La memoria viva del cine argentino

LA MEMORIA VIVA DEL CINE ARGENTINO

Por Ulises Rodríguez

En 1941, cuando tenía 16 años, acompañó a su hermana “Chiquita” Legrand a un estudio de cine. Se ofreció como cadete en una industria que amaba: era capaz de ver 700 películas en un verano. Fue asistente de producción y de dirección hasta que hizo sus propios films. Los críticos hablan de un director de lenguaje libre y un innovador de la “generación del ‘60”. En los ’80 dejó su carrera de lado y se dedicó a formar jóvenes como Campanella o Lucrecia Martel. A los 93 años dirige el Festival de Cine de Mar del Plata y tiene una memoria que guarda la historia completa del cine argentino.

Fotos: Ignacio Sánchez.

—Martínez Suárez.

—Hola José, ¿cómo le va? Soy Ulises. ¿Se acuerda que le hablé en la presentación del Festival de Cine de Mar del Plata para ver la posibilidad de hacerle una entrevista?

—¿Usted vió todas mis películas?

—Todas no. Me faltarían ver dos.

—Mírelas todas y cuando las haya visto me vuelve a llamar. Adiós.

Una semana después

—Martínez Suárez.

—Hola José, ¿cómo anda? Soy Ulises, usted me había dicho que…

—Si, me acuerdo. ¿Ya vió todas mis películas?

—Sí.

—Entonces venga el miércoles a las 11. ¿Puede?

José Martínez Suárez me recibe en su oficina del quinto piso de un edificio de avenida de Mayo. Allí funcionan dependencias externas del INCAA como CineAr y el Festival de Cine de Mar del Plata, que preside desde el 2008. Me extiende la mano y me ofrece una silla. “Deme un minuto”, dice con una voz afónica. La suya de los últimos años.

El despacho del hombre al que la gente del mundo del cine llama cariñosamente “Josesito” está decorado con un póster de la 31° edición del Festival de Cine de Mar del Plata; un dibujo de Charles Chaplin; una foto en blanco y negro del director de cine británico David Lean y cuadros con afiches enmarcados de dos de sus películas: “Dar la cara” (1962) y “Los muchachos de antes no usaban arsénico” (1976).

Lautaro, su asistente, revisa su correo y le lee pacientemente los mails. “Josesito” se ajusta los audífonos y se estira para oírlo mejor. “Está bien. Nada que amerite urgencia. Gracias. Cierremé la puerta por favor. Cualquier cosa me avisa. Gracias”.

Con ojos verdosos que se clavan en quien los mira, bigote de señor astuto a lo Errol Flynn, pañuelo de seda al cuello por dentro de la camisa —un caballero como él siempre lleva camisa— y pantalón de vestir con la raya marcada, es Martínez Suárez el que hace la primera pregunta.

—Digamé…. ¿cómo le fue con mis películas?

—Muy bien. Fue una tarea necesaria. Me acordé que “El crack” la había visto con mi padre y tenía otra imagen de la película. En aquel momento tendría 13 o 14 años y la vimos por canal 7 a la tarde, a la hora de la siesta. Aquella vez me había quedado mal con el final porque uno ve una pelicula de un jugador de fútbol y un pibe con un sueño que, en algún momento todos tuvimos: ser futbolistas o jugar en Primera y ponernos la camiseta del equipo del que uno es fanático. Y ese final en que el jugador termina con la carrera arruinada y quebrado lo viví con tristeza. En ese momento sentí un malestar con el final y hoy volviendo a la película noto que goza de una actualidad increíble.

—¿Vio usted? Lo mismo que pasaba en los años ‘60, 58 años después, sigue sucediendo. Los trabajadores, los pibes jodones, está bien hecha la película. Quedó bien, un buen guión.

—Usted es hincha de Racing, ¿no?

—Sí —muestra un pin con el escudo de Racing que lleva en la solapa del saco—. Toda mi familia es de Racing. Yo lo hice de Racing a mi padre, un español criado en Argentina a diferencia de mi madre que era argentina criada en España.

Sigue preguntando José Martínez Suárez.

—¿Qué le pareció “Los chantas”?

—Muestra que hay algo en nuestro ADN que hace que seamos muy chantas.

—Sí, pero los chantas aquellos comparado con estos chantas de hoy son principiantes. Aquellos robaban gallinas, estos roban gallineros enteros.

—¿Cuánto influyó el cine en su educación y en la de gran parte de su generación que creció viendo cine?

