La voz del Aura

La rica herencia de la cantadora y artesana Aura María González

Por Olga Lucía Martínez Ante

“Carajo, ¿a qué has venido?, ¿a bailar o estar parada?”, le decía la abuela Maximiliana Lucumí a la maestra Aura María González Lucumí en las fiestas de canto de los diciembres.

En La Toma, corregimiento de Suárez, Cauca, del 16 al 24 de diciembre se celebran las fiestas de alabanza al Niño Dios, y Aura María, de 5 o 6 años, sentía pena de bailar o cantar, y se escondía detrás de las puertas de la casa donde se llevaba a cabo la celebración.

“Esos cantos sí que me gustaban, lo que pasa es que me daba pena. Pero cuando me acostaba y las mujeres seguían cantando, me iban quedando sus voces y sus letras en la memoria”, relata la maestra, que será homenajeada este año en el Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez.

El tribujo incluye un conversatorio con ella, que será el viernes 16 de agosto, a las 11 a. m., en el coliseo El Pueblo, de Cali. Al día siguiente, cantará en el mismo escenario, y varios conjuntos alabarán su saber el domingo 18 de agosto.

“Descubran la majestad, todo el templo se ilumina, / que ya se llegó la hora, que se acercan las madrinas, / nace, nace el rey de los cielos, / nace que ya se acercan las madrinas con todita devoción / porque acaba de nacer el hijo de Nuestro Señor”.

Estos eran los cantos que se entonaban y que hoy esta matrona, cantora, artesana, maestra espiritual sigue interpretando, a sus 75 años.

Ella hace parte de la tradición afrocolombiana que no está en el llamado andén del Pacífico, sino entre las montañas del norte del Cauca y la cuenca del alto Cauca.

Es hija de dos músicos que luchaban por perpetuar la tradición: la cantora Damiana Lucumí y el violinista Leonidas González. En su casa se oían jugas, bundes, arrullos y bambucos. Era un hogar musical por excelencia, donde el violín de su padre ponía la nota y las cantadoras entonaban.

La Toma, donde nació, queda a dos horas tanto de Cali como de Popayán. “Es caliente en el día y fresco de noche, está en medio de los ríos Cauca y Oveja”, cuenta ella.
El miedo al canto pasó, pero ella se demoró en convertirse en cantadora.

¿Por qué? La mayor de 10 hijos, a los 13 años se fue a Cali a trabajar con el propósito de ayudar en el sostenimiento de la familia.

“Realmente empecé a cantar a los 22 años, y con la ayuda de mi mamá. Yo tenía en la mente las canciones, pero ella me decía cómo eran las tonadas”, cuenta con su voz fuerte.

Hoy tiene el grupo Auroras del Amanecer, dirigido por su nieto Michel Humberto Mosquera Congo, de 22 años. En el conjunto participan hijos, primos, hermanos, sobrinos y nietos.

Su grupo es de violines caucanos, y este instrumento, precisamente, es el que más le gusta a la maestra. “Yo lo oigo y me da una emoción muy grande y el cuerpo se me eriza. A veces, con ese violín de fondo canto toda la noche y amanezco afónica; ese instrumento siempre me da la nota y de ahí saco mis composiciones”, afirma.

Es intérprete y compositora de jugas, bundes, pasillos y torbellinos.

Madre de seis hijos, cuatro mujeres y dos hombres, y abuela de 11 nietos, cree que la tradición pasó muy bien especialmente a su nieto Michel Humberto, que toca guitarra, tiple, bajo, saxofón y tambores. “Tiene buen oído y medio le hace al violín”, argumenta.

Su cotidianidad incluye “el oficio de la casa y tejer artesanías, hago bolsos, ruanas, chalecos, boinas, vestidos, de todo un poco”.

Ama su corregimiento, pero dice que la gente se ha ido yendo porque “no hay trabajo, pues hubo un encharcamiento del río Cauca y todas las fincas quedaron tapadas. Esto ha sido lo principal, aunque también tuvimos problemas con el conflicto armado”, comenta.

Dice que recibir este reconocimiento del Petronio Álvarez la llena de orgullo. “Para mí es muy importante. Nosotros hemos llevado la tradición de los afrodescendientes del norte del Cauca, y aunque hemos tenido una gran cantidad de migración, no lo dejamos perder”.

Pero lo que más la hace sentir orgullosa es que sus saberes “no los tenemos apuntados, todo está en nuestra memoria, llevamos tres generaciones cantando con el alma y en cada movimiento de nuestro cuerpo revivimos la historia que narramos acompañados de un violín caucano, concebido de las entrañas de una guadua”.

Es una mujer sencilla que ya es un ejemplo para las nuevas generaciones, pues hace parte no solo del folclor del Pacífico colombiano, sino de la “resistencia de los pueblos que arribaron del África entre cadenas y que ahora, liberados de estas, les cantan a la vida, a sus ancestros y a la tierra”, según el comunicado del festival.

El festival

Este año, el encuentro más importante de la música del Pacífico, que llega a su edición 23 y va del 14 al 19 de agosto, tiene varias novedades. La primera, que no concursan 44 grupos, como ha ocurrido tradicionalmente, sino 47, pues hay una nueva categoría: chirimía de flauta.

En las zonales se presentaron ocho grupos de esta tradición, de los cuales fueron escogidos tres para la final, y el 18 de agosto se elegirá al ganador, el segundo y el tercer puesto.

Además, por primera vez participan dos grupos extranjeros: la Corporación Artística Internacional Tierra Negra, de Esmeraldas (en la categoría de marimba y cantos tradicionales), y Tunda, de Quito, en la modalidad libre.

El 18 de agosto, el día de la gran final, donde se elegirán los ganadores en marimba de chonta y cantos tradicionales, versión libre, violín caucano y chirimía, y se presentará el espectáculo Mano e’currulao, con 140 artistas, y Herencia de Timbiquí, con un concierto sinfónico con la Filarmónica de Cali.

El Tiempo

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