Cristina Bruno Catania, actriz y fundadora del grupo La Polea: “Dicen que la migración tiene cara de mujer”

Cristina Bruno Catania - Foto: Esteban Chinchilla

Por Alicia Nieva para Nodal Cultura

Cristina Bruno Catania es actriz co-fundadora del grupo teatral “La Polea” junto al actor, dramaturgo y cantante nicaragüense César Meléndez, su esposo, fallecido hace dos años. Nos encontramos con ella en las vísperas de los festejos por los 20 años de esta agrupación artística comprometida con una cultura que promueve la dignidad humana y la paz.

Desde que fuera creado en 1999, el grupo de teatro “La Polea” busca llevar el arte a las comunidades que tienen poco acceso a las manifestaciones artísticas y culturales. Ha realizado más de 80 montajes, y su obra más representada ha sido “El Nica”, monólogo escrito por César Meléndez sobre la situación vivida por un migrante nicaragüense en Costa Rica. “El Nica” ha estado en cartel, ininterrumpidamente, por más de 15 años (más de 2000 funciones), y ha sido vista por más de 900 mil personas, en más de 850 comunidades en Costa Rica. Esta obra sobre la migración, -en un país donde viven entre 400 mil a 650 mil inmigrantes nicaragüenses, el 9 por ciento de los habitantes del país, y el 74,6 % del total de inmigrantes residentes-, ha sido ganadora de premios y reconocimientos en Miami, Washington, Los Ángeles, Canadá, México, Cuba, Honduras, El Salvador, Nicaragua, Colombia, Argentina, Francia, España e Inglaterra.

Desde el 2018, Cristina Bruno Catania asumió en carne propia el desafío de continuar con el legado de Meléndez, con una adaptación del monólogo, ahora protagonizado por María Espinoza, “La Nica”, abordando en un mismo gesto la condición de migrante y de mujer.

Cristina nos recibe en la casa de su hermana Cecilia, dramaturga, actriz y ahora también integrante de “La Polea”, con un mate y palmeritas, en un living espacioso, fresco, rodeado del verdor tropical que caracteriza a las calles rurales de Escazú. La charla transcurre amena, apenas matizada por el canto de algún pájaro visitante que nos alegra con su canto. Su melodiosa voz es pausada, armoniosa y adquiere espesor y fortaleza cuando recuerda a su amado compañero, cuyo nombre sobrevolará todo el tiempo nuestra conversación. César está vivo, en cada exhalación, en cada palpitación, en cada recuerdo que aparece. Su presencia puebla la habitación, su carisma sigue derramándose por doquier, y es como un guardián protector que vela por el destino de su grupo teatral, que sigue sostenido por la labor de su esposa. Una historia de amor que nació en un escenario y sigue viva, a través de la vocación de Cristina de seguir adelante.

Cristina, contános por qué se llama “La Polea”, el grupo teatral con el que llevan ya 20 años en escena.
Cuando César pensó en tener su grupo de teatro, él siempre pensó que el teatro tenía que ser un instrumento social para el Bien. Entonces, él se imaginó una polea, ese instrumento que se usaba en Grecia, para bajar a los Dioses, a las deidades del Olimpo. Entonces, César decía: “vamos a llamarla “La Polea,” porque vamos a necesitar de la ayuda de Dios para poder tener este proyecto y necesitamos también la ayuda de la comunidad. Es como una máquina de jalar fuerzas, tanto de la comunidad como de nosotros para poder hacer viable un proyecto. Además, la polea gira, y nosotros íbamos a girar por comunidades. Entonces fue “la polea”, por todo eso, por las fuerzas que se debían jalar para que el proyecto fuera posible.

¿Cúal sería la filosofía que motiva a este grupo de arte?
Lo que nos motiva es ser, a través del arte, un instrumento de ayuda social para una cuestión de Bien para el planeta, para los animales, para la humanidad. Ser un instrumento de ayuda para quienes lo necesitan, a través de espectáculos teatrales.

¿Cúales son las temáticas que han ido visitando en los espectáculos teatrales que han ido produciendo en estos 20 años?
Siempre temáticas de índole social y humana. La parte de la migración con “El Nica”, la parte de la dignificación de la mujer con un espectáculo que teníamos que se llama “Flora, una vida de novela”, en el que trabajábamos César y yo. Esa obra trata sobre la violencia de género, sobre una nueva masculinidad, sobre los derechos de la mujer. “Pobrezas” es un monólogo que reúne todas las poesías que César escribió en su vida. Él las volcó a teatro, las dramatizaba: hacía como 35 personajes diferentes en escena, cada uno diciendo un texto. Esa obra es pura crítica social. También abocándose a la dignificación del ser humano. Había un adulto mayor, había un inmigrante, un sacerdote; o sea tocábamos muchos puntos para la dignificación del ser humano.