—Éramos rigurosos en cuanto a eso. Los que queríamos al cine no queríamos ver películas, queríamos ver buen cine. Ahora bien, no era fácil ver buen cine porque uno no sabía. Si me dicen que esa madera es buena —señala un mueble de la oficina— yo no sé si es buena o es mala. Tengo que verla varias veces, tengo que ver otras maderas, tengo que hablar con un carpintero. Así nos íbamos haciendo en el conocimiento de las cosas.

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El dramaturgo austriaco Arthur Schnitzler dijo: “estar preparado es importante, saber esperar lo es aún más, pero aprovechar el momento adecuado es la clave de la vida”. Aquella noche de 1941 en que José acompañó a los estudios Lumiton a su hermana “Chiquita” —que estaba protagonizando la película “Los martes orquídeas” — y alguien le preguntó si quería ganarse cinco pesos porque un extra había faltado, el muchacho empezó a ser, él mismo, un eslabón más del cine argentino.

—Vivíamos en La Paternal, en Médanos y Doroteo Álvarez, y le decía a mi mamá: “Dejá que la acompaño yo a Chiquita”. Tenía en ese momento 16 o 17 años y los primeros días me quedé sentado en la portería y miraba todo. Había un patio grande, entraban autos, iban y venían, ya luego de estar en la portería, había un banco de plaza en la puerta y el sol daba justo allí y me di cuenta cómo era la mecánica. En las puertas que daba al estudio, cuando la luz estaba roja no entraba nadie, después sonaba un timbre se ponía verde y la gente entraba y salía. Cuando la vi verde me metí y me encontré que era un galpón negro oscuro que no se veía nada y miré al techo y estaba iluminado y me metí en los decorados. Fue la primera vez que entre a un rodaje. Yo sabía que había que quedarse callado. Después, un día me dijeron nene alcánzame aquella cosa, nene tené cuidado con aquello, traelo para acá, y a fin de mes me dijeron: “tenés que pasar a verlo a Frank” que era el administrador. Había un sobre para mí con con 60 pesos, había entrado a trabajar sin darme cuenta. Hoy no pasa más porque no hay más estudios. Fue un milagro.

Mientras sus hermanas se abrían espacio en la actuación como Mirtha y Silvia Legrand, José hacía lo que hiciera falta pensando el cine desde la cocina: hacer, algún día, su propia película. Al principio lo llamaban “Mirtho”. Con elegancia, como hace todo en la vida, logró despegarse de ese sobrenombre para ser “Josesito”: el pibe de producción, el que podía desde ir a comprar una Coca-Cola en la despensa de la esquina hasta ser pizarrero de los estudios.

—Cuando entré en Lumiton era una especie de Universidad. La persona mayor enseñaba a los pibes, cosa por cosa, nadie se guardaba nada. De ahí salieron iluminadores, camarógrafos, directores, guionistas. Para mí fue mi segundo hogar. Estaba en Munro en la avenida Mitre 2349. En ese entonces yo vivía en Arenales y Malabia. Tomaba el tranvía 31 hasta José Hernández y Cabildo y allí el colectivo con el mismo número 31 me dejaba en la puerta de Lumiton. Era un placer trabajar en allí porque uno iba rotando los cargos. Por ahí estaba en el laboratorio, por ahí estaba en la administración, por ahí estaba de ayudante de dirección, por ahí estaba como ayudante de producción, por ahí como ayudante de cameraman. Así se iba aprendiendo de todo.

Josecito se había metido en las fauces del séptimo arte. Hizo carrera haciendo cine: asistente de producción, ayudante y asistente de dirección. Desde 1949 hasta 1959 se dedicó a aprender de maestros y los nombra uno por uno: “Mario Lugones, Carlos Hugo Christensen, Francisco Mugica, Manuel Romero, Lucas Demare, Leopoldo Torre Nilsson, Kurt Land, Ralph Pappier y Daniel Tinayre”, que luego sería su cuñado.

Joselo de Villa Cañás

El piso era de mosaico. En el frente de la casa, sobre una placa de mármol, se leía: Casa J. Martínez. Había una vidriera a cada lado que don José cambiaba una vez por mes poniendo la nueva mercadería que había llegado al almacén de ramos generales. Cuando Joselo, el hijo mayor, volvía del colegio le daba un beso a su madre, otro a su padre y pedía permiso para agarrar el diario. Lo tiraba en el piso, se ponía boca abajo y leía. La gente que lo veía, envuelto en las páginas de La Prensa, preguntaba: “¿Es verdad que lee el pibe?”

