El teatro vuelve a ser protagonista en Rafaela

Por Daniel Cholakian – Nodal Cultura

El Festival de Teatro de Rafaela (FTR) es considerado el más importante del país y desde el martes 15 hasta el domingo 21 de julio celebra su 15° edición. El festejo, sin embargo, no es el mejor posible. La crisis económica que atraviesa el país impide no solo concretar un nuevo año que celebre el aniversario con más días o más obras o más presencias internacionales, sino que ha obligado a achicar la cantidad de espectáculos y funciones programadas.

A pesar de seguir contando con la organización de la Municipalidad de Rafaela y el apoyo del Instituto Nacional del Teatro y el Ministerio de Cultura de la provincia de Santa Fe, el presupuesto total para este año es igual al del año anterior. Con una inflación y una devaluación que superan el 50 por ciento, la pérdida de capacidad económica de los organizadores se vio brutalmente diezmada.

El director artístico del festival, Gustavo Mondino, declaró al respecto, “Llegamos en un contexto de país que nos hace celebrar sostener lo que tenemos. Con la misma calidad y ofreciéndole a la ciudad un abanico de posibilidades para disfrutar de estos días de festival, para ver muy buen teatro, seguimos trayendo un recorte de lo mejor del teatro independiente del país. Esa es la celebración. No hemos podido dar ese salto, nos toca afrontar estos 15 años en una coyuntura complicada, en lo económico y lo social. Estamos celebrando el sostenimiento del festival”.

Del mismo modo se expresó en su discurso de apertura el intendente de Rafaela, Luis Castellanos. “En estos últimos años y sobre todo en esta edición, todos sabemos la situación que se vive, la crisis en la cual estamos inmersos hay mucha gente a la que le cuesta llegar a fin de mes, hay muchos que necesitan trabajar y no lo pueden hacer, hay muchos que no llegan a pagar su boleta de la luz, pero el festival sigue. Y sigue porque creemos firmemente que es en los momentos como este son en los que el arte tiene que estar más presente que nunca, porque nos ayuda a reflexionar y a no creer en lo que nos cuentan todos los días, sino a ponerlo en crisis. Ese es el principal valor del festival”

Luis Castellanos – Intendente de Rafaela

De alguna manera estas impresiones se percibieron en el desfile inicial. Desde el año pasado se convoca a artistas locales a crear el desfile con el que tradicionalmente abre el FTR. El mismo es un recorrido de actores callejeros por el bulevar de la avenida Santa Fe, entre la plaza central y el Teatro Manuel Belgrano. Allí se realiza la ceremonia de inauguración. De todos modos y a pesar de que no contó con el despliegue de otros años proponiendo el encuentro en las calles, la comunidad rafaelina acompañó la presentación de “Volare”, una creación de los artistas rafaelinos, Ariel Falchini, Pablo Pellegrinet y Jorgelina Sabena. Cerca de dos mil personas formaron parte de la coreografía de unos bellos pájaros manejados por los actores, mientras una dj acompañaba con un set de música electrónica desde un camión. El espíritu popular y comunitario de este festival volvió a desplegarse en las calles del centro de Rafaela.

Esa es la principal característica de este festival, la popularidad y el modo en que la comunidad se apropió del mismo, para hacer honor a su origen y en el modo en que se construye la programación año tras año. El FTR se destaca por hacer dialogar estilos, géneros, texturas y narrativas. Durante seis días a puro teatro trae a la ciudad lo mejor del circo, el clown y las expresiones populares para todos los públicos, así como obras adultas que recorren temas como las migraciones, la violencia, las sexualidades o las ausencias. Aquí se presentan obras que transitan por las dramaturgia tradicional, el humor, la experimentación y el teatro danza. Las salas se llenan y desde el comienzo casi todas las funciones se encuentran con entradas agotadas.

