Teatro de exportación

Teatro uruguayo de exportación

También somos teatro. Afuera, donde nos conocen por el Maracanazo, Luis Suárez, Diego Forlán y Edinson Cavani, donde hablan de marihuana, Mujica y asado, afuera, también somos teatro. No es una percepción. Es una realidad: el teatro nacional es aplaudido y buscado por los escenarios de todo América, Europa y Asia desde mediados de los 2000, y en los últimos años, por diferentes razones, la presencia de directores, directoras, dramaturgos y obras en el exterior crece cada vez que con más fuerza.

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Nombres como Marianella Morena, Sergio Blanco, Gabriel Calderón, Mariana Percovich, Roberto Suárez, Santiago Sanguinetti, Jimena Márquez y tantos otros, suenan en festivales, temporadas y carteleras culturales de todo el mundo. Aunque poco tengan que ver sus obras, todos tienen algo en común: una mirada, un lenguaje y una estética propia, algo nuevo que decir, una nueva forma de mirar, una nuevo sentido que a priori no había sido descubierto. Y eso, cuando pareciera que no queda nada por conocer, cuando las redes y la tecnología nos acercan el mundo entero y hasta el universo, cuando todo el sentido parece haber sido agotado y la belleza perdida, eso es lo que se busca, se persigue, se valora y se abraza.

Los espectáculos y artistas uruguayos (incluidas todas las artes escénicas) con presencia en el extranjero pasaron de 15, en 2015, a 40 en 2018, según un informe realizado por el INAE (Instituto Nacional de Artes Escénicas). “En el teatro uruguayo hay mucha gente con mucho talento y ese talento está siendo visualizado en el mundo. No digo que antes no lo hubiera. Es un tema de visualización, y también de deseo y disponibilidad de los artistas de hacer una carrera internacional. Eso se ve como algo muy placentero, pero es algo muy trabajoso, porque hay que tener disposición y renunciar a un montón de otras cosas”, dice José Miguel Onaindia, director del INAE, un argentino que llegó a Uruguay hace ocho años y que desde entonces ha sido un gran embajador de la cultura uruguaya.

No es algo nuevo que en Uruguay haya talento, mucho talento. La historia del teatro nacional es rica, profunda. Los actores y actrices nacionales sorprenden en el exterior por la potencia, por la fuerza, por la creatividad. Los textos atraen por el ingenio; las puestas, por los lenguajes. Y todo sin tener grandes escenografías o vestuarios que los amparen. Eso, quizás, ha sido y es una matriz que atraviesa a los creadores uruguayos: el presupuesto nunca es demasiado como para pensar en dispositivos escénicos enormes.

Entonces, el teatro ha aprendido a apoyarse en aquello en donde el dinero no importa, es decir, en el trabajo de los actores, en la dramaturgia y en la dirección.

Eso que se dice la garra charrúa, eso que se hace solo por el amor de hacer y de defender un discurso, eso que se hace con valentía y mucho trabajo, aunque las circunstancias no sean las mejores. Eso también es el teatro uruguayo. Y, lo sabemos, eso es también lo que nos hace especiales en el resto del mundo.

En el comienzo 

Cuando Gabriel Calderón fundó la compañía Complot junto a Martín Inthamoussu, Sergio Blanco y Mariana Percovich, en 2005, lo hicieron pensando en que tenían que trabajar y estrenar en Uruguay, pero después mostrar los espectáculos afuera. “La idea era producir acá porque era donde teníamos el talento, la gente que conocíamos, pero también teníamos que exportarlo. Si no, los números nunca iban a cerrar”, cuenta Calderón.

La primera obra suya que se vio en el exterior fue Mi muñequita, en 2007, en una gira por Panamá, Costa Rica y El Salvador. Ese mismo año, Blanco hacía su primera dirección en el extranjero con Escena de penitencias y autopsias, en Córdoba, Argentina. Dos años antes, la obra Slaughter fue montada en Buenos Aires y en 2014, Tebas Land, también suya, fue puesta en Colombia luego de su estreno uruguayo.

Desde entonces, Calderón y Blanco han hecho carrera afuera. “En mi caso, que soy dramaturgo, director y además actor, siempre he estado vinculado a diferentes países en alguno de esos roles. Por ejemplo, en 2009 estuve en una residencia en el Royal Court de Londres pero una obra mía estuvo programada en el País Vasco. He trabajado mucho como director en España pero mis obras se empezaron a hacer más en Francia, además soy docente estable de una universidad en Suiza”, dice Calderón.

