Cruzar o morir

Cruzar o morir

de Gabriela Wiener | Inéditos

Panchilandia

Las correcciones en mi primer libro
son extirpaciones.
“Echar de menos” por no “extrañar”
el ciclón tropical lejos del núcleo cálido.
La primera vez que me dijeron
que no estaba escribiendo en español.
Que no hablaba correctamente.
Vosotros, no ustedes.
Una iglesia sobre una huaca.
Los cuatro caballos corriendo en direcciones distintas para desmembrar el cuerpo.
Para cortar nuestras trenzas.
Migrar no es volver a nacer,
es volver a nombrar lo que ya tenía nombre.
Ese teléfono público, cuando existían,
en el que tardé más de la cuenta
y el hombre que no podía esperar
vio en mí a una criatura bajada de los árboles
que folla con las llamas.
Esa fue la primera vez que me gritaron que me vaya a mi país,
a mi casa.
En realidad,
volvería a casa pero ya no tengo casa.
Así que hice una casa mía en la que extrañar
y no echar de menos,
allí puse un nuevo acento a mis afectos.
No sé de qué podría hablar ahora.
Del nido. De la decisión de las aves.
De las estaciones frías.
De las distancias.
De haber sido,
de seguir siendo,
de llegar sin llegar,
de instalarse a medio camino,
de dar miedo, de no poder,
de no querer,
de que te persigan hasta cuando no haces nada,
de dejar muchas vidas atrás,
de perderlo todo,
de empezar de nuevo,
de cero, de abajo,
de las colas, de la ley,
de mi viejo NIE,
de la oportunidad que me dieron,
de todo lo que les debo,
de la maternidad solitaria,
de mi nueva familia,
de jurar ante el rey.
Vivo en España hace 15 años,
pero en realidad
habito Panchilandia,
donde todo el mundo sonríe y nos habla con cariño.
Dicen con cariño panchi, panchita, machupicchu, fiesta nacional.
El chiste con el que dicen quererme
hace que parezca normal que no me quieran.
En Forocoches somos “la fauna cuyo hábitat es un centro comercial”.
Me hablan de la peruanita que le limpia la casa a su amiga Pepa,
qué buena es, se puede confiar en ella.
Creen que es un tema de conversación
que pueden tener conmigo
porque yo también soy una peruanita confiable.
¿Me habrán blanqueado?
¿Cuándo voy a integrarme?
Qué pelo hermoso,
crin de caballo,
qué bien haces el pollo frito.
Qué piel, qué suave,
qué dientes, qué manitos,
tan pequeñas y morenitas.
Podría bajar un bloque de hielo
de la cordillera en mi espalda
para purificar la cosecha.

No, lo mejor que podría pasarnos
no es casarnos con un español,
somos todo menos la esposa con la que soñaste.

Me he reproducido como una flor de cactus
en este territorio ajeno que voy haciendo mío.
Con una mujer blanca y un hombre cholo,
enredamos nuestras tres lenguas para fabricar otro nido.
Polinizados por el picaflor de garganta rubí.

Pero en los parques infantiles soy la niñera de mi hijo
o de cualquiera de sus hijos, de sus madres, de sus padres.
Ni siquiera sé llorar con decoro en los velorios.
Y tampoco quiero.
Sólo sé hacer el indio ante la muerte.
Mi teatralidad de culebrón, mis exabruptos.
Pero no volverán a cortar mi larga y negra trenza
para tirársela a los perros.

Minucias del privilegio de la migración con papeles.
Hay tantos, sin embargo,
que no volverán a ver sus ríos.
Apenas la odisea
y el agujero negro del interno
en el limbo del refugio.
Los que están aquí mejor que en el otro infierno.
Todo pasa,
encadenándose de norte a sur
como las parras en primavera,
como las pelotas de goma que disparan
mientras nadas en el tramo Marruecos-Ceuta.
Como una zapatilla Nike flotando en el Tarajal.
Mientras el rey esquía
con un completísimo equipo para la nieve.

Nunca dejamos de buscar lo que fuimos
para comenzar a ser lo que soñamos.
En un movimiento que nos aleja de la frontera,
ese lugar entre la vida y la muerte
en la que Pablo Casado abraza a la policía.

Europa, les disparas en sus países,
les disparas en tus colonias,
les disparas en el agua,
les disparas en las fronteras,
les disparas en sus casas,
les disparas en el corazón.
Mi profesora de Geografía en Perú,
la que me enseñó la escala,
la latitud y la longitud del mundo,
le cambia el pañal a tu padre, España.
Ten un poco de decencia.

