Rafaelinxs

Por Daniel Cholakian – Nodal Cultura

Cada año los programadores del Festival de Teatro de Rafaela seleccionan un trabajo escénico local para ser parte de las obras que se presentan en la selección oficial.

Este año la elección es impecable. Deserto, del grupo Danzarte, fue elegido por unanimidad en el concurso de espectáculos rafaelinos. Viendo el espectáculo se comprende que la coincidencia del jurado haya sido absoluta.

La creación surge de un proceso colectivo que comenzó con la invitación a la actriz, bailarina y performer Margarita Molfino a que conduzca un laboratorio autogestionado por el grupo. Los jóvenes del grupo dirigido por Gabriela Guibert, volcaron primero en conversaciones a distancia y luego en los encuentros mensuales, sus temas, inquietudes, lo qué deseaban contar y cómo creían que podían hacerlo. Entre visita y visita de Molfino a Rafaela trabajaron incansablemente.

Entre 17 y 35 años, Venus Barbotti, Victoria Curiotti, Damián Prida, Candela Pruvost y Nicolás Reano, lograron de la mano de su maestra, la directora elegida y con la construcción dramatúrgica de William Prociuk, presentar uno de los trabajos más destacables de los vistos en Rafaela.

Deserto pone en la escena ideas del presente de modo intenso. Sexualidades, violencias, y aislamientos están presentes a través de un trabajo técnico riguroso, un ejercicio del cuerpo con movimientos muy precisos –en los cuerpos mezclados como en un magma deseante-, valoración del trabajo lumínico, el énfasis del silencio como forma sonora para la danza y una pulsión vital en el trabajo de expresión sobre el espacio.

Si en la sexualidad hay siempre por hacer y por descubrir, los jóvenes reconocen eso como una instancia de libertad, pero fundamentalmente de encuentro. Este encuentro de cuerpos, de aprendizajes y enseñanzas, es parte de la propia práctica de la experiencia artística que se ve en el espectáculo. La escena no el lugar de algo hecho y (re)presentado ante el público, sino un lugar donde lo que ocurre pasa allí por primera vez. El acontecimiento está allí mismo.

Algún momento de Deserto, cargado de erotismo y de cuerpos tocándose, abrazándose, transpirando colectivamente, trae resonancias de algunos trabajos de los primeros años ’80. En aquellos años, tiempos de resurgimiento del conservadurismo moral, de la amenaza nuclear y de la subjetividad neoliberal, el encuentro de los cuerpos, la sexualidad expresada en colectivo empujaba hacia el vacío existencial, la nada. En sentido contrario, en Deserto ese encuentro tiene una vitalidad que da cuenta no solo de un salto epocal, sino de la mirada de futuro de una generación de jóvenes artistas.

Los jóvenes se tocan, real y virtualmente, se acarician, se enseñan a hacerlo, descubren la posibilidad del deseo hetero y homoerótico sin que sean excluyentes y sin negar la carga de tensión que esto provoca por la propia educación sentimental que cada uno porta. El desafío de los machos se hace abrazo y la cercanía de las mujeres se expresa en una sombra única que se proyecta enorme en una de las paredes de la sala.

El espacio escénico se despliega como un lugar donde el disfrute es un modo de vida. En ese espacio las relaciones reclaman un encuentro diferente, un encuentro con el otrx, donde el ir hacia el otro requiere un proceso de transformación, de reconocimiento del cuerpo del otrx y de su placer. He ahí, tal vez, un aliento de futuro generacional.

El cuadro final pone en juego un cuadro vivo del presente. Un bailarín solitario escucha la música con auriculares. El público ni imagina que es lo que escucha, solo lo ve bailar. Él escucha su propia música, aislado. Sin embargo, baila para todos. Se pone en juego una trama dialéctica: el joven se pone auriculares y baila solo, pero nosotros, el público vemos la expresión de esa suerte de aislamiento, vemos su danza. El aislamiento de los jóvenes y su arte proponen una mirada diálecta del tiempo y la cultura de este presente líquido ¿Qué Dios detrás de Dios mueve ese cuerpo que cuenta de la vida que se viene?

El presente no está Deserto, hay jóvenes que demuestran lo contrario. Let’s Dance

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