad que no iba más allá de tercero de primaria; por lo demás, librados a su suerte, sin un apoyo que les pudiera dar un vislumbre de las fuerzas interiores que en gran parte nos gobiernan.

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Hubo otro crimen que conmocionó a la gente. Don Próspero Robles, dueño del mayor almacén del pueblo, tenía una hija. Hubo un reinado y la joven, de 18 años, fue elegida reina. Durante el día la pasearon en un trono armado sobre la chiva de Merecumbé. Risueña bajo la corona de hojalata, su rostro trigueño, el cabello negrísimo, saludaba con la mano en alto a la gente que se agolpaba en los andenes y bebía su aguardiente. En la noche ocurrió lo inesperado. Su padre la mató. Nadie supo el porqué. Al día siguiente, la gente, sin entender lo ocurrido, conversaba en voz baja. Su padre, que quedó enloquecido, pagó años de cárcel. Nadie puede negar que fue un crimen horroroso. Pensando en el castigo, alguien pudo pedir la pena de muerte. Ojo por ojo.

La poesía podría ayudarnos a mirar este caso. Casi siempre antes de escribir un libro me hago ideas de lo que podría ser; como mis libros han tenido como espacio el campo, me he dicho: voy a entrar en la ciudad, las calles van a ser el escenario de mis poemas; tal vez escriba un libro de poemas pensados como lo hacen algunos poetas europeos. Y así hago una lista de propósitos. Al ir al papel para empezar a soltar palabras, aparece algo que no esperaba. Lo inesperado también ha brotado en mi vida cotidiana. Quiero decir que estamos hechos de algo de voluntad, pero que lo mejor y lo peor de nosotros no lo conocemos ni lo manejamos. Que en lo oscuro de nuestras almas habitan el cielo y el infierno. A don Próspero, es casi seguro, jamás se le pasó por su mente matar a su hija; pero en la noche, con los tragos de la celebración, tal vez celoso, recordando la mirada lanzada por algún muchacho a su hija, se le salió el demonio y la mató.

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¿Licencia para matar? No. El acto que acabo de contar es condenable. Intuimos que don Próspero no decidió matar a su hija. so podría atenuar su crimen, pero los hombres han establecido sus leyes; hay un no y una sanción que dice la ley en nombre de la sociedad, y así somos seres morales y éticos. Por pequeña que sea nuestra capacidad de decisión, no la podemos negar. No nos queda más remedio que condenarlo.

En la mitología griega, Hércules, hijo de Zeus, nacido de una relación extramarital del dios con una mujer, enloquecido por Hera, celosa esposa de Zeus, mata a sus hijos y a su mujer. Cuando Hércules vuelve en sí y se da cuenta de lo hecho, siente horror y piensa pagar con su vida la de sus seres queridos. Su primo, el rey Euristeo, por decisión del oráculo, le impone una sanción: realizar doce trabajos difíciles. Hércules cumple, y así puede sanar y aceptar la vida. Los griegos decían “lo decidió el Destino”, “el dios Destino que estaba por encima de todos, incluso de los dioses”. Nosotros podríamos decir “las fuerzas del inconsciente”.

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En poesía no se trata de esclarecer los hechos, la verdad no es la relación más cercana entre lo sucedido y el relato. Es otra cosa. Desalojadas las ideas preconcebidas, creado el vacío, es posible que en el fondo aparezca el poema, acabado de bañar, con un rostro que no esperábamos. Una de las condiciones para que sea poema, y por tanto verdad, es que sea la síntesis de una experiencia humana, un espejo en que todos nos podamos mirar. Y que esa verdad, por horrorosa que sea, esté armonizada; que sonidos y ruidos entren en el orden de las estrellas.

* Poeta caucano. En 2013 recibió el Premio Nacional de Poesía del ministerio de Cultura por su libro La serena hierba. En Conversación a oscuras (2014), Benavides aborda el dolor de las víctimas del conflicto colombiano.

Arcadia

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