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Blanco se fue a vivir a Francia a los 21 años, pero la mayoría de las veces volvió a Uruguay para estrenar sus obras. No cree que haberse ido a París siendo tan joven lo haya ayudado a mostrarse afuera. “Lo que ayudó a mi visibilidad en el exterior fueron dos factores que no están ligados a eso. En primer lugar, la publicación de mis textos. Eso hace que las piezas circulen. En segundo lugar, el trabajo con nuestra compañía Complot en Uruguay (…) A partir de eso se puede decir que quienes ayudaron a hacer posible esa visibilidad fueron nuestros productores y también una serie de programadores que empezaron a llevar nuestros montajes al exterior”.

Las obras de Blanco se han estrenado en Buenos Aires (de hecho, ahora mismo se pueden ver allí una versión de La ira de Narciso y otra de Tebas Land), en Alemania, Londres, Madrid, Chile, Perú, Francia, Nueva York, Tokio, Oslo, Estocolmo y Nueva Delhi. Es que, aunque la mayoría de sus obras sean autoficciones, dice Blanco, no hay nada más universal que el yo: “Los seres humanos estamos atravesados por los mismos problemas. La experiencia me ha enseñado que de un país al otro, lo único que cambia es la moneda. Después, todos buscamos el amor y le tenemos miedo a la muerte. Y mis obras hablan de eso”.

En este momento, Gabriel -que en mayo vuelve con su obra If-festejan la mentira los sábados y domingos a la Sala Verdi-, tiene agendados trabajos en el extranjero hasta 2022, incluido un proyecto en el Teatro Nacional de Módena junto a Sergio. “Yo estoy convencido de hay una presencia importante del teatro nacional en el exterior y no es una percepción, es que lo veo. Incluso lo veo con artistas o teatros con los que no tengo mucha relación. El año pasado El Galpón, por ejemplo, viajó a Buenos Aires con Incendios y le fue muy bien. Creo que a veces hay una reducción de que somos algunos los que viajamos y en realidad somos muchos, en su mayoría creadores independientes”.

Para Calderón, hace dos años que ha habido un cambio radical: “Se debe a la presencia de José Onaindia en el INAE; él ha entendido la importancia de la exportación y nos ha apoyado a todos, nos representa afuera, habla de nosotros y no a un grupo pequeño, sino a un amplio grupo de personas, colectivos, artistas. Su rol actualmente es fundamental para que los intentos individuales pasen a ser un logro colectivo. Funciona como esa oficina de comunicación y producción que los artistas individuales no tenemos”.

Además, Blanco añade que “es innegable que ha habido un cambio muy importante de paradigma en las políticas culturales de nuestro país: comprendimos que no podíamos seguir exportando solamente carne y jugadores de fútbol. El teatro uruguayo siempre tuvo grandes dramaturgos y hacedores. Lo que es nuevo es que ahora hay un interés por poner toda esa producción en circuitos internacionales. Al fin entendimos que además de exportar a Suárez también podíamos exportar a un dramaturgo de la talla de Santiago Sanguinetti. Cuando Calderón estrenó en París, yo me llenaba de orgullo de que su teatro deslumbrara con la misma intensidad que los parisinos se deslumbran con un gol de Cavani”.

Todo celeste

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«Todo era celeste. El perro celeste. La mujer celeste. El agua celeste”. Así dice Las Julietas, el primer texto que Marianella Morena presentó en un escenario extranjero. Fue en 2010, cuando el teatro Timbre 4 de Buenos Aires inauguró el ciclo de teatro uruguayo. Compartieron temporada con Gatomaquia, que en la adaptación de Héctor Manuel Vidal, fue la obra uruguaya que más viajó en la historia, recorriendo más de 15 países.

Un año después, Las Julietas estuvo en el teatro porteño El Camarín de las Musas durante tres meses. Los actores -Santiago Sanguinetti, Leonardo Pintos, Mariano Prince y Claudio Quijano- viajaban todos los fines de semana para actuar, para decir que todo era celeste, el perro celeste, la mujer celeste, el agua celeste. Pero lo cierto es que todavía no era todo celeste.

Afuera, el teatro uruguayo todavía no tenía una identidad y una presencia tan importante, salvo excepciones, claro. “Giramos por Chile, por Brasil, después hicimos México y España. Ahí nos vio gente del medio teatral madrileño, como el director del CDN (Centro Dramático Nacional), Ernesto Caballero en ese momento, y me dijo que no tenía idea de que existía Uruguay, no geográfica o políticamente hablando, sino a nivel teatral”, cuenta Morena. “A partir de ahí se interesó en ver lo que pasaba acá”. Y una puerta empezó a abrir otra. Porque los artistas que salen funcionan como la punta de una red que extiende y muestra y genera interés en lo que ocurre en la escena teatral nacional.