Leonardo, 500 años después

En la función de apertura se presentó Leonardo, trabajo práctico N°1 de Gerardo Hochman, interpretada por la Compañía Universitaria de Estudiantes UNSAM. A 500 años del maestro del Renacimiento, la obra rescata a partir de un lenguaje compuesto por técnicas del circo, del teatro danza y del teatro de objetos, la visión totalizadora de Da Vinci. Si Leonardo pudo ser físico, biólogo, ingeniero y artista, fue porque su visión siempre se ordenó desde un pensamiento que se estructuraba desde la totalidad; los hechos, los seres y el universo son cosmos que dialogan y funcionan en plena armonía. En sintonía con esto, la propuesta escénica logra pensar el tiempo, el espacio, el cuerpo y el movimiento como partes complementarias de una totalidad. La obra se compone de cuadros que lejos de fragmentar situaciones logran construir ese cosmos, esa totalidad del tiempo y el espacio, con un trabajo que además es bellísimo.

Leonardo, trabajo práctico N° 1

En la escena cada uno de los artistas trabaja en función de una maquinaria perfecta. Una maquinaria real de cuerpos se cruzan, se encuentran, se elevan, se chocan, todo a un ritmo perfecto, pero también una máquina escénica. Allí sitúan al espectador ante un ejercicio de ritmo vital, un despliegue que es parte de ese cosmos que solo Da Vinci podía ordenar en su mente. El final, de una potencia visual inolvidable, permite reconocer el modo en que aquello que eran porciones del tiempo, observación del cuerpo, síntesis de los movimientos, se traduce en una obra de ingeniería por entonces inimaginable. El hombre, es hombre total que era Da Vinci, está allí. Máquina y arte para una apertura inmejorable.

El extraño que regresa

La segunda función de la primera de las noches rafaelinas correspondió a El río en mí, de Francisco Lumerman. La obra se presenta en la Ciudad Buenos Aires en Moscú Teatro, en una pequeña sala para apenas 40 espectadores. Aquí, rompiendo la intimidad que esa cercanía provoca, se presentó en una sala tradicional con 400 butacas con notables resultados,.

Lumerman tiene una especial capacidad para apropiarse de la tradición naturalista para desplazarla de todo acartonamiento. Logra con la puesta en escena, especialmente con el trabajo con los actores y cierto despojo escenográfico, que no es para nada casual, recrear el mundo dramático con una sencillez que incluso desafía lo tematizado. En esta obra madre e hija conviven en un viejo hotel venido a menos, a la orilla de un río contaminado a causa de una planta industrial. Rememorando a Chejov y al film Psicosis–toda referencia es arbitraria y personal- ellas cargan con pasados de abandonos que siguen sin hablarse, y pueden convertirse en amenaza para todo aquel que llegue a su hotel. No parecen poder salir de allí, parecen estar encerradas para siempre. El hotel es sin embargo un espacio del cual hay que huir. Ese mundo es un mundo del que hay que huir. Amenazado por la Katupirí, monstruo vegetal que atrapa al que se detiene un instante en los alrededores, ese mundo está destinado a la tragedia. Por la violencia del capital y por la resistencia de la tierra y lo ancestral.

El río en mí

Y entre esas palabras apenas dichas, entre los espacios que la escenografía esconde pero laten, regresa el hombre que tiene la llave para que los secretos se develen, la historia se cuente y todo cambie. Y será en este encuentro, que gracias al magnífico trabajo de Elena Petraglia, Malena Figó y Claudio Da Passano, todo lo que debería explotar y recorrer caminos del drama convencional, circula con normalidad. Lo fallido del registro disfuncional de muchas de las narrativas contemporáneas es no entender que esas relaciones se sostienen porque los integrantes no las viven como anómalas. Eso ocurre así, por lo tanto lo brutal en la obra circula con total normalidad.