Algunos quedamos más cerca de la vida,
otros más cerca de la muerte.
Pero nunca dejamos de migrar.
Nunca dejamos de ver señales en la lluvia.
Y ya solo bailamos en un pedazo de tierra a la deriva.
Al ritmo de las cuerdas del lago.

Retorno a la playa de alma latina

América del Sur.
Verano.
Año nuevo.
El 31 de diciembre
los más jóvenes acampan en las playas,
hacen arder monigotes
con las caras de sus gobernantes en hogueras.
Los que han migrado al hemisferio norte
verán cambiar sus vidas
como se invierten las fechas de los solsticios.
Su verano se convertirá en invierno
y, con mucha suerte y empuje,
su invierno se convertirá en verano.
Mientras al otro lado del océano
sus familias,
todo lo que alguna vez llamaron raíces,
celebran el Inti Raymi,
la fiesta del sol para el mundo andino,
en Europa llega el nuevo año
pero también la larga y cruda
estación del frío
que no merece ni un petardo en el cielo.
Por eso la verbena de San Juan
es lo más parecido
que encontrará un latinoamericano en Cataluña
a aquel entrañable ritual pagano
de mudar de año.
España.
San Juan.
Junio 2010.
Ellos cruzan las vías del tren
al encuentro de ese nuevo comienzo.
Las playas de Castelldefels les recuerdan demasiado
a las amplias planicies costeras del Pacífico.

Salieron hacia allí
en este mismo desesperante tren de cercanías
Doce personas de origen sur-a-me-ricano
La gente cree que nacer en el sur de América
es como ser un adolescente
en un vagón de tren a media noche.
Repite la definición de migrar:
Cruzar y morir.
Cruzar o morir.

En los periódicos los llamaron
latinos imprudentes insensatos incívicos inconscientes latinos
Menores de 25 años
arrollados por un tren
en la verbena de San Juan

Yo voy en el siguiente
Con Jessica (18), peruana, Daniela (16), colombiana,
Melanie (19), ecuatoriana, Diana (17), española,
Leslie (17), ecuatoriana y Chamaquito (18), ecuatoriano.
Y un bebé en un carrito,
la hija de Melanie
teta entre cigarro y cigarro.
Teta de su top de adolescente sexy.
La fiesta está en Castelldefels,
en El Gran Caimán,
salsa y reggaetón.
Chamaquito dice que al amigo de un amigo van a amputarle la pierna.
A esa edad se corre con una pierna.
Les damos miedo, me dijo Bili cuando llegamos.
No me había dado cuenta:
Les damos miedo
Israel les da miedo
Jessica les da miedo
Chamaquito les da miedo
Yo les doy miedo

Israel Cripta El Filósofo,
el único que piensa,
el que rapea la desgracia.
Las manos de Israel:
pequeñas pistolas que disparan al aire.
Cadenas, gorras y zapatillas blancas bajo los rieles.
¿Han cruzado ellos alguna vez la vía del tren?
Eso está claro.
Pero no es cosa de latinos nomás mijita.
Chinos, negros, blancos, yayos violan la ley.
Cripta rapea:
“La vida siempre sigue / el tiempo no se para / por más cosas que digan / no te sirve para nada.
/Ahora mis panas están encerrados. Yo no sé cuándo volverán / pero aquí en mi corazón /
quedan guardados”.
La bebé cae pero no llora:
“Nunca llora esta niña, es alucinante”.
País subdesarrollado
Persona subdesarrollada
Incompleta.
El padre de Israel es cocinero y su madre limpia casas.
Los padres de David están en paro.
William no sabe qué hacen sus padres.
El padre de Chamaquito en una residencia de ancianos.

Somos los hijos de los que limpian a tu abuela
Somos los hijos de los que duermen a tu hija
Somos los hijos de los que levantan tu casa
Somos los hijos de los que pasean a tu padre.
Próxima parada:
Castelldefels playa.
“Hay que pintarnos los labios”.
El apeadero oscuro,
pequeño altar de flores.


Gabriela Wiener / Lima, Perú, 1975. Es cronista, poeta y periodista afincada en España desde 2003. Es autora de los libros Llamada perdidaSexografíasNueve LunasMozart, la iguana con priapismo y otras historias, y del libro de poemas Ejercicios para el endurecimiento del espíritu. Parte de su obra ha sido traducida al inglés, al italiano y al francés.

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