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El pibe, al que llamaron José Antonio en homenaje a sus abuelos, nació en Villa Cañás, en 1925. Hijo del andaluz José Miguel Martínez Fernández y Rosa Suárez, maestra de la Escuela 178, asombraba por su avidez para la lectura, su memoria para los nombres y su pasión por el cine: el mayor entretenimiento de ese pueblo rural santafesino fundado, apenas 23 años atrás, con la llegada del ferrocarril.

Villa Cañás era el mundo del puñado de amigos perfectos para una infancia de cowboys que montaban en palos de escobas. Una niñez entre las revistas “El Tony” y “Tit-bits” que llegaban en tren, los veinte tomos de “El tesoro de la juventud”, una bicicleta inglesa con radio y películas norteamericanas en las que todo se resolvía a los tiros.

—Un día, cuando salía del colegio, la acompañaba a mamá a casa y mamá me dice: “me dijo la señora Pardo -que era la directora- que te estas portando mal”. Le digo: “pero no mamá, no me porto mal”. Ella insiste: “sí, lo dijo tu maestra, la señora de Mendizábal”. Y le explico: “no mamá lo que pasa es que me levanto a decirle algo a un compañero, pero yo lo hago para que me manden a la dirección castigado porque la cooperativa compró “El tesoro de la juventud”, 20 ejemplares grandes que los leo mientras los demás juegan al fútbol. Era una especie de enciclopedia que había editado Jackson. Eran 20 tomos que venían con su mueble, un mueble que se ensamblaba, 10 tomos arriba 10 abajo y tenía para leer todo el año. Yo vivía a una cuadra de la biblioteca del pueblo. Me acuerdo de noche, en invierno, cuando había terminado un libro, salía a la vereda y miraba si en la otra cuadra había un rectángulo de luz, si veía luz significaba que estaba abierta la biblioteca. Y para allá me iba.

—¿Hoy sigue leyendo?

—Hoy tengo problemas en la vista, tengo mucha gente que me lee pero todavía no me acostumbré. A mí me gustaba saborear la frase, me gustaba ir leyendo horizontal, nunca leí inclinado, siempre horizontal. No me salteaba cosas, leía todos los renglones y leía gente importantísima. A Borges, Stevenson, Kafka, Hemingway, Dickens. Eran los que completaban mi vida y yo me hacía amigo de gente que leía y nos pasábamos datos de autores, librerías, saldos.

—¿Cómo era aquel cine de Villa Cañás?

—Cuando llegaba la película había que verla no había otra opción. Lo que pasaba era que la película estaba en Rosario. Imagínese: camino de tierra, 200 kilómetros, escuchábamos a los chacareros felices porque había llovido y era bueno para el campo. Nosotros empezábamos a pensar la camioneta no viene el sábado porque llovió en todos lados, los sábados antes de comer nos íbamos al camino que iba a Rosario. Hace poco nos sacamos una fotografía 4 de los 5 pibes que nos quedábamos abajo del eucaliptus para mirar si venía la camioneta. Y cuando llegaba la camioneta respirabamos. Llegaban muchas de cowboys, nunca había besos. Cuando terminaba la película y había besos el tipo ponía el sombrero grande de cowboys y tapaba o pasaba un caballo para que no se viera. Eran tiempos de las películas de Humphrey Bogart, George Raft, Edward G. Robinson. Todos los pibes vivimos esta situación y yo formé parte con mis amigos de esa generación. La mayoría están vivos. De 5, 4 están vivos. Hay mucha gente mayor en Villa Cañas.

—¿Cómo se acuerda de todo José? ¿A qué se debe que tenga tan buena memoria?

—Dicen que es el agua de Villa Cañás, allá todos somos memoriosos. Mis hermanas son tan memoriosas como yo, pero los amigos también, nos acordamos de todo.
—¿Va seguido al pueblo?

—Voy seguido. Al cine le pusieron el nombre “Joselo Martínez Suárez” porque allá me conocen como Joselo. En abril se hizo un acto muy lindo. Fuimos con mis hermanas y la pasamos muy bien. Estuvimos tres días, fue una fiesta… fui al colegio donde había ido y la portera me hizo el favor de abrirme porque era feriado ese día y pude volver a recorrer el colegio, mi colegio.

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Foto: Prensa INCAA. 

Cuando cumplió 9 años don José Martínez decidió que su hijo debía aprender algo más que devorar libros y ver películas a mansalva. Así que, como se acostumbraba en aquella época en las familias con una visión europea de la educación, lo mandó a Buenos Aires a estudiar en un colegio porteño y vivir con Francisca: una tía abuela materna, en La Paternal.