Si la historia recorre caminos clásicos y bien probados, la puesta juega con suspenso, algo de humor y una naturalización de lo sobre-natural, lo cual permite al espectador una conexión íntima y una reflexión sobre las tramas familiares, las consecuencias sociales en pequeñas comunidades del daño ecológico, y el modo de construcción de las relaciones por parte de las grandes corporaciones capitalistas. El micro mundo del que podría ser el Motel Bates en una paraje perdido de Argentina, no es el del terror, es absolutamente natural. Y eso, al final del cuento, asusta mucho más que la ficción.

El Edipo de un Martín Fierro

Como generalmente ocurre la última función del primer día del FTR trae a la ciudad un estreno absoluto. En esta edición la elección en Romance del Baco y la vaca, de Gonzálo Demaría, con la dirección de Daniel Casablanca y el protagónico de Marco Antonio Caponi.

Un banjo electrónico que trae ecos del blues estadounidense y sus herencias del música cajún, nos lleva, inevitablemente, al western. El personaje comienza su monólogo diciendo “Aquí me pongo a cantar”. Y continúa con un discurso en verso de clave gauchesca durante toda la obra.

Este recurso al texto en verso no es nuevo en la dramaturgia de Demaría. Lo mismo que su particular interés en la historia del gaucho y su relación con el orden estatal. En algunos de sus trabajos puede encontrarse esto desde una perspectiva siempre anacrónica y atravesada por otras experiencias culturales. De La Anticrista y las langostas contra los vírgenes encratitas, pasando por La maestra serial 2hasta La reina del pabellón, este recurso formal se transformó y deformó a partir del encuentro con otras experiencias históricas.

Romance del Baco y la vaca

Baco debe su nombre a la borrachera del padre en el momento de inscribirlo en el registro civil. A causa de la muerte de su madre en el parto el niño fue amamantado y protegido por una vaca, a la que dejó a los 12 años, luego del deceso de su progenitor. Alejado de esa vaca/madre vivió escapando de su destino edípico. Hasta que se topó con Blanquita, una hembra de raza vacuna con la que finalmente vivirá una historia de amor romántico y trágico.

Aunque el texto despliega esas referencias culturales múltiples y constantes anacronías, Caponi compone un personaje que se en un imaginario gauchesco de un tiempo entre los siglos XIX y XX. Como Fierro o Moreira, Baco se convierte en un gaucho matrero cuando se lleva a Blanquita, vaca propiedad de un terrateniente, y huye de los poblados. Claro que estos ya no son la vieja Pampa, sino rutas con estaciones de servicio y maxikiosco. La soldadera, que dispone helicópteros y armas largas, dará caza a la pareja fugada. Como con Bonnie and Clyde o con Bairoletto, el amor, el delito y muerte serán claves en la historia de Baco.

Si Demaría hace gala de un talento particular en el trabajo con la palabra y el encuentro de hablas de un tiempo y otro, Casablanca construye espacios y sensibilidad con la luz y el ritmo que impone a la puesta. Caponi, a su vez, despliega un manejo notable de la voz y del decir, tanto como de una corporalidad que remite a cierta imagen salvaje de la vida rural de otros tiempos.

En relación con otras obras de Demaría, aquí mirada sobre la relación del sujeto y el poder se desdibuja, se pierde en cierta repetición del recurso textual. El humor, en cambio, es una figura central. El amor romántico, puesto en cuestión como paradigma en estos días, se recupera aquí a través de una figura extrañada. ¿Cómo podría contarse la historia de amor entre una hijo y su madre, sino no fuera a través de la sustitución de la teta materna por la de la vaca y el humor generado por el dispositivo de desencaje de lo real?

Demaría comprende que esta es una manera posible de contar esta historia sin perturbar a los espíritus amables de los espectadores. Y así lo hizo. Pero el teatro resuena más allá de la función y no es difícil advertir que de lo que se trató fue de un largo diálogo sexual entre una madre y su hijo. Ahora un hombre cuyo ojos de vidrio, entenderá el espectador atento, hablan del castigo autoimpuesto de Baco, el edipo de la Pampa Gaucha.

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