El Forn de cada viernes

EL FORN NUESTRO DE CADA VIERNES

Más de medio centenar de relatos que son más que cuentos y más que crónica periodística

Por Jorge Pinedo

A fines de 1964 la flamante Zambia inauguraba su programa espacial, ofreciéndole a la URSS y a los EE.UU. sus astronautas a cambio de combustible. Poco antes se había independizado del Reino Unido de la Gran Bretaña e intentaba forjar una Nación democrática y multiracial. Presidía un maestro de escuela, Kemeth Kaúnda, y a cargo de las naves y viajeros espaciales había sido destacado Edward Mukuka Mkoloso, héroe de guerra, maestro itinerante y genio intuitivo de la electrónica. Por supuesto, nadie en Occidente los tomó en serio, la ex Rodhesia jamás envió un ciudadano fuera de la tierra pero colaboró activamente con la independencia de Angola, Mozambique y Zimbawe. De estas revoluciones no fue ajena la lengua bemba en la que “no existe una palabra para decir si y otra para decir no; tienen un sí que significa sí y otro sí que significa no”.

Tamaña articulación que transforma la información histórica en una ficción sin ficción, al enlazar emancipación colonial, maravillas del lenguaje y carrera espacial, es la hazaña literaria vuelta a cometer por Juan Forn (Buenos Aires, 1959) que, con esta historia, abre los cincuenta y dos relatos que componen Los Viernes. Cuarta y última entrega de la serie de narraciones que el escritor publicaba todos los últimos días hábiles de la semana desde hace una década, durante los buenos tiempos de un  diario de circulación nacional. Factor, el periodístico, capaz de condicionar la escritura y que no obstante Forn supera al lograr piezas literarias que resultan más que una crónica periodística a la vez que más que un cuento inspirado en sucesos y/o personajes reales, más o menos conocidos. En este aspecto el contenido del libro constituye un acto de generosidad y experimentación en la escritura al ampliar los horizontes tanto temáticos como estilísticos.

Pues así como abre el volumen con la burla política de un pequeño país al león colonial, lo cierra con un poema de amor (únicos versos de toda la saga) a la poeta Wislawa Szymborska (Polonia, 1923 -2012), diciéndole “…qué ojo tenías/ aunque ignorases de qué iba la obra/ y qué papel representabas”. Intercala palabras propias con las del premio Nobel 1996, generando una suerte de tercer texto que, con mesura, respeto y sin una pizca de vanidad, los aúna. A diferencia de lo que abunda en su generación y en las que siguieron, la exquisita escritura de Forn se sitúa a años luz de toda autorreferencia, narcisismo y autobombo. Cuando en forma casi excepcional apela a la primera persona es por pudor ante el protagonista de su relato, en todo caso para subrayar una distinción contracorriente: “Yo creo más bien que decidió vivir, una tras otra, las infancias que le fueron vedadas a su hijos”. Hijos muertos, todos.

Distinción extensible a la literatura del mismo Forn que en sus novelas y cuentos anteriormente publicados asume un cariz paralelo, con una identidad que sigue siendo propia dentro de un estilo reconocible y una hondura en la que el lenguaje juega una partida singular de tan privilegiada. Donde las palabras provienen de un diccionario extenso e intenso que nunca se achica frente a la perentoriedad de lo canyengue. Tal vez en la experiencia de Los Viernes el autor atraviese instancias que le permiten adentrarse en una ética que nunca juzga, en un compromiso con la literatura, entrelazado con los asuntos de la polis en una conjunción ajena a cualquier indiferencia.

Primo Levi cae por la escalera, Cocó Chanel y su amante chupamedias del nazi invasor, una librería casi clandestina en medio de la revolución rusa, el hermano gay de Nabokov, un santón calabrés, Orson Welles y los falsificadores, espectadores ciegos, los que quedan sin patria, el fotógrafo de las escaleras, Aurora Bernández con y sin Cortázar, Nicanor Parra con Neruda y Marechal, madame en la bañadera, baronesa en el orinal, incendios, Sandro y su novia, el diablo, apestados, farsantes, soñadores, Mendeleiev y su tabla y siguen las firmas. Poco importa el situacionismo del relato sino cómo se escribe. Lo extemporáneo en Forn siempre es actual; la literatura rusa, china, sueca o cuneiforme en algún punto pega en algún lugar de estas pampas. Honrando a quien reconoce como maestro, Abelardo Castillo (Buenos Aires, 1935-2017), señala: “Hemingway decía que, en nuestro oficio, el que no es hijo de nadie es hijo de puta. Yo creo a fondo en eso, creo que los padres que elegís definen tu ética de trabajo, a ellos les rendís cuentas cada vez que escribís y con ellos te comunicás mentalmente cada ve que leés”.

De modo semejante la escritura de Forn interpela al lector en el conjunto de cada historia, en la hilacha que se le escabulle a algún personaje, en el parpadeo de una escena, toda vez que es factible identificarse, añorar, repudiar, mas nunca ignorar. En forma explícita cuando apela a subir a la gentil montaña rusa de su fraseo: “Imaginen un canción que dura, no tres minutos, sino veinte o treinta años seguidos en nuestras cabezas. A veces la escuchamos, a veces creemos que no, pero sigue sonando en el fondo y algo en nosotros la escucha incluso cuando nosotros no. Los aborígenes australianos eran así. Los aborígenes australianos eran nómades. Sus movimientos eran cíclicos y estaban regidos por una canción ancestral, una canción que describía su trayecto y a la vez les decía por dónde ir”.

Desfile acrónico, multicultural, internacional, el de los relatos que componen Los Viernes reúne personajes de ficción, históricos, de las artes, de la moda, de la política, de la aventura; geniales, admirables o patéticos y deleznables, se vuelen literarios sin perder origen ni condición. Su protagonismo corre a la par de la escritura misma, razón por la cual, en la diferencia que va de uno a otra, componen un género —humano, narrativo— propio, original en un universo donde todo lo ficticio es real y viceversa, a imagen y semejanza del sí que quiere decir no y del no que dice que sí. Según se escriba.

FICHA TÉCNICA

Los Viernes

Juan Forn

Buenos Aires, 2019

230 págs.

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