La muerte del padre, cuando tenía 11 años, lo hizo crecer de golpe. Se refugió en los libros y, por supuesto, el cine: “Ese verano de 1937 admiré 700 películas solo”, cuenta José, que asumió la responsabilidad de acompañar a su madre y cuidar a Aurelia y a Rosa (“Goldie” y “Chiquita”). Vivieron unos años en Rosario pero entre la tristeza y la falta de oportunidades doña Rosa decidió que lo mejor para sus hijos era estar en la Capital.

La vida en Buenos Aires fue la apertura al mundo artístico. En un radio de veinticinco cuadras, sobre la avenida San Martín, estaban el Sena, el Oeste, el Tarico, el Parraviccini y el Río de la Plata. La Paternal no era Villa Cañás pero había amigos con quienes ir a esos cines; poetas de barrio para pasarse un libro; un tío pintor; otro pianista; un primo maestro y un pariente que se decía inventor.

El cineasta

La luz, la sombra, el encuadre, el plano contrapicado, la profundidad de campo, el gran angular, el montaje, el ojo de la cámara, el sonido. Como director José Martínez Suárez estaba, y aún lo está en su vida diaria, en todos los detalles. Su primera realización, el documental “Altos hornos Zapla” (1959), se mete adentro de la fábrica jujeña y muestra a los obreros trabajando en la producción del hierro en las más duras condiciones.

Su debut en ficción fue con “El crack” (1960) en el que relata las internas del fútbol con los sueños de campeón y las maniobras oscuras de los dirigentes: un anticipo de lo que se venía.

A este le siguieron “Dar la cara” (1962); “Viaje de una noche de verano” (1965) que —contado por él mismo director— fue un fracaso por el que decidió autoexiliarse en Chile, donde realizó cine publicitario y co-produjo Eloy (1968, Humberto Ríos). Al regresar a la Argentina co-guionó “La Mary” (1974) con su cuñado Daniel Tinayre, dirigió “Los chantas” (1974), “Los muchachos de antes no usaban arsénico” (1976) y “Noches sin lunas ni soles” (1984) que marca el cierre de su carrera como director.

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—Con David Viñas hicieron “Dar la cara” que es uno de los pocos casos en que el guión se escribió antes que el libro.

—Tiene razón. Es así.

—Hace varios años atrás usted contó que nunca había leído el libro.

—El libro apareció como ocho meses después de estrenada la película y le fue bien. Tiene como 250 páginas. Había un tonto en Radio Argentina, que ya no está así que no vale la pena nombrarlo, que una tarde dijo en la radio: “José Martínez Suárez no alcanzó el nivel del libro en el cual se basó la película”. Así que agarré el coche y me fui a la radio que estaba en avenida Rivadavia. Estaba transmitiendo todavía el tipo y en ese momento había estacionamiento libre así que se estacionaba en cualquier parte. Había una puerta con un vidrio y dice: “acá viene José Martínez Suárez a conversar conmigo” y le digo “no vengo a conversar con usted vengo a corregirlo: el libro se editó 6 meses después de relanzada la película. Averigüe antes de decir las cosas”. Pero el libro no lo leí todavía.

Aunque José Martínez Suárez nunca se ha embanderado con un partido político ha manifestado lo que piensa a través de sus películas. “Dar la cara”, “Los chantas” y, más aún, “Los muchachos de antes no usaban arsénico” reflejan su lectura de la realidad política y social que se vivía en Argentina en aquellas décadas.

—Lo que pienso políticamente lo dicen mis personajes: Luisito Medina Castro cuando lo atacan en “Dar la cara”; el dinero negro que se juega en el fútbol con “El crack”; en “Los chantas” la pobreza espiritual de toda esa gente y en “Los muchachos de antes no usaban arsénico”, que se estrenó en abril de 1976, me permito decir “fui al cementerio y no encuentro la tumba y la gente desaparece”.

—¿El público y la crítica hicieron una lectura de esa representación en 1976?

—No demasiado. Tuvimos mala suerte porque el día que hicimos el pre-estreno fue el día que derrocaron a María Estela Martínez de Perón. Así que los comunicados eran “reina la absoluta calma en todo el país pero se aconseja a la población quedarse en sus casas después de las 20 horas”.