Después, Morena llevó su Antígona Orientala Argentina, Colombia, Ecuador, España y Alemania, y fue tres veces con No daré hijos daré versos a España, país al que volvió conRabiosa Melancolía, como parte del ciclo de teatro uruguayo en Madrid. Durante ese ciclo, las calles madrileñas se llenaron de carteles y carteleras que anunciaban la presencia de dos espectáculos uruguayos: además de Morena, se presentó también Solo una actriz de teatro de Gabriel Calderón, con dirección de Levón e interpretación de Estela Mediana. “Más allá de las obras representadas, que se pusieron en el Teatro Español, el más antiguo de Madrid, más allá de que las cinco funciones estuvieron colmadas de gente, lo increíble fue el impacto, la presencia del teatro uruguayo en toda la ciudad”, explica Onaindia, del INAE.

Todas las obras de Morena mencionadas (quizás un poco menos Rabiosa Melancolía) tienen algún vínculo con lo uruguayo, con algún personaje de por acá, con algo cultural que es solo nuestro. Y sin embargo, esa idea tan futbolera (y por lo tanto, uruguaya) de que somos un país chiquito en medio de dos gigantes que logra hazañas solo por milagros y que tiene un techo bastante más bajo que el de la región, es algo que a Morena no le queda bien, con lo que no conecta. “Yo eliminaría esa idea de que Uruguay es un país pequeño, porque creo que pequeña es la mente. En términos contemporáneos, creo que no existe más eso de ‘pequeño’ o ‘gran país’. Me resulta absurdo seguir pensando que un país es pequeño por su población. Seguir pensándonos así es como si nos levantáramos todos los días y dijéramos ‘el techo llega hasta acá y yo no quiero estallarlo’. Hay que confiar, en uno mismo y en los demás y en que el de al lado sea capaz de ser admirado por alguien que vos admirás. Nosotros nos criamos culturalmente con la idea de que los referentes son los otros, sean europeos o argentinos. Entonces, si tenemos esa idea no vamos a generar a un buen creador en Uruguay”, sostiene Morena.

Estallar el techo. De eso se trata. O de eso se ha tratado. “Lo que compran los de afuera es alguien que confíe, que crea, que tenga una voz propia, que genere preguntas sobre la realidad, que defienda con pasión lo que dice”. Quizás por eso, en marzo Morena estrenó Andrea Pixelada en Barcelona, una coproducción entre la sala Beckett de esa ciudad, el teatro de Palma de Mallorca y el Pavón de Madrid. Podrían haber elegido a cualquier director o directora del mundo, pero eligieron a Morena, una directora uruguaya.

Nuevas voces

Decir que Santiago Sanguinetti y Jimena Márquez son dramaturgos nuevos resulta obsoleto. Pero decir que son nuevas voces de la dramaturgia uruguaya no es tan errado. Y decir que las nuevas voces que tienen algo para decir son las que más interesan en el arte, tampoco.

Los dos tienen versiones de sus obras estrenadas en el exterior y los dos han llevado sus espectáculos, con producción, elenco y equipo uruguayo, a escenarios de afuera. En 2009, Santiago escribió e interpretó Nuremberg, que dirigió María Dodera. En 2011 la estrenó, y un año después viajó a presentarla en Nottingham, en WEYA, un evento mundial para artistas jóvenes.

En 2013, llevó Argumento contra la existencia de vida inteligente en el Cono Sur, la segunda de las obras de su Trilogía de la Revolución, al festival de Manizales, en Colombia. En tanto, la obra de Jimena que más ha salido es Lítost, que presentó en dos ocasiones en Timbre 4, en el Festival de Rafaela y en el de Vicente López, todos en Argentina. También llegó a San Pablo y a Bahía, en Brasil, a Panamá y a Perú.

“Yo no he viajado a Europa, pero sé que mis colegas, Calderón, Sanguinetti, Morena, Blanco, Mariana Percovich, han sido muy bien considerados allá. A mí me ha tocado moverme por zonas más cercanas y me doy cuenta de que la recepción del teatro uruguayo afuera es increíble. Se valora muchísimo lo que hacemos, lo siento cuando voy a los festivales. Y no es por establecer una tabla comparativa con el resto, pero yo también siento que el nivel de las producciones nacionales es muy bueno, y me siento orgullosa de poder aportar a la producción uruguaya en el exterior”, comenta Márquez.