Cada interlocutor tenía un poema que tenía que ver con su personaje.
Exactamente, todos estaban hilados, todos con un hilo conductor. Justamente eso, la defensa de los derechos del ser humano. Tenemos otra que se llama “La fiesta de Margarita” donde tocamos el tema del medioambiente. César interpretaba ocho personajes diferentes, con muchísimo humor. Estaba “Chito”, el personaje campesino con la vaquita, estaba el nicaragüense, el mexicano cantante de Mariachi, el reggatonero que hablaba de la protección del agua, estaba el calypso, el limonense que hablaba de la cultura de paz, del medioambiente, y, al final, terminábamos con una comparsa. Era una fiesta: música teatro, títeres. Esa obra era sobre el tema de la biodiversidad y del “cuido” (nota: cuidado). Era muy familiar, participativa, era muy divertido. En todos estos años, mi marido escribió 85 espectáculos. César no dormía, sólo 3 o 4 horas. Con eso, ya era suficiente. Yo abría los ojitos y lo veía: escribía, escribía, escribía. Se le venían las ideas…

¿Ustedes dos se conocieron haciendo teatro?
Las maravillosas causalidades de la vida: yo soy graduada de la Universidad Nacional, César de la UCR. Y Carlos Vázquez monta en 1999, “Crónica de una muerte anunciada” de Gabriel García Márquez donde César era Santiago Nasar y yo era María Alejandrina, la prostituta del pueblo, la Madame. Y ahí nos conocemos, en ese montaje, en esos ensayos, hicimos click. Y fue muy bonito, porque decíamos que “nos conocimos en un escenario y no bajamos nunca más”. Seguimos, seguimos y seguimos.

¿El proyecto de “La Polea” lo crearon juntos?
Lo creamos juntos, sí.  Ya existía en la cabeza de César, pero se concretó a partir de estar juntos y de “El Nica”. Fue todo al mismo tiempo.

 “La Polea” cumple 20 años, 18 con César, dos sin él. ¿Cómo fueron estos dos años de seguir con el grupo sin él? ¿Cómo ves la proyección del mismo en el futuro?
Cuando César falleció, para mí fue la hecatombe. A nivel laboral, se me vino abajo el mundo. Porque “La polea” éramos los dos: él y yo, más todos los compañeros detrás, somos como 8 en total. Pero la cabeza de “La Polea” era César. Sobre todo, por ser figura pública y tener ese encanto maravilloso que tenía. A cada comunidad que llegábamos, comunidad que se llenaba. Cuando César fallece, yo dije -para mis adentros-, “¡Chau! ¿Qué es “La Polea” sin César? No existe”. Entonces, estuve un año de duelo interior, y mucha gente se me acercó, meses después de que falleció César, en diciembre. En febrero, se me empezó a acercar gente a pedirme el texto de “El Nica “o a pedirme las poesías, que querían hacerlas, que querían imprimir el texto, que querían hacer un DVD con la obra y yo no fui capaz de entregar absolutamente nada, porque era como entregarlo a él. No estaba preparada. Y un día me desperté, -yo juro que debe haber sido que él me habló al oído o algo-, porque un día me desperté y me dí cuenta de que “La polea” era yo. Y que cargaba con eso. Y que, además, no podía permitir que se perdieran estos 18 años de su trabajo y de su legado, por una cuestión, de ay, por una cuestión de Dios, que él decide en qué tiempos estamos y no estamos. Y me sentí aterrada, al principio, porque dije: “¿seré capaz, no seré capaz?”
Y aún, así, dije: “aquí voy, ¿verdad?”. Hablé con mis compañeros, con mi familia, y les dije: “¿qué? ¿Jugamos? ¿Seguimos?” Y por supuesto, que todos, dándome un hermoso apoyo, me dijeron que sí. Así que decidí cargar con “La polea”, y, sobre todo, con el texto de “El Nica,” y lo transformé en “La Nica”. El primer año ha sido sabático, porque fue de ese acomodo interior, de pensamientos y de sentimientos. Y este otro año, el segundo que ya no estamos con él, ha sido hermoso. Sobre todo, primero, por cómo me siento. Porque creo que, como mujer, lo logré; lo sigo logrando todos los días, como madre y como profesional. Además, me siento muy agradecida con la vida, con todas las personas que me pone delante, con Dios. No tengo palabras. Soy una mujer bendecida por las oportunidades que Dios me ha dado y que me sigue dando para poder cargar con este legado maravilloso de César y no permitir que desaparezca.