“Los muchachos de antes no usaban arsénico” será llevada nuevamente al cine por uno de los alumnos de Martínez Suárez: Juan José Campanella. La remake se titulará “Regreso triunfal” y se estrenará en marzo de 2019. Tendrá a Graciela Borges (en el personaje que encarnaba Mecha Ortíz), a Luis Brandoni, Oscar Martínez, Marcos Mundstock y a la actriz española Clara Lago.

Según palabras de Campanella, “la versión original es la película más ingeniosa de la historia del cine argentino, dotada de un estilo distinto, una especie de homenaje a Ernst Lubitsch y a aquellos viejos films”.

José Martínez Suárez estuvo en el rodaje y le parece acertado que Campanella haya trabajado sobre otro guión “porque no se pueden matar tantas mujeres hoy en el cine, todo el mundo está preocupado por los femicidios, así que lo hizo de otra forma”.

¿Cuál fue para usted la “época dorada” del cine argentino?

—El ‘50, ‘51, ‘52. No hacíamos demasiadas películas, se tenía mucho respeto, las películas se hacían más lentas, no se hacían tan rápido, porque no se hacía cine para ganar dinero, se hacía cine para satisfacer una necesidad personal, para tomar agua, para comer un sándwich, para tomar un helado. Hoy se hace cine para ganar guita.

—¿Por qué cree que todavía hay gente que repite la frase “no me gusta el cine argentino”?

—Hace unos años recomendé una película a un muchacho y me dijo “no querido, yo ya vi una argentina este año”. Como sin con eso hubiera cubierto su cuota de nacionalismo. Pero ahora está siendo más respetado el cine argentino porque lo respetan en el exterior. La batalla hay que ganarla porque durante años se perdió la guerra, ahora empezamos a ganar batallas. Fíjese Lucrecia Martel -que también fue alumna mía- ganó el premio a la mejor película del año con Zama. Fíjese la carrera que hicieron Héctor Alterio, Darín, Solá, Grandinetti, Leo Sbaraglia en España.

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Los críticos que han analizado la obra de José Martínez Suárez coinciden en que es un realizador de escenarios reales y no de sets de filmación; un director de lenguaje libre pero riguroso y un innovador en la estética de la época: un nombre fundamental de la “Generación del 60” junto a David José Kohon, Rodolfo Khun y Leopoldo Torre Nilsson.

El padre, el maestro, el presidente

José Martínez Suárez, al igual que su hermana “Goldie”, ha optado mantener su vida privada puertas adentro. Dice haber perdido varias novias por pasar los fines de semana yendo de un cine a otro aunque estuvo casado tres veces. Una de ellas fue en Chile y la última con “Nené” Lovera, su gran amor, que falleció en 2013.

En el medio hay un episodio que marcó para siempre a la familia: el secuestro y desaparición de su hija María Fernanda y su yerno Julio Enzo Panebianco, militante de la Juventud Trabajadora Peronista, el 2 de marzo de 1977.

En esos momentos de desesperación Martínez Suárez fue a tocar el timbre del departamento de avenida Libertador del entonces almirante Emilio Eduardo Massera para pedir por su hija y su yerno. Massera nunca lo atendió. Aunque la historia no es oficial, se dice que María Fernanda recuperó la libertad por la intermediación de su tía “Chiquita”.

En aquel momento José fue al departamento de María Fernanda y dejó una nota que decía: “Si buscan a mi hija vengan a mi casa” y dejaba su dirección. Julio Enzo Panebianco continúa desaparecido. Mirtha hizo mención una vez en su programa, en el año 2010, y despertó la bronca de Julieta, la nieta de José. Para la familia siempre fue un tema sensible.

Con la llegada de la democracia Martínez Suárez dirigió su última película, estrenada esn1984, y le abrió paso al maestro. Un formador de cineastas, de guionistas, de productores, críticos y espectadores con una visión amplia de un cine que no tiene fin.

—Para ser alumna de José había que tener vistas películas fundamentales como “El ciudadano” (Orson Welles) y, sobre todo, ser puntual porque si algo tiene José es respeto por la puntualidad —dice la distribuidora de cortometrajes Luciana Abad, alumna durante cinco años a la hora de la merienda que era preparada y servida cariñosamente por Nené.

Por la cantera de Martínez Suárez han pasado nombres fundamentales del cine argentino actual, como el ganador del Oscar Juan José Campanella; la consagrada Lucrecia Martel y el director de la multipremiada “Medianeras”, Gustavo Taretto, que desde 1999 a 2007 desayunó todos los miércoles con su maestro.

