Epifanías rurales

Las epifanías rurales del otro Jorge González

Por Jonnathan Opazo Hernández

En El poema de las tierras pobres (1924), el poeta Jorge González Bastías describe el declive del mundo rural del valle central, adelantándose sin querer a las imágenes de las actuales sequías que han llevado a decretar a zonas de emergencia agrícola.

Nació primero que el Jorge González del Corazones, pero vivió cerca del traquetear de trenes, el respirar adentro y hondo, las alegrías del corazón; no pudo decir fuera las industrias, así que se largó a vivir a la casa que su padre compró en el pequeño caserío de Infiernillo. Allí, en esa estación ferroviaria entre Talca y Constitución, González Bastías fue alcalde, agricultor, baqueano, minero amateur, interrogador de árboles, lector voraz y poeta.

A pesar de que su poesía estaba impregnada de hondas inquietudes metafísicas –lo que sea que eso quiera decir en pleno siglo XXI—, quienes lo conocieron lo describen como un tipo sencillísimo. Su amabilidad conspicua lo llevaba, durante los otoños, a construir nuevos cuartos en su penthouse rural para recibir más gente durante el verano y reducir así la neurosis que le producía agotar sus cuotas de hospitalidad extrema.

Una noche –esto lo cuenta González Vera en un perfil escrito para la revista En Viaje—, González Bastías recibió en su casa a un forastero. Imaginen perderse en plena cordillera de la costa: paisaje agreste de piedra, sierra y espino. «Pase», dice el poeta, «andan unos cuatreros brígidos comandados por un tal Tordo. Acá tiene techo, comida y conversa». El aparecido acepta y pasa la noche en González Inn. Al otro día, agradecido –guatita llena, corazón contento—, se despiden cordialmente. «Llámeme amigo suyo», dice nuestro protagonista. «Agradecido», dice el forastero, «mi nombre es Pedro Roa. Me dicen El Tordo».

Borges podría haberlo contado mejor.

Como sea. En 1911, González Bastías publica Misa de primavera. En ese primer libro aparecen sus temas. Noches rumorosas, poemitas con olor a campo. El de Infiernillo muestra su desplante como médium entre las cosas y hombres: «Será oración o canto / este aleteo dulce de los árboles / que a la tierra desciende en leve soplo?». El poeta como radio que recibe las señales de una tierra que le habla y está viva y los fantasmas son sus emisores.

De esos trajines y panteísmos varios cayeron, como epifanías crueles, los poemas que compusieron su segundo libro, El poema de las tierras pobres. Publicado en 1924 y re-editado por Inubicalistas en 2013, el libro parece escrito por un González Bastías que, como un Roy Batty campechano, tuvo visiones que ni el más pesimista de sus contemporáneos habría concebido.

Acaso bajo el influjo de visiones bíblicas o chispazos de futuro producidos por la soledad de la serranía, González Bastías vio ruina y destrucción. A la manera de Benjamin mirando la catástrofe de la modernidad en un cuadro de Klee, El poema de las tierras pobres parece escrito mirando la ex Laguna Aculeo, Petorca o cualquiera de esas Zonas de Emergencia Agrícola decretadas hace un tiempo. Houston, tenemos un problema, le dicen los cerros y árboles.

¿Qué vio González Bastías en ese flashazo? ¿Qué le contaron los espinos y las piedras de las canteras? «Una miseria nueva / prendió en las hondonadas y en los cerros, / arrasó los sembrados, / y los rebaños y los huertos», comunica el poeta. Habla también del «espanto en los ojos de los niños labriegos» y «clamores homicidas» que mueve el viento de medianoche. Los árboles también sienten espanto, «ya no sienten el afecto / de aquellas manos buenas que le daban / el agua en cántaros morenos».

Los versos del libro se suceden en imágenes que se parecen más a las visiones de un Cioran que a las de un tipo tranqui que pasó su vida junto al río Maule: «Señor! En este campo / mío yo trabajaba. / Tenía veinte ovejas que eran mías, / y alegre paz en esta casa // Mira, señor, lo que hay ahora! / No queda nada, nada; / ni fuerzas en mis brazos torpes, / incapaces de una venganza». Y también: «Un estremecimiento / que solamente es el recuerdo vivo / de las viejas leyendas de la sierra, / de los cantos del río, / de una paz, hoy extinta en los senderos, / de una miseria nueva que ha venido».

Curiosamente, el libro ha sido leído como una obra fundadora de la maulinidad, cuando en realidad parece haber fundado la ruinalidad: la imagen de un mundo rural en ruinas, con cauces de ríos secos, animales raquíticos y una infinidad de potreros y eriales que no se salvan con puntos de reciclaje en el estacionamiento del retail. A diferencia de los poemas de una Mary Oliver, por nombrar a alguien más contemporáneo, que encontró en la naturaleza una fuente de goce casi zen, el coterráneo González se llenó de presagios oscuros que lo ponían más nervioso que no tener piezas para sus alojados.

Esto, por supuesto, es una lectura sugestionada por el bombardeo de noticias sobre el cambio climático, las olas de calor, las sequías custodiadas por drones que vigilarán que nadie robe agua, como si estuviéramos viendo a diario la sinopsis de esas películas terribles que tanto les gustan a los yanquis. González Bastías, probablemente, estaba también sugestionado porque su propio entorno estaba cambiando: el río por donde vio pasar barcazas –los faluchos— dejó de ser navegable, hubo masivos éxodos hacia las ciudades, etc. Cambios que, por cierto, salpicaron sus poemas para que alguien, en un rapto de entusiasmo, los reviviera y les diera, capaz, un segundo aire.

La Tercera

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