Parte de ese interés generado afuera provocó que, después de que Santiago llevara La teoría del eterno retorno aplicada a la Revolución en el Caribe a Heidelberg, Alemania, lo invitaran a escribir un proyecto para el Teatro Nacional de Munich. De allí salió Bakunin Sauna, una obra anarquista, que se podrá ver también en El Galpón desde mayo. Los dos dicen que no saben por qué sus obras generan interés afuera, que es una respuesta difícil de establecer. Pero no, no es tan difícil. Sus obras, como la de todos los directores y directoras que se muestran afuera y también muchos de los que no han salido, tienen una belleza (y no solo en términos estéticos) que atraviesa cualquier frontera.

NUEVOS NOMBRES 

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Sebastián Calderón es uno de los nombres de la escena más jóvenes que han logrado llevar su teatro al exterior. En su caso, fue con la obra Otros problemas de humanidad, con la que recorrió el Festival de Rafaela, el de Salvador de Bahía y el de Vicente López.

“El recorrido básicamente se dio porque vieron la obra programadores en el Fidae (Festival Internacional de Artes Escénicas). Después recibimos aplauso cerrado en todos lados, pero la verdad es que no tenemos muy claro qué fue lo que le gustó a cada uno. La obra tiene muchos efectos, es muy amena de ver y es muy cómoda, creo que eso se volvió bastante universal y además los actores se lucen mucho. Éramos un grupo de amigos haciendo teatro y eso se notaba”. Además, dice, se tomaron muy en serio y con mucho respeto su trabajo durante las giras, y a eso la gente lo agradecía.

Ahora, Sebastián repone su obra Cleopatra y los perros, que se puede ver desde el 27 de abril al 26 de mayo en el Centro Cultural H. Bosch.

Florencia Caballero Bianchi

También Florencia Caballero llevó su pieza Cheta, a Timbre 4. La obra, que estrenó en Montevideo el año pasado y vuelve a Tractatus por todos los viernes de mayo y junio, fue parte de la grilla del Festival Temporada Alta de Buenos Aires, una muestra que reunió espectáculos de España, Perú, Uruguay, Colombia, Suiza, Alemania, Finlandia, Chile y Argentina.

Ahora además, Florencia va a editar su primer libro, con sus dos primeros textos dramáticos: Inés, eventualmente el amor triunfará y Cheta. La edición estará a cargo de Salvadora Editora, una editorial que publica dramaturgia de mujeres contemporáneas.

Un embajador de la cultura uruguaya

José Miguel Onaindia es argentino pero hace ocho años que vive en Uruguay. Al frente del Instituto Nacional de Artes Escénicas, es uno de los principales responsables de la internacionalización del teatro nacional, sin reconocer, claro, que siempre para un fenómeno, hay varias razones.

“Entre 2015 y 2018 la presencia de artistas y espectáculos uruguayos en el exterior se cuadruplicó”, dice. Desde el INAE, se han encargado de realizar algunas acciones concretas para promover el intercambio.

“Hicimos un convenio con el Festival de Bahía, con el Teatro Español, impulsamos el ciclo de teatro uruguayo en el complejo teatral Buenos Aires”, cuenta. Además tienen convenios con diferentes escuelas y teatros para formar artistas, y realizan año a año el Festival Internacional de Artes Escénicas, una gran vidriera para el teatro nacional.

ACTORES URUGUAYOS POR EL MUNDO

Rogelio Gracia y Gerardo Begérez

No solo directores y dramaturgos uruguayos se ven en el exterior. También hay algunos actores y actrices que están mostrando sus trabajos afuera. Ese es el caso, por ejemplo, de Gerardo Begérez que bajo la dirección de Ivor Martinic estrena en Barcelona Bartleby; luego la traerá a Uruguay y después la lleva a Argentina.

Otro caso es Tom Pain, un unipersonal que en su versión uruguaya es protagonizado por Rogelio Gracia y dirigido por Lucio Hernández. “Después de hacer cinco funciones en el Solís y con una muy buena recepción y reponer en el Teatro Circular, nos tiramos a hacerla en el teatro El Extranjero de Buenos Aires. Eso fue lo que nos trajo el premio mayor de los Premios de Teatro del Mundo, que los da el Centro Cultural Rojas y la Universidad de Buenos Aires”, cuenta Rogelio.

A partir de ahí, se les abrió otra puerta y al año siguiente giraron por España, la llevaron al Festival de Puerto Montt y al de Bariloche. Ahora, acaba de terminar una temporada de cuatro meses en El Camarín de las Musas, en Buenos Aires.

El País

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