Sonidos juveniles

-- Bolivian coca grower Mariel Chura, 21, plays the viola next to her mother Lidia Coarita, during a break while harvesting coca leaves in their lot in Chura, Cocayapu region, north of La Paz, Bolivia, on November 21, 2018. At the age of 14, Chura joined the Youth Symphonic Orchestra of Chulumani where she plays the viola. / AFP / Aizar RALDES

Cuando Mariel Chura se enroló a los 14 años en una orquesta juvenil, en la mayor región cocalera de Bolivia, ni siquiera sabía qué era una viola. Siete años después se declara enamorada del instrumento que le ofrece una vía para labrarse un futuro promisorio.

Como ella, unos 80 niños y jóvenes que forman parte de la Orquesta Sinfónica Juvenil de Chulumani sueñan con una vida esperanzadora, a ritmo de C, Chaikovski y de la banda sonora de las películas de Indiana Jones.

De tez morena, baja estatura y ojos vivarachos, Mariel creció en la comarca de Cocayapu, cerca de Chulumani, en los valles de los Yungas, a un centenar de kilómetros de La Paz, donde cosechaba hoja de coca en la parcela de sus padres, Pablo y Lidia.

Al recibir al equipo de la AFP en esta casa, toma su viola y se sumerge en las notas mientras su madre sujeta la partitura, en un día soleado y de una humedad asfixiante.

Al tocar «me siento tranquila. Es como que te olvidas de todo, te dedicas a tocar, te olvidas de los problemas», cuenta Mariel.

Fanática del compositor barroco alemán Georg Philipp Telemann (1681-1767), «así como también de Vivaldi, Mozart y Bach», dice que sueña con «tocar en alguna orquesta sinfónica como en la (juvenil) de Venezuela», creada en 1975 por el fallecido maestro José Antonio Abreu, que ha ganado fama internacional.

Su incursión en la música no fue fácil. Compañeros de la escuela la molestaban, como lo hacían también con algunos integrantes varones de la orquesta, que eran incluso tildados de «maricones» por tocar música clásica.

Mariel tuvo que «cosechar coca para comprar un instrumento musical propio», la viola que le costó unos 115 dólares hace tres años.

Ahora vive en La Paz, donde estudia ingeniería en la universidad estatal UMSA, pero retorna los fines de semana a Chulumani, donde enseña viola a dos muchachitos y sigue ensayando con sus compañeros de la orquesta.

Como «un templo» 

En la Sinfónica de Chulumani tocan niños y jóvenes de 4 a 22 años. Ellos, al involucrarse con la música, han estado al margen de los problemas típicos que les rodean, como el consumo de alcohol y droga.

«La orquesta se ha convertido como en un templo donde los chicos llegan y se sienten como liberados» de ese tipo de influencias dañinas, explica el director e impulsor del grupo musical, Erik Castro.

Aun sin planearlo, «hemos hecho como una prevención» ante el consumo de drogas o de alcohol, afirma Castro, un verdadero ídolo para los jóvenes.

La orquesta se formó en 2011 con apoyo de la alcaldía de Chulumani y organizaciones privadas. Desde entonces, varios de sus integrantes han conseguido becas en universidades bolivianas y del extranjero, así como en conservatorios de Perú y Costa Rica, añade Castro.

El director coincide con Mariel en que tuvieron que luchar contra el machismo, pues la música clásica o la barroca de las misiones de los jesuitas del este del país, sólo atraía a las mujeres de la localidad.

Música que se expande

Tras años de práctica, la Sinfónica de Chulumani ha participado en encuentros con otras orquestas juveniles de Bolivia, Argentina, Chile y Paraguay.

El poblado cocalero albergó en noviembre un «Encuentro Internacional de Jóvenes por la Música y la Vida», en el que centenares jóvenes de esos cuatro países deleitaron en un concierto conjunto a más de un millar de espectadores.

En la velada, los músicos hicieron vibrar al auditorio con varios temas, como la Marcha Radetzky (de Johann Strauss padre), La Bella Durmiente (Piotr Ilich Chaikovski), Farándula de Georges Bizet y La Tempestad de Robert W. Smith.

También tocaron composiciones del célebre director musical estadounidense John Williams para las películas Tiburón y la saga de Indiana Jones.

La música «me ha cambiado la vida, como a muchos de mis colegas músicos», dice la violinista Lourdes Sarabia, de 19 años, a minutos de que comience el concierto de más de dos horas.

En la gala también participaron los niños bolivianos Aldo, de 11 años, y Johsset Salvador de 10, muy hábiles con el violín.

«Me pone feliz», dice Aldo, mientras que Johsset cuenta que sintió «mucha felicidad el tocar con otras orquestas».

Las nuevas metas de la Sinfónica de Chulumani son obtener más becas en el exterior para sus músicos y llevar la música boliviana a otras latitudes.

El Universo

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