El día que Taretto debía asistir a su primera entrevista para ser aceptado como alumno José Martínez Suárez le dijo: “Lo espero el lunes a las ocho”. El joven fue el lunes a las 7.56 PM. Esperó hasta las 8 y tocó el timbre. No atendió nadie. Nunca. Al regresar a su casa lo llamó por teléfono al maestro y este le dijo: “Si hubiera querido que viniera a las 20 le hubiera dicho a las 20 pero yo lo esperé a las 8”. Tuvo que insistir varias veces para una nueva entrevista y finalmente fue aceptado en el taller.

—Es firme con la palabra. Es un hombre honesto, correcto pero no aburrido. Un pícaro en muchos sentidos. Como profesor contagia pasión y energía para el cine. Si se compromete con algo lo cumple —dice Taretto.

En el 2008 José Martínez Suárez asumió como Presidente del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Desde ese momento dejó de dar clases porque consideraba que no podría dedicarse a ambas cosas sin descuidar una o la otra.

A lo largo de su trayectoria al frente del único Festival de Cine clase A de Latinoamérica, Martínez Suárez se propuso que “las únicas estrellas son las películas” y cambió la idea que tenían otros presidentes de gastar millones en traer caras conocidas para la foto y olvidarse del buen cine.

Bajo su presidencia puso en Competencia Oficial películas y directores que, en otros momentos, no tenían cabida en Mar del Plata. Le dio espacio a un marginal del cine como el director del conurbano José Celestino Campusano con su película “Vil Romance” (2008). “Un filme atrevido que cualquier jurado pacato habría rechazado”, dice Martínez Suárez.

—Usted apostó siempre a José Campusano, ¿qué ve en su cine?

—Campusano descubrió un cine distinto a veinte minutos del Obelisco. Esto no pasa a 1000 kilómetros de Buenos Aires, esto pasa a 20 kilómetros de Buenos Aires. Tuve que luchar mucho para que aceptaran “Vil Romance”. ¿Y qué película ganó ese año el Festival en Mar del Plata? “Vil Romance”. Ganó guión y ganó película, así que apoyo a toda costa a José. Es una voz nueva, con conocimiento, con potencia. Una vez por mes nos llamamos y nos saludamos: “Hola José, ¿qué tal José? ¿cómo anda José? Bien ¿y usted José? Lo quiero mucho a José.

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A los 93 años la vejez asoma a sus ojos como una escarcha invernal. La vista se agota y las piernas, ayudadas por un bastón, no responden como en ediciones anteriores del Festival para estar en cada una de las presentaciones y andar de un cine a otro arriba de una scooter para no perderse absolutamente nada.

Durante la apertura de la 32° edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, en 2017, José Martínez Suárez fue homenajeado como si fuera su último año al frente de la presidencia, aunque nunca se hizo mención que dejaría el cargo. Afortunadamente para el Festival, la nueva edición lo encuentra otra vez al mando del equipo.

—El año pasado nació mi décimo bisnieto y me pregunto ¿cómo es posible si aún soy el chico que corre por Villa Cañás? Estos diez años fueron muy importantes en mi vida. Uno selecciona los buenos momentos, todo tiempo pasado fue mejor, pero estos últimos diez años fueron formidables.

El mayor de los Martínez Suárez sigue siendo “El tesoro de la juventud” de “Chiquita” que es capaz de llamarlo a las tres de la mañana para preguntarle cómo se llamaba “aquel señor que era el bibliotecario del pueblo”. Y José piensa, hace una pausa, toma aire y responde con su tono cordial: “Ardiaca, Juanito Ardiaca”. Ella agradece y corta saludándolo “hasta mañana” porque al otro día lo volverá a llamar como lo hace todas las tardes de su vida.

—¿Le quedó pendiente alguna película por hacer?

—Dos: “La última noche de Francisco Sanctis” que me puso muy contento cuando la hicieron los pibes Márquez (Francisco) y Testa (Andrea). A mí me gusta mucho Humberto Costantini, fui amigo de él y esa película la quería hacer. La otra es de “De dioses, hombrecitos y policías”. A esa la compré dos veces, la tuve cuatro años pero nunca pude conseguir capitalista.

La película nunca no se filmó pero José Martínez Suárez ya la vio en su cabeza porque piensa la vida en modo cine. Mientras habla ya imagina las escenas, los planos, los actores y los escenarios de rodaje. Tal vez acaba de regalar una idea para un productor, un director, un guionista. Así es don José el memorioso: el hombre que eligió ser, todo él, cine.

Revista Anfibia

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