¿En algún punto sentís que también lo estás reinventando?
Digamos que, al principio, no. Al principio, era Copy /Paste. Los primeros meses, dije: “yo hago lo mismo”. Después, con los meses, aprendí que no, que, por supuesto, tengo que poner mi sello, a Cristina.
La gente que me vio, hace un año atrás, que me acompañó en el estreno, y que la ha vuelto a ver, me han dicho, ahora sí sos “La Nica”. Ya tiene tu toque, tu historia. Además, muchos me decían: “la primera vez que la vimos, era recordar a César en escena, ahora ya me olvidé de César, ya no lo veo a César, así que veo a tu personaje”. Para mí fue, que me dijeran eso, fue: “lo logré.”
Y mucha gente llega a ver qué está haciendo la esposa y a comparar. Eso, para mí, al principio, era tremendo. Aquel monstruo de actor que era César, qué me van a comparar con él. Si me comparan estoy frita. No le llego, pero ni a los pies. Lograr que con mi trabajo la gente se involucre conmigo, que me crean -ese es el trabajo más difícil del actor-que te crean en escena.

«La Nica» – Foto: Mario Lacayo

Al convertir al “El Nica” en “La Nica”, sumás el tema del género, hoy muy vigente, los derechos de la mujer.
Dicen que la migración tiene cara de mujer, porque son las mujeres las que mayormente cargan con esa parte de migrar, de salir, de cargar con la vida de los hijos, de la madre, de la familia que queda atrás. No se toca tanto el tema.

¿Sentís que fue mutando el texto para acompañar esa nueva mirada? ¿O no tanto?
Sí. César era el personaje de por sí, era masculino. Con César el monólogo duraba dos horas cuarenta. Yo duro hora veinte. Era divertidísimo. Empezamos con 20 minutos. Y terminamos dos horas cuarenta. César terminaba la función y mucha gente se le acercaba y le decía: “vos sabías que tal presidente era nicaragüense, entonces César investigaba y lo metía en la obra”.

¿Podrías decir que fue una obra que creció con la devolución del público?
Sí, eso a César le encantaba, porque era una obra escrita por él, pero enriquecida en cada función con lo que la gente le iba aportando al final. Entonces, había muchas escenas muy masculinas, que yo algunas las transformé, y otras las eliminé del todo. Ahí fue cuando ya la hice mía.

¿Vos sentís que con esta nueva versión de la obra puede tener su propio crecimiento, con su femineidad y con sus características propias?
Creo que sí, que ya vamos por ahí. El año pasado, cuando recién arrancamos, era como César la había hecho: Copy/ Paste. Luego, vino todo lo del suceso de Nicaragua. La migración masiva hacia aquí. Toda la protesta terrible que hubo en el Parque de la Merced, la marcha a favor de los nicaragüenses, todo eso lo tomé para la obra. Como actriz, una está viva y va enriqueciendo y actualizando el trabajo desde lo contemporáneo, y hay momentos donde se habla del “ahora”.  Y hay cosas que César mencionaba, que ya no, que quedaba fuera de contexto.

Con tantos años en cartel, ¿cómo vieron el cambio generacional en el público?
Ya van tres generaciones. Son los hijos de… He tenido público que se me acerca y me dice: “Yo la vi, hace muchos años. Yo había traído a mi hijo más chico de 6 y ahora tiene 15”. Es impresionante. El tipo de público es el mismo. Porque es un tema, que desgraciadamente, todavía está Vox Populi. Se dice que en todas las familias costarricenses hay un Nica. O el abuelo, o la abuela, o el padre. Hay un estudio que lo avala.

¿Sentís que la obra resuena más en los ticos o en los nicaragüenses residentes o en los descendientes ticos de padres nicaragüenses?
No sabría decirte con exactitud, pero, -es muy interesante la pregunta- a cada quien le cala, según su propia historia. Hemos tenido públicos que son puros nicas y que al final salen indignados. Porque la obra tiene mucha ironía. Salen indignados, porque creen que la obra es un insulto. A los nicaragüenses, por ejemplo.
Sobre todo, nos pasó en Nicaragua, gente de mucho dinero que dicen: “eso no pasa”.
César analizando decía (poniéndose en el lugar del público), ellos deben sentir: “yo soy culpable. Yo, público nicaragüense rechazo la obra, porque seguramente me siento culpable que mis hermanos nicaragüenses tienen que salir de mi país porque no tienen trabajo, no tienen comida, no tienen salud, y tienen que irse. Y eso me hace sentir una responsabilidad que no quiero”. Es interesante, los costarricenses tienen una lectura, los nicaragüenses tienen otra. Cada quien la recibe según su historia de vida.
Con “La Nica”, por ejemplo, por todo este tema de Nicaragua, nos han contratado para hacer varias funciones en fundaciones de refugiados. He visto chicos muy jóvenes que han tenido que refugiarse aquí: médicos, dentistas, abogados, arquitectos, que se han venido después de la lucha que no han logrado y que esta fundación los acoge, y cuando ven la obra se despedazan.  Dicen: “esa es mi historia, la historia de mi mama, de mi tata, de mi gente que está sufriendo”. Entonces la hacen suya. Una chica de 24 años, me dijo una vez, “nunca creí que mi historia, que la historia de mi familia, la iba a ver en una obra de teatro, y yo le agradezco, porque yo no tengo voz, yo no puedo contar lo que en mi casa pasa, antes de estar acá, y quiero agradecerle porque usted lo está haciendo por mí.” Y uno apela para que lo que la gente recibe sea una lectura compasiva, con amor.

Como migrante, como descendiente de personas que vinieron a probar suerte en este país, ¿sentiste alguna vez la discriminación?
Nunca. Yo llegué de 13 años, al colegio, y era “la argentinita” que llegaba a un colegio mixto, cuando yo venía de un colegio de monjas de mujeres de Santa Fe. Fui aceptada, y me decían: “qué lindo acento”. Y César llegó a los 4 años, y él dice que nunca se sintió discriminado. Y el golpe de suerte que tuvo cuando iba a vender carnes y entró a audicionar (Nota: en la banda Blanco y Negro), y le preguntaron: “¿Usted viene por la prueba?” Y de ahí siguió, él nació con una estrella y se fue con una estrella. Y dice que vendió la carne y todo.

¿Cómo ves la escena teatral en Costa Rica, hay público o hay que formarlo?
Sí, hay público, ¿vos sabías que Costa Rica por cantidad de teatros en relación a la extensión de tierra, es el país con más teatros del mundo? Es hermoso cómo los teatros se mantienen y el público lo agradece. Y tenés de todo, desde la compañía con sus clásicos y los teatros más populares con comedias, los teatros que giran como nuestra compañía y otros compañeros que también viajan por ahí. Sí, hay, y, sobre todo, fuera del Valle Central. Porque normalmente están ubicados en San José, pero fuera, las comunidades fuera del Valle Central te lo agradecen y añoran, y te piden que vuelvas, porque dicen, “aquí no hay teatro, aquí nunca tenemos esta oportunidad de reírnos como comunidad, de llorar como comunidad, de coger fondos para la comunidad, de crecer”. Es una manera de compartir con ellos.

Con el teatro, con La Polea, conociste Costa Rica.
Sí, fueron 950 comunidades con “El Nica”, más de un millón de personas, 20 años. Cierro los ojos y pienso: “¡Veinte años ya! ¡No puede ser!” Pasó muy rápido. Pero, hermosísimo.

¿Qué tienen planeado en estos festejos?
Viernes 30 y sábado 31 de agosto tenemos función de “La Nica”, pero, además, como modo de celebración vamos a tener venta de comida, marimba, bailes, rifas, venta de artículos de cosas que usaba César en diferentes obras, poesía de César, candelas con su imagen, cosas que a la gente le gusta tener, un video de semblanza, de recuerdos, y una sorpresa al final de “La Nica”.
Es una celebración, una fiesta, las entradas están a un 50 por ciento de costo normal, porque es la manera de decirle “gracias” a tanta gente que nos ha acompañado. Nosotros estamos hace 20 años gracias a la gente. Eso es indiscutible.


Función de la obra «El Inmigrante, LA NICA» de César Meléndez

Celebración 20 Años de Teatro La Polea y la obra «El Nica» – Viernes 30 y sábado 31 de agosto, 8:00PM
A partir de las 7:00PM habrá venta de comida costarricense y nicaragüense; música de marimba, bailes, rifas, ventas de recuerdos, y sorpresa final.
Lugar: Teatro Café Britt, Santa Lucía de Heredia, 2277-1600.

También podría gustarte